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LA ESPADA Y LA PARED: MOVIMIENTOS SOCIALES Y POLARIZACIÓN POLÍTICA

Frente al asedio conservador, la irrupción extraordinaria de las masas sigue siendo el único recurso para romper el estancamiento
La derechización política en América Latina no es mérito exclusivo de las extremas derechas, sino el resultado del vaciamiento del conflicto social por parte del centrismo progresista

Acorralados entre la reacción de las extremas derechas y la contención desmovilizadora del progresismo, las izquierdas y los movimientos sociales latinoamericanos enfrentan un cerco histórico. Desarmar esa trampa exige superar el conformismo institucional y recuperar la iniciativa en las calles. (Composición Fabrizio O. Fotos: LR / AFP / EFE)

Massimo Modonesi
jacobinlat.com/30/07/2026

Presentaré de forma sintética unas consideraciones sobre las luchas sociales y políticas en el conjunto de América Latina, una región en la que los fenómenos políticos se manifiestan transversalmente con sorprendente sincronía e inevitables asincronías. Se trata de consideraciones de alcance general pero sin afán de previsión ya que, como sugería Gramsci, En realidad, solo se puede «prever» científicamente la lucha, pero no los momentos concretos de la misma, que no pueden sino ser el resultado de fuerzas opuestas en continuo movimiento (…) se «prevé» en la medida en que se actúa, en que se realiza un esfuerzo voluntario y, por lo tanto, se contribuye de forma concreta a crear el resultado «previsto». La previsión se revela, por tanto, no como un acto científico de conocimiento, sino como la expresión abstracta del esfuerzo que se realiza, el modo práctico de crear una voluntad colectiva. (Cuaderno 11, § 15: 1403)

La previsión, así entendida, deviene en prefiguración, una acción que instala las formas que perfilan el horizonte de la transformación. Si bien no se pueden prever las dinámicas concretas y los desenlaces de las luchas, podemos detectar tendencias e hipotetizar escenarios. En tales escenarios, el elemento crucial (al menos desde la perspectiva de una sociología crítica comprometida con la emancipación) son los procesos de subjetivación política de las clases subalternas. Procesos que se juegan en un triángulo experiencial: entre experiencias de subordinación (subalternidad), de insubordinación (antagonismo), de autodeterminación (autonomía).

En la combinación desigual de estos tres niveles se configuran las subjetividades políticas y mediante estos tres conceptos se puede descifrar la composición interna y las transformaciones que viven los actores y los movimientos sociales. Si bien toda condición subalterna es atravesada por experiencias de antagonismo y autonomía, debemos reconocer que hay momentos en los cuales esa condición adquiere un carácter sobredeterminante y tiñe de sus colores el conjunto de la configuración subjetiva.

Vivimos, a escala macropolítica latinoamericana, uno de esos momentos: la subalternidad parece ser la tendencia dominante en este pasaje de época, aunque debajo de ella siguen operando formas y dinámicas antagonistas y autónomas. Subalternidad que, como señalé, hay que rastrear en el terreno experiencial y, por lo tanto, de la complejidad de su sedimentación político-cultural. Por razones de espacio, me limitaré a colocar un par de tesis en el plano más inmediato de la correlación de fuerzas.

La primera idea que quiero sostener va a contrapelo de la tesis dominante de que en América Latina vivimos un momento determinado por la polarización entre derecha e izquierda, o entre «derechas» e «izquierdas», en plural, enfrentadas en el tablero electoral. Si bien es un fenómeno evidente que se observa en la oferta política partidaria, hay que recordar que esto no es una novedad. Además, debemos reconocer que no describe la real configuración de fuerzas políticas ni explica las razones de fondo de su constitución.

Desde mi perspectiva, el problema político fundamental de nuestros días remite a otro fenómeno, un proceso de fondo que, paradójicamente, es tanto la causa como la consecuencia de la polaridad electoral: la contención de las luchas sociales y del antagonismo de clase que encarnan. Dicha contención puede explicarse a partir de factores tanto endógenos como exógenos. No me detendré en los endógenos —sobre los cuales hay cierto consenso— que remiten a una serie de dinámicas de subalternidad que se asientan en la profundidad estructural y cultural de dinámicas sociales de fragmentación, individualización y precariedad.

Voy a insistir, en cambio, en los exógenos, porque allí las lecturas divergen y sé que lo que voy a sostener es polémico y muchos de ustedes no estarán de acuerdo. Pero la sociología crítica no es un concurso de popularidad a pesar de lo que, en tiempos de redes sociales, algunos pueden pensar. Me referiré a dos dinámicas de subalternización que cercan al movimiento social latinoamericano, que interfieren y obstruyen la politización antagonista y autónoma de las clases subalternas. Hablo de Movimiento Social, en singular y con mayúsculas, como se usaba antaño en el discurso anticapitalista, entendiéndolo como un «movimiento de movimientos», como se decía en los años del altermundismo. Fue Alain Touraine quien, de forma más iconoclasta y posclasista que nostálgica y anticapitalista, insistió en esa fórmula, apelando a la conformación de un movimiento central capaz de articular las luchas sociales.

En América Latina existen dos dinámicas que obstruyen la convergencia en un movimiento social capaz de ser protagonista de la vida política, como lo ha sido en diversas ocasiones en la historia incluso reciente. Dos formas de subalternidad: la del progresismo frente a las derechas y la de las organizaciones, movimientos sociales y buena parte de las izquierdas anticapitalistas frente al progresismo. Reitero que se trata de un rasgo predominante, que no niega la existencia de tendencias al antagonismo y la autonomía en un plano secundario, como lo explicitaré en la segunda parte de mi exposición.

Dos órdenes de subalternidad que operan un corrimiento hacia la derecha de todo el escenario político. Un desplazamiento que se inscribe en la corta duración de los ciclos políticos pero que, en mi opinión, se remonta al menos a la dos últimas décadas. Carlos Nelson Coutinho, un entrañable amigo, me contaba hace veinte años que, cuando José Genoíno le reclamaba porque había salido del PT por izquierda con el PSOL (siendo que antes había estado en la derecha del PCB, mientras que Genoíno era guerrillero), Carlitos le contestaba que sus posiciones eran las mismas y que los que se habían movido a la derecha eran ellos. Es decir, la derechización viene de lejos.

Sostengo que el ascenso de la derecha, como efecto de una modificación de la correlación de fuerzas, es la consecuencia más que la causa del declive de las izquierdas. Antes de continuar, permítanme hacer escala en una temática hoy muy en boga en la ciencia política latinoamericana (y mundial), que es la que vincula la idea de polarización al lado de la de hartazgo. Una perspectiva interesante que, sin duda, captura e ilustra tendencias en curso, alcanza rigor metodológico en sus mejores versiones, pero no tiene el filo de la crítica social que se desprende del compromiso político y se mantiene al interior de una ciencia política que tiende a ver la polarización como una amenaza a la estabilidad y la representatividad de los sistemas políticos y el hartazgo como un déficit de ciudadanía.

Me refiero en particular a un libro reciente, titulado La era del hartazgo, coordinado por Kessler y Vommaro, en el cual se destacan tres fenómenos que caracterizarían el escenario político latinoamericano actual: la polarización ideológica con componentes afectivos, la polarización en torno a un líder emergente y el descontento generalizado. Más sugerente aún, en clave de lucha social y compromiso político, resulta la versión de «polarización asimétrica» que emplea Maristella Svampa en su reciente libro Policrisis por medio de la cual busca señalar que el movimiento polarizador proviene de las derechas que se radicalizan. Una noción prestada del debate estadounidense para dar cuenta de la asimetría entre la derechización republicana y la parálisis demócrata. En efecto, esta unilateralidad presupone la idea de que el otro polo es estático, una hipótesis válida pero discutible ya que elude el movimiento de la izquierda progresista hacia el centro y la contención de la protesta social (aunque Maristella Svampa, evidentemente, reconoce estos fenómenos e incluso destaca el primero).

A mi entender, existen dos criterios que trastocan el piso conceptual de la noción de polarización: la perspectiva de clase y el concepto de radicalización. En primer lugar, la supuesta polarización tiene que ser interpretada desde el ángulo de las dificultades y posibilidades de subjetivación política de las clases subalternas, desde los márgenes de acción política de clase. Una aparente obviedad, a menos que se asuma que debemos abandonar una lectura clasista de la realidad social capitalista (lo cual no quiere decir, obviamente, que sea fácil sostenerla y renovarla). Una lectura clasista que obliga a introducir una serie de elementos de interpretación de la polarización que exceden la formalidad del quién y cómo o en torno a qué tópicos se polariza para ir al fondo sustancial del para qué y contra qué y quién, es decir ligados a la disputa en torno a la estructura y las relaciones de dominación.

No es la polarización unilateral en sí la que nos debería desconcertar y preocupar. América Latina siempre ha estado polarizada de una u otra forma, en ciclos impulsados por la radicalización de uno u otro polo. Seguramente no somos nostálgicos de otros momentos de derechización como tampoco de aquellos que se enmascararon de centrismo, de contractualismo, de tecnocracia neoliberal y de neutralidad democrática. Más bien, en todo caso, tenemos que lidiar con nuestra nostalgia de los años sesenta y setenta, cuando la polarización provenía de la izquierda… pero esa es otra historia.

En efecto, la cuestión nodal no es la existencia misma de la polaridad, sino su grado de transparencia clasista. No basta con que haya fundamentos materiales de clase detrás de la polarización si tanto la derecha como la izquierda coquetean con distintas formas de populismo y de demagogia que desdibujan la conciencia de clase de los subalternos. Allí es donde se siembran y se cosechan el hartazgo, la despolitización y llega la noche en la que todos los gatos son —o parecen— pardos.

En segundo lugar, considero la polarización solo se puede entender y pensar en términos de radicalización de perspectivas de clase, más allá de sus empaquetamientos populistas. Radicalización entendida como un desplazamiento de una postura y una acción moderada o ambigua a un proyecto de transformación de fondo impulsado a través de formas de lucha confrontativas; no su uso indiscriminado, sino su utilización puntual y focalizada. La cuestión de la polarización vista como radicalización remite al terreno de la iniciativa política, de quién logra imponer la agenda, desplaza la contienda y gana posiciones. De allí la asimetría de la situación que vivimos.

Gramsci insistía en la cuestión de la iniciativa y decía que los subalternos se caracterizan justamente por estar sometidos a la iniciativa de las clases dominantes, incluso cuando se rebelan. En América Latina, antes o mientras las derechas tomaran la iniciativa, las izquierdas la perdieron. Dicho de otra manera, las derechas se radicalizaron cuando las izquierdas dejaron de hacerlo y se fueron a la deriva. Una deriva hacia el centro o la derecha, algo muy distinto a la idea de una polarización tout court e incluso de una polarización asimétrica, que supone que un polo se mantiene fijo; una imagen que no refleja lo que ocurre en el costado izquierdo del escenario, en el que aparece una tendencia conservadora, es decir, relativamente derechizante.

Cuando se dice que la extrema derecha latinoamericana surge como reacción al progresismo gubernamental hay algo de verdad pero se pierde de vista que el progresismo adquirió solo en sus inicios la forma de una radicalización polarizante, cuando fue impulsado por luchas y movimientos antineoliberales y retomó expresiones discursivas y parte de sus demandas. Sin embargo, se instaló rápidamente en un centro progre-conservador, más defensor del estatus quo que impulsor de reformas. La radicalización de las derechas no es entonces hija de la polarización, sino de la despolarización del progresismo y del vaciamiento del polo de izquierda. Un vacío que se generó con la retirada ideológica y la descomposición de las izquierdas y los movimientos sociales que perdieron el control de la polarización que otrora habían logrado instalar frente al neoliberalismo.

No voy a detenerme en la crítica de los gobiernos progresistas de «primera mano», sobre cuyo ciclo e involución conservadora he escrito y se ha escrito ya mucho a esta altura. Aquel ciclo, más allá de retornos, segundas vueltas y progresismos emergentes (que, en su momento, he definido como «tardíos» y que hoy podría llamar «crepusculares»), terminó en 2015. Permítanme solo un breve paréntesis sobre el caso de México, sobre el que hoy se depositan muchas esperanzas que, en mi opinión, son ilusorias. La derecha aquí no se ha manifestado con fuerza pero anida en la sociedad civil y política mexicana y, lo que es particularmente grave más que sorprendente, en el seno de Morena y de la 4T. La derechización se nutre en México tanto del centrismo en Morena como del vaciamiento de la izquierda de Morena.

Dejando de lado el tema del alcance progresista de reformas insertas en la conservación del orden capitalista liberal, quiero insistir solo en un punto de contradicción fundamental del progresismo en su conjunto, que toca la cuestión de las luchas que nos reúne hoy aquí: la «pasivización» de organizaciones y movimientos sociales y la contención del conflicto en nombre de la conciliación de clases, una desmovilización que socava tanto el factor de impulso original del progresismo como su retaguardia de cara a las derechas. Algo que puede parecer un autosabotaje, como señala mi amigo Jeff Webber en la revista Historical Materialism, pero que, en realidad, fue una condición de institucionalización y de normalización conservadora del progresismo.

La existencia de una tendencia espontánea de las clases subalternas hacia el conformismo y el conservadurismo no elimina las responsabilidades políticas que se derivan de la contención deliberada de la contratendencia al conflicto y a la autoorganización. Aunque —señalo de paso, porque no me puedo detener en ello— no es fácil evitar un peligroso dualismo analítico: el que opone crisis de dirección y crisis subjetiva de las masas, y culpa a unos u otros según convenga desde el punto de vista argumental y circunstancial.

La «desradicalización» de progresismo está en el origen tanto de la polarización unilateral de derecha como del hartazgo y el desencanto hacia las ofertas partidarias progresistas. Eso no quiere decir que, por la inversa, una radicalización desde la izquierda hubiese garantizado un desenlace favorable, hipótesis contrafactual que no estoy sosteniendo. Quiere decir, simplemente, que debemos entender el proceso de derechización a partir del centrismo progresista, de su despolarización (del mismo, modo, tampoco se puede asumir que existe una natural disposición a la lucha que solo hay que «dejar fluir»).

Desde hace una década, paradójicamente, la polaridad entre extremas derechas en ascenso y progresismos en involución asedia a los movimientos sociales autónomos y a las izquierdas antisistémicas que se mantuvieron de pie y combativos. Hoy se encuentran entre la espada y la pared. Me dirán que siempre es mejor la pared progresista que, en el peor de los casos, es conservadora y no se mueve, que la espada de las derechas, que siempre comporta heridas sociales profundas. Estoy de acuerdo, pero tenemos que enfrentar el desafío de cómo luchar, cómo sostener experiencias de antagonismo y de autonomía en medio del asedio, en el interregno y la disputa entre reaccionarios y conservadores. Por ello titulamos Luchar en el interregno un libro que compilamos junto a Maristella Svampa y Breno Bringel, publicado hace pocas semanas.

El norte estratégico, por lo tanto, gira en torno a retomar la iniciativa política de la polarización y volver a centrar el conflicto en un posible escenario de radicalización de las clases subalternas. Es fácil decirlo. Pero el diablo está en los detalles, y en la práctica esto topa con una dificultad de fondo: cómo y cuándo es posible, ante una correlación de fuerzas desfavorable, recurrir a formatos de lucha que trasciendan la resistencia e instalen un antagonismo franco y abierto, un antagonismo de polarización de clase.

Este último terreno es, en definitiva, el lugar estratégico en el que, en las experiencias colectivas de insubordinación, se ponen en juego las posibilidades de construcción de autonomía y de hegemonía y, al mismo tiempo, se enfrentan las dificultades de instalar una lógica de radicalización en un contexto adverso. Un contexto adverso, dado el vaciamiento que generaron la iniciativa de las derechas y la deriva del progresismo.

Sofía Donoso y Omar Coronel publicaron un artículo en 2024 en el que registran dos procesos en el campo de la acción colectiva: la radicalización fragmentada y la desmovilización. Se trata de dos tendencias alarmantes que, efectivamente, pueden observarse en distintos contextos latinoamericanos. La radicalización fragmentada es particularmente preocupante porque implica un escenario de desahogo particularista de los agravios, una dispersión de la energía combativa. La desmovilización tiene un carácter más claramente coyuntural y reversible, aunque no hay que menospreciar la acumulación de hartazgo, descontento o, peor aún, el desencanto o desafección como cultura política.

El hartazgo como descontento tiene formas variables que no siempre implican despolitización. Kathya Araujo y otros, para el caso chileno, evidencian, más que la pertinencia de la hipótesis de la polarización, un proceso de politización sin identificación y señalan que el desapego es hacia la política institucional. En efecto, el hartazgo tiene que ver con partidos y dirigentes políticos en primera instancia, aunque termina afectando otras formas de lucha y de organización social. Un tema muy vasto y complejo: la pérdida de confianza en la política, una crisis ética y de eficacia que se conecta a la tendencia a la fragmentación individualista de la ciudadanía.

A contracorriente, no desaparecen tendencias de agregación clasista ancladas en condiciones materiales de existencia, así como la sensibilidad, los vínculos afectivos, emociones y creencias que retroalimentan experiencias colectivas y crean una disposición a la acción colectiva e incluso a la subjetivación comunitaria. Y, sobre todo, sabemos que las experiencias de lucha contribuyen a formar subjetividades políticas. Finalmente, ante el hartazgo, una elección algo esquemática puede ejemplificar, a la Hirschmann, en el dilema exit o voice, defección o voz, es decir repliegue individualista o protesta social.

Sin menospreciar los elementos de la crisis de la política de clase en la que estamos sumergidos, no dejemos de ver el vaso medio lleno, que podemos sintetizar en dos regularidades en una constante y una recurrencia que se han manifestado en tiempos recientes en diversos países latinoamericanos y constituyen, por lo tanto, posibilidades reales. La constante es la persistencia e incluso el aumento ocasional de conflictos ordinarios y la recurrencia remite a movilizaciones de masas de carácter extraordinario, incluidas las revueltas.

Respecto de los primeros, el conflicto social es consustancial a las contradicciones del capitalismo y por ello tenemos un piso mínimo, una cuota que podemos llamar fisiológica, que aparece en todas las estadísticas y los protest event analysis, aun en contextos desfavorables. Los conflictos ordinarios contribuyen a la politización y a la organización social aunque se mantengan al interior de la lógica de la dominación, renegocien sus términos y, en última instancia, si bien no permiten salir de la condición de subordinación, la fortalecen, es decir propician un proceso de subjetivación subalterna salpicado de elementos de antagonismo y autonomía.

No es evidente que la presencia de un gobierno de derecha propicie un aumento de conflictos ordinarios, ya que se observó que un gobierno progresista puede generar un clima de expectativas y oportunidades, en el cual es más probable que la protesta obtenga resultados. Sin embargo, ya mencionamos que los mecanismos de control social y de desmovilización que implementan los gobiernos «amigos» son particularmente eficaces. Por otra parte, las políticas públicas de los gobiernos derechistas provocan más situaciones conflictuales, ante las cuales en general responden con represión y violencia, aunque eventualmente negocian o reculan. Los costos de la acción colectiva son más elevados, los resultados más inciertos pero los agravios —o sea, los detonadores de la lucha— son más frecuentes y las oportunidades de respaldo en el campo popular son mayores (lo que los diferencia del caso anterior: los conflictos ante gobiernos progresistas suelen generar divisiones).

En suma, no hay un escenario ideal para la conflictualidad ordinaria que, de todas formas, fluye casi naturalmente, con relativa independencia del tipo de gobiernos y de coyunturas más o menos favorables. Aunque, en el terreno estructural, en términos de derechos sociales y civiles, de privatizaciones, precarización, hostigamiento, represión, etc. no pesa lo mismo una «pasivización» progresista que una ofensiva conservadora, que erosiona más profundamente la capacidad de organización y de resistencia de las clases subalternas. Otra vez, mejor la pared que la espada.

Ahora bien, más allá del terreno cotidiano de la acumulación o desacumulación de fuerzas, es crucial e inclusive diría decisivo el plano de lo extraordinario, de los ciclos de movilización —como se conocen en la sociología de la acción colectiva— que implican cierto desborde de masas, para usar una expresión más nuestra, es decir extensión e intensificación de la protesta, extensos porque por su amplitud social y temporal e intensos por la radicalidad de demandas, impactos y repertorio de acción. Es ahí que pueden darse los saltos cualitativos que permiten salir de momentos difíciles como los que estamos viviendo. Porque en la dimensión fisiológica del conflicto el progreso que se puede obtener es relevante pero tiene una incidencia marginal y, además, su acumulación es demasiado lenta para la urgencia que tenemos de revertir la crisis: tanto la ofensiva de la derecha y la policrisis global, como la crisis política de la izquierda, para sostener y refundar culturas y prácticas antisistémicas y anticapitalistas.

En los últimos treinta o cuarenta años, en América Latina no ha dejado de haber luchas, con sus altas y sus bajas. Pero solo de forma intermitente, esporádica pero recurrente, se han asomado ciclos de movilización extensos de carácter clasista-popular y de alcance societal. Después del ciclo de luchas antineoliberales de los 90-2000 que abrió la puerta a los gobiernos progresistas, hubo desbordes de masas en diversos países pero de forma asincrónica y, en particular, en aquellos donde todavía gobernaban fuerzas de derecha.

Como en la oleada anterior, en diversos países se recurrió al formato disruptivo de la revuelta: Nicaragua 2018, Chile 2019, Ecuador 2019 y 2022, Bolivia 2019, Puerto Rico 2019, Haití 2019, Colombia 2019 y 2021, Perú 2020-2023. Configura esto una recurrencia, en el siglo XXI, de una larga tradición de rebeliones en América Latina (aunque habría que apuntar a Brasil más como una excepción a la regla, dado el carácter problemático de las jornadas de junio de 2013). Una tradición que se proyecta hacia el futuro, más aun considerando los múltiples umbrales de crisis que se están perfilando.

Las movilizaciones que implican desborde de masas y formas disruptivas de protesta, que tengan o no una componente de revuelta, que rompen, como decía Melucci, «la compatibilidad del sistema», son oportunidades no solo para colocar demandas y obtener resultados, sino, sobre todo, de subjetivación política, de reconstitución de un tejido amplio, de articulación de un Movimiento Social que tenga trascendencia histórica. Experiencias de «catarsis antagonista» que pueden generar saltos en términos de conciencia y politización y favorecer interconexiones horizontales que se diluyen en los conflictos ordinarios que tienden a ensimismarse corporativamente. Las movilizaciones masivas, y aún más las rebeliones, agudizan lo que Gramsci llamaba el «espíritu de escisión» y abren espacios de autonomía.

Sin duda, comportan elementos problemáticos en distintos niveles: no garantizan alcance instituyente ni legado organizacional, pueden ser contraproducentes en caso de derrota o represión (el llamado backlash) e inclusive generar polémicas ligadas al empleo de la violencia desde abajo. Aunque es necesario analizar y enfrentar estos límites, quiero enfatizar sus potencialidades para terminar con un tono más optimista. Porque, aún con todos sus reparos, solo estos sobresaltos extraordinarios de lucha social ofrecen posibilidades de interrupción, aunque sea momentánea, de la polaridad regresiva entre progresismos siempre más conservadores y derechas siempre más reaccionarias.
Aunque parezcan angostos y poco transitados, los caminos del desborde de masas y de la revuelta social ofrecen un eficaz recurso de emergencia que muestra la persistente capacidad de las clases subalternas de irrumpir en el escenario político y en la historia. Si no hay condiciones para impulsar la revolución (por lo menos en lo inmediato), no podemos solo atrincherarnos defensivamente en la resistencia. Podemos —y debemos— ensayar esporádicas pero recurrentes salidas del asedio, a través de experiencias de alta intensidad antagonista para nutrir con algunas batallas de movimiento nuestra guerra de posiciones.

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[*] Este artículo recupera fragmentos de dos conferencias: una presentada en el Congreso de Historical Materialism (HM) y otra del Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS), Río de Janeiro, julio de 2026.Compartir este artículo FacebookTwitter Email

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Massimo Modonesi.  Profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Integra el Consejo Asesor de Jacobin América Latina.

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