El origen fue el cambio climático, que calentó significativamente la Tierra y favoreció fenómenos meteorológicos extremos, tal como está ocurriendo en la actualidad
Recreación artística del intervalo de espigas de helechos del final del Triásico. Los helechos invasores y pioneros invadieron los suelos alterados y los restos de bosques de conífera, prolongando las llamas durante milenios. / Mark Garlick
EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21
elperiodico.com/Madrid 30 JUL 2026
Europa fue una inmensa pira hace unos 201 millones de años: la región noroccidental del continente quedó atrapada en un régimen de incendios ininterrumpidos que duró decenas de miles de años. Así lo documenta una investigación publicada en Nature Geoscience, que dibuja un paisaje apocalíptico durante la extinción masiva de finales del Triásico. El fuego fue alimentado entonces por una planta que hoy consideramos inofensiva: el helecho.
La mecha inicial de esta catástrofe fue puramente tectónica. El supercontinente Pangea comenzó a fracturarse, abriendo enormes fisuras volcánicas que escupieron cantidades brutales de gases de efecto invernadero. Las temperaturas globales se dispararon entre 5 y 10 grados Celsius. Semejante shock térmico fulminó los densos bosques y pantanos arbolados que cubrían la región.
Donde caían los árboles muertos, brotaron sabanas infinitas de helechos. Estas plantas pioneras prosperan en suelos devastados, pero su expansión trajo consigo una trampa letal.
La paradoja de las cenizas
Al secarse, las gruesas esteras de hojas de los helechos formaban un tapiz de combustible perfecto. Cuando las tormentas eléctricas desataban las llamas, el fuego devoraba la superficie a una velocidad pasmosa. Sin embargo, los robustos sistemas de raíces de los helechos sobrevivían bajo tierra, listos para rebrotar de inmediato entre las cenizas.
Se instauró así un bucle ecológico perfecto. Los incendios recurrentes quemaban cualquier intento de los árboles por recuperar su antiguo dominio. Al mismo tiempo, el fuego despejaba el terreno para que los helechos crecieran con más fuerza, asegurando el combustible necesario para la siguiente tormenta. Este ciclo infernal de retroalimentación se sostuvo entre 40.000 y 300.000 años.
Suelo perforado
Para leer este pasado calcinado, el equipo liderado por la Universidad de Utrecht perforó el subsuelo de Reino Unido, Alemania, Dinamarca y Luxemburgo. Los científicos midieron la opacidad de unas 15.000 esporas y granos de polen fósil, documentando lo que bautizaron como una "zona oscura".
La extrema carbonización microscópica demostró que aquel polen estuvo horneándose bajo el calor constante de incendios superficiales a lo largo de incontables generaciones.

Europa es hoy el continente que más rápido se calienta del planeta. / Archivo.
Un polvorín contemporáneo
Han pasado más de 200 millones de años, pero la física del fuego no ha cambiado. Este verano de 2026, Europa vuelve a enfrentarse a las llamas. Los satélites europeos del programa Copernicus están cartografiando áreas quemadas alarmantes en países como España, Portugal o Francia, todo ello impulsado por el hecho de que Europa es hoy el continente que más rápido se calienta del planeta.
En Norteamérica, el humo tóxico de cientos de incendios descontrolados en Canadá vuelve a asfixiar el noreste y medio oeste de Estados Unidos, forzando alertas sanitarias masivas para millones de ciudadanos.
Mismo escenario hoy
Aunque hoy las llamas no duran milenios, el registro fósil del Triásico lanza una advertencia: el peligro extremo de un clima alterado no es solo la temperatura que marcan los termómetros, sino cómo ese calor transforma la cubierta vegetal.
El mismo mecanismo letal que arrasó el Triásico sigue operando en la actualidad. Diferentes especies de helechos comunes hoy en día, como el Pteridium aquilinum (helecho águila), continúan siendo un combustible clave que incrementa la severidad de los incendios forestales en regiones como Reino Unido, al dejar grandes extensiones cubiertas de material vegetal altamente inflamable.
Pastos invasores
Sin embargo, los detonantes actuales más demoledores son las hierbas y pastos invasores, que han instaurado un nuevo "ciclo fuego-hierba" a nivel global. Especies no nativas, como el pasto espiguilla (Bromus tectorum) en Norteamérica, colonizan terrenos, se secan rápidamente y crean alfombras continuas de combustible fino. Cuando arden, los pastos invasores rebrotan mucho más rápido que la vegetación autóctona, consolidando un bucle destructivo que ha llegado a aumentar la ocurrencia de incendios hasta en un 230% en algunas regiones.
Cuando el clima muta bruscamente y la vegetación nativa muere, las especies invasoras o altamente inflamables pueden secuestrar el paisaje, convirtiendo la extinción temporal en un infierno permanente.
_____________
Referencia
Continental-scale fern savannah wildfires during end-Triassic greenhouse warming. T. P. Hollaar et al. Nature Geoscience (2026). DOI:10.1038/s41561-026-02048-4
_______
Fuente: Levante - EMV, en:
