Aunque sigue liderando la innovación tecnológica global, la extrema desigualdad, la desindustrialización y la desafección ciudadana con el capitalismo amenazan el liderazgo estadounidense en un nuevo orden mundial multipolar
Estados Unidos cumple 250 años entre la persistencia de su liderazgo innovador y las fracturas acumuladas de su contrato social. / IA/T21
EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21
elperiodico.com/Madrid 04 JUL 2026
El 4 de julio de 2026 marca un hito cronológico y una profunda paradoja histórica. Estados Unidos celebra el semiquincentenario de su Declaración de Independencia en curiosa coincidencia con el 250 aniversario de la publicación de La riqueza de las naciones de Adam Smith. La convergencia de ambas efemérides subraya la identidad fundacional de la nueva nación: la promesa de la libertad política entrelazada con el libre mercado. Sin embargo, el país que diseñó la arquitectura financiera global y abanderó la democracia liberal llega a este cuarto de milenio enfrentando la mayor crisis de legitimidad de su historia contemporánea.
En los últimos tiempos, la otrora hegemonía estadounidense ha mutado hacia un agotamiento interno. El modelo que prometía alinear la innovación tecnológica con la movilidad social y la expansión democrática ha terminado por disociar estas variables, generando una superpotencia macroeconómica sostenida por una base social cada vez más precaria.
La desconexión entre innovación y prosperidad industrial
Si se analiza desde la cúspide, el motor económico estadounidense sigue siendo potente. El país representa el 26% del PIB nominal global con apenas el 4% de la población mundial, concentra más de la mitad de la inversión en modelos de inteligencia artificial de frontera y, según un análisis del McKinsey Global Institute, ha gestado 76 de los 100 inventos más determinantes de los últimos dos siglos y medio. Silicon Valley mantiene su estatus como el ecosistema de capital riesgo más denso del planeta.
Pero la métrica de la innovación oculta un fallo estructural: durante el último medio siglo, la financiarización de la economía priorizó los márgenes de beneficio a corto plazo sobre la resiliencia productiva. Como resultado, la cuota de Estados Unidos en la producción manufacturera global ha caído del 45% en los años cincuenta al 11% actual. Esta desindustrialización es el producto de decisiones políticas y comerciales que destruyeron el tejido socioeconómico del Medio Oeste y aniquilaron millones de empleos sindicalizados. La hiper-concentración de la riqueza tecnológica en enclaves geográficos muy específicos dejó tras de sí a una clase trabajadora vulnerable, sentando las bases materiales para el auge del populismo nacionalista contemporáneo.
¿En qué ha quedado el “sueño americano”?
El núcleo ideológico que sostuvo la paz social en Estados Unidos fue el "sueño americano": la premisa de que el origen socioeconómico no determinaba el destino. Hoy, los datos desmienten este postulado. La movilidad social intergeneracional es sustancialmente menor en Norteamérica que en la mayoría de las socialdemocracias europeas. La llamada "Gran Curva de Gatsby" opera con eficacia: a mayor desigualdad, menor capacidad de ascenso.
La acumulación en la cúspide ha alcanzado proporciones oligárquicas. En el tercer trimestre de 2025, el 1% de los hogares estadounidenses concentraba el 31,7% de la riqueza nacional, el registro más alto desde que la Reserva Federal contabiliza la serie histórica. Simultáneamente, la herida fundacional del país sigue abierta en forma de una brecha racial crónica: los hogares negros poseen apenas 15 dólares por cada 100 dólares que acumulan los hogares blancos, una proporción estancada desde hace una década.
No resulta extraño que el contrato social muestre signos de ruptura. En este aniversario, el 51% de los ciudadanos considera que el “sueño americano” es inalcanzable para la inmensa mayoría, obstaculizado por el coste de la vivienda, la sanidad privatizada y el estancamiento salarial. Más sintomático aún es el rechazo al propio sistema: solo el 54% de los ciudadanos mantiene una visión positiva del capitalismo, una cifra que marca mínimos históricos tras años de desgaste continuo.

Dos figuras infantiles ante un símbolo nacional desgastado: una metáfora visual de la distancia entre la promesa americana y la experiencia de las nuevas generaciones. / IA/T21
El ocaso del Consenso de Washington
A nivel global, la capacidad de Washington para dictar la ortodoxia económica se ha diluido. En las décadas de 1980 y 1990, Estados Unidos exportó el "Consenso de Washington" (disciplina fiscal, privatización masiva, desregulación financiera) como receta neoliberal para el desarrollo global. Su aplicación, especialmente en América Latina, arrojó resultados económicos decepcionantes y tensiones sociales profundas.
El fracaso de estas promesas de prosperidad automática, asumido incluso por el FMI, pavimentó el camino hacia un orden económico multipolar. Hoy, el bloque de los BRICS ampliado supera al G7 en porcentaje del PIB mundial medido por paridad de poder adquisitivo.
Paralelamente, presenciamos una desdolarización progresiva de los mercados, donde la cuota del dólar en las reservas de divisas globales ha caído del 72% al inicio del siglo al 57% actual. Aunque el billete verde no perderá su corona a corto plazo, el monopolio financiero estadounidense ya no es incontestable. La irrupción de China ha ofrecido al Sur Global una vía de escape como prestamista y socio comercial alternativo frente a la condicionalidad occidental.
Un invierno democrático de alcance global
La dimensión más preocupante de este aniversario es el declive institucional. Durante décadas, el poder blando de Estados Unidos se cimentó en su autoridad moral como bastión de la libertad política. Sin embargo, el informe de 2026 del Instituto V-Dem certificó una caída histórica que excluye al país de la categoría de "democracia liberal", relegándolo al puesto 51 a nivel mundial debido a la polarización tóxica, la manipulación de los procesos electorales y la sobreextensión del poder ejecutivo.
Este deslizamiento autocrático interno tiene réplicas en todo el planeta. Freedom House acaba de registrar el vigésimo año consecutivo de retroceso global en derechos políticos y libertades civiles. El desmantelamiento de las salvaguardas institucionales en la nación más poderosa del mundo otorga un escudo retórico a regímenes iliberales en Asia, Europa del Este y América Latina.
¿Fin de un modelo?
Al cruzar el umbral de sus 250 años, Estados Unidos se encuentra exhausto. El modelo de hipercapitalismo tecnológico produce maravillas científicas, pero se ha demostrado incapaz de generar cohesión social o de sostener instituciones democráticas saludables.
Hay otra coincidencia histórica curiosa que refleja bien esta decadencia: si Adam Smith reflejó la identidad fundacional de Estados Unidos el mismo año de su nacimiento como nación, el historiador Edward Gibbon publicó también en 1776 su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano advirtiendo a los imperios nacientes sobre el carácter inevitable de su propio declive.
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Fuente: Levante - EMV, en:
