La campaña imperialista contra Cuba tiene una dimensión geoestratégica histórica
Estrecho de Florida - YT
Eduardo García Granado
diario-red.com/13/06/26
La renovada campaña imperialista impulsada por Donald Trump contra Cuba responde, en gran medida, a factores de naturaleza política interna. Eso está bastante claro. La influencia de Marco Rubio y del histórico lobby cubano-estadounidense anticomunista asentado en Florida, en conjunto con la necesidad del movimiento MAGA de exhibir éxitos militares antes de las próximas elecciones legislativas, juegan un papel de peso. Sin embargo, reducir una eventual agresión a estas circunstancias coyunturales supondría ignorar elementos estructurales mucho más profundos.
El foco en el estrecho de Florida
En la actualidad, el estrecho de Florida ocupa un lugar destacado dentro de los cálculos geopolíticos de Washington. Este paso marítimo constituye una de las dos principales salidas naturales del golfo de México, una masa de agua fundamental para el funcionamiento de la economía estadounidense, por cuanto da paso hacia el canal de Panamá y hacia el océano Atlántico a numerosos puertos y ciudades de gran importancia económica y energética.
Diversas estimaciones apuntan a la existencia de miles de millones de barriles de petróleo y cuantiosas reservas de gas natural en la denominada Cuenca Norte de Cuba
En las costas del golfo de México se concentra aproximadamente la mitad de la capacidad estadounidense de refinación de petróleo y procesamiento de gas natural. Asimismo, la región desempeña un papel esencial en la producción energética nacional y en el abastecimiento alimentario del país. Una proporción significativa de la pesca consumida por la población estadounidense procede de estas aguas, mientras que las plataformas marinas instaladas en el golfo generan centenares de millones de barriles de petróleo anualmente. Garantizar la “seguridad” —para sí mismo, por supuesto— de las rutas de navegación que conectan esta zona con los mercados internacionales constituye una prioridad permanente para Washington. De hecho… siempre ha sido así.
A esta dimensión económica se añade un factor energético adicional. Las áreas marítimas situadas frente a las costas cubanas podrían albergar importantes recursos todavía sin explotar. Diversas estimaciones apuntan a la existencia de miles de millones de barriles de petróleo y cuantiosas reservas de gas natural en la denominada Cuenca Norte de Cuba.
En cualquier caso, es evidente —salvo para los sectores más desnortados del trumpismo MAGA— que Estados Unidos no enfrenta actualmente una necesidad inmediata de controlar Cuba ni de modificar el equilibrio existente en el estrecho de Florida. Washington ya disfruta de plena libertad de navegación en la zona y mantiene una posición predominante en el golfo de México. Desde una perspectiva estrictamente militar o comercial, no existe una amenaza inminente que justifique acciones agresivas contra la isla.
La lógica que subyace a la presión estadounidense parece responder, más bien, a consideraciones de largo plazo. Desde la óptica de numerosos estrategas estadounidenses, garantizar el dominio de la región, en el marco del repliegue hemisférico, serviría para impedir que futuros actores “hostiles” puedan aprovechar su ubicación geográfica para desafiar la primacía de Estados Unidos en el hemisferio occidental.
Controlar indirectamente el entorno geopolítico cubano equivaldría a asegurar que ningún competidor estratégico (véase China) pueda utilizar este corredor marítimo para ejercer presión sobre la economía estadounidense. Se trata de una lógica preventiva que parece un aprendizaje de las recientes experiencias en el estrecho de Ormuz y en Bab al-Mandeb.
Un interés de siglos
Ya durante el siglo XIX, cuando Estados Unidos comenzaba su expansión como potencia imperialista, la presencia de imperios europeos rivales en el Atlántico occidental condicionaba profundamente sus preocupaciones de seguridad. Entre todos los territorios caribeños, Cuba destacaba por ocupar una posición excepcional entre el océano Atlántico y el golfo de México, a poca distancia de las costas floridanas.
La adquisición de Luisiana en 1803 otorgó a Estados Unidos el control de un inmenso sistema fluvial articulado alrededor de los ríos Mississippi, Missouri y Ohio. Gracias a esta red de comunicaciones interiores, el país logró integrar económicamente vastos territorios y convertir a Nueva Orleans en un centro neurálgico para la exportación agrícola. Sin embargo, el éxito de este modelo económico dependía de que las rutas marítimas permanecieran abiertas y seguras.
Cualquier potencia capaz de influir sobre los accesos al golfo de México podía afectar directamente al comercio estadounidense. El estrecho de Florida, complementado por el canal de Yucatán, constituía la principal salida hacia los mercados internacionales para buena parte de la producción procedente del interior norteamericano. Esta realidad geográfica otorgó a Cuba una importancia estratégica extraordinaria.
Washington siempre observó con preocupación la posibilidad de que una potencia europea utilizara el territorio cubano como plataforma militar, y aunque el Imperio español experimentaba un progresivo declive que limitaba su condición de “amenaza”, persistía entre los intelectuales norteamericanos el temor de que Gran Bretaña o Alemania aprovecharan la posición geográfica de Cuba para proyectar fuerza naval sobre la región o bloquear el tráfico marítimo estadounidense. Según este enfoque imperial de hegemonía continental, Washington necesitaba controlar el canal de Yucatán, el estrecho de Florida y el canal de Panamá.
Nunca desapareció por completo la preocupación de determinados sectores políticos y militares por la existencia de un Estado soberano, socialista y antiimperialista situado en un enclave geográfico tan sensible para la Casa Blanca
La guerra hispano-estadounidense permitió eliminar la última presencia imperial europea significativa en las inmediaciones del golfo de México y consolidar la influencia estadounidense sobre los corredores marítimos regionales. Desde entonces, y hasta la revolución socialista, la soberanía cubana quedó condicionada por una relación profundamente asimétrica con su vecino del norte, obsesionado con tener la llave de paso del golfo de México.
Aunque el final de la Guerra Fría, junto con la victoria estadounidense, redujeron la percepción de amenaza asociada a Cuba, nunca desapareció por completo la preocupación de determinados sectores políticos y militares por la existencia de un Estado soberano, socialista y antiimperialista situado en un enclave geográfico tan sensible para la Casa Blanca. Al margen de factores políticos y coyunturales, la nueva campaña imperialista contra Cuba expresa, al menos en parte, una continuidad histórica en la política exterior estadounidense, marcada por el deseo de preservar su predominio sobre un espacio marítimo considerado esencial para sus intereses estratégicos.
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