Apocalípticos e integrados
Las empresas tecnológicas que impulsan los modelos de inteligencia artificial conforman de modo natural y predominante el espacio de los integrados
Foto Europa Press
León Bendesky
jornada.com.mx/01 de junio de 2026
En un antiguo texto, publicado en 1965, Umberto Eco caracterizaba la discusión en torno a la llamada “cultura de masas” a partir de un par de posturas contrapuestas: apocalípticos e integrados.
Con tal noción, considerada por Eco como genérica, ambigua y, aún, impropia, sustentó el desarrollo de dos actitudes entre las cuales y de manera polémica se establecía un debate.
Admitía Eco que era injusto encasillar las actitudes humanas –tan variadas y con tantos matices– en esos dos conceptos. Dicho aquí de modo puntual, los apocalípticos consideran que la cultura es exclusiva y la cultura de masas significa una caída sin remedio.
Los integrados celebran que se amplíe la disponibilidad y el acceso al conocimiento y el entretenimiento que lleva a la generalización del entorno cultural. El argumento ha resistido bien el paso del tiempo, hay una edición reciente de 2023.
Sirva esta sucinta referencia como pivote para plantear ciertos aspectos de la polémica abierta por el desarrollo rápido, extenso y controvertido de la industria de la inteligencia artificial y entre aquellos que pueden verse de alguna forma como apocalípticos o integrados. Las empresas tecnológicas que impulsan los modelos de inteligencia artificial conforman de modo natural y predominante el espacio de los integrados. Hay mucho de por medio, en especial poder y dinero.
Una breve muestra indica el entusiasmo reinante en ese entorno. Musk (SpaceX) predice que la IA superará la inteligencia humana y creará una era de gran abundancia, donde el trabajo será opcional, aunque advierte que puede significar una amenaza existencial para la humanidad. Zuckerberg (Meta) destaca los modelos abiertos de la IA; los sistemas que estarán disponibles bajo licencia para los usuarios que podrán modificarlos y compartirlos para cualquier propósito. Bezos (Proyecto Prometeo) ve la IA como la serie de canales que impulsará la industria del futuro. Demerita la preocupación sobre el desplazamiento laboral, siendo lo primordial una masiva ganancia de productividad.
Jensen Huang (Nvidia) dice que la IA no deberá remplazar el pensamiento sino expandirlo, aprendiendo más rápido, resolviendo problemas más difíciles y explorando ideas. Sam Altman (Open AI) considera la IA como la herramienta más transformadora y que eventualmente creará una prosperidad inimaginable. De modo tangencial niega en algunas ocasiones los riesgos de una disrupción económica o un mal uso social y en otras los admite. No es especialmente congruente. Sundar Pichai (Google) considera la IA como la más profunda tecnología que desarrollará la humanidad y promueve los llamados “Sistemas de IA agéntica”. Dario Amodei, de Antrhopic, ha sido particularmente expresivo en cuanto a las virtudes y los riesgos de la IA, en esencia propone evitar la fatalidad en cuanto a la tecnología; reconocer los elementos de incertidumbre que existen; activar la intervención precisa en los sistemas.
Ha sido muy visible el caso de la emergencia suscitada en torno al modelo Claude Mythos, que tiene una notable capacidad de autonomía en cuanto a la ciberseguridad. Esto le permite aprovechar vulnerabilidades de distintos sistemas a una gran velocidad. Tal capacidad provocó una alarma global, cuando en abril, la empresa avisó que el sistema era tan potente que debía restringir el acceso extendido para su uso.
Altman y Amodei aparecen como los más explícitos tecnoempresarios en cuanto al uso de la IA, las posturas críticas que suelen expresar tienden, como no podía ser de otra manera, a un punto delimitado por las exorbitantes cifras de dinero involucradas.
Open AI está valuada en alrededor de 860 mil millones de dólares y Anthropic se aproxima a un billón de dólares (un trillón según se mide en Estados unidos). Es apreciable la tensión que se impone en el conjunto de la industria. La postura apocalíptica, en un sentido como el apuntado por Eco, aparece en la confrontación entre los tecnooptimistas y los fatalistas. Los primeros prevén el surgimiento de la superinteligencia artificial, que propiciará una era que denominan de modo general como la postescasez.
Los fatalistas, en el otro extremo, llegan a sostener que hay entre 10 y 20 por ciento de posibilidad de que este proceso lleve a la extinción de la humanidad (esto se conoce como la singularidad tecnológica, un escenario teórico en el que el proceso se vuelve incontrolable e irreversible, tendiendo a un cambio civilizatorio).
En el ambiente en torno a las posturas a las que nos hemos aproximado aquí con las nociones de “apocalípticos e integrados”, aparece la noción de un “apocalipsis jovial”, que afirma que las civilizaciones progresan porque sobreviven a un cataclismo.
En este campo, evidentemente controvertido, el remplazo de los humanos no se aprecia como catástrofe. Una conciencia basada en el silicón será un buen sucesor.
Larry Page (Google) afirma que la vida digital es el siguiente paso natural y deseable de la “evolución cósmica”, que restringir las mentes digitales es erróneo y que hay que dejar que las mejores mentes triunfen.
Está del lado de quienes piensan que no existe la superioridad moral de nuestra especie.
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