La FIFA no es apolítica: es política del capitalismo imperialista
El Mundial 2026 es un espejo. Refleja con precisión el momento del capitalismo en su fase imperialista: la subsunción total del deporte bajo la lógica de la mercancía, la militarización de los espacios públicos, la criminalización de la protesta y la gestión de la mano de obra migrante mediante el miedo
Revolución Obrera/junio 11, 2026
El fútbol, el deporte más popular del mundo, surgió en los barrios obreros de Europa como una forma de recreación colectiva y organización popular. Hoy, la Copa del Mundo de la FIFA es una máquina de extracción de valor que opera con la complicidad de gobiernos, corporaciones y aparatos represivos. La edición 2026, organizada en México, Estados Unidos y Canadá, no es la excepción, es quizá el ejemplo más brutalmente transparente, en medio de la lucha de clases, del deporte como parte de la superestructura al servicio de los intereses de las clases dominantes.
¿Cuánto vale una boleta? El estadio como espacio clasista
Marx señaló que la mercancía contiene en su forma el secreto de la explotación. El boleto del Mundial 2026 es una mercancía que lo expresa sin pudor. Un trabajador mexicano con el salario promedio de 9 500 pesos mensuales necesita entre tres y cuatro meses de ingreso íntegro para comprar una sola entrada para ver a la selección mexicana. El precio promedio por boleta para los partidos de la selección mexicana supera los 31 900 pesos, y las entradas para la inauguración en el Azteca arrancan en 45 000 pesos en primera categoría, superando los 100 000 en zonas de hospitalidad.
La reventa en el mercado ha disparado aún más esas cifras; según datos de Ticketdata, el precio promedio para ver a México alcanza los 2 182 dólares, una cifra que triplica el valor medio del resto de encuentros de la primera fase. El partido inaugural entre México y Sudáfrica marca un mínimo de reventa de 2 813 dólares. El estadio que se construyó con el sudor de los trabajadores mexicanos es hoy, en el partido más importante de su historia reciente, inaccesible para ellos.
La FIFA habla de «precios variables» y «categorías accesibles». Los boletos más baratos teóricamente parten de 60 dólares, pero son casi inexistentes en la práctica. El capital, como siempre, reserva el espectáculo para quien pueda pagarlo.
La ciudad vitrina: ocultar la pobreza, expulsar al pobre
Los estadios no son islas. Son territorios que el capital reorganiza a su imagen. En Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, los barrios obreros y populares aledaños a las sedes mundialistas han sufrido un proceso que la academia llama «turistificación» y que el marxismo nombra con más precisión: valorización capitalista del espacio a costa de la dignidad de la clase obrera, particularmente del sector más vulnerable y orientado al lumpen.
Vecinos del entorno del Estadio Azteca en Tlalpan y Huipulco denuncian cierres viales permanentes, operativos de seguridad que les obligan a presentar comprobante de domicilio solo para circular por su propio barrio, y obras de embellecimiento que, como ha documentado Infobae y la propia UNAM, «responden más a la imagen que exige el torneo que a las necesidades de quienes habitan la zona». La CNDH alertó formalmente sobre el impacto desproporcionado del Mundial en adultos mayores, mujeres jefas de hogar y comunidades indígenas urbanas.
El alza de rentas y la especulación inmobiliaria en zonas cercanas a estadios han desplazado a residentes históricos, lo que vecinos de la CDMX denunciaron en marchas frente a la Secretaría de Turismo capitalina. Las construcciones irregulares con sellos de clausura que siguen operando junto al Estadio Banorte, en Guadalajara, ilustran la permisividad del Estado cuando el capital en época mundialista necesita espacio. La ciudad se convierte en vitrina, se maquilla la pobreza y se empujan los pobres hacia atrás del telón.
La privatización de la mirada
Ver el Mundial tampoco es libre. La FIFA estima ingresos totales de 11 000 millones de dólares para el ciclo 2023-2026, buena parte de los cuales provienen de la venta de derechos de transmisión a cadenas privadas y plataformas de streaming que después cobran al aficionado. Las plataformas han invertido 3 925 millones de dólares en derechos deportivos, un incremento del 36 % respecto a Qatar 2022, recuperándose mediante suscripciones más caras.
En México, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) ha aclarado que bares, restaurantes y cualquier negocio que transmita los partidos sin licencia puede enfrentar multas de hasta 29 millones de pesos. La FIFA, titular de los derechos, vigila activamente «cualquier uso no autorizado de sus activos». El fútbol, que nació en la calle, hoy necesita pago para ser visto en una cantina de barrio.
El imperialismo en el campo de juego
La Copa del Mundo se juega en el país del Departamento de Estado y del Departamento de Seguridad Nacional. La selección de Irán, clasificada legítimamente al torneo, no puede concentrarse en suelo estadounidense. El gobierno de Trump, bajo una orden ejecutiva que restringe viajes desde doce países, negó las visas al presidente de la Federación iraní, al técnico y a nueve directivos para el sorteo de diciembre. Posteriormente, 15 integrantes del cuerpo de apoyo vieron rechazadas sus solicitudes. Irán debió trasladar su campo base a Tijuana, México, cruzando la frontera solo el día de cada partido para regresar la misma noche.
Irán denunció ante la FIFA «la peor forma posible de injerencia políticamente sesgada en el deporte». El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, que debía convertirse en el primer árbitro de Somalia en un Mundial, fue detenido en Miami pese a portar pasaporte diplomático. Andrew Giuliani, jefe del Grupo de Trabajo de la Casa Blanca para el Mundial, defendió las medidas en nombre de la «seguridad nacional extrema». La FIFA, ese organismo que castigó a Indonesia por no dejar entrar a Israel en el Mundial Sub 17, guardó silencio cómplice ante la discriminación de Estados Unidos hacia delegaciones de países árabes y de Oriente Medio.
ICE en el estadio, trabajadores en la calle: la contradicción al desnudo
Mientras la FIFA y sus socios corporativos celebran la «fiesta del fútbol», la contradicción de clase se hace visible en las calles de las ciudades sede. En Los Ángeles, los trabajadores del SoFi Stadium, en su mayoría inmigrantes latinoamericanos, amenazaron con huelga a cinco días de la inauguración. Sus demandas son salarios superiores a 30 dólares la hora (frente a aumentos de 25 centavos que la empresa Legends Global les ofrecía) y garantías de protección ante la presencia del ICE dentro del estadio. El copresidente del sindicato fue contundente al decir que en caso de huelga, las suites de hospitalidad de la FIFA, vendidas a 100 000 dólares cada una, solo tendrían agua embotellada y papas fritas. El director del ICE, Tom Homan, declaró que la agencia priorizaría la «seguridad nacional» sobre las deportaciones durante el torneo, pero añadió que, si en una amenaza de seguridad «hay un extranjero ilegal, por supuesto actuaremos». El miedo de los trabajadores inmigrantes que sostienen el espectáculo para millonarios es entonces, un instrumento de gestión laboral.
En México, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) inició el 1 de junio una huelga nacional indefinida, marchando del Ángel de la Independencia al Zócalo, donde el FIFA Fan Festival ya ocupaba el espacio público. Sus demandas incluyen aumento salarial real, derogación de la Ley del ISSSTE de 2007 y revisión de la reforma educativa. El gobierno les ofreció un 9 % que los maestros calcularon equivaldría apenas al 4,3 % efectivo, apenas por encima de la inflación. El 9 de junio, maestros y estudiantes de Ayotzinapa marcharon hacia el Estadio Azteca y fueron contenidos por operativos policiales. «¡Boicot al Mundial FIFA 2026!», rezaba una lona. La presidenta Sheinbaum prometió que «la inauguración está garantizada».
La doble vara de la FIFA
En 2023, la FIFA despojó a Indonesia de la sede del Mundial Sub-20 después de que el gobernador de Bali, Wayan Koster, solicitara la exclusión de la selección israelí en solidaridad con el pueblo palestino. Indonesia, el país con la mayor población musulmana del mundo, no reconoce a Israel como Estado. La FIFA actuó en horas retirando la sede y amenazando con sanciones a la Federación indonesia. Argentina, sin chistar, asumió la organización.
La misma FIFA que castiga a Indonesia por razones políticas ordena, en junio de 2026 a Haití modificar su camiseta oficial por contener una ilustración de la Batalla de Vértières de 1803, el combate que derrotó a las tropas napoleónicas y abrió el camino a la independencia haitiana. La empresa colombiana Saeta, diseñadora del uniforme, aclaró que el diseño era «un homenaje a los hombres y mujeres que contribuyen cada día al futuro de Haití». La FIFA lo consideró un «mensaje político» y exigió modificaciones sin especificar qué elemento exactamente violaba el reglamento. Haití, que no disputaba un Mundial desde 1974, vio borrada su memoria anticolonial de su camiseta por decreto burocrático.
La coherencia es perfecta desde la lógica del capital que penaliza la solidaridad con el pueblo palestino, penaliza la memoria de la primera revolución negra del mundo moderno, mientras protege el derecho de Estados Unidos a discriminar delegaciones enteras por lógicas imperialistas de guerra. La FIFA no es apolítica: es política del capitalismo imperialista.
EL FÚTBOL ES NUESTRO, EL MUNDIAL ES SUYO
El Mundial 2026 es un espejo. Refleja con precisión el momento del capitalismo en su fase imperialista: la subsunción total del deporte bajo la lógica de la mercancía, la militarización de los espacios públicos, la criminalización de la protesta y la gestión de la mano de obra migrante mediante el miedo. El capital global ha tomado el juego de la clase obrera y lo ha transformado en un dispositivo de extracción, exclusión y control.
Los maestros mexicanos que marchan mientras el Zócalo se viste de FIFA, los trabajadores inmigrantes del SoFi Stadium que exigen salarios dignos bajo la amenaza del ICE, los haitianos a quienes se les borra su revolución de la piel, los iraníes que cruzan la frontera como ilegales para jugar un Mundial, los vecinos de Tlalpan que necesitan mostrar su credencial para entrar a su propia calle; todos ellos son la misma clase y su lucha, fragmentada y dispersa, apunta al mismo nudo: el del capital organizado en forma de espectáculo. El fútbol, en su origen, fue nuestro. Recuperarlo no es solo una cuestión deportiva.
Por A.O
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