El presidente firma el estado de emergencia mientras Occidente observa en silencio. Las políticas económicas del gobierno siguen devastando el país para garantizar las ganancias de unos pocos
Policías y manifestantes se enfrentan en una carretera en San Julián, Bolivia, el 6 de junio 2026. Ipa Ibanez (REUTERS) En el País.com
Lantidiplomatico.it
El equipo editorial/20/06/026
Siete semanas de protestas y bloqueos bastaron para desmantelar la máscara de tolerancia liberal. El presidente boliviano Rodrigo Paz, un fiel defensor de la ortodoxia neoliberal empeñado en sembrar el caos en el país andino, firmó el decreto que declara el estado de emergencia nacional. Esta respuesta no deja lugar a dudas: ante las demandas de quienes exigen justicia social y condiciones de vida dignas, ¿cómo responde el gobierno? Con represión. La medida, justificada por el deseo de "restablecer la normalidad", revela en realidad su verdadera naturaleza autoritaria, enmascarada por la necesidad administrativa.
Paz habló de ciudadanos rehenes de los bloqueos, de carreteras que debían despejarse y de suministros que debían garantizarse. Estas palabras suenan vacías al leerlas a la luz de una política económica que busca desmantelar los servicios públicos, privatizar recursos y agravar la desigualdad. El neoliberalismo del que Paz es un firme defensor no es una teoría abstracta: es la práctica diaria de recortar subsidios, aumentar los precios de los productos básicos, reducir los salarios reales y concentrar la riqueza del país en manos de unos pocos. Y cuando la gente sale a las calles para decir basta, la respuesta siempre es la misma: leyes especiales, toques de queda y soldados en las calles.
El presidente advirtió que «quienes persistan en bloquear el movimiento serán sometidos a todo el peso de la ley», olvidando que la ley, en un sistema diseñado para proteger los intereses de unos pocos, suele ser simplemente una herramienta para silenciar las voces discordantes. El estado de emergencia incluye toques de queda, restricciones a la venta de alcohol e incluso restricciones a los servicios bancarios en zonas conflictivas. Y las Fuerzas Armadas, desplegadas para apoyar a la policía, están listas para actuar como imán para una protesta que el gobierno prefiere presentar como violencia gratuita, en lugar de como el único grito de quienes ya no tienen voz.
Y aquí viene lo mejor: mientras Paz afianza su poder, Occidente, siempre tan dispuesto a defender los derechos humanos ante gobiernos considerados hostiles, observa en silencio. La misma Europa que aplaudió las revueltas callejeras en otros continentes, que presentó las movilizaciones contra regímenes autoritarios como un modelo, ahora finge no ver. Porque cuando las protestas desafían el orden neoliberal, cuando los bloqueos paralizan un país que se atrevió a soñar con un futuro diferente, entonces el silencio se convierte en complicidad. Este es el doble rasero de Occidente: aplausos para quienes luchan contra regímenes "equivocados", o mejor dicho, contra quienes no se alinean con los dictados liberales/de libre mercado; indiferencia o desaprobación para quienes se atreven a desafiar los principios del libre mercado y a sus fieles defensores.
La dinámica de los últimos días es emblemática. Por un lado, la Central Obrera Boliviana (COB), con la que el gobierno firmó un acuerdo aparte para apaciguar las protestas. La estrategia de Paz busca dividir y debilitar al movimiento, ofreciendo migajas de diálogo a un bando mientras las fuerzas gubernamentales se preparan para reprimir al otro. De hecho, mientras la COB se sienta a la mesa de negociaciones, la Federación Campesina Túpac Katari de La Paz ha optado por permanecer en las calles, rechazando un acuerdo que, a su juicio, no aborda las causas profundas del descontento. Este es el sector más combativo del país, el que sabe que el neoliberalismo no se puede contrarrestar con unos pocos ajustes técnicos, sino con un cambio radical de rumbo. Este sector cree que las promesas de diálogo del gobierno son solo una forma de ganar tiempo mientras se pone en marcha la maquinaria represiva.
El secretario de la COB, Mario Argollo, habló de "reconciliación entre el gobierno y los gobernados". Sin duda, son palabras loables, pero corren el riesgo de quedar en letra muerta si el gobierno no cambia su paradigma económico. Porque la verdad es que el neoliberalismo no es un error, sino un proyecto político específico. Un proyecto que desestabiliza las economías locales, privatiza los bienes públicos, destruye el tejido productivo y obliga a millones de personas a emigrar o sobrevivir con empleos precarios. Y todo esto para aumentar las ganancias de una minoría que, gracias a las políticas de Paz, busca enriquecerse mientras Bolivia se hunde. Tal como sucedió antes de la llegada de los gobiernos del MAS liderados por Evo Morales.
La declaración del estado de emergencia es el acto final de una estrategia que nunca quiso adoptar. Las protestas no son un capricho, ni el resultado de una supuesta "infiltración política", como ha insinuado el presidente, sino la reacción desesperada de un pueblo que ve su futuro desmoronarse. Y la respuesta de Paz, en lugar de abordar las causas profundas del levantamiento, opta por el camino más conveniente para los liberales: la represión, la mano dura, un decreto que suspende las libertades para defender un sistema que nunca ha garantizado la libertad a la mayoría.
El tiempo dirá si esta estrategia funciona. Pero una cosa es segura: la Bolivia de hoy es el laboratorio de un modelo que en otros países, quizás con menos recursos naturales que explotar, despierta menos interés. Y Occidente, con su silencio, se está posicionando del lado equivocado de la historia. Del lado donde se pisotea el derecho a la protesta, donde se criminalizan las demandas sociales, donde la palabra "diálogo" se usa solo para ganar tiempo antes de atacar. El neoliberalismo de Paz no es una abstracción: es la cara sucia de un sistema que sigue cobrándose víctimas y que en Bolivia, como en otros lugares, no conoce otra respuesta que la fuerza bruta de la represión.
__________
Fuente:
