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LA NUEVA GUERRA HÍBRIDA CONTRA CUBA

CUBA, EL PRÓXIMO OBJETIVO: CÓMO WASHINGTON FABRICA UNA INTERVENCIÓN
Cómo funciona la nueva guerra híbrida que sustituye las invasiones militares clásicas. La fabricacion del relato de un “Estado fallido


CÁNDIDO GÁLVEZ 
canarias-semanal.org/19/05/2026

Mientras Cuba atraviesa un tsunami de apagones, escasez de combustible y una de las crisis económicas más duras de las últimas décadas, Washington intensifica las acusaciones sobre amenazas y seguridad. Detrás de esas presiónes, se desarrolla una nueva forma de guerra basada no en invasiones militares, sino en sanciones económicas, campañas mediáticas y operaciones psicológicas para debilitar al país. Ha comenzado a dibujarse una nueva estrategia imperial mucho más sofisticada y peligrosa que las antiguas invasiones militares clasicas emprendidas hasta ahora por los EEUU.

Hubo tiempos en que los imperios desembarcaban con uniformes impecables, banderas desplegadas y columnas de tanques avanzando por las avenidas de las capitales de los territorios derrotados.

Las invasiones eran espectáculos brutales y visibles. El ocupante no se escondía. Llegaba diciendo que venía a conquistar. En Vietnam, en Irak, en Panamá o en República Dominicana, el mundo veía caer bombas antes de escuchar discursos sobre democracia.

Pero el poder aprende. Y cuando descubre que ciertos métodos generan demasiado rechazo internacional, demasiados muertos televisados y demasiados costos políticos, cambia de piel sin abandonar jamás sus objetivos.

Eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy con Estados Unidos bajo la nueva etapa política encabezada por Donald Trump. La estrategia de dominación ya no se presenta necesariamente como invasión militar abierta. Ahora aparece envuelta en discursos sobre “seguridad hemisférica”, “crisis humanitaria”, “estabilidad regional”, “terrorismo”, “espionaje extranjero”, "narcotráfico" o “protección democrática”.

Las guerras modernas comienzan mucho antes de que aparezcan los soldados. Empiezan en los mercados financieros, en las sanciones económicas, en las campañas mediáticas, en los algoritmos de las redes sociales y en la construcción psicológica de un enemigo al que primero se le aísla, luego se le asfixia y finalmente se le presenta ante el mundo como un problema que “requiere intervención”.

Cuba la están tratando de convertir en uno de los ejemplos más visibles de esta transformación histórica. Lo que Washington intenta hacer contra la isla ya no se parece exactamente a lo sucedido en Bahía de Cochinos. Tampoco necesita repetir necesariamente una ocupación clásica como la de Irak.

El nuevo modelo es mucho más sofisticado y precisamente por eso más peligroso. Consiste en destruir lentamente las condiciones materiales de vida de un país hasta provocar agotamiento social, desesperación económica y fractura política interna. Cuando el deterioro alcanza cierto nivel, entonces aparece el discurso salvador: la necesidad de “rescatar” al país de la crisis que ellos previamente habían ayudado a fabricar.

DE LOS GOLPES MILITARES A LA GUERRA HÍBRIDA

Durante gran parte del siglo XX, Washington utilizó golpes militares tradicionales para controlar América Latina. Chile en 1973, Brasil en 1964, Argentina en 1976 o Guatemala en 1954 fueron ejemplos brutales de ese modelo. El procedimiento era relativamente simple: financiar sectores militares locales, destruir gobiernos incómodos e imponer regímenes subordinados a los intereses norteamericanos. Pero el final de la Guerra Fría modificó profundamente las formas de intervención.

Las nuevas formas de dominación comenzaron a mezclarse con mecanismos económicos, financieros y tecnológicos mucho más complejos. La guerra dejó de limitarse a los cuarteles. Ahora puede desarrollarse simultáneamente en bancos, plataformas digitales, organismos internacionales y medios de comunicación. La presión económica se transforma en arma política. El bloqueo financiero se convierte en instrumento de desgaste social. La escasez deja de ser solamente una consecuencia económica para convertirse en un método de presión psicológica colectiva.

En ese nuevo escenario, el imperialismo contemporáneo ya no necesita siempre ocupar directamente un país para controlarlo. Le basta muchas veces con destruir su estabilidad interna, fragmentar su cohesión social y condicionar completamente sus decisiones económicas. El verdadero objetivo ya no es únicamente conquistar territorios, sino someter sociedades enteras mediante dependencia estructural.

La gran novedad de esta estrategia es que muchas veces las víctimas terminan apareciendo ante el mundo como responsables exclusivas de su propia destrucción. Primero se impone el bloqueo, luego se denuncia la pobreza provocada por ese mismo bloqueo. Después, se asfixia la economía y se utiliza el deterioro resultante como prueba del supuesto “fracaso” del sistema político atacado.

CUBA COMO OBJETIVO HISTÓRICO

Para Washington, Cuba nunca ha sido una simple isla caribeña. Su problema fundamental es político y simbólico. Desde 1959, la existencia de un país que escapó de la órbita estadounidense a apenas 150 kilómetros de Florida constituye una anomalía estratégica intolerable para sectores centrales del poder norteamericano.

Por eso el bloqueo económico contra Cuba no puede entenderse únicamente como una sanción comercial. Se trata de un mecanismo histórico de desgaste permanente. El objetivo nunca fue solamente debilitar al gobierno cubano, sino generar suficientes dificultades materiales para provocar desesperación social interna.

La lógica aparece claramente formulada desde hace décadas: crear carencias, deteriorar las condiciones de vida y provocar descontento popular. Lo novedoso es que ahora esa estrategia se combina con operaciones mediáticas globales mucho más sofisticadas y con una utilización intensiva del discurso humanitario.

La presión actual sobre Cuba no ocurre de manera aislada. Forma parte de una reorganización más amplia del poder mundial en un momento de crisis global del capitalismo y creciente disputa geopolítica internacional.

LA ASFIXIA ECONÓMICA COMO ARMA DE GUERRA

La situación energética cubana ofrece una imagen extremadamente clara de esta nueva modalidad de agresión. El propio ministro de Energía de Cuba reconoció recientemente que el país enfrenta una escasez crítica de combustible y ausencia casi total de reservas de diésel.

Leída superficialmente, esta noticia podría parecer solamente un problema económico interno. Pero el contexto internacional revela algo mucho más profundo. Cuba enfrenta enormes dificultades para acceder a mercados financieros, adquirir combustible, realizar pagos internacionales o recibir inversiones debido al bloqueo y las sanciones estadounidenses. El resultado es un estrangulamiento progresivo de la vida cotidiana.

Los apagones, la escasez de transporte y las dificultades productivas generan algo más poderoso que un simple problema económico: producen agotamiento psicológico colectivo. La guerra híbrida moderna necesita precisamente eso. No busca solamente destruir infraestructuras. Busca erosionar lentamente la capacidad de resistencia social.

Aquí aparece uno de los elementos más perversos del nuevo modelo imperial. Las sanciones económicas funcionan como una forma de guerra silenciosa. No producen imágenes espectaculares como las bombas, pero deterioran hospitales, transportes, alimentos y servicios esenciales. Son formas lentas de demolición social.

Mientras tanto, los grandes medios internacionales presentan el resultado final como prueba del “fracaso interno” cubano, ocultando deliberadamente el peso del bloqueo económico. La operación es doble: primero se crea el daño; luego se utiliza el daño como argumento político.

LA FABRICACIÓN DEL ENEMIGO Y EL PRETEXTO

Toda intervención necesita legitimidad. Ninguna potencia puede presentarse hoy ante el mundo diciendo simplemente que desea controlar otro país por razones geopolíticas o económicas. Necesita construir previamente un relato moral.

Por eso resulta tan importante observar las recientes acusaciones estadounidenses sobre supuestas actividades de espionaje extranjero en Cuba. Washington comenzó a presentar a la isla como posible plataforma de operaciones de inteligencia vinculadas a China y otros adversarios estratégicos.

La operación narrativa es evidente. Cuba deja de aparecer únicamente como un problema regional y pasa a integrarse dentro de la gran confrontación global entre Estados Unidos y China. De repente, la isla puede ser presentada como amenaza para la seguridad nacional norteamericana.

Algo parecido ocurrió con las recientes acusaciones sobre posibles drones cubanos vinculados a Rusia e Irán. Según denunció el propio canciller cubano, Washington estaría utilizando un supuesto “incidente fabricado” para crear un pretexto político que permita justificar futuras acciones agresivas.

La historia de las intervenciones estadounidenses está llena de operaciones semejantes. El Golfo de Tonkín en Vietnam, las armas de destrucción masiva en Irak o las campañas sobre supuestas amenazas humanitarias en Libia muestran un patrón repetido: primero se construye mediáticamente el peligro; después se presenta la intervención como respuesta necesaria.

El verdadero cambio histórico consiste en que las nuevas guerras ya no comienzan necesariamente con desembarcos militares. Empiezan con narrativas cuidadosamente construidas.

CUANDO LAS GUERRAS SE DISFRAZAN DE AYUDA

El gran triunfo ideológico del imperialismo contemporáneo consiste en presentarse muchas veces como defensor de los derechos humanos mientras contribuye activamente al deterioro social que luego denuncia. Primero aparece la asfixia económica. Después llegan las campañas internacionales sobre crisis humanitaria. Finalmente, surge la idea de intervención como supuesto acto de salvación.

Así ha funcionado en numerosos conflictos recientes. El lenguaje cambia, pero la lógica permanece. Ya no se habla necesariamente de conquista. Ahora se habla de estabilidad, protección, democracia o asistencia internacional. Pero detrás de esos discursos continúa operando el mismo objetivo histórico: garantizar control geopolítico, subordinación económica y hegemonía internacional.

La diferencia es que el nuevo imperialismo aprendió a intervenir sin parecer invasor. Aprendió a destruir países lentamente mientras afirma estar intentando ayudarlos. Y precisamente por eso el caso cubano merece ser observado con tanta atención. Porque en la isla no solamente se está desarrollando un conflicto político regional. Allí puede verse, casi a plena luz del día, la arquitectura de las nuevas formas de ocupación del siglo XXI.

FUENTES CONSULTADAS

- El ministro de Energía de Cuba está dando la voz de alarma: No hay ni gasóleo para calefacción ni diésel en la isla
- Encuesta: Gran mayoría de ciudadanos estadounidenses se opone a la guerra contra Cuba
- Estados Unidos sospecha de actividades de espionaje por parte de terceros países en Cuba
- Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba: EE.UU. utiliza un “incidente fabricado” como pretexto para la invasión
- Crepúsculo de los dioses sobre el nuevo orden mundial
- Una historia marxista del mundo
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