Fondo Monetario Internacional
A más de ochenta años de Bretton Woods, las relaciones de poder de la posguerra conservan su matriz intacta, bajo un estatus excepcional que economistas y juristas denuncian como un esquema de subordinación sin salidas
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Charo Solís
diario-red.com/26/05/26 |6:00
En julio de 1944, mientras la Segunda Guerra Mundial todavía no había terminado, representantes de 44 países se reunieron en el hotel Mount Washington, en Bretton Woods, un pequeño pueblo del estado de New Hampshire, Estados Unidos. Europa estaba devastada, Gran Bretaña llegaba debilitada al final de la guerra, el país anfitrión emergía como la gran potencia económica y militar de Occidente. En ese encuentro se definieron las bases del nuevo sistema financiero internacional y nacieron dos organismos que marcarían la política económica global durante las décadas siguientes: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, luego conocido como Banco Mundial.
La conferencia fue presentada como un esfuerzo para evitar nuevas crisis económicas internacionales y garantizar estabilidad monetaria después del derrumbe que había seguido al crack de 1929. Allí se buscó erradicar lo que el Secretario del Tesoro estadounidense, Henry Morgenthau, denominó los 'métodos de la guerra económica destructiva', haciendo referencia a las devaluaciones competitivas y al proteccionismo extremo que habían caracterizado a los años treinta.
El FMI tendría la función de asistir financieramente a los países con problemas en sus balanzas de pago y sostener un esquema de tipos de cambio fijos pero ajustables. El Banco Mundial se orientaría a la reconstrucción y al financiamiento de largo plazo.
Bretton Woods fue el momento en que Estados Unidos consolidó un nuevo orden monetario bajo su liderazgo. El dólar pasó a ocupar el centro del sistema financiero internacional y desplazó definitivamente a la libra esterlina británica, que había dominado el comercio mundial durante gran parte del siglo XIX y comienzos del XX.
Alfredo Gómez Morales, presidente del Banco Central y ministro de Finanzas durante el peronismo, sostuvo años después que el diseño del Fondo respondía principalmente a los intereses de las potencias industriales
Ambos organismos quedaron estructurados bajo una lógica de poder desigual, basada en el peso económico de cada país miembro. Las decisiones no se tomaban de forma democrática por Estado, sino a través de un esquema de votos ponderados por cuotas, donde el poder de decisión era proporcional al capital aportado por cada gobierno.
Hacia fines de los años sesenta, Estados Unidos controlaba cerca del 25% de los votos en el FMI y el Banco Mundial. Este modelo contrastaba abiertamente con el de la Asamblea General de la ONU, nacida poco después, donde se adoptó el principio de 'un país, un voto'.
El diseño original de Bretton Woods dejó un mecanismo de control que sigue vigente en la actualidad: el poder de veto absoluto norteamericano. Debido a que las reformas estructurales más importantes del FMI requieren una mayoría calificada del 85% de los votos, a Estados Unidos le basta con hacer valer su cuota actual, que ronda el 16.5% para bloquear en soledad cualquier iniciativa. Ninguna otra nación del mundo posee esa capacidad de veto individual, lo que garantiza que las reglas del juego financiero global no puedan modificarse sin el consentimiento de la Casa Blanca.
La Argentina de Perón y el rechazo al Fondo
En América Latina, la relación con el FMI estuvo atravesada desde el comienzo por debates sobre soberanía económica y dependencia. Argentina ocupó un lugar singular en esos primeros años. El gobierno de Juan Domingo Perón decidió no adherir a los acuerdos de Bretton Woods ni incorporarse al Fondo Monetario Internacional o al Banco Mundial. Para el peronismo, el ingreso a estas instituciones representaba una cesión de soberanía y una forma de subordinación al poder estadounidense, una postura que se cristalizó en la proclamación de la 'Independencia Económica' en 1947. De este modo, la Argentina postergó su ingreso al organismo hasta 1956, tras el derrocamiento de Perón.
La decisión respondía a una concepción económica que priorizaba la autonomía estatal sobre la política monetaria y el comercio exterior. Alfredo Gómez Morales, quien fuera presidente del Banco Central y ministro de Finanzas durante el peronismo, sostuvo años después que el diseño del Fondo respondía principalmente a los intereses de las potencias industriales. Para el gobierno argentino, el problema central no consistía en conseguir divisas financieras sino en garantizar el acceso a bienes de capital, combustibles y maquinaria necesarios para el desarrollo industrial. Perón aseguraba en 1949 que, ante la falta de divisas internacionales, 'hoy no hay más que una manera de comercializar: el trueque directo de mercaderías entre los países', una estrategia de intercambio bilateral que, según su visión, requería obligatoriamente de la 'intervención directa y ajustada del propio Estado'.
Hoy, a más de ochenta años de Bretton Woods, el organismo ha modificado su lenguaje institucional incorporando metas de inclusión social o desarrollo sostenible
Perón también dejó planteada una lectura política sobre el nuevo orden financiero internacional. En textos escritos durante su exilio, como en su libro La hora de los pueblos, describió al FMI como una herramienta neocolonial ligada a la expansión del poder estadounidense después de la guerra. Señalaba que el sistema monetario internacional permitía a Estados Unidos proyectar su influencia económica sobre otros países mientras consolidaba el papel central del dólar en el comercio mundial.
Durante toda la etapa peronista no existió relación con el Fondo Monetario Internacional. En 1953, el gobierno incluso canceló la deuda externa argentina. Esa situación cambió tras el golpe de Estado de 1955. Un año después, la dictadura de la Revolución Libertadora formalizó el ingreso argentino al FMI. Se inauguró así un lazo de dependencia financiera que se extiende en línea directa hasta el presente, donde el país continúa atado a las revisiones del organismo y a las decisiones de sus equipos económicos.
De apagar incendios a rediseñar los cimientos
Hay un dicho popular que advierte sobre los que te prestan el paraguas cuando hay sol y te lo sacan cuando empieza a llover. Algo así experimentó la región. El jurista Arturo Sampay interpretó aquel ingreso de 1956 como el abandono de la autonomía nacional y el inicio de una dependencia financiera. Con las décadas, el FMI desbordó su rol original de asistencia transitoria para convertirse en interventor de las políticas internas de los deudores.
Este giro se profundizó tras 1971, cuando Richard Nixon rompió el pacto de Bretton Woods al suspender la convertibilidad del dólar en oro. La libre emisión estadounidense inundó los mercados de "petrodólares" que terminaron convertidos en créditos blandos para la periferia. Al subir las tasas de interés globales en los años ochenta, la deuda latinoamericana se tornó impagable y la región ingresó en una crisis estructural. El FMI se consolidó entonces como el prestamista de última instancia y supervisor de las renegociaciones, pero atando sus rescates a condicionalidades que exigían privatizaciones, reformas laborales, apertura comercial y ajuste fiscal.
Esta mutación hacia un poder global se blindó mediante la propia estructura jurídica del Fondo. Su carta constitutiva le otorgó amplias inmunidades a sus bienes y funcionarios frente a medidas judiciales de los Estados soberanos, un estatus excepcional que economistas y juristas denuncian como un esquema de subordinación sin salidas.
Hoy, a más de ochenta años de Bretton Woods, el organismo ha modificado su lenguaje institucional incorporando metas de inclusión social o desarrollo sostenible. Sin embargo, las relaciones de poder de la posguerra conservan su matriz intacta. En un sistema financiero que arrastra las marcas de 1944, la deuda externa continúa funcionando como un mecanismo de control geopolítico, y Estados Unidos retiene el mismo poder de veto estratégico con el que se fundó el organismo en aquel hotel de New Hampshire.
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