El “intríngulis” revolucionario
¿Hay que esperar una nueva ola de insurrecciones en el presente dadas las circunstancias degenerativas del capitalismo global?
Andres Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I
observatoriocrisis.com/15 mayo, 2026
Hablamos a menudo de una Crisis Sistémica Cronificada que está gangrenando al modo de producción capitalista y le hace entrar en una Guerra Sistémica Permanente, con un componente de lucha de clase vertical, del Capital contra el Trabajo o de destrucción de las condiciones sociales.
Es más difícil para la Ciencia Social analizar la reacción y de las poblaciones frente a ello por ser muchos los factores y cruzamiento de variables a tener en cuenta. Podríamos, para simplificar, hacer al respecto una pregunta básica: ¿hasta dónde se puede incrementar la dominación y la explotación de las sociedades sin reacción masiva?
En las formaciones sociales centrales del Sistema Mundial capitalista los últimos levantamientos populares generalizados tuvieron lugar entre los años 1917-1921, cuando se pugnó por todo un nuevo orden constituyente republicano-democrático en buen parte de Europa, que tuvo su réplica en el constitucionalismo republicano de NuestraAmérica (comenzando por la Constitución de Querétaro, de México, dos años antes que la de Weimar, en 1919. Luego vendrían la constitución chilena de 1925 bajo la presidencia de Arturo Alessandri; las de Uruguay, de 1934, 1938 y 1942 y las brasileñas de 1934 y 1937, con Getulio Vargas).
La ola anterior de insurgencia generalizada había ocurrido en 1848, tras la grave crisis alimentaria e industrial en Europa. ¿Hay que esperar una nueva ola de insurrecciones en el presente dadas las circunstancias degenerativas del capitalismo global?
Tras el fracaso de las insurrecciones del 48, Marx y Engels escribieron en el último número de la Revue der Neuen Rheinischen Zeitung, en 1850:
“Una verdadera revolución sólo puede darse en aquellos periodos en que estos dos factores, las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de producción incurren en mutua contradicción […]. Una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis”.
Obviamente, se han gastado muchos litros de tinta discutiendo sobre la inexorabilidad de que esa contradicción, tarde o temprano, se produzca, así como sobre la hipotéticamente inevitable consecuencia “revolucionaria” a que conduce.
Pero envolviendo ese debate, en contra de lo que parece indicar la propia epistemología materialista, el marxismo ha significado, paradójicamente, una continua lucha por emancipar la conciencia de las condiciones materiales inmediatas, un envite en pro del factor humano en los procesos socioeconómicos, a fin de generar una agencialidad transmediata, capaz de sobreponerse a las propias condiciones de existencia. Y en esta gran paradoja subyace probablemente todo el rico jugo de la compleja y por momentos inaprensible dialéctica.
Los clásicos del marxismo, empezando por el propio Marx, centraron las claves de la transformación sistémica en las formaciones sociales centrales del modo de producción capitalista, por darse en ellas las formas capitalistas más desarrolladas. Mientras éstas no se ocluyeran el capitalismo seguiría brioso su curso histórico, por muchas revueltas y revoluciones que se dieran en las periferias, nos venían a advertir.
Como es sabido, la historia posterior les dio la razón de forma contradictoria, confirmando por un lado la marcha arrolladora del capitalismo global a pesar de las sacudidas revolucionarias semiperiféricas y periféricas, al tiempo que también mostró que esa circunstancia revolucionaria en las formaciones de capitalismo avanzado no sólo no se dio, sino que el capitalismo mutó en sus centros sistémicos, haciéndose keynesiano o “social” (algo no previsto por los clásicos), lo que permitió no sólo integrar a la clase trabajadora al orden del capital, sino imbuirla de una conciencia “aristocrática” (en cuanto que “aristocracia obrera” generalizada) frente al resto de la fuerza de trabajo mundial.
Fue en las “semiperiferias” y en las “periferias” del Sistema donde los procesos de (intento de) ruptura con el capitalismo tuvieron lugar , como por otra parte siempre se dio a lo largo de la Historia: fue asimismo en los márgenes o submárgenes de las formaciones imperiales (con un determinado modo de producción -por lo general tributario o bien “antiguo”-) donde se dieron las “desconexiones” que permitirían el desarrollo de nuevas sociedades (y también nuevos modos de producción).
Estamos, sin embargo, en el momento histórico en el que un conjunto de circunstancias ha venido a descolocar el cuadro de análisis. Para empezar, la decadencia del capitalismo hasta ahora central, en favor de periferias emergentes que van adquiriendo mayor centralidad en el Sistema, y sobre todo y muy especialmente China (precisamente una potencia en transición socialista, ya primera potencia económica mundial).
Pero repasemos un poco.
La plusvalía relativa que se desarrolló con fuerza en las formaciones centrales o de capitalismo avanzado, facilitó la desconcienciación de la clase trabajadora. Procuró en ella la pérdida del sentido de explotación, dado que la mejora de la productividad que posibilita el cambio técnico facilita la desvalorización de los medios de vida de los trabajadores, y por tanto el abaratamiento de la fuerza de trabajo, sin afectar a su situación material, lo que permite aumentar la tasa de explotación por la vía del plusvalor relativo, sin acentuar el conflicto social. Además, esa forma intensiva de explotación genera una proliferación de situaciones y condiciones laborales que estratifica, disgrega y atomiza a la clase trabajadora, dificultando sobremanera una conciencia común.
Este proceso según Marx es importante para entender las oscilaciones cíclicas del capitalismo, y se presenta de manera siguiente:
- la acumulación de capital considerada en cuanto al valor(el objetivo)
- la elevación de la productividad del trabajo y de la composición orgánica del capital como medio para obtener más ganancias
- el descenso de la eficiencia de la valorización (disminución de la tasa media de ganancia debido al exceso de maquinaria en proporción al trabajo humano)
- la compensación del descenso de la tasa de ganancia por el aumento de su masa = aumento de masa de valores de uso producidos
- el problema de realizar las mercancías por sus valores ante su masificación en el mercado (sobreproducción)
- la depreciación de bienes de capital o su destrucción selectiva y reposición de la tasa de ganancia.
Después de este paso el ciclo se repite. Marx comenta el proceso descrito de la manera siguiente:
“El método empleado, -desarrollo incondicional de las fuerzas productivas sociales- choca constantemente con el fin perseguido, que es un fin limitado, a saber: la valorización del capital existente. El crecimiento absoluto de la parte variable del capital relativamente menor a su componente constante es a su vez relativamente menor respecto de la población obrera sobrante que el mismo proceso de acumulación expulsa al sustituir fuerza de trabajo viva por capital fijo.”
Como estamos constatando ya en la mayoría de las sociedades del planeta, mantener las tasas de beneficio cada vez permite menos la financiación de la reproducción de la vida. Más aún de quienes el sistema económico condena a ser “superfluos”.
Eso quiere decir, en el terreno global, que el imperialismo expansivo que incorporaba territorios y poblaciones al proceso de revalorización capitalista ha dejado paso a un imperialismo de exclusión para el que una masa creciente de individuos y territorios se convierten en inservibles para esa revalorización.
“Estados fallidos”. Esta es la forma eufemística por la cual actualmente se denomina a la disolución de espacios nacionales de acumulación, que es lo que la Geoestrategia del Caos imperial busca conseguir, además de abortar cualquier proceso emergente que pueda dar al traste con la actual hegemonía imperial y posiblemente con el propio capitalismo, esto último al estar China al frente de ese Mundo Emergente.
En el plano doméstico, las formas de “reconocimiento” de los sujetos nacionales de derecho que acompañaron como un modelo de lujo a la expansión capitalista postbélica en los centros del Sistema, se van descomponiendo progresivamente en la misma medida que la renta imperialista, la plusvalía relativa o incremento de la productividad y el endeudamiento público que las ha sostenido en las últimas cuatro décadas se descomponen o se vuelven inviables a medio plazo.
En ese sentido, el blindaje de las fronteras posee una razón objetiva en la misma crisis civilizatoria que pone de manifiesto la creciente imposibilidad de universalizar un “bienestar” mediado por la revalorización del capital.
Esto lleva principalmente a dos caminos. Uno trasluce la pugna por blindar lo poco que va quedando de las conquistas históricas, percibidas ahora como privilegios propios por buena parte de la clase trabajadora de las todavía formaciones centrales. La exclusividad y el rechazo del resto de la fuerza de trabajo van parejas a la división de la clase trabajadora mundial. Este es el que vemos cada día que adquiere más consistencia y es el fomentado por todo el aparataje político-cultural del capitalismo degenerativo.
Pero hay otro camino que podría ya haberse comenzado a desbrozar. Un capitalismo que al tiempo que hace la guerra lleva a cabo más y más la destrucción de las condiciones de vida (de las poblaciones “propias” y ajenas) puede ser más proclive a elevar los niveles de conciencia antagónica.
Hay más posibilidades de percibir que la “renta imperialista” (o la afluencia de recursos ajenos) con la que se financiaban en gran medida los “derechos sociales” de las formaciones centrales del Sistema Mundial capitalista, va dejando de manar para pasar a realizar un proceso invertido: ahora la dominación imperialista perpetrada por unas potencias en declive se hace más y más a costa de aquellas conquistas, ergo de la riqueza social y el “bienestar” de las sociedades, para poder costear la militarización imperial decadente.
La destrucción de las condiciones sociales la experimentamos cada día. Esto es susceptible de posibilitar objetivamente -al menos objetivamente- el que las luchas por las condiciones de vida de las clases trabajadoras a un lado y otro de la división imperial del mundo, puedan coincidir también, por pura necesidad, como luchas antiimperialistas, que en esta etapa que ya iniciamos sería tanto como decir hacia la superación del capitalismo.
Es decir, es posible que la degeneración capitalista que se evidencia en sus centros, haga obsoleto el dilema de si centros o periferias en la revolución, para favorecer las luchas de la humanidad como luchas por la Vida (o la supervivencia) en todos lados a la vez. Una lucha por propio interés necesariamente antiimperialista.
Pero, y aquí entra la última consideración, sin organización transcendedora del orden mortífero existente, sin fuerzas revolucionarias que impulsen la andadura por el camino descrito, lo más fácil es que las masas (el resultado de una clase convertida en “masa”) vayan por el camino que le muestra el Capital: el de todos contra todos y el de la bunkerización de los restos de eso que llamaron “Estado de Bienestar” o, en su caso, la preservación para uno mismo de ciertas ventajas sociales, según desde dónde estemos hablando.
Nuestra tarea principal e inmediata pasa, en consecuencia, por contribuir a fortalecer la organización revolucionara o, según los casos, por levantar esas fuerzas sociales altercapitalistas. No hay ya más caminos y el tiempo histórico se nos echa encima.
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