Mediante el uso faccioso de la hiperglobalización y sus asimetrías, la Casa Blanca sienta precedentes perversos, el dinero, la tecnología y las comunicaciones no respetan ya las fronteras democráticas
Una imagen de 2019. Juan Orlando Hernández (JOH) ahora ex presidente de Honduras condenado a 45 años de cárcel por narcotráfico, recientemente indultado por el mismo Donald Trump. Foto: Presidencia de Honduras
Mario Campa, Economista y politólogo
diario-red-com/18/05/2026
Los audios del Hondurasgate, difundidos y verificados por Diario Red América Latina, son un crudo testimonio del financiamiento político en las sombras. Entre otros escándalos, la serie de tres reportajes desnuda la operación tras bambalinas de políticos hondureños que reciben dinero de los gobiernos de Israel y Argentina para montar una campaña mediática en contra del presidente de Colombia y la presidenta de México.
Un personaje central en la trama, indultado por Trump en los hechos, recibió como misión confesa mover dineros en la región en función de los intereses de la Casa Blanca. Es un oportuno recordatorio de que la libre circulación trasfronteriza del dinero es una amenaza existencial para cualquier democracia, en particular donde la regulación financiera es más laxa y la desalineación con Washington más marcada.
La libre circulación trasfronteriza del dinero es una amenaza existencial para cualquier democracia, en particular donde la regulación financiera es más laxa y la desalineación con Washington más marcada
La globalización abrió grandes avenidas de circulación a bienes, servicios, inversiones e información que van como trotamundos sin enfrentar grandes barreras. Cabe señalar que su alcance fue parcial, en detrimento de los más pobres del Sur Global alejados de polos manufactureros.
La globalización del trabajo vía la migración es menos y menos implausible en el ambiente político contemporáneo. Pero en el anverso de la moneda, el capital cabalga a sus anchas por las praderas color verde dólar. Un magnate mediático como Trump es efecto perverso y a la vez causa perdida de la hiperglobalización.
Ingenuo sería pensar que los sistemas electorales de las naciones están blindados contra la artillería pesada de los mercados, el gran dinero y la alta corrupción. Si es cierto aquello que decía el revolucionario mexicano Álvaro Obregón de que “nadie aguanta un cañonazo de 50 mil pesos”, menos resiste un misil de 50 mil dólares.
Si una elección es competida, por definición cualquier influencia del exterior es suficiente para sesgar un resultado. Pudo haber sido el caso de Cambridge Analytica. También el del influyente grupo de cabildeo (lobi) proisraelí AIPAC en contiendas internas de Estados Unidos. Si los controles de las democracias maduras claudican, ¿qué le espera al resto?
Las asimetrías tecnológicas y financieras operan en contra de los candidatos soberanistas/antiimperialistas y sus programas, Honduras es muestra y alerta de los peligros inherentes del capítulo electoral de la hiperglobalización.
Cuando una superpotencia interviene en el Sur Global, la potencial manipulación se magnifica a niveles insospechados y cifras incuantificables. En particular, las asimetrías tecnológicas y financieras operan en contra de los candidatos soberanistas/antiimperialistas y sus programas. Honduras es muestra y alerta (¿temprana o tardía?) de los peligros inherentes del capítulo electoral de la hiperglobalización.
El Hondurasgate es un caso extremo, pero muchos grises escapan al escrutinio público y a la contabilidad electoral. Un ejemplo es el de Ricardo Salinas Pliego. La reciente invitación de Isabel Díaz Ayuso a México para legitimar con recursos públicos —los de Madrid, al menos— y privados a un partido de oposición (el PAN) pone de relieve los pagos no pecuniarios en la política.
¿Cuantifica de forma precisa el órgano electoral el tiempo aire obsequiado por una de las principales televisoras (TV Azteca) a la agenda pública de una figura afín a los intereses del conglomerado? La respuesta es no.
El crimen organizado es otro gris controversial por su instrumentación. En países donde el narcotráfico obtiene ingresos por la exportación de mercancías al epicentro de la demanda (el Norte Global), el financiamiento de las campañas evade con facilidad los controles del árbitro electoral.
En el caso extremo, aceita el engranaje del lavado de dinero. El caso de Sinaloa en México es un ejemplo visible, aunque no es el único. El problema engorda cuando Estados Unidos, haciendo uso de su poder blando, selecciona a conveniencia a los políticos y partidos a perseguir.
El dinero, la tecnología y las comunicaciones no respetan ya las fronteras democráticas
El uso faccioso del Departamento de Justicia y la invención de rivales a modo, como el Cártel de los Soles en Venezuela, prueban que una superpotencia puede descarrilar gobiernos y elecciones por mecanismos mediáticos y financieros que la hiperglobalización facilita.
Argentina es un ejemplo más de interferencia electoral por vías heterodoxas. En una acción sin precedentes, el Tesoro estadounidense salvó al peso argentino en una víspera electoral mediante la venta de dólares y una línea de canje con el banco central por hasta 20 mil millones de dólares, secundado por Wall Street.
Esos salvavidas fueron acompañados de la promesa de Trump de comprar carne de res argentina. De forma explícita —los tuits de Trump—, la Casa Blanca condicionó la continuidad del salvataje a una victoria electoral de La Libertad Avanza.
Para el economista Paul Krugman, “Bessent ofrece [ofreció] ayuda a gran escala, no para defender los intereses estadounidenses, sino para intentar rescatar la reputación de la ideología preferida de Trump y su culto a la lealtad”. A todas luces, la intervención tuvo poco que ver con la estabilidad macroeconómica global y mucho con el rescate político-electoral de un aliado.
Charles Kindleberger argumentó célebremente que las potencias hegemónicas proporcionan bienes públicos globales, como financiamiento de último recurso o apoyo técnico para abrir mercados. Hoy día, conforme la administración Trump abandona ese papel, el mundo no solo atestigua la erosión de esos presuntos bienes públicos, sino que incluso enfrenta como creciente riesgo un descarrilamiento democrático extendido.
A voluntad de un dedo, mediante el uso faccioso de la hiperglobalización y sus asimetrías, la Casa Blanca sienta precedentes perversos. El dinero, la tecnología y las comunicaciones no respetan ya las fronteras democráticas. El resultado previsible es una desconfianza sistémica en el orden mundial o, alternativamente, un desorden mundial, nuevo mal público auspiciado por Washington.
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