Para Pekín, la guerra de Estados Unidos contra Irán no era simplemente una crisis en Oriente Medio. Más bien, era una prueba de la verdadera capacidad de Washington para gestionar el orden mundial
Fragmento de un proyectil, mientras el sistema de defensa antiaérea israelí opera tras el lanzamiento de misiles hacia Israel desde Irán, luego de los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán, visto desde Ashkelon, Israel, el 1 de marzo de 2026. REUTERS/Amir Cohen
Peter Rodgers
Moderndiplomacy.eu/26 de mayo de 2026
Cuando Xi Jinping, durante su reciente reunión con Donald Trump, enfatizó que «Taiwán es la línea roja militar de China» y advirtió que ambas potencias no deben caer en la «trampa de Tucídides», muchos interpretaron estas declaraciones simplemente como parte de la escalada de tensiones entre Washington y Pekín por Asia Oriental. Pero la realidad es que estas posturas van mucho más allá de Taiwán; reflejan la nueva evaluación que China hace del poder estadounidense tras la guerra de Irán.
Para Pekín, la guerra de Estados Unidos contra Irán no fue simplemente una crisis en Oriente Medio. Fue, más bien, una prueba de la verdadera capacidad de Washington para gestionar el orden mundial. La conclusión que los líderes chinos parecen haber extraído de esa prueba no es nada alentadora para Estados Unidos: contrariamente a su imagen tradicional, Estados Unidos ya no es la superpotencia invencible, de bajo coste y centrada en sus objetivos de las décadas posteriores a la Guerra Fría. La guerra contra Irán reveló que Washington está ahora más inmerso que nunca en una sobreextensión estratégica, un agotamiento de recursos y una crisis de enfoque geopolítico.
En este sentido, las declaraciones de Xi Jinping sobre Taiwán deben entenderse no solo como una advertencia regional, sino como una interpretación claramente china de las consecuencias estratégicas de las fallidas políticas de Trump en Oriente Medio. Al entrar en confrontación militar con Irán, la administración Trump buscaba alcanzar simultáneamente varios objetivos de gran envergadura: restablecer la disuasión estadounidense, reafirmar la autoridad de Washington en Oriente Medio y enviar un mensaje de fortaleza a sus rivales globales, en particular a China y Rusia. Según la lógica de la Casa Blanca, una demostración de fuerza contra Irán podría probar que Estados Unidos aún poseía la capacidad de dictar las reglas del orden mundial.
Pero el problema fue que la guerra contra Irán, contrariamente a las expectativas iniciales, no se convirtió en una operación corta y de bajo costo. La crisis energética, las amenazas a las rutas marítimas, los ataques de represalia contra bases estadounidenses, el aumento del gasto militar y la necesidad de mantener una amplia presencia regional arrastraron gradualmente a Washington al mismo ciclo de desgaste que ya había experimentado en Irak y Afganistán.
Esta guerra no solo no logró reactivar la capacidad de disuasión estadounidense, sino que además puso de manifiesto la creciente brecha entre la "imagen de poder" y la "capacidad real de poder".
Para China, este asunto reviste una importancia vital. Durante años, Pekín ha estado evaluando una cuestión fundamental: ¿Posee realmente Estados Unidos la capacidad de gestionar varias crisis globales importantes simultáneamente? Desde la perspectiva de los líderes chinos, la guerra con Irán fue el primer indicio serio de que la respuesta a esta pregunta podría ser negativa.
China ha llegado a la conclusión de que la mayor debilidad de Estados Unidos es la "sobreextensión estratégica", una situación en la que una potencia hegemónica, para preservar su posición global, se ve obligada a actuar simultáneamente en múltiples frentes, agotando gradualmente tanto su capacidad de concentración como sus recursos.
La guerra con Irán intensificó precisamente este patrón. Hoy, Washington debe gestionar simultáneamente la guerra de Ucrania, la crisis de Oriente Medio y la creciente competencia en el Indo-Pacífico. Esta dispersión estratégica no solo agota los recursos militares de Estados Unidos, sino que también disminuye su capacidad de decisión y su concentración geopolítica.
Las recientes declaraciones de Xi Jinping sobre Taiwán tienen, por lo tanto, un significado que trasciende con creces el este de Asia. Cuando el líder chino habla explícitamente de una "línea roja militar", esa postura se basa, al menos en parte, en la percepción de que Estados Unidos, tras la guerra con Irán, es más vulnerable y está más debilitado de lo que cree.
En efecto, Pekín ahora considera a Estados Unidos una superpotencia excesivamente absorbida por múltiples crisis, y precisamente por esa razón, su capacidad disuasoria se ha debilitado.
Una de las consecuencias más importantes de la guerra con Irán fue el debilitamiento de la credibilidad de la disuasión estadounidense. La disuasión no solo depende del poder militar en sí, sino también de la percepción de que una gran potencia posee tanto la capacidad como la voluntad de usar ese poder de manera eficaz y sostenible.
Sin embargo, la guerra con Irán produjo una imagen muy diferente: una América obligada a asumir costos cada vez mayores simplemente para mantener su presencia; una América cuya ciudadanía ya no tolera las guerras de desgaste; y una América que se enfrenta a una grave polarización interna y a presiones económicas al mismo tiempo que a crisis externas.
China observa atentamente estas señales. En estas circunstancias, la advertencia de Xi Jinping sobre la «trampa de Tucídides» adquiere un nuevo significado. El concepto no se limita al peligro de una guerra entre una potencia dominante y una emergente, sino que también implica el reconocimiento de que Estados Unidos, ante el debilitamiento de su capacidad disuasoria, podría recurrir a políticas más agresivas y arriesgadas.
Desde la perspectiva de Pekín, el principal peligro reside en la imprevisibilidad de una América que percibe que su posición hegemónica se está debilitando. Quizás el mayor error de la política exterior de Trump fue que, justo cuando el centro de gravedad del poder mundial se desplazaba hacia Asia, volvió a involucrar a Estados Unidos en las crisis de Oriente Medio.
La competencia decisiva del siglo XXI no se está gestando en el Golfo Pérsico, sino en el Indo-Pacífico. Sin embargo, Washington volvió a dedicar una parte sustancial de sus recursos militares, su capacidad financiera y su atención política a una guerra que carecía de un logro estratégico claro.
Esto era precisamente lo que China deseaba. Para Pekín, el escenario ideal no es una guerra directa con Estados Unidos, sino que Washington permanezca atrapado en crisis costosas y agotadoras. Cuanto más se vea comprometida la capacidad militar estadounidense en el Golfo Pérsico, más limitada será su influencia en el Pacífico; y cuanto más recursos financieros y políticos se consuman en la guerra con Irán, menos capaz será Washington de contener a China a largo plazo.
Por este motivo, las declaraciones de Xi Jinping sobre Taiwán deben entenderse en el contexto más amplio de la guerra con Irán. La creciente confianza de Pekín se debe, en gran medida, a su percepción de que Estados Unidos está perdiendo su enfoque estratégico.
Lo que se está desarrollando hoy en las relaciones entre Estados Unidos y China no es simplemente una rivalidad tradicional entre dos potencias; es una señal de que el mundo está entrando en una fase de "transición hegemónica", una fase en la que la potencia dominante ya no posee la capacidad de imponer el orden anterior, mientras que la potencia emergente aún no la ha reemplazado por completo.
En tales periodos, el peligro de un error de cálculo aumenta drásticamente. Si Washington sigue creyendo que puede gestionar múltiples frentes globales simultáneamente mediante el poder militar, probablemente no solo fracasará en contener a China, sino que también acelerará la erosión del propio poder estadounidense. La guerra contra Irán pudo haber sido concebida como una demostración del retorno de la autoridad estadounidense, pero en la práctica se convirtió en un escenario donde quedaron al descubierto las verdaderas limitaciones del poder de Washington.
Pekín ha recibido ese mensaje. Y, quizás lo más importante de todo, los líderes chinos creen ahora que el tiempo ya no juega en su contra, sino a su favor.
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