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CEPEDA, ENTRE LA FILOSOFÍA Y LA POLÍTICA, FORJÓ SU MIRADA SOBRE EL PODER Y LA VERDAD

Así pensaban cuando no eran candidatos


Armando Neira
cambiocolombia.com/29/05/2026

Iba para filósofo, pero el asesinato de su padre –el senador de la Unión Patriótica Manuel Cepeda Vargas– lo cambió todo. Ese fue el punto de quiebre que lo llevó a escribir, en 1994, el capítulo ‘Dispositivo de muerte y criminalidad política’, del libro colectivo Seminario Pensar a Foucault. CAMBIO analiza ese texto y lo muestra como el inicio de una ruta intelectual que hoy lo tiene a las puertas de la Presidencia.

En páginas color sepia se encuentra un libro con una imagen en la cubierta de la escultura Árbol, de la artista María del Rosario Combariza. El título es Seminario Pensar a Foucault. Entre los 14 autores aparece el joven filósofo Iván Cepeda Castro, quien escribe el capítulo séptimo, titulado ‘Dispositivo de muerte y criminalidad política’.

En la presentación de los autores se lee que él nació en Bogotá en 1962. Estudió en la Universidad San Clemente de Ohrid, en Sofía, Bulgaria, donde se graduó como filósofo, y cursaba estudios de posgrado en filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana, al tiempo que ejercía como catedrático en las universidades Incca, Autónoma y Javeriana, y trabajaba como investigador en Colciencias.

Ese era el sendero por el que iba como lo muestran sus trabajos que se movían en círculos académicos. Entre sus publicaciones figuraban La muerte de la política en Antonio Gramsci y la realidad colombiana, La dialéctica hegeliana como negatividad autorreferida, La filosofía de la praxis: la nueva cultura como dialéctica entre sentido común y filosófico y ¿Es posible la nueva historia de la filosofía?

Eran tiempos en los que Cepeda empezaba a navegar en los reflexivos escenarios de la filosofía. Epicuro hablaba de aponia y hedone tranquila: el placer sereno que produce pensar sin ansiedad, el gozo silencioso de entender. No el placer ruidoso, sino el que se asienta. Esa realidad, sin embargo, fue rota abruptamente el 9 de agosto de 1994 con el asesinato de su padre, el senador de la Unión Patriótica Manuel Cepeda Vargas.

Ese fue el punto de quiebre que lo llevó a abandonar la intención académica sobre Foucault que había concebido para el seminario y a reemplazarla por una reflexión política sobre el crimen de Estado y la impunidad y que se encuentra en este libro con las huellas del tiempo.


El crimen que lo cambió

En ella planteaba que la producción del crimen político, la consolidación de la impunidad y el olvido colectivo del acontecimiento trágico constituyen lo que denominó un “dispositivo de muerte”: una maquinaria que no pretende disciplinar al individuo, sino destruir a quienes se oponen al poder. Apoyado en los conceptos foucaultianos de biopoder y control social, describía el exterminio físico de los líderes de oposición y de todo un movimiento político de izquierda en la última década, ante lo que calificaba como la más macabra impunidad y una amnesia colectiva deliberada.

El punto de quiebre en la vida de aquel joven amante de la filosofía quedó documentado en ese ensayo temprano, donde afirma: “Mi propósito inicial era presentar en este seminario una aproximación historiográfica a los estudios que, bajo la inspiración de la obra de Michel Foucault, se realizan en Colombia desde hace dos décadas, basada en dos conceptos que he venido elaborando en los últimos años: las nociones de apropiación y de objetos inexistentes del pensamiento. Una intención, valga decirlo, más bien académica, que expresa una preocupación personal por pensar determinados discursos filosóficos en nuestro contexto y que corresponde, además, a una convicción a la que he llegado después de algunos años de trabajo en la filosofía universitaria; esto es, que solo es posible pensar creativamente si se parte de nuestra sociedad y nuestra cultura, abandonando la perniciosa tendencia a las especulaciones vacuas y al bizantinismo”.

“Un hecho trágico de la vida del país, sin embargo, me ha impulsado a modificar esa intención académica y, en su lugar, me ha llevado a presentar en este seminario una ponencia política, pues considero –y en esto respeto otros criterios y puntos de vista diferentes– que la vida académica del país está urgida por plantear cuestiones políticas como deber ético ante la condición de horror y sangre que constituye lo que Foucault llama nuestra actualidad. Y esto es más necesario aún en un seminario sobre las ideas del pensador francés”, agrega.

Testigos ante el exterminio

“Mi intención es, pues, plantear una cuestión política que atañe a nuestra actualidad: la realidad del crimen político, el hecho de que en la última década –para no ir más lejos– los colombianos hemos presenciado el exterminio físico de los líderes de oposición, de los hombres y mujeres que desde diferentes posiciones lucharon por la democracia y la justicia; el hecho consumado de la destrucción de todo un movimiento político de izquierda, de varias generaciones de talentosos dirigentes públicos, y todo esto ante la más macabra impunidad y ante la amnesia colectiva”, añade.

“No pienso hacerlo en términos de la denuncia; para ello están los numerosos y bien documentados informes de los organismos no gubernamentales, de las entidades internacionales y de las propias instituciones del Estado, donde excepcionalmente existen funcionarios con el valor civil para plantear el tema. Basta solo con lanzar una mirada al último informe de Amnistía Internacional o al documento dado a conocer por el procurador de derechos humanos para informarse ampliamente y en detalle de las desapariciones, asesinatos, torturas y otros atropellos cometidos por miembros de la fuerza pública”, argumenta.

Volver la vista atrás

Ese paso por esta disciplina del líder que hoy lidera todas las encuestas de intención de voto, ha sido abordado por el abogado y filósofo Carlos Andrés Muñoz López, quien lo considera determinante para entender el posterior derrotero de Cepeda. Este docente, que ha seguido de cerca la trayectoria intelectual y política del candidato, recuerda que la formación filosófica deja una huella profunda en quien la recibe.

“Por eso entiendo mucho a Iván Cepeda”, dice Muñoz López al evocar sus propias clases de filosofía. “Los profesores casi siempre llegaban con un texto escrito. Y uno también debía llegar habiendo escrito. Había un respeto profundo por las palabras, por el matiz, por el silencio y por la precisión. En filosofía, escribir mal no es un detalle: es una falta ética, porque escribir implica hacerse responsable de lo que uno piensa”.

El catedrático sostiene que Iván Cepeda representa mucho de esa tradición: el reposo del análisis, la prudencia con las palabras, la idea de que antes de hablar hay que pensar y antes de acusar hay que comprender. “Incluso su manera de debatir tiene algo muy propio de los seminarios de filosofía: escuchar, citar, argumentar, volver sobre los textos y tomarse en serio las consecuencias de las palabras”.

Entre Gramsci y la constituyente

Antes de que la violencia se llevara a su padre, el interés de Cepeda era ser conocido por sus tesis en los escenarios académicos aunque se asomaba al ventanal de la política. A sus 29 años, en 1991, participó en el seminario 'Antonio Gramsci y la realidad política colombiana', realizado en el marco de la Asamblea Nacional Constituyente los días 4 y 5 de mayo, con un escrito temprano sobre política, arte y cultura.

Y ya se veían algunos temas que hoy le inquietan. Junto con Claudia Girón, escribió también un texto publicado en el libro Regresan siempre en primavera: Colombia, luz y sombra de un proceso hacia la paz, compilado por Maribel Wolf y editado por Icaria Editorial, en el que analizaba, desde sus vivencias del exilio, su relación con la memoria y la justicia en el país.

El mismo Muñoz López realizó recientemente un video en el que Cepeda le abre las puertas de su biblioteca personal. Allí, rodeado de volúmenes que lo acompañaron incluso en el exilio, el candidato explica que esos libros son parte de su formación académica, pero también de sus gustos y afinidades intelectuales: una materialidad y un espacio que considera fundamentales, más allá de los recursos digitales que hoy cumplen funciones similares.

De esa biblioteca, Cepeda destaca con especial afecto la Autobiografía de Gandhi, a quien llegó después de ver la célebre película sobre su vida. Lo señala como un referente imprescindible en la política, en la filosofía y en su propia lucha como ser humano.


La guía de Sócrates

También reivindica a Sócrates, a quien considera una especie de padre de la filosofía occidental, no solo por su pensamiento, sino por su personalidad política: su compromiso con la verdad, que lo convirtió en un filósofo tan incómodo para las estructuras de poder de su tiempo que terminó juzgado y condenado a beber veneno.

En esa figura ve Cepeda un ejemplo de lo que Michel Foucault llamó, en sus últimas lecciones en el Colegio de Francia, la práctica de decir la verdad en sociedad: la verdad no como mero problema epistemológico, sino como forma de vida que tiene costos políticos.

Esa convicción atraviesa el discurso político actual de Cepeda y está sembrado en ese texto de 1994 editado por la Universidad Nacional de Colombia. Sostiene que las sociedades cambian porque hay individuos, grupos y movimientos que se atreven a decir la verdad y a rebelarse contra los relatos falaces impuestos hegemónicamente; que la verdad tiene un poder transformador y que uno de los grandes problemas de Colombia es que no ha enfrentado su propia verdad. Argumenta que el país vive en una cultura que prefiere ocultar o trivializar verdades muy serias, atrapadas en un juego de hipocresía y silencios.

Su propuesta de una revolución ética parte precisamente de ahí: de la verdad de las víctimas, de los crímenes más graves que se han cometido. Para muchos políticos, afirma, la ética es algo intrascendente o retórico, que no aparece en los programas de gobierno; pero para él es parte fundamental de la educación cívica y la que determina el comportamiento de la gente. Esa es su filosofía de vida que precisamente ya no alimenta solo con la teoría sino que trata de llevar a la práctica.

El pensamiento femenino

Sus discursos son descritos como ejercicios de filosofía aplicada a la política: al hablar de pobreza extrema, por ejemplo, invoca el término aporofobia, acuñado por la filósofa Adela Cortina, para referirse al rechazo social hacia los pobres. En su biblioteca conviven obras de Hannah Arendt y Michel Foucault junto a un pequeño busto de Maquiavelo.

Cepeda también destaca en esa biblioteca a pensadoras como Rosa Luxemburgo, Arendt –a quien ubica como fuente esencial para pensar la política contemporánea–, Martha Nussbaum y Naomi Klein. Para él, el pensamiento femenino es trascendental y se debe reivindicar por su lucidez especialmente en estos tiempos aciagos.

De Nussbaum, por ejemplo, le interesa especialmente su reflexión sobre las emociones en la política: cómo el miedo, la ira y el odio pueden gobernar las vidas personales y las decisiones colectivas, y cómo es posible enfrentarlos a través de la comprensión y la transformación, en lugar de dejar que deriven en resentimiento o venganza. “La gente no solo se sienta en la biblioteca: también se transforma en ella”, dice Cepeda.

Desde cuando no era candidato sino un joven amante de la filosofía, que era su auténtica vocación de aquellos años, adquirió el hábito diario de la lectura de esta rama más que de la política. Hoy, además, está dando pasos hacia la espiritualidad. De hecho, dice que si tuviera que dar un regalo a un joven estudiante colombiano le daría las encíclicas del papa Francisco. En los últimos días también ha dedicado horas al pensamiento del papa León XIV.

Para Cepeda, la filosofía no es un asunto académico distante, sino una herramienta viva para entender el poder, la justicia y la transformación social. Un joven al que la violencia sacó de sus libros, de la redacción inicial de un texto Foucault y que asumió el compromiso de buscar la verdad. Un proceso, que dice, aceptó por la invitación de numerosas víctimas para representarlas. Hoy está a las puertas de ganar la Presidencia de Colombia.

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