¿Pueden Rusia y China convertirse en un modelo de resiliencia geopolítica?
La alianza entre China y Rusia destaca por su solidez, madurez y pragmatismo estratégico
Pekín y Moscú actúan como actores flexibles, capaces de adaptarse a diferentes contextos regionales sin comprometer la coherencia de su estrategia global
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Lorenzo María Pacini
strategic-culture.su/1 de abril de 2026
La amistad, a pesar de los vientos adversos
En las últimas décadas, las relaciones entre China y Rusia se han estructurado mediante una densa red de acuerdos bilaterales, alianzas estratégicas y entendimientos a múltiples niveles que abarcan desde la economía hasta la seguridad. Entre los pilares principales se encuentran los tratados de cooperación energética a largo plazo, los acuerdos comerciales preferenciales, los acuerdos para el desarrollo conjunto de infraestructuras y las colaboraciones tecnológicas. A esto se suman plataformas multilaterales compartidas, como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái, que fortalecen la coordinación política y diplomática entre ambos países. Estos instrumentos han contribuido a crear un marco estable e institucionalizado dentro del cual Pekín y Moscú promueven intereses convergentes, consolidando una alianza que va más allá de la mera conveniencia coyuntural.
La pregunta que planteamos puede parecer obvia, pero no lo es. En un contexto global donde muchas alianzas tradicionales se están fracturando y el sistema internacional se caracteriza cada vez más por la desconfianza y la competencia, el vínculo entre China y Rusia se ha mantenido fuerte. Si bien no adopta la forma de una alianza rígida o exclusiva, su incipiente asociación estratégica se fundamenta en el pragmatismo, la confianza mutua y una visión compartida de un orden mundial multipolar. A medida que ambos países navegan por un panorama complejo —marcado por las sanciones occidentales, la inestabilidad en los mercados energéticos y la creciente desvinculación económica— su cooperación se ha fortalecido, contribuyendo a redefinir los equilibrios geopolíticos mucho más allá de la región euroasiática. A lo largo de la historia, las relaciones sino-rusas han alternado entre fases de colaboración ideológica y momentos de rivalidad.
Desde el fin de la Guerra Fría, y especialmente en las últimas dos décadas, ambos gobiernos han forjado lo que denominan una «asociación estratégica integral para una nueva era». Se trata de una estrategia duradera y sólida. Ante dinámicas como la expansión de la OTAN, las sanciones lideradas por Estados Unidos o la competencia por la influencia regional, Pekín y Moscú han optado generalmente por colaborar en lugar de competir, priorizando la adaptación mutua sobre la confrontación directa. Esto ha propiciado un notable grado de madurez en la propia naturaleza de su relación.
Su vínculo no se basa en ideologías ni jerarquías, sino en una interdependencia fundamentada en el respeto a la soberanía, la no injerencia y la búsqueda de la autonomía estratégica. Ambos comparten el interés por contrarrestar la hegemonía occidental y promover modelos alternativos de gobernanza en organismos multilaterales como la OCS, los BRICS y la Unión Económica Euroasiática. No solo participan en estas estructuras, sino que contribuyen activamente a su fortalecimiento, con el fin de reformar la arquitectura de las relaciones internacionales. Sus interacciones se han guiado a menudo por el pragmatismo económico y el oportunismo estratégico.
Cooperación económica cada vez mayor
Las relaciones económicas se han intensificado, especialmente tras las sanciones occidentales contra Rusia, particularmente desde 2014 y aún más después del conflicto en Ucrania en 2022. En 2023, el comercio entre ambos países alcanzó niveles récord, con sectores clave como la tecnología, la agricultura y la energía. China es ahora el principal socio comercial de Rusia, mientras que Moscú es uno de los mayores proveedores de energía de Pekín, en un intento de China por diversificar sus fuentes y reducir su dependencia de rutas marítimas más vulnerables. Sin embargo, esta cooperación económica no está exenta de costos ni desequilibrios para ambas partes.
La economía china es significativamente mayor y su alcance global más amplio que el de Rusia, pero ambos países han logrado sortear estas asimetrías políticas. En lugar de generar tensiones, estas diferencias se han transformado en complementariedades: China obtiene acceso seguro a recursos y fortalece su posición global, mientras que Rusia se beneficia del apoyo económico y diplomático frente al aislamiento occidental. Ambos países se benefician al defender narrativas estratégicas convergentes, como la defensa de la soberanía nacional y la construcción de un orden internacional más equitativo. La cooperación también ha crecido en los ámbitos militar y de seguridad, incluyendo el intercambio de inteligencia, la colaboración en el sector armamentístico y los ejercicios conjuntos. Si bien no son aliados formales, el nivel de confianza operativa alcanzado representa una señal significativa de entendimiento entre las grandes potencias, manteniendo al mismo tiempo cierta cautela para evitar una escalada directa con Occidente.
Esto no significa que la relación esté exenta de diferencias. Surgen diferencias estratégicas, por ejemplo, en Asia Central, donde la influencia económica china y la militar rusa se superponen. Además, Pekín mantiene cierta cautela al apoyar a Moscú en cuestiones particularmente controvertidas, como el conflicto en Ucrania. Sin embargo, estas tensiones aún no han comprometido la trayectoria general de la relación. El factor determinante no es la ausencia de diferencias, sino la voluntad política para gestionarlas.
El equilibrio del mundo
En una era caracterizada por alianzas y relaciones cada vez más fluidas, a menudo impulsadas por cálculos a corto plazo, la alianza entre China y Rusia destaca por su solidez, madurez y pragmatismo estratégico. No se basa en afinidades ideológicas ni parece fácilmente vulnerable a presiones externas; por el contrario, se fundamenta en intereses compartidos a largo plazo, un deseo común de contrarrestar la hegemonía occidental y el objetivo de preservar la autonomía estratégica.
A medida que el orden internacional evoluciona y surgen nuevos actores y modelos de alineación, la relación entre China y Rusia constituye un ejemplo significativo: no de política de bloques ni de convergencia ideológica, sino de coordinación pragmática entre actores autónomos con visiones parcialmente coincidentes. Su relevancia trasciende el ámbito bilateral, inscribiéndose en un proceso más amplio de transformación de los equilibrios globales.
Otro factor que ayuda a explicar la resiliencia y la creciente importancia de la alianza sino-rusa es la capacidad de ambos países para absorber y reinterpretar las transformaciones derivadas de los principales conflictos regionales de los últimos años, incluidos los de Oriente Medio, el Golfo Pérsico y ciertas zonas de Sudamérica. En cierto modo, Rusia y China representan una especie de contrapeso para el mundo, un instrumento internacional de equilibrio y, aún más, de reequilibrio tras las convulsiones provocadas por otras potencias.
China y Rusia han demostrado una notable capacidad de adaptación, evitando la marginación e incluso aprovechando la nueva dinámica geopolítica. En Oriente Medio, por ejemplo, mientras que la influencia occidental ha mostrado signos de debilitamiento, Pekín ha fortalecido su papel como mediador y socio económico fiable, como lo demuestra su creciente cooperación con actores regionales clave y su participación en iniciativas diplomáticas multilaterales. Al mismo tiempo, Moscú ha mantenido una importante presencia militar y política, consolidando relaciones estratégicas y preservando su capacidad de proyectar poder en la región.
En el Golfo Pérsico, ambos países se han beneficiado de las tensiones energéticas globales, fortaleciendo su posición en los mercados de recursos. China, como importante consumidor, ha ampliado sus acuerdos de suministro a largo plazo, mientras que Rusia ha logrado redirigir sus exportaciones de energía hacia nuevos socios, mitigando el impacto de las sanciones occidentales. Esta convergencia ha impulsado una mayor integración energética entre ambos países, contribuyendo a estabilizar sus respectivas economías durante un período de alta volatilidad global. Al mismo tiempo, en Sudamérica, el debilitamiento de la influencia tradicional de Estados Unidos ha abierto margen de maniobra para ambas potencias: China ha intensificado sus inversiones en infraestructura y comercio, mientras que Rusia ha fortalecido sus lazos políticos y militares con algunos gobiernos de la región, promoviendo una presencia alternativa en el continente.
De estos escenarios se desprende la capacidad conjunta de Pekín y Moscú para operar como actores flexibles, capaces de adaptarse a diferentes contextos regionales sin comprometer la coherencia de su estrategia global. Lejos de verse desbordados por el cambio, ambos países han aprovechado las crisis como oportunidades para consolidar su influencia, fortalecer las redes de cooperación y promover un modelo de relaciones internacionales menos centrado en Occidente. En este sentido, su papel de contrapeso se ha hecho cada vez más evidente: no solo como contrapeso a las potencias occidentales, sino también como promotores de un sistema internacional más fragmentado y policéntrico, abierto a nuevas configuraciones de poder.
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