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EL FIN DE LA ERA DEL PETRÓLEO: MICHAEL HUDSON Y LA ANATOMÍA DEL COLAPSO IMPERIAL

El experto señala que las consecuencias más graves no residen únicamente en los precios del petróleo, sino en la escasez de fertilizantes y helio, que amenaza ya a los sectores agrícola e industrial a escala mundial


La Idea, kaosenlared.com/
6 de abril de 2026 / 

En su reciente intervención en el podcast The Greater Eurasia, el economista Michael Hudson ha desplegado una tesis que redefine la actual inestabilidad global no como una serie de crisis aisladas, sino como el estallido de una Tercera Guerra Mundial de carácter sistémico, cuyo motor principal es el control desesperado de los recursos energéticos y la arquitectura financiera que los sustenta.

Para Hudson, la agresividad de Washington hacia Irán, Venezuela o Rusia no responde a una deriva errática de la administración Trump o a una respuesta coyuntural de la administración Biden, sino a una estrategia institucional profundamente arraigada que ha sido el hilo conductor de la política exterior estadounidense durante, al menos, los últimos seis presidentes. La novedad de los últimos años, iniciada con Donald Trump, no radica en un cambio de objetivo, sino en la caída de la máscara diplomática; mientras que Bush, Clinton u Obama envolvían sus intervenciones en la retórica de la democratización y la lucha contra el terrorismo, Trump tuvo la franqueza —o el descaro— de declarar abiertamente que el objetivo era «quedarse con el petróleo».


Este control del petróleo y el gas, al que Hudson añade ahora el factor crítico de los fertilizantes y minerales estratégicos, no tiene como fin último el suministro interno de los Estados Unidos, sino la capacidad de ejercer un control asfixiante sobre el resto del mundo. Al monopolizar las llaves del flujo energético global, Washington se garantiza el poder de decidir quién puede desarrollar su industria y quién no, convirtiendo la energía en un mecanismo de extorsión política.

Hudson enfatiza que esta obsesión por el control de los recursos es lo que explica la persistencia de las sanciones y las amenazas militares en el Estrecho de Ormuz; EEUU necesita impedir que cualquier nación ejerza una soberanía real sobre sus recursos naturales fuera de la órbita del dólar, porque en el momento en que un país como Irán o Venezuela vende su petróleo de forma independiente, el sistema de dominación estadounidense pierde su palanca de presión más efectiva.

Esta estrategia de control físico de los recursos está íntimamente ligada a una realidad financiera que Hudson describe como un esquema Ponzi o una pirámide de deuda invertida.

Durante décadas, la economía estadounidense se ha sostenido sobre la financiarización extrema y una política de tipos de interés cercanos a cero, lo que ha permitido a los grandes fondos de capital privado capturar empresas y exprimirlas mediante el apalancamiento de deuda. Sin embargo, este modelo requiere de energía barata para mantenerse a flote.

Al utilizar las sanciones energéticas como arma de guerra, Estados Unidos ha provocado un aumento estructural de los costes de producción que, sumado al alza de los tipos de interés para frenar la inflación, está desmoronando la base del sistema financiero.

El mundo se encamina hacia una depresión económica de magnitudes históricas, superior a la de los años 30, debido a que las rupturas en las cadenas de pago y de suministro son ya irreversibles.

El análisis de Hudson es particularmente devastador al referirse a la situación de Europa, a la que califica de víctima en un proceso de «suicidio económico» inducido. Países como Alemania y el Reino Unido, históricamente dependientes de la energía barata de Rusia y la estabilidad en Asia Occidental, han aceptado subordinar sus intereses nacionales a la estrategia de Washington, resultando en una desindustrialización masiva. Al renunciar a los suministros rusos e iraníes, Europa ha destruido su ventaja competitiva, condenando a su clase trabajadora a un descenso brutal en su nivel de vida y a su industria a la irrelevancia.

Hudson señala la ironía de ver a los líderes europeos aplaudir políticas que, en la práctica, representan el fin de Europa como potencia industrial, mientras se refugian en mitos geopolíticos sobre amenazas de invasión que solo sirven para justificar un gasto militar que asfixia aún más sus presupuestos públicos.

En este escenario, el eje del mundo se está desplazando de manera abrupta hacia el Este. Hudson destaca un cambio semántico revelador: el antiguo «Cercano Oriente» ha pasado a ser denominado en los círculos soberanistas como «Asia Occidental». Este cambio no es baladí; refleja la integración de esta región en un bloque euroasiático liderado por China y Rusia que busca activamente la autarquía y la independencia institucional. Estos países se han visto obligados, por pura necesidad de supervivencia, a crear sistemas financieros, comerciales y de defensa alternativos que ya no dependen del FMI, el Banco Mundial o el sistema SWIFT.

Lo que Hudson observa es el fin de la hegemonía estadounidense no a través de un declive lento y gestionado, sino de un colapso repentino provocado por sus propias tácticas de confrontación.

Finalmente, Hudson concluye que la era del «hegemón benigno» y del derecho internacional como garante del libre comercio ha sido enterrada por la propia administración estadounidense. Al tratar como «autocracia» a cualquier país lo suficientemente fuerte como para defender su soberanía y su propia senda de crecimiento, Estados Unidos ha fragmentado el mundo en dos bloques irreconciliables.

La lucha actual no es por la democracia, sino por la defensa de una civilización basada en la soberanía nacional frente a un sistema imperial que ha decidido que, si no puede controlar los recursos del planeta, preferirá ver cómo el sistema internacional se hunde en una crisis sistémica.

El colapso del imperio estadounidense, lejos de ser un proceso externo, es el resultado de un sistema que ha priorizado la renta financiera y el monopolio energético sobre la estabilidad de la economía real global.

Hablar de “crisis”, de “tensiones” o incluso de “recesión” sirve para describir cifras, pero no alcanza para nombrar lo que empieza a intuirse en el trasfondo de los acontecimientos actuales.

Hay momentos históricos en los que el lenguaje económico se queda corto. Hablar de “crisis”, de “tensiones” o incluso de “recesión” sirve para describir cifras, pero no alcanza para nombrar lo que empieza a intuirse en el trasfondo de los acontecimientos actuales. Las advertencias del economista Michael Hudson no apuntan únicamente a una posible caída de mercados, sino a algo más profundo: una fractura estructural del sistema que sostiene la vida material a escala global.

Cuando se menciona un escenario comparable al de la década de 1930, la referencia no es casual. Aquella crisis no fue solo financiera: fue el preludio de reconfiguraciones violentas del orden mundial. Hoy, el conflicto en Oriente Medio vuelve a situar la economía en el terreno de la guerra, donde los recursos dejan de ser mercancías para convertirse en instrumentos de poder.

Reducir el problema al precio del petróleo es, en ese sentido, una simplificación peligrosa. Lo que está en juego es mucho más silencioso y, precisamente por eso, más inquietante. La escasez de fertilizantes compromete la producción de alimentos a nivel global, afectando directamente a la base de la subsistencia. El helio, aparentemente anecdótico para el imaginario común, resulta esencial para industrias estratégicas, desde la tecnología hasta la medicina. No hablamos, por tanto, de fluctuaciones coyunturales, sino de cuellos de botella que atraviesan la estructura misma de la reproducción social.

Lo verdaderamente alarmante no es solo la posibilidad de una crisis, sino la sensación de inevitabilidad que transmiten algunas de estas voces. Cuando se afirma que evitar la catástrofe “ha quedado fuera de lo posible”, lo que emerge no es un diagnóstico técnico, sino un síntoma político: la incapacidad —o la falta de voluntad— de los actores globales para desactivar dinámicas que saben destructivas.

En este punto, conviene preguntarse qué significa realmente “colapso”. No es un evento súbito, sino un proceso: desabastecimiento progresivo, encarecimiento de lo básico, aumento de las desigualdades, tensiones sociales crecientes. Un deterioro que no se vive igual en todas partes, pero que termina reconfigurando la vida cotidiana de millones de personas.

Tal vez el mayor riesgo no sea únicamente económico, sino perceptivo. Que la acumulación de crisis —energética, alimentaria, geopolítica— termine naturalizándose, diluyendo la urgencia en una especie de ruido constante. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde se juega la posibilidad de respuesta: en la capacidad de nombrar lo que ocurre sin eufemismos, de entender que lo que está en disputa no es solo el equilibrio de los mercados, sino las condiciones mismas que hacen posible la vida.

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