¿Son realmente aliados los "nuevos polos" o simples competidores con otro discurso? ¿Quién protege a los débiles cuando los fuertes negocian entre sí?
Nos vendieron "la moto" un mundo más equilibrado, más justo, más humano. Pero basta mirar de cerca para ver otra cosa muy diferente: potencias que hablan de paz mientras calculan beneficios, alianzas que se disuelven cuando sube el precio del compromiso y países que, como Irán, Venezuela o Cuba, siguen enfrentando la tormenta casi en soledad. La multipolaridad no ha cambiado las reglas del juego, mantiene Manuel Medina, autor de este articulo; solo ha multiplicado a los jugadores en una partida donde los más débiles siguen siendo las fichas que siempre pierden.
POR MANUEL MEDINA (*)
canarias-semanal.org/07/04/2026
Dicen que el mundo está cambiando. Que ya no hay un solo dueño, que el poder se reparte, que el viejo orden se agrieta. Y en esa grieta, como una planta que nace entre el cemento, suena una palabra que suena a esperanza: la multipolaridad.
Pero hay palabras que, cuando se reiteran mucho, empiezan a ocultar más de lo que muestran. Porque la llamada multipolaridad se está vendiendo como una promesa de equilibrio, casi como un descanso tras siglos de dominio. Un mundo con varios centros de poder, donde nadie manda demasiado y todos, en teoría, se controlan entre sí. Un mundo más justo, más tolerante, más pacífico.
El problema es que la historia no funciona con promesas, sino con intereses. Y cuando uno rasca un poco en la superficie, descubre que este nuevo mundo no es tan nuevo como parece.
DOS FORMAS DE VER EL MISMO MUNDO
Hace más de un siglo, en medio de una guerra mundial que devoraba continentes, surgieron dos ideas radicalmente opuestas.
Una decía: cuando las grandes potencias compiten por mercados, recursos y poder, el resultado inevitable es la guerra. La competencia no se detiene; escala.
La otra respondía: no, esa misma competencia puede llevar a acuerdos entre los más fuertes. A una especie de pacto entre gigantes. A una paz organizada desde arriba.
Hoy, ese debate vuelve con otros nombres. La multipolaridad es, en el fondo, una versión moderna de esa vieja esperanza: que los poderosos aprendan a convivir.
Pero la pregunta, no obstante, sigue intacta: ¿puede los actores de un sistema basado en la competencia dejar de competir?
EL SISTEMA QUE NO SABE ESTAR QUIETO
Vivimos en un mundo donde la varita magica del mercado lo convierte casi todo en mercancía. No solo los objetos, sino también el trabajo, la tierra, incluso las relaciones humanas.
Eso significa que el crecimiento no es opcional: es obligatorio. Cada potencia necesita expandirse, asegurar recursos, conquistar mercados. Y cuando eso ocurre a escala global, los Estados actúan como representantes de esos intereses. No son árbitros neutrales, sino piezas de un engranaje mucho más grande.
Por eso, cuando hay gente, incluso bienintencionada, que habla de “equilibrio entre potencias”, en realidad está hablando de un equilibrio inestable entre fuerzas que necesitan estarse moviendo, creciendo y pugnando permanentemente. Como si de dos empresas se tratase que dicen respetarse pero siguen luchando con ferocidad cainita por idénticos clientes.
EL RELATO DE LA MULTIPOLARIDAD
Hoy, no pocos defienden que estamos entrando en una nueva etapa. Un mundo donde ya no manda solo Estados Unidos, sino varios polos: China, Rusia, India, Brasil…
Atreviéndose a ir aún más lejos, se llega a decir que este cambio traerá justicia. Que los países del Sur Global tendrán más voz. Que el poder dejará de concentrarse en unos pocos. Incluso se presenta como una forma de resistencia frente a décadas de dominio y sanciones impuestas a países como Cuba, Irán o Venezuela.
La narrativa resulta muy potente: los que antes eran débiles ahora se organizan, los que antes se encontraban marginados, ahora construyen alternativas. Sin ambargo, una cosa es el relato y otra, muy diferente, es lo que ocurre cuando la historia aprieta.
IRÁN: EL SOCIO QUE NADIE DEFENDIÓ
Cuando Irán ha sido atacado o presionado, muchos esperaban que sus supuestos aliados,- Irán en miembro de los BRICS -, iban a actuar con más firmeza. La realidad, en cambio, ha sido pavorosamente mas fría.
En una reciente cumbre, los países de los BRICS condenaron los ataques contra Irán, pero evitaron señalar claramente a los responsables.
Es decir, palabras sí. Muchas. Pero medidas concretas, ninguna. Es como ver a alguien rodeado en una pelea, escuchar a sus amigos decir “esto está mal”… y luego ver como se quedan quietos, mirando desde la acera. Porque denunciar sin actuar es una forma elegante de no comprometerse.
VENEZUELA: ENTRE DISCURSOS Y CÁLCULOS
Venezuela ha sido durante años para muchos una suerte de símbolo del discurso multipolar. Un país que habla de soberanía, de independencia, de ruptura con el orden dominante. Y, sin embargo, cuando intentó integrarse plenamente en ese supuesto bloque alternativo, se encontró con multiples límites y dificultades.
Algunos países la apoyaron. Otros, como el Brasil de Lula da Silva, frenaron su ingreso en ese grupo. Incluso dentro de ese espacio, las alianzas no son sólidas, sino condicionadas por intereses propios. Es como una mesa donde todos dicen estar unidos pero donde cada uno esconde sus cartas.
Mientras tanto, muchos de estos países continuan dependiendo de alianzas estratégicas con potencias mayores, en una lógica que reproduce las mismas relaciones de dependencia que se suponía iban a superarse.
CUBA: LA SOLEDAD DE LOS QUE RESISTEN
Y luego está Cuba. Décadas resistiendo bloqueos, presiones, agresiones y aislamiento. Décadas siendo símbolo de dignidad para no pocos. Pero cuando la situación se vuelve más crítica, el apoyo internacional de los que se presentaban como "alternativos" ha rayado en la verguenza.
Algunos países expresan solidaridad. Otros guardan silencio. La mayoría calcula. Es como si la historia se repitiera: los discursos de apoyo son abundantes, pero los recursos concretos escasean.
Y eso revela algo incómodo: incluso quienes hablan de cooperación global actúan, en última instancia, según sus propios intereses.
LA MULTIPOLARIDAD COMO ESPEJO
Aquí aparece la contradicción central. La multipolaridad se presenta como una alternativa al sistema dominante. Pero, en la práctica, sus actores operan dentro de las mismas reglas. Compiten por mercados. Buscan influencia. Negocian ventajas.
No están fuera del sistema: están dentro, intentando mejorar su posición. De hecho, el propio desarrollo global ha generado nuevas potencias que no rompen con la lógica capitalista existente sino que se integran en ella y la reproducen. Es algo así como cambiar de jugadores en un mismo juego sin cambiar las reglas.
La idea de que un mundo con varios polos será automáticamente más justo es atractiva. Pero la historia nos enseña que la desigualdad no depende solo de quién tiene el poder, sino de cómo funciona el sistema que lo organiza. La globalización ya prometió prosperidad para todos y terminó concentrando la riqueza mientras millones quedaban atrás. ¿Por qué ahora iba a ser diferente? Si las reglas no cambian, los resultados tienden a repetirse.
LO QUE NO SE QUIERE VER
El problema no es que la multipolaridad exista. Es que se le atribuyen virtudes que no tiene. No elimina la competencia. No garantiza la paz. No asegura la solidaridad. Simplemente redistribuye el poder dentro de un sistema que sigue funcionando igual. Y en ese sistema, el capitalista, las decisiones importantes no se toman por principios, sino por intereses.
La multipolaridad, pues, no es el fin de los conflictos. Es otra forma de organizarlos. No es la superación del sistema, sino su adaptación. Y creer que basta con multiplicar los centros de poder para crear un mundo más justo es algo así como pensar que un tablero de ajedrez cambia porque añadimos a él nuevas piezas.
El problema no es cuántas piezas hay. Es el juego en sí. Porque mientras el mundo siga girando en torno a la competencia, la acumulación y el interés privado, la paz será siempre provisional. Y la esperanza, si no se mira de frente, puede convertirse también en la forma más elegante del autoengaño.
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(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa materia
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