En los tiempos que corren necesitamos más que nunca construir una propuesta ganadora que supere el capitalismo y que no deje a nadie atrás
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Marta Pérez Fargas (ODG)
E.O/climatica.coop/18 marzo, 2026

Un momento del Foro social más allá del crecimiento. Foto: Alexandra Mestre.
Una siempre inspiradora Yayo Herrero sentenciaba en la clausura del Foro social más allá del crecimiento que «en un contexto de contracción material, las propuestas de transiciones deben tener perspectiva de clase, porque si no pueden resultar monstruosas». También lo dijo Luz Helena Ramírez, cofundadora de MigrESS: “No se puede hablar de decrecimiento sin hacerlo desde una perspectiva interseccional”. Y es que es difícil no relacionar el auge de la extrema derecha, la securitización y la escalada bélica con la pugna por los recursos energéticos a nivel internacional. Cuando se pone en cuestión la abundancia material y de recursos, hay dos salidas: la de los imperialismos o la de la solidaridad de clase.
Unos imperialismos que han vuelto de la mano de una extrema derecha que, por muy antisistema que quiera parecer, persigue mantener el statu quo por encima de todo. Y eso pasa por decidir quién queda fuera en una situación de escasez de recursos. Mientras vemos un 1% que sigue enriqueciéndose a costa de la explotación de otras personas, que abusa de niñas y mujeres en sus islas privadas, que consume y contamina más que todo el conjunto de la población, el dedo nos señala a las pobres, a las migrantes y a las racializadas. Porque lo fácil para ese 1% es que el último luche contra el antepenúltimo, y así nos quedamos mirando el dedo en vez de mirar la luna.
Para poder construir una propuesta decrecentista justa hay que abandonar el modo de vida imperial, aquel que nos han vendido como progreso, el del ‘hombre hecho a sí mismo’, el de la acumulación y el de la abundancia material que externaliza sus costes a otras latitudes. Muchas ya lo apuntan: la clave para lograrlo es reconstruir la comunidad. O, mejor dicho, su plural: las comunidades. Porque para este gran reto vamos a necesitar comunidades fuertes, sí, pero diversas, heterogéneas y, por supuesto, permeables. No nos vale ya con crear nuestros espacios seguros de afinidad ideológica: estos espacios deberán estar abiertos a la contradicción, al disenso y cargados de paciencia y de ternura.
Pero para librar esa batalla necesaria no podemos quedarnos con simples conceptos y propuestas vagas para un horizonte ecosocial. Debemos aceptar el reto de empezar a instituir. A instituir las propuestas de las transformaciones de las estructuras que nos sostienen: en la industria, la energía, la alimentación, la cultura, la vivienda, la movilidad… Son muchas las personas y colectivos, investigadoras y academia que trabajan en los procesos de transformación necesarios para una transición ecosocial con justicia. Unos procesos que son una determinación clara y una advertencia explícita a quienes pretenden que nada cambie para que todo siga igual.
Aun así, hay que reconocer que el decrecimiento tiene otro reto importante por delante: tumbar su blanquitud. Y eso no pasa solamente por involucrar a las comunidades racializadas o reconocer y valorizar los sectores de los cuidados, ampliamente sostenidos por las mujeres migradas, sino por construir una propuesta abiertamente antirracista y decolonial que contemple las deudas históricas con el sur global y que incorpore medidas de reparación concretas y realizables. Necesitamos reconocer las violencias que entrañan las fronteras y abrirnos a trabajar conjuntamente en una propuesta que las supere.
A veces, las discusiones y purismos conceptuales nos alejan de construir movimientos más transversales. El decrecimiento no puede ser algo exclusivo de las ecologistas, puesto que hay toda una estela de colectivos, infraestructuras autogestionadas y comunitarias que, aunque no lo definan así, ya lo practican en el día a día satisfaciendo necesidades básicas fuera del mercado capitalista y construyendo redes de apoyo mutuo cotidiano. Observamos este saber hacer decrecentista en los sindicatos de vivienda, ateneos, centros sociales, bibliotecas, redes de intercambio, centros cívicos y culturales, pero también en las comunidades de vecinas, las peluquerías, las tiendas de barrio, las plazas o las fiestas populares.
El reto es escalar esas constelaciones, que se multipliquen, que se enreden, que entendamos que las prácticas decrecentistas no son aquellas que eventualmente proponen determinados colectivos ecologistas defensores del medio ambiente y del reciclaje, sino que son una impugnación total al sistema capitalista. Que el decrecimiento es la propuesta ganadora en el embate contra el capitalismo, porque es un ataque frontal y sin fisuras a la lógica del mercado. Un decrecimiento popular y justo puede ser el antídoto adecuado para la pandemia global de la extrema derecha imperialista y sus discursos xenófobos. Sin embargo, contiene grandes retos que necesitamos afrontar colectivamente (y pronto) desde todas las luchas que nos definimos como anticapitalistas.
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