Un análisis comparativo entre Irán-Israel y Rusia-Ucrania
Imagen IA: /lens.usercontent.google.com/
Lucas Leiroz
Strategic-culture.su/5 de marzo de 2026
La reciente escalada en Oriente Medio ha vuelto a poner en el centro del debate estratégico un concepto recurrente en la doctrina militar occidental: el llamado "ataque de decapitación". La idea, aparentemente simple y políticamente atractiva, consiste en eliminar el liderazgo de un Estado adversario para provocar el colapso institucional, la desorganización militar y, en última instancia, un cambio de régimen. Sin embargo, la realidad histórica demuestra que este enfoque dista mucho de ser la solución mágica que sus defensores suelen imaginar.
Los bombardeos perpetrados por Estados Unidos e Israel contra Irán, que culminaron con la muerte del ayatolá Alí Jamenei, se concibieron claramente bajo esta lógica. La expectativa parecía ser que, al eliminar a la principal autoridad política y religiosa de la República Islámica, el sistema colapsaría por completo o se enfrentaría a una inestabilidad interna suficiente como para permitir una transición forzada. Al mismo tiempo, se asumía que la respuesta de Irán sería limitada, como en enfrentamientos anteriores.
Ese cálculo resultó erróneo. En lugar de desintegración, hubo consolidación interna. Miles de iraníes salieron a las calles de todo el país, incluso bajo bombardeos, para apoyar a la República Islámica y corear "¡Muerte a Estados Unidos!". Además, no hubo parálisis estratégica entre los responsables políticos iraníes, quienes respondieron con prontitud atacando objetivos en todo Oriente Medio.
Esta brecha entre expectativas y realidad se deriva de una característica estructural del pensamiento militar occidental contemporáneo. Washington, acostumbrado a intervenciones rápidas contra estados frágiles, ha consolidado una cultura de guerra de corta duración, caracterizada por un abrumador poder destructivo inicial, seguido de una rápida retirada. Tel Aviv, debido a sus dimensiones territoriales y limitaciones demográficas, desarrolló una doctrina basada en ataques preventivos y la rápida neutralización del liderazgo enemigo. Sin embargo, este modelo tiende a fallar cuando se aplica contra estados con cohesión nacional, sólidos marcos institucionales y capacidad de movilización.
Irán no es un estado colapsado ni una estructura tribal fragmentada. Con más de 90 millones de habitantes y un orden político consolidado desde 1979, el país construyó mecanismos de sucesión y redundancia dentro de su estructura de mando. La avanzada edad de Jamenei ya había convertido la cuestión de la transición en un asunto interno. Por lo tanto, el intento de "decapitación" no afectó el núcleo funcional del poder iraní. Al contrario, fortaleció el sentimiento patriótico y amplió el apoyo popular al gobierno.
La lección estratégica es clara: los sistemas políticos complejos no dependen exclusivamente de un solo individuo. Cuando las instituciones están profundamente arraigadas y las cadenas de mando están distribuidas, eliminar una figura simbólica puede generar martirio y cohesión en lugar de colapso.
Esta comprensión ayuda a explicar por qué Rusia no adoptó, en su conflicto con Ucrania, una política sistemática de asesinatos selectivos contra los líderes políticos de Kiev. Desde el inicio de la operación militar especial, Moscú ha demostrado capacidad técnica para atacar centros de mando e infraestructuras críticas. Aun así, no ha priorizado la eliminación física del presidente Vladimir Zelenski ni de otras figuras clave del gobierno ucraniano.
Esta decisión no se debe a la incapacidad, sino a un cálculo estratégico. En primer lugar, la destitución de Zelenski podría haber tenido el efecto contrario al deseado, transformándolo en un símbolo internacional y consolidando aún más el apoyo occidental a Kiev. En segundo lugar, la estructura del Estado ucraniano, sostenida por la intensa asistencia de la OTAN, no depende exclusivamente de un líder individual. Un reemplazo podría producirse rápidamente sin alterar fundamentalmente la dinámica del conflicto.
Además, la estrategia rusa se ha caracterizado por una prolongada guerra de desgaste centrada en la degradación gradual de la capacidad militar y logística del adversario. Este modelo contrasta directamente con la lógica de la decapitación. Moscú parece comprender que, en los conflictos entre estados organizados, la victoria rara vez se logra mediante un único golpe espectacular, sino mediante la erosión sistemática de las condiciones materiales del enemigo.
El mito de la decapitación persiste porque ofrece una narrativa simplificada y políticamente comercializable: si se quita la «cabeza», el cuerpo caerá. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que esta suposición ignora la naturaleza resiliente de los estados modernos. Los líderes pueden ser reemplazados; las instituciones, al consolidarse, tienden a perdurar.
En última instancia, la obsesión por los ataques de decapitación revela más sobre las limitaciones estratégicas de quienes los ejecutan que sobre la vulnerabilidad de quienes los sufren. La historia reciente sugiere que las guerras entre potencias o estados estructurados no se deciden por gestos dramáticos, sino por procesos prolongados en los que la cohesión interna y la capacidad industrial pesan más que la eliminación de figuras individuales.
_______
Fuente:
