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EL COLAPSO DEL LEVIATÁN

LA DERROTA ESTRUCTURAL DEL IMPERIALISMO EN EL GOLFO PÉRSICO
La arrogancia tecnológica se ha estrellado contra la tozudez del terreno y la capacidad de resistencia


José Manuel Rivero*
lacasademitia.es

Marzo de 2026 quedará registrado en los anales de la geopolítica como el momento en que la ficción de la hegemonía unipolar estalló contra los muros de la realidad material. Lo que las narrativas oficiales intentan vender como una “escalada controlada” o un “repliegue táctico” no es más que la constatación de una verdad incómoda: el imperialismo estadounidense ha sufrido una derrota estratégica de manual en la guerra que libra en el Golfo Pérsico, una implosión sistémica que desnuda sus contradicciones más profundas. No se trata de un simple revés militar, sino del agotamiento histórico de un modelo de dominación que ya no puede sostener los costes de su propia reproducción.


La autodenominada Operación Epic Fury, una guerra de agresión lanzada por Washington y Tel Aviv contra Irán al margen de cualquier legalidad internacional, ha sido el catalizador de esta crisis. En menos de un mes, la arrogancia tecnológica se ha estrellado contra la tozudez del terreno y la capacidad de resistencia de los pueblos.

Durante décadas, los Grupos de Ataque de Portaaviones constituyeron la columna vertebral de la proyección coercitiva estadounidense. Eran las ciudadelas flotantes desde las que el imperio administraba el orden unipolar sin exponer sus flancos. Hoy, esa doctrina yace bajo el peso de sus propias contradicciones. La imagen del USS Gerald R. Ford, el portaaviones más moderno y costoso jamás construido, atracado, después de salirse de la zona de guerra, en la base griega de Souda Bay tras, según se dice por los medios atlantistas, un incendio de larga duración originado en su lavandería que desplazó a cientos de marinos a habitar en el mismo en indignas condiciones y evidenció el agotamiento extremo de sus sistemas mecánicos, es más que una anécdota. Es la materialización de lo que los analistas denominan “deuda de mantenimiento”: nueve meses de despliegue ininterrumpido, con un ritmo de combate que ha acelerado el desgaste de sus componentes críticos hasta el punto de requerir una posible inactividad de más de un año. El USS Abraham Lincoln, por su parte, ha tenido que refugiarse a más de 1.100 kilómetros de la costa iraní, por el alcance de los misiles iraníes, en aguas seguras de Omán, certificando que el modelo de proyección de fuerza ha sido neutralizado por la asimetría tecnológica y la guerra de denegación de área. En definitiva, dos portaaviones fuera de combate.

USS GERALD FORD ENTRANDO EN SOUDA BAY

Al lado de esto, el mapa de guerra del Golfo Pérsico testimonia esta vulnerabilidad del imperio: al menos 17 instalaciones militares de Estados Unidos y la OTAN han sido alcanzadas, desde la Base Aérea Al Udeid en Qatar hasta Prince Sultan en Arabia Saudita. Los daños por valor de más de 800 millones de dólares son solo la punta del iceberg. Lo verdaderamente revelador es el colapso operativo: el derribo en Kuwait de tres F-15E Strike Eagle no es un hecho de guerra aislado, haciendo caso a lo que se ha informado en occidente que su causa fue “fuego amigo, sino que viene a demostrar que es el síntoma inequívoco del caos, la saturación y el estrés insostenible en las cadenas de mando de EEUU y aliados.

Además, en esta guerra el mito fundacional de la invulnerabilidad territorial de Israel ha saltado por los aires de forma definitiva. Los ataques con misiles balísticos del pasado 22 de marzo sobre las ciudades desérticas israelíes de Dimona y Arad han rasgado el velo protector de la Cúpula de Hierro, la Honda de David y el sistema Arrow. Más de 150 heridos, decenas de ellos graves y el colapso de edificios residenciales por el impacto directo de proyectiles que las defensas no lograron interceptar, han enviado un mensaje de disuasión existencial: no existe arquitectura defensiva capaz de sostener un Estado militarizado frente a la saturación balística continuada. El objetivo no era aniquilar la instalación nuclear de Dimona —que el OIEA confirma sin daños críticos—, sino demostrar que la tecnología punta tiene límites materiales cuando se enfrenta a lo que Irán ha diseñado y es capaz de hacer en su defensa. La respuesta de Tel Aviv ha sido inmediata: una inyección presupuestaria de emergencia de 13.000 millones de dólares. Israel actúa hoy como una base militar avanzada cuya viabilidad económica es nula sin el respirador artificial de Washington. La dependencia es absoluta, y esa dependencia es, en sí misma, una forma de derrota.


ATAQUES IRANÍES SOBRE ISRAEL

Pero es en la esfera económica donde esta guerra dicta su sentencia definitiva. La guerra moderna no se gana solo en el aire; se gana en la capacidad de reproducir las condiciones materiales de existencia. Desde el 4 de marzo, la Marina de la Guardia Revolucionaria Islámica ejerce un control efectivo y selectivo sobre el Estrecho de Ormuz, el cuello de botella energético del planeta. Con al menos 21 ataques confirmados a buques mercantes vinculados al eje agresor, y el tránsito restringido a quienes cuenten con salvoconducto —preferentemente aquellos que aceptan el pago en yuanes, moneda China—, Irán ha logrado una victoria estratégica de enormes proporciones. El precio del barril de Brent ha llegado a estar por encima de los 112 dólares, un impuesto global que asfixia a las clases trabajadoras occidentales y paraliza la maquinaria industrial europea. Teherán ha diseñado una kill box en el estrecho, utilizando su geografía favorable y una doctrina militar asimétrica que convierte a las islas de Qeshm y Larak en “portaaviones insumergibles”. Mientras tanto, Estados Unidos ha tenido que admitir que permite la salida de petroleros iraníes para intentar estabilizar los precios del petróleo, una concesión humillante que contradice cualquier narrativa de victoria.

ORMUZ

En Washington, los números son implacables. Estados Unidos está incinerando entre 25.000 y 30.000 millones de dólares en menos de un mes, a un ritmo de 1000 millones diarios. Requiriendo al Congreso un gasto adicional, por ello, de 200.000 millones de dólares. Para un imperio que arrastra una losa de 39 billones de dólares de deuda pública y un complejo militar-industrial que ha visto agotado su arsenal de largo alcance desde el cuarto día de hostilidades, este nivel de gasto bélico es una condena a muerte financiera. Las pérdidas materiales —desde los F-35 que han sufrido impactos hasta los drones MQ-9 Reaper abatidos— evidencian un vaciamiento de los silos de municiones y una erosión de la capacidad operativa que los EEUU y sus aliados de la OTAN no puede reponer a corto plazo. Pero más allá de los amasijos de hierro retorcidos en el desierto o buques petroleros a flote quemados, lo que está en juego es la credibilidad de un sistema de alianzas que se resquebraja.

La respuesta de los aliados a EEUU ha sido, cuando menos, elocuente. Francia rechazó el envío de buques. Alemania se negó a apoyar convoyes. Canadá, bajo el liderazgo de Mark Carney, declaró que no participará en operaciones ofensivas de Estados Unidos o Israel, abriendo una brecha que ningún analista habría pronosticado hace una década. Suiza cerró su espacio aéreo invocando su neutralidad histórica, y España ha abierto un debate sobre el uso de las bases por Estados Unidos en su territorio. El Reino Unido discute opciones sin comprometerse, y Japón, cuyo 72% del petróleo transita por Ormuz, guarda silencio mientras las protestas masivas en su territorio se oponen a cualquier involucramiento en un nuevo conflicto en Oriente Medio. Ni uno solo de los diez aliados convocados por Washington ha enviado un buque para reabrir el paso de Ormuz. La coalición atlántica muestra sus fisuras más profundas justo cuando el imperio más necesita un respaldo que ya no puede dar por descontado. Donald Trump, incluso, los ha llamado “tigres de papel” y cobardes. Todo una derrota.

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(*) José Manuel Rivero. Abogado-Analista político

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