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EL CAPITALISMO EN CORRUPCIÓN SE HACE TANATOCAPITALISMO

Cuando el metabolismo capitalista empieza a pudrirse, nace el tiempo de los monstruos, pero también se abren fisuras cada vez más anchas para que las conciencias puedan respirar


Andres Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I
observatoriocrisis.com/6 marzo, 2026

La debilidad de las estructuras capitalistas

El “momento histórico objetivo” en el que nos situamos puede caracterizarse como de debilidad de las estructuras capitalistas, resultante de la profunda contradicción que significa que la enorme potencialidad de desarrollo de las fuerzas productivas tenga que estar filtrada por el menguante cedazo del valor. A partir de esta contradicción básica una ristra de contradicciones estructurales se derivan en cadena:Entre acumulación y regulación.

Al necesitar la acumulación de formas cada vez más despóticas de gestión de los mercados de trabajo y más forzadas por lo que respecta a la extracción del valor (debido por una parte la creciente inmaterialidad y accesibilidad de lo producido y por otra la acentuada “cooperación” de la producción), se debilitan las posibilidades de regulación social “democrática”.Entre valorización (en cuanto que extracción de plusvalía) y realización de la plusvalía en forma de ganancia.

La escasa recuperación del beneficio en la producción se ha hecho a costa de una sobreexplotación y empobrecimiento del Trabajo y por tanto de una exacerbada depresión de la demanda.Entre el valor ficticio generado por el entramado mundial financiero-especulativo y el beneficio empresarial, que se obstruye respondiendo a un estancamiento de la rentabilidad (lo que hace que la débil marcha del crecimiento se dé sin proporcional acumulación de capital).

El endeudamiento como forma predominante de crecimiento actual no tiene contrapartida ni productiva ni energética para posibilitar que una hipotética acumulación futura pueda satisfacer ese endeudamiento.Entre el valor capitalista y la riqueza social y natural, pues aquél depende cada vez más de la destrucción de éstas.
Entre el desarrollo de las fuerzas productivas (la automatización) y las bases de sustentación del capitalismo: valor, trabajo asalariado, plusvalía, ganancia…, que resultan crecientemente deterioradas.

Estas últimas contradicciones están inscritas también en la creciente tensión entre lo que el capitalismo potencialmente permitiría, la socialización de la producción, la transformación de la estructura del trabajo y la desaparición del valor como relación de mediación de la vida social, así como el generalizado aumento del tiempo disponible… y su permanente abortamiento de esas potencialidades. Este modo de producción castra constantemente las propias potencialidades que alberga de superarse en favor de la sociedad.

Es decir, que los cambios ni son inmanentes al modo de producción capitalista, ni tampoco contingentes o ajenos a él. Las contradicciones señaladas son la substancia de la crisis cronificada del capitalismo; evidencian la decadencia mórbida de su metabolismo.

Pero el camino al que conduzcan, si bien no es arbitrario (el futuro no está escrito, pero no puede darse cualquier futuro), tampoco está impreso necesariamente en el movimiento del capital. La gran incertidumbre dialéctica es que la agencia humana, constituida a partir de ese movimiento, interviene también en su posible modificación.

En la actualidad, el complejo institucional y de dominación capitalista se adapta a la agudización de las contradicciones mencionadas a través de formas unilaterales, crecientemente despóticas y mortíferas, de “regulación social”.

Del lado opuesto, ese que podríamos llamar “momento de debilidad de las estructuras”, no se acompaña de una fortaleza antagonista.

Más bien la hegemonía del Capital parece todavía fuertemente asentada a pesar de las tendencias estructurales a su debilitamiento. Circunstancia que obstaculiza sobremanera la creación de sujetos colectivos altersistémicos.

Hegemonía para la dominación.

En el modo de producción capitalista las condiciones de dominación son también las condiciones de reproducción del propio capital. Forman la garantía de valorización de los capitales individuales como “capital social” en conjunto y ponen en juego la totalidad de los aspectos y elementos de la realidad social, de la praxis social.

Así, los medios socializados de producción (infraestructuras productivas, avances científicos…); aspectos de la reproducción de la fuerza de trabajo no directamente asegurados por la circulación mercantil (establecimiento de un determinado tipo de relaciones familiares, de género e intergeneracionales coherentes con esa reproducción; producción y reproducción del espacio-tiempo doméstico; sistema educativo; sistemas colectivos de cohesión social, etc.); el espacio social que requiere la circulación del capital (las redes de transporte y comunicaciones, los procesos de urbanización, la particular disposición del territorio para facilitar en lo posible la movilidad tanto del capital social como del trabajo social, de una rama de producción a otra, de una región a otra; etc.); las normas jurídicas para garantizar tanto la plusvalía como la ganancia (derecho laboral; derecho mercantil, penal…) y las instituciones encargadas de velar por su aplicación; la unificación político-administrativa del territorio y homogeneización de las condiciones de vida (normas sociales y culturales) al interior de una formación socio- estatal; la construcción de un medio físico o natural acorde con los principios de funcionamiento económico y social, entre otras condiciones inmediatas y transmediatas.

Todo ello constituye el metabolismo del modo de producción capitalista, que adquiere la forma de la ley del valor y se sustenta sobre el trabajo social abstracto, la naturaleza social abstracta y el tiempo social abstracto [la coproducción de una determinada naturaleza por el capital, que a su vez determina su posible evolución], y “secreta” por sí mismo determinadas maneras de entender y de explicar el mundo, como una ideología empotrada, desprendida de la inmediatez de la cotidianidad que se experimenta o, dicho a la inversa, de la experiencia cotidiana.

El tiempo abstracto (dedicado a la producción de valor como plusvalor), el espacio abstracto (reconfiguración permanente de la naturaleza para el beneficio) y la sociedad alienada (subordinada a la forma mercancía y al trabajo abstracto) son elementos básicos del orden capitalista, pero puede haber diferente intensidad en cómo se dimensiona el tiempo (aumento o descenso en la velocidad de rotación del capital, por ejemplo), la naturaleza (su mayor o menor abstracción -explotación- como mercancía) y la sociedad (mayor o menor legitimidad del Poder que puede corresponderse con una mayor o menor trasparencia de sus fundamentos).

Ese “metabolismo” puede sufrir cambios o evolucionar según los distintos modelos de crecimiento que se den en cada fase capitalista (promoviendo distintas maneras de hacer sociedad, tiempo y naturaleza), pero sus elementos estructurales básicos permanecen.

Y ellos generan formas específicas de entender las relaciones humanas y las relaciones de los seres humanos con la vida; implican, de hecho, determinados tipos de seres humanos; también, por tanto, determinada racionalidad social, así como específicas formas de subjetividad. Trazan las posibilidades de hegemonía de ciertas formas de pensamiento, filosofías e ideologías (expresadas en las distintas facetas de lo que se conoce como supraestructura social). Conforman el sentido común.

De aquí proviene la dimensión más empotrada o material de la hegemonía, que resulta de su profundo enraizamiento en un metabolismo sistémico y de su inter-penetración con la cultura que le es propia (aunque siempre lo haga de forma inestable, en función de los propios cambios metabólicos).

Efectivamente, cuando un modo de producción queda establecido, lleva consigo profundas raíces culturales, todo un entramado civilizatorio-cultural-psicológico que impregna la concepción del mundo de los seres humanos, y que naturaliza el propio modo de producción. Da lugar a un poso de conciencia, de subjetividad, de cultura propia, que no se deja modificar fácilmente o al menos completamente por una revolución política.

Todo orden social es susceptible de generar dosis de antagonismo y fidelidad combinados, en función del carácter de la explotación y de las posibilidades de ofrecer calidad de vida a la sociedad en la que se basa.

Salvo situaciones límite lo normal es que la mayor parte de la sociedad vea sus oportunidades de vida ancladas a ese orden, por lo que no sólo no buscan su destrucción, sino que la temen. E incluso si contempla la posibilidad de la caída de un conjunto de relaciones de dominación, no es fácil que rompa con sus bases civilizacionales, con el “metabolismo” a través del cual concibe el mundo y contempla lo que es cierto y lo que posible.

Ahí es donde radica el sentido más profundo del concepto gramsciano de subalternidad (por más que, ciertamente, Gramsci no sustantivara el adjetivo “subalterno”), como expresión de la experiencia y de la condición subjetiva de una población subordinada, sujeta a unas específicas relaciones de dominación que también son sociales, culturales e ideológicas en general.

La dominación se condensa así como la contraparte estructural de la explotación. Las que el autor sardo llamaría “clases subalternas” tienen precisamente como distintivo la heterogeneidad, la disgregación, el carácter episódico de su actuar y una débil y provisional tendencia hacia la unificación (predomina en ellas la desagregación).

En cambio las clases dominantes capitalistas realizan su unidad histórica en el Estado. Y el principio de su hegemonía radica en incorporar “orgánicamente” a los dominados, llevando a cabo el “Estado ampliado”, esto es, la suma de la ‘sociedad política’ y la ‘sociedad civil’.

Es en congruencia con ello que para erigirse en dominante, una clase que accede al comando del conjunto de la sociedad, ha de interpenetrarse con las fuentes metabólicas de Poder, tejiendo a partir de ellas un (renovado) metabolismo de Poder.

Esa clase se hace dirigente si además construye una total e integral concepción del mundo y una práctica organización integral de la sociedad, si establece para el resto de la sociedad una coherencia entre las versiones supraestructurales del mundo (cosmovisión) y las estructuras del orden económico-social imperante, legitimando su dominación. Consigue así una redefinición de la historicidad de los sucesos y la construcción de un proyecto histórico propio.

Esto pasa por des-figurar las bases de su propia dominación y por diluir en la conciencia del resto de la sociedad las contradicciones de la existencia social. También por la erección de un entramado de aparatos de gobierno, gestión, control y administración, como la forma en que la dominación socioeconómica se traduce en poder político.

Este entramado lleva empotrada su propia intelectualidad, en cuanto que forma de pensamiento organizada y sistematizada de interpretación del mundo en la que se especializa un determinado sector social dentro de la división social del trabajo imperante en el modo de producción.

Por eso, la “intelectualidad” empotrada en un determinado orden social, sea “orgánica” o no a la clase o alianzas de clase que lo rigen, no necesita mostrarse partidista. Puede figurar como “imparcial” (a menudo, cuando no es “orgánica” esa es la expresión que la actividad que despliega adquiere en su conciencia), dado que sus elaboraciones teórico-ideológicas, el conjunto de sus (fundamentadas) opiniones, son congruentes con el metabolismo social, con el “sentido común”. Es por eso que a la vez refuerzan uno y otro. En otras palabras, aquella intelectualidad emite “juicios gástricos” para ayudar al proceso de digestión ideológica del metabolismo social.

Una vez conseguida con un cierto grado de efectividad la conexión del metabolismo económico y social con las formas ideacionales y subjetivas de la sociedad y del ser-en-sociedad, el conjunto de procesos y dispositivos de Poder y dominación que son congruentes con un determinado modo de producción se hacen hegemónicos.

El resultado del Poder de clase aplicado a un particular metabolismo sistémico es lo que constituye la hegemonía de o para la dominación.

Tanatocapitalismo

Hoy que todo el metabolismo del capital se va corroyendo por dentro, las claves de la hegemonía se deshacen en concordancia.

La generalizada corrosión de las condiciones de vida y de descomposición del tejido social para la casi totalidad de las sociedades del planeta (coincidente con el retraimiento acelerado de la inversión social de los Estados), tiene su contraparte en los esfuerzos bélicos, la militarización y el acentuado desarrollo de fuerzas destructivas.

Eso quiere decir, asimismo, que cada vez más se borra la distinción entre “paz” y “guerra”, o que la “paz” comienza a ser una continuación de la guerra. Porque la Guerra Total de largo plazo o Guerra Sistémica Permanente no finaliza en la paz (o no tiene un fin concreto, que es lo mismo).

En concordancia con ello, para prevenir o abortar el consecuente malestar social en forma de protestas y levantamientos populares, o encauzarlo, en su caso, hacia movilizaciones programadas (auto)destructivas del poder social y redirigidas contra los sectores más débiles -en enfrentamientos intra-clase o civiles-, es que las elites de la clase capitalista vienen potenciando junto a la militarización, opciones de ultraderecha que le son inherentes y que algunos las han llamado “neofascistas” (en cuanto que traen formas nuevas de fascismo), pero que de momento se presentan como posible preparación o paso previo (protofascista) a un proceso de plena renazificación de las sociedades, si así lo requirieran las necesidades del capital decadente y sus distintas modalidades de Guerra.

Estamos, pues, ante un capitalismo que está succionando lo social para hacerlo “rentable” y que recurre con alarmante asiduidad a la eliminación de poblaciones, multiplicando los “estados de excepción”, “de exclusión” y “de asedio”.

Un capitalismo en el que la Guerra se va convirtiendo en forma preponderante de regulación del Sistema, tanto a escala intraestatal (“guerra social” en cuanto que plasmación de la draconiana ofensiva unilateral de la clase capitalista contra las propias poblaciones) como interestatal o global.

Dentro de ella, el terrorismo patrocinado, los golpes de Estado, los enfrentamientos sociales provocados (como “contiendas civiles”) y, en general, las guerras sucias, son estrategias cada vez más recurrentes de las élites capitalistas mundiales para enfrentar enemigos así designados por ellas mismas y tratar de sostener el Sistema.

Según el Sistema degenera, se deslegitima y recurre cada vez más a la fuerza, más visible se hace su idiosincrasia bélica y carácter tánato, su condición propagadora de la desigualdad exacerbada y de las formas más brutales de explotación y dominio. Todo lo cual es susceptible de azuzar de nuevo “la reacción defensiva de la humanidad” (que tanto señalara Polanyi ).

Cuando el metabolismo capitalista empieza a pudrirse, nace el tiempo de los monstruos, pero también se abren fisuras cada vez más anchas para que las conciencias puedan respirar fuera de su seno y alimentarse de vida y formas de sociedad alternativas.

Es aquí donde interviene la hegemonía para la emancipación.

Hegemonía para la emancipación

La construcción de hegemonía por parte de los/as subordinados/as en cuanto que un todo orgánico y relacional que hace confluir con alguna estabilidad en torno a ciertos principios articulatorios básicos a los sujetos provenientes de las distintas luchas emancipatorias en pos de la autonomía y de proyectos sociales alternativos. Confeccionando elementos de coherencia entre unidades de otra forma separadas.

Hegemonía para la emancipación implica, por tanto, construir un nuevo “sentido común” que dote de una nueva identidad a los distintos sujetos autónomos, pero sin eliminar la originaria. Una identidad común que levante su propia visión del mundo, su propia lógica en la que desarrollar todo un metabolismo social diferente, multiplicando así la potencialidad emancipadora de las sociedades.

Partiendo de que la relación fundamental que caracteriza a esta sociedad es la capitalista, el conjunto de luchas no se subsumen a ella sino que se potencian a partir de la lucha por la ruptura con ese orden.

Para ello la hegemonía emancipadora debe clarificar el presente de la acción fragmentadora, mistificadora y oscurecedora del pasado; de la dominación de clase que se perpetúa en la destrucción de los vínculos entre producción y Vida, para identificar las relaciones de fuerza que subyacen a los procesos sociales, en orden a asir intelectual y prácticamente su historicidad.

Esto sólo puede llevarse a cabo desde la conciencia y construcción de clase explotada y subordinada, como fuerza de trabajo que se niega a serlo, que se niega a sí misma para ser dueña de su vida, contra el Capital.

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