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COLOMBIA ENTRE LAS INERCIAS DEL PASADO Y LA URGENCIA DEL CAMBIO

Estamos en mora de dejar atrás las cargas del viejo país y asumir la tarea de construir una democracia basada en justicia y participación

Imagen E.O con IA Nano Banana 2: https://lens.usercontent.google.com/

Jesús Darío González Bolaños 
las2orillas.co/Mar 20, 2026

Colombia atraviesa un momento decisivo cuando se acercan las elecciones para cambio de gobierno nacional. El país de hoy carga todavía con un acervo de inercias sociopolíticas, económicas y culturales que se resisten a desaparecer, como si una parte del pasado se negara a soltar el timón. Ese “viejo país” - marcado por la desigualdad, la violencia, el patriarcado y las múltiples formas de dominación-, sigue moviéndose, a veces de manera silenciosa, a veces de forma abierta, por todos los rincones ideológicos, las cotidianidades y las orillas del poder.

Pero no nos engañemos: Colombia ya no es la misma. Ha cambiado profundamente en términos demográficos, generacionales, ambientales, productivos y políticos. Nuevas generaciones han emergido con otras sensibilidades; los territorios han reconfigurado sus conflictos y sus potencialidades; hay transformaciones significativas en la matriz de género, la crisis climática ha impuesto nuevas urgencias y la ciudadanía, en muchos casos, ha comenzado a cuestionar de manera más activa las formas tradicionales del poder.

Sin embargo, en medio de estos cambios, persisten nudos históricos que no han sido resueltos. Son estructuras que se reproducen, prácticas que se naturalizan y lógicas de exclusión que se adaptan en campos y ciudades. Lo que vivimos hoy es, en buena medida, una tensión entre transformación y repetición: una especie de inercia social que convive con impulsos de cambio, generando un comportamiento colectivo ambiguo, a veces esperanzador y otras veces profundamente contradictorio.

En este contexto, resulta comprensible y necesario que se demanden nuevas dinámicas institucionales y sociales. No se trata únicamente de reformar estructuras existentes, sino de repensar la manera en que se organiza la vida social en su conjunto: cómo se toman las decisiones, cómo se distribuye el poder, cómo se reconocen las diferencias y cómo se construyen los vínculos colectivos.

También implica transformar las formas de ejercer el poder, pero igualmente las formas de resistirlo. La democracia no puede seguir reducida a procedimientos formales o a disputas electorales; requiere nuevas señas, nuevos sentidos, nuevas prácticas. Una democracia que no se limite solo a representar, sino que habilite participación real, reconocimiento efectivo y justicia social.

En un momento que exige profundizar los cambios políticos, no resultan suficientes las propuestas acartonadas que siguen ncladas al pasado

Por eso, en un momento que exige profundizar los cambios políticos, no resultan suficientes las propuestas acartonadas que siguen ancladas en el pasado. Ese viejo país patriarcal, excluyente, violento, no puede seguir siendo el horizonte de lo posible. Insistir en esas fórmulas no solo es insuficiente: es irresponsable frente a las demandas del presente.

Colombia necesita, con urgencia, un proyecto de país capaz de mirarse críticamente a sí mismo. Un país que reconozca sus heridas, pero también sus capacidades. Que entienda que el cambio no es un eslogan, sino un proceso complejo que implica decisiones estructurales, disputas reales y transformaciones culturales profundas.

“Mudarse de piel”, por decirlo de otro modo, no es un gesto simbólico: es una tarea histórica. Supone revisar las bases sobre las cuales hemos construido sociedad y preguntarnos, con honestidad, qué debe permanecer y qué debe transformarse.

En ese camino, el papel del gobierno es crucial, pero no suficiente. Se requiere un mandato claro por el cambio, sí, pero también una ciudadanía activa, crítica y comprometida. Porque ningún proyecto de transformación puede sostenerse si no encuentra eco en la vida cotidiana de la gente, en sus prácticas, en sus relaciones y en sus formas de habitar el país.

El desafío está planteado: o seguimos administrando las inercias del pasado, o asumimos, con decisión, la tarea de construir una Colombia distinta. Una Colombia que no repita su historia como condena, sino que la transforme en posibilidad.

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