La cuenta atrás hacia una nueva guerra contra Irán ha comenzado
Eduardo Luque
elviejotopo.com/24 febrero, 2026
Estados Unidos ha concentrado en Oriente Medio el mayor despliegue aéreo desde la invasión de Irak en 2003. La dimensión del dispositivo indica que no se trata de una mera operación disuasoria, sino de un movimiento estratégico de gran alcance. El conflicto amenaza con extenderse a toda la región y con arrastrar, una vez más, a sus aliados europeos.
No estamos ante una negociación frustrada, sino ante un ultimátum diseñado para no ser aceptado. Las exigencias formuladas —la entrega total del uranio enriquecido, el desmantelamiento de los sistemas defensivos iraníes, la ruptura de vínculos energéticos con China y el abandono de cualquier apoyo a la resistencia frente a Israel— constituyen un programa de capitulación. Su finalidad no es alcanzar un compromiso estable, sino redefinir por la fuerza el equilibrio regional.
El petróleo como arma monetaria
Reducir la crisis a la cuestión nuclear sería un error analítico. El núcleo del conflicto es el control del petróleo y del gas de Oriente Medio. Desde los años setenta, tras el abandono del patrón oro, el sistema financiero internacional se ha apoyado en la facturación del crudo en dólares, consolidando el llamado “petrodólar”. Ese mecanismo garantiza una demanda estructural de la moneda estadounidense. Cuando el comercio energético mundial se liquida en dólares, los países importadores necesitan reservas en esa divisa; cuando los exportadores reciben esos ingresos, los reinvierten en bonos del Tesoro y en activos financieros estadounidenses. De este modo, se refuerza el papel del dólar como medio de intercambio internacional y como reserva de valor.
En un contexto de cuestionamiento creciente de esa hegemonía —por la aparición de mecanismos de pago alternativos y por la emergencia de bloques económicos que buscan reducir su dependencia—, el control político-militar de las principales zonas productoras adquiere un significado sistémico. Garantizar que el petróleo de Oriente Medio continúe cotizándose en dólares implica sostener la arquitectura financiera que permite a Estados Unidos financiar una deuda pública colosal sin sufrir las consecuencias que padecería cualquier otra economía.
La guerra, por tanto, no es solo geopolítica: es monetaria y financiera. El dominio energético contribuye a apuntalar la moneda estadounidense como eje del comercio global y a absorber, mediante la demanda internacional de activos en dólares, el peso de una deuda que, en otras condiciones, resultaría impagable.
El horizonte estratégico de Israel
Existe también una dimensión ideológica y estratégica propia de Israel. Una eventual victoria del binomio Estados Unidos/Israel alteraría profundamente el equilibrio de poder en la región. La derrota o fragmentación de Irán abriría la puerta a un rediseño territorial que algunos sectores del sionismo religioso conciben como la realización de su imaginario mesiánico: el llamado “Gran Israel”, cuya extensión simbólica se proyecta del Éufrates al Nilo.
La balcanización de Irán —es decir, su fragmentación interna en entidades débiles o enfrentadas— ha sido señalada en múltiples análisis como un objetivo estratégico que eliminaría a uno de los pocos actores estatales capaces de contrapesar el poder israelí en Oriente Medio, dado que Irán es un Estado claramente antiimperialista. Si a ello se suma la posesión del arma nuclear por parte de Israel —nunca oficialmente reconocida, pero ampliamente asumida en la práctica—, el resultado sería un predominio militar prácticamente incontestado durante décadas. En ese escenario, la supremacía regional permitiría consolidar un orden basado en la disuasión unilateral y en la neutralización preventiva de cualquier rival potencial. La combinación de la fragmentación de los adversarios y el monopolio nuclear configuraría una arquitectura de poder difícilmente reversible.
Irán no está sola
La actual escalada entre la administración de Donald Trump e Irán ha obligado tanto a Rusia como a China a definir públicamente su posición. Ambas potencias comparten el rechazo a una intervención militar estadounidense. Rusia ve en la balcanización de Irán un enorme riesgo para su frontera en el Caspio, donde Estados Unidos podría situar bases de misiles nucleares apuntando a su territorio. China, por su parte, percibe una amenaza tanto a su proyecto de la Ruta de la Seda como a su aprovisionamiento energético procedente del Golfo. Por tanto, el grado de implicación y los objetivos estratégicos de estas dos potencias no son idénticos, aunque sí coincidentes en lo esencial.
Rusia: respaldo político y militar, pero prudencia estratégica
Moscú ha condenado explícitamente las amenazas de Washington. El 3 de febrero, el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, calificó de “absolutamente inaceptables” las amenazas de nuevos ataques contra territorio iraní y advirtió de “graves consecuencias” regionales y globales. Estas declaraciones coincidieron en el tiempo con las del embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, quien afirmó que Trump “no hace amenazas vacías”. Tales manifestaciones provocaron advertencias iraníes en boca del líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Ali Jamenei, quien declaró que cualquier ataque estadounidense se convertiría en una guerra “regional”.
Rusia sigue insistiendo en la necesidad de contención y en la búsqueda de una solución diplomática. El 10 de febrero, el portavoz presidencial, Dmitri Peskov, afirmó que Rusia observa una “escalada sin precedentes” en torno a Irán y pidió a todas las partes prudencia y negociación. En paralelo a esa postura pública, Moscú ha intensificado, desde la guerra de los doce días, su coordinación militar, que va más allá del simbolismo de los ejercicios navales con Irán en el golfo de Omán el 19 de febrero.
Aunque el tratado de asociación estratégica entre Moscú y Teherán, que entró en vigor el 2 de octubre de 2025, no incluye una cláusula de defensa mutua, sí ha permitido que Rusia dote a Irán de una cobertura defensiva mediante nuevos sistemas integrados de defensa antiaérea de gran solvencia, que han sustituido a los más débiles de fabricación iraní. Aviones Su-25 de origen ruso —que han demostrado la capacidad productiva de la industria aeroespacial rusa— se han incorporado a la defensa aérea iraní.
Rusia rechaza de forma frontal el ataque estadounidense, apoya políticamente a Teherán y pretende evitar una confrontación directa con Estados Unidos, salvo que intereses estratégicos mayores se vieran amenazados. Se opone, como hemos visto, a un rediseño regional bajo hegemonía estadounidense, pero también enfrenta límites: el frente ucraniano continúa absorbiendo recursos y una confrontación directa con Washington en Oriente Medio abriría un segundo teatro de alto riesgo.
China: energía, estabilidad y diplomacia
Para China, la situación es más compleja. La Ruta de la Seda y el aprovisionamiento de petróleo corren peligro. En declaraciones del 6 de febrero, el Ministerio de Asuntos Exteriores chino reiteró que la vía para resolver las tensiones es el diálogo y pidió a todas las partes que ejerzan moderación. El portavoz Guo Jiakun instó, a finales de enero, a “resolver las diferencias mediante el diálogo” tras los anuncios estadounidenses de despliegues navales hacia la región.
China mantiene una línea extremadamente contenida y conservadora, aunque en los últimos seis meses ha dotado a las fuerzas armadas iraníes de radares de última generación integrados con su red de satélites, que permitirían la identificación de fuerzas hostiles a más de 500 kilómetros fuera de las fronteras del país, lo que daría tiempo suficiente a las defensas antiaéreas para intervenir.
Pekín quiere evitar una intervención directa mientras protege sus intereses energéticos y su imagen como actor diplomático responsable. La depuración llevada a cabo por Xi Jinping en su Estado Mayor contra altos generales —incluido un amigo personal— con supuestas veleidades “pacifistas” (la acusación fue de alta traición) señala que China tiene en cuenta y se prepara activamente para una eventual confrontación con Washington.
Pekín se prepara, ayudando a Irán, para varios escenarios: el primero sería la interrupción del suministro energético en una región clave para su seguridad económica; el segundo, la desestabilización del estrecho de Ormuz, vital para el comercio mundial; y, por último, el fortalecimiento del control estadounidense sobre rutas energéticas estratégicas. Sin embargo, China no busca, por ahora, una confrontación militar abierta con Estados Unidos en Oriente Medio. Su estrategia prioriza la estabilidad regional como condición para el comercio, la defensa del principio de no intervención y el mantenimiento de canales diplomáticos con todas las partes.
Tanto Rusia como China se oponen públicamente a un ataque estadounidense contra Irán y defienden una solución negociada. Pero sus cálculos estratégicos difieren: Rusia ve en el conflicto una pieza clave del equilibrio de poder frente a Washington y muestra una mayor implicación militar con Teherán. China, desde su perspectiva, actúa conforme a una lógica más económica y sistémica, evitando alineamientos militares explícitos. Ninguna de las dos potencias parece dispuesta, por ahora, a entrar en una guerra directa contra Estados Unidos por Irán. Su apoyo es político, diplomático y militar, aunque de carácter defensivo y cuidadosamente calibrado para no desencadenar una confrontación global.
En suma, Moscú y Pekín buscan impedir que Washington rediseñe unilateralmente el equilibrio de poder en Oriente Medio, pero sin cruzar el umbral que los arrastre a una guerra abierta. Su estrategia común es clara: contención, diplomacia y preservación del equilibrio multipolar, no intervención directa en el conflicto. Hace semanas fijaron reglas de enfrentamiento y parece que las partes decidieron renunciar al arma nuclear.
Europa como plataforma subordinada
En este contexto, la OTAN desempeña un papel esencial en la articulación del despliegue. La base aérea de Ramstein, en Alemania, junto con instalaciones militares situadas en territorio español, actúa como nodo logístico clave. España vuelve a poner su suelo y su espacio aéreo al servicio de una estrategia que no responde a un mandato democrático propio.
La subordinación no es coyuntural, sino estructural. La integración en la OTAN y la alineación automática con las directrices de la Unión Europea han reducido el margen de decisión soberana en materia de política exterior y de defensa. Si el control del petróleo sostiene la hegemonía del dólar y contribuye a gestionar la deuda estadounidense, y si una victoria militar consolida un predominio israelí duradero en la región, Europa corre el riesgo de convertirse en mera retaguardia logística y financiera de un orden impuesto por la fuerza. Persistir en esta senda implica aceptar un papel subalterno en un mundo que avanza hacia configuraciones más fragmentadas y multipolares.
Las grandes decisiones estratégicas se adoptan en marcos supranacionales en los que el interés nacional queda diluido. Así, por decisión propia de Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, la UE respaldará el dispositivo diplomático y mediático articulado por Trump en relación con Gaza.
Soberanía y orden mundial
El Gobierno de Pedro Sánchez reproduce esta lógica sin fisuras. Como ocurre en la guerra de Ucrania, el alineamiento con la agenda atlántica prevalece sobre cualquier debate profundo acerca de los costes económicos, energéticos y sociales para la población española. El Ejecutivo, respaldado por fuerzas que se autodefinen progresistas, asume el papel de socio disciplinado en una estrategia que puede incendiar aún más el Mediterráneo ampliado.
La cuestión de fondo es qué entendemos hoy por soberanía. Un país que no decide sobre el uso de su territorio para operaciones militares contra terceros, que no define autónomamente su política energética y que acepta sin debate la lógica de bloques difícilmente puede considerarse plenamente independiente. Cada escalada militar impacta en el precio de la energía, en la inflación y en el deterioro de las condiciones de vida de la mayoría social. Mientras tanto, el complejo militar-industrial y los grandes fondos financieros encuentran nuevas oportunidades de acumulación. El rearme se financia con recursos que dejan de destinarse a servicios públicos, empleo y cohesión social.
Defender la soberanía exige abrir un debate real sobre la inserción internacional de España, sobre el sentido de la alianza atlántica y sobre el precio social de guerras que no responden a los intereses de la mayoría. Sin ese debate, la política exterior seguirá siendo un ámbito reservado a compromisos asumidos fuera y ejecutados dentro, con la ciudadanía relegada a espectadora de decisiones que la afectan de manera directa.
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