El oro brilla cuando el papel moneda se empaña
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Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.wordpress.com/ 01/02/2026
Esta antigua verdad resume la encrucijada financiera global de nuestros días, donde dos fenómenos distintos pero entrelazados, la desdolarización y la desfiatización, están reconfigurando el orden económico. Existe confusión entre ambos conceptos, aunque sus efectos son tangibles. La desdolarización es el proceso por el cual países y actores globales reducen su dependencia del dólar estadounidense en el comercio, las reservas y las transacciones internacionales, optando por otras monedas como el euro, el yuan o sistemas de pagos bilaterales.
La desfiatización, en cambio, es un movimiento más profundo, un alejamiento de toda moneda fiduciaria—es decir, aquella emitida por un gobierno sin un respaldo físico como el oro—hacia activos considerados de valor intrínseco, como el metal dorado o las criptomonedas. El disparado precio del oro, que a inicios de 2026 supera los 5.500 dólares la onza, no es solo una huida hacia un valor seguro; es la señal más clara de una desvalorización general de las monedas fiduciarias respecto a un patrón histórico, una desfiatización en ciernes.
Ambos procesos se retroalimentan en el panorama actual. Una conjunción de factores—una deuda pública estadounidense que supera los 38 billones de dólares, tasas de interés relativamente bajas, ventas significativas de bonos del Tesoro por parte de inversores extranjeros y una perceptible depreciación del dólar—crea un cóctel volátil. Este cóctel eleva los riesgos de una crisis que podría ser fiscal, financiera o monetaria, con repercusiones que trascienden las fronteras de Estados Unidos. La desdolarización, al minar la confianza en el dólar, acelera la desfiatización, impulsando a bancos centrales de todo el mundo a acumular oro como un seguro contra la inestabilidad. En enero de 2026, esta dinámica es ya un hecho observable, no una mera teoría.
Las políticas internas de Estados Unidos, en un año electoral como 2026, intensifican esta tormenta perfecta. La administración enfrenta la presión de maquillar los resultados económicos de cara a las elecciones de medio término. El camino que parece seguir tiene dos vectores principales. El primero es puramente económico: una devaluación deliberada del dólar, combinada con tasas de interés bajas para contener el costo del servicio de la deuda y una potencial monetización de esa deuda —es decir, que la Reserva Federal financie al gobierno comprando sus bonos directamente—. Esta receta busca un estímulo a corto plazo, un dólar más débil hace las exportaciones estadounidenses más baratas y competitivas, lo que podría aumentar el crecimiento y el empleo en sectores como la manufactura, un escenario ideal para la campaña electoral.
Sin embargo, los efectos secundarios de esta medicina son graves. Un dólar depreciado encarece inmediatamente las importaciones, desde componentes electrónicos hasta bienes de consumo, añadiendo presión inflacionaria a la economía. Las tasas bajas, al inyectar más liquidez (más dólares en circulación), avivan ese fuego inflacionario. Esto crea un círculo vicioso: los inversores, temerosos de que el dólar pierda valor, buscan refugio en el oro, impulsando aún más su precio en una espiral de desfiatización. Para el ciudadano común, esto se traduce en un poder adquisitivo erosionado, especialmente para los bienes importados, y podría forzar eventualmente a la Reserva Federal a subir las tasas de interés de nuevo, estrangulando el crecimiento que se pretendía estimular.
El segundo vector es geopolítico y supone un riesgo aún mayor. Un escenario hipotético, pero plausible dada la retórica y las tensiones, implicaría un conflicto militar con Irán. Una escalada de este tipo, con ataques a instalaciones petroleras o el cierre del estratégico del Estrecho de Ormuz —por donde pasa el 20% del petróleo global— generaría una conmoción inmediata. Los precios del crudo podrían dispararse por encima de los 150 dólares por barril, provocando un shock energético global. Aunque Estados Unidos es ahora un productor neto de petróleo gracias al shale, no sería inmune. Los precios de la gasolina se elevarían, impulsando la inflación interna de manera abrupta. Un conflicto prolongado podría desencadenar déficits energéticos y una recesión, además de un mayor gasto militar que agravaría la crisis fiscal.
Las consecuencias externas de cualquiera de estos dos caminos son profundas. Un dólar en declive y un petróleo caro remodelan el panorama global. En el corto plazo, una crisis geopolítica podría causar una apreciación repentina del dólar como refugio, pero este efecto sería temporal. A largo plazo, tanto la devaluación buscada como la inestabilidad acelerarían la desdolarización. Países emergentes con deudas denominadas en dólares, como Argentina o Turquía, verían encarecerse brutalmente sus obligaciones, aumentando el riesgo de impagos. Las economías asiáticas, grandes importadoras de energía, sufrirían desaceleración e inflación, aunque China, con sus acuerdos alternativos con Rusia e Irán, podría amortiguar parcialmente el golpe. Europa, recuperándose de la crisis energética post-Ucrania, se vería condenada a precios del gas aún más altos. Todo esto empujaría a bloques como los BRICS a redoblar sus esfuerzos para comerciar en sus propias monedas, abandonando el dólar.
El núcleo del problema, sin embargo, reside en la frágil base de la economía estadounidense, su colosal deuda. Aquí es donde la situación actual se distingue de episodios históricos como el Acuerdo de Plaza de 1985, cuando las potencias económicas coordinaron una devaluación ordenada del dólar. Entonces, la deuda de Estados Unidos era manejable, alrededor del 40% del PIB. Hoy, supera el 120%. Una devaluación en este contexto es un arma de doble filo extremadamente peligrosa. Si bien puede actuar como un «impago suave», al erosionar el valor real de la deuda y como una «compensación» para los aranceles, su efecto en la confianza de los inversores podría ser catastrófico.
El sistema se sostiene sobre la disposición del mundo a comprar y mantener bonos del Tesoro estadounidense. Si los acreedores extranjeros perciben que el dólar es un cubo de hielo que se derrite de manera deliberada, exigirán tasas de interés mucho más altas para seguir financiando la deuda. Esto desencadenaría una crisis fiscal. Un aumento brusco en los rendimientos de los bonos haría que el servicio de la deuda se disparara, consumiendo una parte cada vez mayor del presupuesto federal. Pero el daño sería más profundo: los bonos existentes, que pagan intereses más bajos, perderían valor instantáneamente. Los balances de bancos, fondos de pensiones y compañías de seguros —llenos de estos bonos— se debilitarían, pudiendo provocar una crisis financiera como la de 2008, pero con el gobierno demasiado endeudado para rescatar al sistema con facilidad. El colapso de varios bancos regionales en 2023 fue un pequeño anticipo de este riesgo.
En este escenario de pánico, la Reserva Federal se vería entre la espada y la pared. Podría verse forzada a monetizar la deuda de manera masiva —imprimiendo dinero para comprar los bonos que nadie más quiere—, lo que alimentaría una inflación galopante, una verdadera crisis monetaria. O podría subir las tasas para defender el dólar, hundiendo la economía en una recesión profunda. Es el dilema entre una crisis inflacionaria y una deflacionaria. La llamada «dominancia fiscal», donde la política fiscal dictada por la necesidad de financiar la deuda domina a la política monetaria, se haría realidad.
Las tensiones sociales y políticas dentro de Estados Unidos, visibles en eventos como las protestas y la confrontación federal en Minneapolis a principios de 2026, añaden otra capa de riesgo. Un gobierno que recurra a medidas autoritarias para contener el malestar, en medio de una crisis económica, erosionaría aún más la confianza institucional, tanto interna como externa. Para el votante, la combinación de una inflación importada, la pérdida del valor de sus ahorros y la inestabilidad social podría ser determinante en las urnas de noviembre de 2026, castigando a quien esté en el poder.
En resumen, la encrucijada de 2026 presenta un panorama donde las herramientas económicas tradicionales de Estados Unidos están oxidadas por el peso de su deuda. La búsqueda de una ventaja competitiva a través de un dólar más débil y dinero barato, aunque tentadora a corto plazo, enciende las mechas de la desdolarización y la desfiatización a nivel global, mientras mina los cimientos financieros internos.
El oro, que brilla en los balances de los bancos centrales y en las carteras de los inversores cautelosos, es el termómetro de esta fiebre. No mide solo el miedo a un conflicto o a una recesión; mide una erosión fundamental de la confianza en el sistema monetario construido alrededor del dólar fiduciario. Las consecuencias internas —inflación persistente, riesgo de crisis fiscal y financiera, y pérdida de poder adquisitivo— son el precio potencial de navegar esta tormenta sin un cambio de rumbo estructural. El gran comercio global ya no es solo de bienes, sino de confianza, y el dólar, por primera vez en décadas, se negocia en letras rojas.
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