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EL GRAN APAGÓN: LOS ESTADOS SOLOS INQUILINOS DE LA REALIDAD

Los algoritmos sustituyen al debate y la tecnología se impone sobre la representación 
El Estado se ha convertido en una interfaz de usuario antigua, ejecutándose sobre un sistema operativo moderno, que pertenece a privados
 El poder ya no se concentra solo en el capital financiero, ese viejo dios de Wall Street; ahora se centraliza en manos de tecnócratas y sus plataformas


Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.worpress.com/11/01/2026

En el año 2047, el mundo ya no se divide en naciones soberanas, sino en feudos digitales gobernados por los Señores de la Nube. Esta afirmación, que parece extraída de una distopía de ciencia ficción es, en realidad, la proyección lógica de una tendencia que hoy, en 2025, ha alcanzado su madurez crítica. El poder real, el poder que decide quién come, quién se comunica, quién es visible y quién es borrado, yace en las manos de los Tecnócratas, esa nueva clase de multibillonarios que, siguiendo el arquetipo de figuras como Elon Musk en sus días de gloria terrena, han acumulado fortunas que no solo eclipsan, sino que literalmente sobrepasaban el Producto Interno Bruto de continentes enteros.

Nuestros gustos y deseos más íntimos ya no nos pertenecen. Son creados, moldeados y retroalimentados por vastas redes de máquinas interconectadas, comúnmente conocidas con el eufemismo amable de “la nube”. Esta no es una metáfora. Es una arquitectura de poder. La nube ha creado un ciclo de retroalimentación perfecto y asfixiante: nosotros, con cada clic, cada like, cada búsqueda, entrenamos al algoritmo para que encuentre lo que cree que nos gusta, y luego, de manera insidiosa, ese mismo algoritmo nos entrena a nosotros para que nos guste, consumamos y, finalmente, deseemos únicamente lo que él puede ofrecer.

Este sistema no compite con la democracia liberal; la elimina, la hace irrelevante. El poder ya no se concentra solo en el capital financiero, ese viejo dios de Wall Street; ahora se centraliza en manos de tecnócratas y sus plataformas, que controlan los flujos de información, el comportamiento de masas, la memoria colectiva y el acceso mismo a los servicios básicos de la civilización. Su poder supera, en velocidad, escala y profundidad, al de cualquier banco o fondo de inversión.

Curtis Yarvin, el profeta neorreaccionario que ha encontrado un público devoto en los círculos de poder de Silicon Valley, lo predijo en su «mosaico político para el siglo XXI»: un mundo de Estados que operan como corporaciones soberanas, gobernados por CEOs con poder absoluto, donde la eficiencia reemplaza a la legitimidad democrática. Junto a otros billonarios y teóricos, Yarvin promueve abiertamente un “neofeudalismo” donde las élites tecnocráticas controlan el poder sin la molestia de elecciones, parlamentos o derechos constitucionales.

Estos señores de la nube ya tienen la capacidad económica, logística y de infraestructura para competir con los Estados. La pregunta que estalla en la cara de cualquier observador no es si esto ocurrirá, sino ¿qué tan atrapados están los Estados en sus nubes? ¿Qué margen real de gobierno nos queda? Ellos, los señores, tienen un modelo claro, un proyecto. ¿Y nosotros? ¿Tenemos algo más que la nostalgia de la soberanía?

Cualquiera de sus fortunas personales supera el PIB anual de más de 150 países, incluyendo economías desarrolladas y robustas como Dinamarca o Malasia. Bezos no solo vende libros y almacena datos; controla un influyente medio de comunicación y dirige una carrera espacial privada. Zuckerberg no solo gestiona una red social; moldea narrativas globales, influye en resultados electorales y decide, a través de opacos comités de moderación de contenido, los límites del discurso público permitido en gran parte del planeta.

La evidencia de esta sustitución del poder estatal por el poder corporativo se puede ver en una simple tabla comparativa. Si observamos los PIB nacionales y los valores de mercado de las corporaciones, la línea que los separa se difumina como lo muestra el cuadro.

Los estados modernos, por tanto, no operan sobre una base pública, sino sobre una base digital privatizada. El control de los datos, los servidores y las redes de comunicación está concentrado en unas pocas manos corporativas. Según los datos del mercado, Amazon Web Services (AWS), Google Cloud y Microsoft Azure dominan cerca del 70% de la infraestructura global de la nube pública. En Europa, esta cifra asciende a un asfixiante 92% bajo control de firmas estadounidenses. Esto no es solo una “preocupación” teórica sobre soberanía digital; es una vulnerabilidad estratégica.

La fragilidad de este sistema no es hipotética. El 20 de octubre de 2025, una interrupción global en los servicios de Amazon Web Services (AWS) dejó al descubierto, durante horas, la extrema vulnerabilidad de la infraestructura digital que sostiene la vida moderna. No fue un ciberataque masivo, ni un acto de guerra. Fue, según los comunicados oficiales, un “pequeño error” en un sistema que convierte direcciones legibles en direcciones IP técnicas.

El poder de “apagar” no es, por tanto, una hipótesis de ciencia ficción. Es una posibilidad latente que el incidente de Amazon Web Services hizo tangible. Imaginemos un escenario prolongado, un “apagón logístico” deliberado o accidental. Los puertos y aeropuertos, cuyos sistemas de gestión de carga y control de tráfico aéreo son, en su inmensa mayoría, Software as a Service (SaaS) alojado en la nube, dejarían de funcionar. Los cajeros automáticos y las aplicaciones bancarias caerían, y la moneda física, que ya es un porcentaje mínimo de la masa monetaria, sería insuficiente para cubrir la demanda básica. El Estado perdería, en horas, la capacidad de recaudar impuestos o de pagar los salarios de sus funcionarios, médicos y policías. En los hospitales, los registros de pacientes, la asignación de quirófanos y la gestión del suministro de medicamentos dependen de bases de datos centralizadas.

Un Estado moderno no necesita ser derrocado por una revolución armada; puede ser reducido a la inanición y el caos simplemente por la interrupción de su flujo de datos. La soberanía en el siglo XXI ya no se mide en kilómetros cuadrados de territorio o en el número de tanques; se mide en la propiedad, el control y la resiliencia de los centros de datos y los protocolos de comunicación.

Las sociedades anónimas manejan los flujos globales realmente decisivos: los de datos, comercio digital, atención e incluso, como ha demostrado el conflicto en Ucrania, los de la comunicación militar. Un solo individuo, Elon Musk, puede decidir el alcance y la efectividad de las operaciones militares ucranianas al activar, desactivar o limitar geográficamente la cobertura de Starlink, su constelación de satélites. Eso no es poder soberano ejercido por un Estado; es el poder discrecional de un señor feudal sobre su feudo digital, ejerciendo su derecho a cerrar el puente levadizo. La guerra sigue o para cuando se le ocurra.

La conclusión es tan inquietante como ineludible: el Estado se ha convertido en una interfaz de usuario antigua, ejecutándose sobre un sistema operativo moderno, que pertenece a privados. Los «dueños del mundo» no necesitan presentarse a elecciones, no necesitan ganar debates, no necesitan rendir cuentas ante un tribunal constitucional. Les basta y les sobra con poseer el protocolo, la plataforma, la nube sobre la cual se ejecuta la realidad social y económica. Ellos escriben el código; los Estados solo pueden, en el mejor de los casos, enviar una sugerencia de mejora (feature request) a través de un canal de soporte que nadie atenderá.

Ante este panorama de dependencia catastrófica, ¿existen alternativas? Las opciones para que los Estados recuperen algo de soberanía digital se centran en tres pilares principales, todos ellos complejos, costosos y políticamente difíciles: regulación estricta, desarrollo de infraestructuras soberanas y alianzas estratégicas de diversificación.

La regulación implica imponer leyes que limiten el poder de las megacorporaciones, exigiendo localización de datos dentro de las fronteras, interoperabilidad entre plataformas y transparencia algorítmica. Incluye el resurgimiento de leyes antimonopolio agresivas, como el Digital Markets Act europeo, y marcos de ciberseguridad que prioricen proveedores nacionales o aliados.

La creación de infraestructuras soberanas supone que los Estados inviertan masivamente en empresas públicas o mixtas para desarrollar su propia nube soberana, redes de telecomunicaciones de última generación y constelaciones de satélites. En esencia, nacionalizar el futuro, un proyecto que choca con décadas de dogma neoliberal. Finalmente, la diversificación estratégica consiste en formar coaliciones regionales (como una “nube latinoamericana”) y en diversificar proveedores, incorporando alternativas chinas, europeas o de código abierto para no depender de un único polo de poder.

Algunos países, conscientes de este riesgo, han intentado avanzar, con resultados dispares. Brasil ha invertido en programas espaciales para garantizar autonomía en comunicaciones estratégicas, defensa y conectividad rural, reduciendo dependencia de satélites privados como Starlink (SpaceX). El Satélite Geoestacionario de Defensa y Comunicaciones Estratégicas (SGDC) lanzado en 2017 y operativo desde entonces, es un activo gubernamental que proporciona conectividad de banda ancha a áreas remotas, promoviendo inclusión digital y soberanía en telecomunicaciones. Cubre todo el territorio brasileño y es usado por las Fuerzas Armadas. En 2025, se planea adquirir un satélite mediano para defensa y dos pequeños para comunicaciones, integrando Programa Estratégico de Sistemas Espaciles (PESE).

Programa CBERS (China-Brazil Earth Resources Satellite), una colaboración con China desde 1988, con satélites como CBERS-4A (lanzado en 2019) para monitoreo de recursos hídricos, deforestación y agricultura. En 2025, el gobierno prueba una «nube soberana» para datos federales, manteniendo control local sobre infraestructuras crítica. Estos proyectos posicionan a Brasil como líder en América Latina en espacio.

Argentina, antes de la actual administración, construyó un notable programa espacial soberano a través de ARSAT y CONAE, lanzando satélites de comunicaciones como el ARSAT-1 y ARSAT-2, y de observación como los ARSAT-2,M, fabricados íntegramente en el país. Estos proyectos demuestran que la soberanía tecnológica es posible, pero requieren una voluntad política continua, inversión masiva y una visión de Estado a muy largo plazo, justo lo que el cortoplacismo político y la presión de los mercados suelen erosionar.

La presidencia de Lula en Brasil ha dado pasos en esta dirección, retando abiertamente a las Big Tech con un ultimátum claro: obedezcan nuestras leyes de datos, competencia y derechos digitales, o su acceso al mercado brasileño se verá seriamente restringido. Es un intento de reafirmar la soberanía legislativa sobre el territorio digital. Sin embargo, estos esfuerzos son islas en un océano dominado por los gigantes. La pregunta última es si estas medidas defensivas serán suficientes o si llegarán demasiado tarde.

Los Estados desamparados dependen de servidores que pueden apagarse, ralentizarse o censurarse al capricho de un CEO o por un error en una línea de código. La resistencia no dependerá de ejércitos o de viejas instituciones, sino de nuestra capacidad colectiva para entender este nuevo poder, para exigir y construir infraestructuras públicas y abiertas, y para recordar que, antes de que nuestros deseos fueran entrenados por algoritmos, existió algo llamado “voluntad popular”. El mundo sigue girando, pero cada vez más, su eje no está en los parlamentos ni en las plazas públicas, sino en los data centers climatizados y gobernados por los amos invisibles de la nube que hay que derrotar.

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