Su peligro es triple: son más resistentes que virus y bacterias, están proliferando y pueden albergar patógenos en su interior.
Ameba Comecerebros, una de las amenazas señala por el estudio.La Razón
Juan Scaliter
larazon.es/Creada: 25.01.2026 12:48
Cuando pensamos en microbios que amenazan la salud humana, lo primero que suele venir a la mente son los virus o las bacterias. Los virus son fragmentos de material genético que solo “cobran vida” dentro de una célula huésped y no pueden reproducirse por sí solos. Las bacterias, en cambio, son organismos unicelulares con cierta autonomía: tienen metabolismo propio, se reproducen por sí mismas y pueden vivir en entornos tan diversos como el intestino humano o el suelo del jardín. Y luego están las amebas.
Estas, por su parte, pertenecen a un grupo distinto de seres vivos llamados protozoos eucariotas, organismos unicelulares complejos que tienen núcleo, citoplasma diferenciado y se mueven y alimentan extendiendo seudópodos (prolongaciones temporales del citoplasma) para capturar su alimento mediante un proceso denominado fagocitosis.
La mayoría de las amebas son organismos inofensivos que viven libremente en el suelo, en agua dulce o en ambientes húmedos y cumplen funciones importantes en los ecosistemas, ayudando a descomponer materia orgánica o controlando poblaciones de bacterias y hongos. Sin embargo, no todas son inofensivas: algunas especies pueden causar enfermedades humanas severas. Y expandirse a nivel global.
Un estudio científico, publicado en Biocontaminant, subraya que estas últimas están emergiendo como un desafío global para la salud pública. Los autores, liderados por Longfei Shu advierten que ciertas amebas de vida libre (aquellas que no requieren un huésped para sobrevivir) están extendiéndose por regiones del mundo impulsadas por el calentamiento global, la falta de vigilancia de los sistemas de agua y el deterioro de infraestructuras de tratamiento.
Una de las características que hace temibles a estas amebas es su resistencia: pueden sobrevivir a condiciones que matarían a la mayoría de los microbios, incluyendo altas temperaturas, desinfectantes fuertes como el cloro y entornos de agua potable que se asumen seguros. Además, muchas amebas no solo viven una existencia “individual”: pueden alojar bacterias y virus en su interior, actuando como “caballos de Troya” que protegen a estos patógenos de la desinfección y facilitan su persistencia y propagación.
Un ejemplo paradigmático es la Naegleria fowleri, conocida coloquialmente como la “ameba comecerebros”. Esta ameba vive en agua dulce templada, como lagos, ríos y fuentes termales y, aunque las infecciones humanas son raras, cuando ocurren son casi siempre fatales.
La infección se produce cuando el agua que contiene la ameba entra por la nariz durante actividades recreativas en agua dulce, y desde allí asciende por el nervio olfativo hasta el cerebro, causando una enfermedad fulminante denominada meningoencefalitis amebiana primaria (MAP). En esta infección, la ameba destruye tejido cerebral en pocos días, provocando síntomas como dolor de cabeza intenso, rigidez de cuello, náuseas, vómitos y confusión, seguida de coma y la muerte en la gran mayoría de los casos.
Aunque la ocurrencia de este tipo de infección es muy baja (unos cien casos por año), su mortalidad es extraordinariamente alta, con tasas cercanas al 97 %. Además de Naegleria, otros géneros como Acanthamoeba y Balamuthia mandrillaris también pueden causar infecciones humanas graves, principalmente en personas con sistemas inmunitarios debilitados, incluyendo encefalitis granulomatosa amebiana, queratitis o infecciones de piel y tejidos blandos.
Además de los casos directos de enfermedad, la investigación reciente llama la atención sobre otro riesgo: las amebas actúan como reservorios naturales de patógenos y de genes de resistencia. Dentro de ellas, bacterias como Legionella o Pseudomonas y virus como norovirus y adenovirus pueden sobrevivir a métodos habituales de desinfección y luego salir de las amebas todavía capaces de infectar a humanos. Esto significa que las amebas no solo pueden causar enfermedad por sí mismas, sino también facilitar la persistencia y transmisión de otros agentes dañinos.
Este fenómeno es especialmente preocupante para los sistemas de agua potable y de recreación, donde estas amebas pueden colonizar zonas en las que las medidas habituales de limpieza no son efectivas. El estudio alerta de que el cambio climático, al elevar las temperaturas globales, está ampliando los hábitats favorables para estas amebas, permitiendo que prosperen en zonas donde antes eran inexistentes o raras. La combinación de calor, agua estancada y sistemas de distribución poco vigilados favorece su proliferación, lo que puede traducirse en exposiciones más frecuentes a estas especies peligrosas.
Debido a la alta letalidad de las infecciones graves, el equipo de Shu propone un enfoque integral de salud pública que combine vigilancia ambiental, mejores diagnósticos, tecnologías avanzadas de tratamiento de agua y educación pública para reducir los riesgos antes de que las personas se enfermen.
En definitiva, aunque las amebas han existido durante miles de millones de años como parte natural de nuestro entorno, algunas de sus formas representan un desafío creciente para la salud humana. No son microorganismos sencillos ni comparables a virus o bacterias comunes: su biología compleja y su capacidad de sobrevivir en condiciones hostiles las sitúan en la intersección de la microbiología, la ecología y la medicina, recordándonos que incluso las formas de vida más simples pueden albergar amenazas profundas.
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