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AMÉRICA LATINA ES EL PRINCIPAL OBJETIVO DE TRUMP

Aunque Trump lanza amenazas de intervención militar contra países que van desde Groenlandia hasta Irán, América Latina es el principal objetivo de su estrategia de repliegue imperial
La izquierda de la región necesita nuevas alianzas para hacerle frente

El presidente colombiano Gustavo Petro habla en una movilización en defensa de la soberanía nacional en Bogotá el 7 de enero de 2026. (Andrés Moreno / Xinhua vía Getty Images)

Tony Wood
jacobinlat.com/29/01/2026
Traducción: Florencia Oroz

Entrevista por Daniel Finn

El ataque de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro forman parte de un plan declarado de la administración Trump para el repliegue imperial en el hemisferio occidental. Donald Trump y sus aliados ya han amenazado con nuevas agresiones militares contra países como Cuba y Colombia. ¿Hasta qué punto debemos tomarnos en serio esas amenazas y cuáles son las perspectivas de resistencia a la nueva estrategia de Washington en América Latina?

Para dar respuesta a estos interrogantes y analizar la situación a la que se enfrenta actualmente la izquierda latinoamericana conversamos con Tony Wood, profesor adjunto de Historia Latinoamericana en la Universidad de Colorado Boulder y colaborador habitual de publicaciones como New Left Review, London Review of Books y Jacobin.

DF
Antes del ataque de Estados Unidos a Venezuela se produjeron una serie de acontecimientos que parecían favorables para el tipo de política que Donald Trump y sus aliados quieren promover en la región: la expulsión de la izquierda del poder en Bolivia después de más de dos décadas, la victoria de un pinochetista en las elecciones presidenciales de Chile y las victorias electorales de la derecha en Argentina y Honduras (tras la intervención directa y contundente del propio Trump, que prácticamente indicó a la gente a quién votar).

¿Diría que esos éxitos crearon una sensación de confianza que animó al equipo de Trump a actuar como lo viene haciendo?

TW
Algunos de estos acontecimientos fueron impulsados por su propia dinámica interna, como en el caso de Bolivia. El colapso de la larga hegemonía del movimiento de masas liderado inicialmente por Evo Morales y más tarde por Luis Arce tuvo muchos impulsores internos, mientras que la intervención retórica de mano dura en Argentina y Honduras por parte de la administración Trump fue más directa.

Creo que hay que distinguir entre los cambios a largo plazo que se están produciendo en América Latina —en parte debido a la presión contra el gobierno en el poder, sea cual sea— y los acontecimientos que forman parte de una ola creciente de éxitos de la derecha.

El caso de Argentina es un buen ejemplo. La elección de Javier Milei se debió al declive a largo plazo del peronismo y al auge de una derecha libertaria y neoliberal radical. Eso ocurrió en 2023, pero ahora Trump está en el poder y tiene un régimen afín al que quiere reforzar, por lo que ejerce presión para ello, la cual resulta ser un éxito. Aquí hay un elemento de oportunismo más que una conexión causal.

En cierta medida, la administración Trump no necesitaba el estímulo para actuar. Probablemente habrían hecho algo similar con Venezuela incluso si no hubieran tenido estos éxitos recientes, porque llevan mucho tiempo teniendo a Venezuela en el punto de mira. Eso también se aplica a la administración Biden, entre las dos presidencias de Trump.

Todos ellos han mantenido las sanciones a Venezuela, con estrategias de presión diseñadas para coaccionar al gobierno de Maduro y doblegarlo. Trump, por supuesto, intentó una operación de cambio de régimen durante su primera administración en 2019 que no tuvo éxito. Entonces, en cierto sentido, estaba volviendo a intentar algo similar, que parece un cambio de régimen pero que no implica toda la complicada responsabilidad de la construcción de una nación.

En general, diría que pueden haberse visto envalentonados, al menos en parte, por el cambio en el contexto regional. Pero Venezuela también es algo que lleva mucho tiempo en su agenda y es posible que lo hubieran hecho independientemente de este contexto más amplio.

DF
A pesar de esos avances de la derecha en varios países, todavía hay varios gobiernos de izquierda o centroizquierda en toda América Latina, desde Brasil hasta México, Colombia y Chile (donde, a pesar de la reciente victoria de la derecha, Gabriel Boric sigue siendo el presidente saliente). ¿Cuáles eran las relaciones de esos gobiernos con Maduro y el PSUV en vísperas del ataque estadounidense? ¿Cómo respondieron al ataque cuando se produjo?

TW
La «marea rosa» original, que se extendió desde la década de 2000 hasta la de 2010, y la ola más reciente de gobiernos de izquierda a partir de 2018 —a veces denominada «marea rosa 2.0»— eran bastante heterogéneas en cuanto a sus orientaciones externas y sus relaciones diplomáticas. En realidad, no ha habido un frente unido en lo que respecta a Venezuela.

Boric fue de los más críticos con el gobierno de Maduro, y también con Cuba. Insiste mucho más en la necesidad de credenciales democráticas en el sentido de procesos electorales formales, y fue bastante claro a la hora de diferenciar su propia versión de la izquierda de la versión chavista o bolivariana. Lula ha sido menos categórico, pero tampoco es que haya apoyado a Maduro. El Gobierno mexicano actuó de manera similar. Aunque no mantenían vínculos especialmente cordiales con Maduro, la relación no se tornó hostil, como sí ocurrió con muchos de los gobiernos de derecha de la región.

Parte del problema es que Maduro se volvió algo tóxico como para asociarse con él, y realmente no se obtenía nada positivo de ello si se era un gobierno progresista en América Latina. Si tu país tampoco tenía vínculos económicos particulares con Venezuela, no había ningún beneficio particular en mantener amistades con Venezuela para ninguno de estos gobiernos. Obviamente, está la cuestión de la solidaridad con Cuba, pero muchos de esos países mantienen esa relación en lo diplomático, sin prestar ninguna ayuda práctica. La gran excepción es México, que en la actualidad suministra más petróleo a Cuba que Venezuela.

Hasta la destitución de Maduro, la mayoría de estos gobiernos no eran particularmente cercanos o cordiales con Maduro, aunque sin duda se oponían a la intervención y la presión de Estados Unidos sobre Venezuela como una violación de la soberanía. Mantenían esa línea diplomática, pero en realidad no iban más allá.

Creo que esto es algo que envalentonó a la administración Trump. Creían que nadie iba a salir en defensa de Venezuela, desde luego no militarmente, pero incluso diplomáticamente; la respuesta siempre sería tibia, pensó, porque ninguno de esos otros gobiernos simpatizaba especialmente con Maduro. Si hubieran intentado algo similar contra [Hugo] Chávez —y de hecho lo hicieron—, la respuesta habría sido mucho más unida y firme.

México y Brasil condenaron el asalto, al igual que Boric. En Colombia, [Gustavo] Petro lo condenó sin rastro de ambigüedades. Ha habido muchos ataques retóricos contra este ejercicio del poder estadounidense como una violación ilegítima de la soberanía venezolana. Esa postura es bastante coherente, pero yo diría también que se trata de una posición basada en principios a posteriori más que en vínculos prácticos estrechos con el actual Gobierno venezolano. Yo distinguiría entre el nivel retórico, en el que todos estos gobiernos coinciden en que las violaciones de la soberanía latinoamericana por parte de Estados Unidos son algo negativo, y sus vínculos particulares con el Gobierno venezolano, que no creo que sientan un fuerte impulso de apoyar.

Un elemento adicional que añadiría al panorama es el efecto de la emigración venezolana durante la última década. Un gran número de migrantes venezolanos se han trasladado a países de toda América Latina, especialmente a Colombia y, en menor medida, Chile y Brasil. Muchos de estos gobiernos latinoamericanos, incluso los de izquierda, estarían muy contentos de ver un gobierno venezolano que tuviera mejores relaciones con Estados Unidos y enviara menos migrantes, solo para abordar sus propios problemas a ese respecto con menos urgencia.

En definitiva, Maduro no se hizo muy popular entre otros gobiernos, ni siquiera entre los de izquierda. Eso explica el carácter relativamente formal y diplomático de la oposición a su destitución. Obviamente, los gobiernos de derecha de la región están eufóricos y presionan para que se produzca un cambio de régimen. Sin ir más lejos, José Antonio Kast declaró: «Ahora tenemos que ir y terminar el trabajo y cambiar todo el gobierno», algo que ni siquiera Estados Unidos va a hacer.

DF
Esto plantea la cuestión de hasta dónde llegarán los cambios en la propia Venezuela. Si se trata simplemente de destituir a una persona al frente del Estado, eso no significa necesariamente que Venezuela vaya a romper sus lazos con Cuba. Pero Trump ha hecho varias declaraciones en las que afirma que, ahora, con Delcy Rodríguez al frente, los venezolanos serán mucho más dóciles que con Maduro. ¿Cuáles diría que son las implicaciones de esta nueva situación para Cuba? ¿Qué gravedad tiene la crisis a la que se enfrenta actualmente el sistema cubano?

TW
Cuba es una cuestión muy diferente para Estados Unidos en varios aspectos. Sin duda, la isla se encuentra en una situación muy grave a nivel humanitario: tiene el impacto a largo plazo de las sanciones, combinado con el endurecimiento de esas sanciones durante la primera administración Trump —que la administración Biden no hizo nada por levantar— y la sensación de que se están apretando las tuercas.

Además, está la degradación a largo plazo de la infraestructura económica del país: aspectos como el suministro eléctrico se encuentran en pésimas condiciones. También se ha producido un éxodo muy importante de Cuba, mucho mayor que las oleadas migratorias anteriores, como la huida en botes de los años ochenta. Lo que ocurrió en los últimos años es de una magnitud totalmente diferente. Esa pérdida de recursos humanos, con personas que abandonan la isla por diversas razones, ha pasado factura. Yo diría que Cuba se encuentra en una situación muy grave.

Se podría pensar que la estrategia de Marco Rubio sería cortar todos los cordones umbilicales que quedan y poner al régimen de rodillas. Al principio supuse que ese era el objetivo de Rubio y de la política estadounidense en general. Pero por lo que he visto recientemente, Estados Unidos va a permitir que continúen los envíos de petróleo desde México (algo así como el 40% del petróleo de Cuba procede de México en la actualidad).

Esto se basa en la idea de que el objetivo no es provocar el colapso total del gobierno cubano sino aumentar la presión y hacerlo más flexible. No sé si eso funcionará en Cuba en la misma medida. El gobierno es una entidad mucho más consolidada y mucho menos centrada en una sola personalidad que en el caso de Venezuela y Maduro, y su ejército es mucho más sólido y unificado.

Desde luego, no creo que vayan a intervenir y llevar a cabo una ocupación o un cambio de régimen en un futuro próximo. Me pregunto si siquiera van a intentar una operación del tipo de la de Venezuela, en la que se decapita al régimen y se obliga a los que quedan a cumplir sus órdenes.

En cierta medida, es un momento muy malo y amenazador para Cuba. Pero, aunque parezca extraño decirlo tras la violación de la soberanía venezolana por parte de Estados Unidos, en realidad, en lo que respecta a Estados Unidos, esta era la opción que, en su opinión, requería menos esfuerzo para garantizar un buen resultado. Les llevó unas horas y ahora tienen un régimen dócil en Venezuela sin haber tenido que enviar tropas.

Respecto de Cuba, seguramente estarán evaluando si pueden hacer lo mismo y qué otras opciones tienen en caso de fracasar. ¿De qué manera planean intensificar la presión? No estoy seguro de que estén dispuestos a hacer con Cuba lo que hicieron con Venezuela. Es posible que termine adoptando la forma de una estrategia de negociación al estilo Trump, consistente en lanzar una amenaza masiva con la esperanza de que se rindan y acepten celebrar elecciones, que por supuesto ganará la persona elegida por Rubio.

Hay otro punto que vale la pena señalar. En Venezuela existía una oposición que había sido financiada durante más de dos décadas por Estados Unidos. Cultivaron figuras de liderazgo, una de las cuales obtuvo el Premio Nobel, para gran irritación de Trump. Había una oposición ya preparada a la que se podía poner en el poder si se quería llevar a cabo una operación de cambio de régimen según el antiguo modelo estadounidense. Pero incluso en ese escenario, Estados Unidos no lo hizo.

Pero en Cuba no tienen esa infraestructura. A pesar de lo que lleva diciendo desde hace seis décadas el lobby de la derecha cubana en Estados Unidos, no existe una alternativa ya preparada a lo que hay actualmente en Cuba. Por muy brutal e irracional que sea la administración Trump, creo que evaluará la situación y no querrá crear un atolladero al estilo de Irak solo para complacer a Rubio. Obviamente, Rubio presionará para que se produzca algún tipo de cambio de régimen, pero también creo que estará dispuesto a esperar y a aumentar la presión sobre Cuba siguiendo la línea actual hasta que se presente una oportunidad. Es posible que eso no ocurra hasta dentro de algún tiempo.

Mientras tanto, el pueblo cubano seguirá sufriendo de forma intolerable. Las décadas de sanciones absolutamente inmorales van a continuar. Pero no creo que Estados Unidos repita en Cuba la jugada de Venezuela en un futuro próximo, aunque, lamentablemente, podría demostrarse que estoy equivocado en cualquier momento.

DF
El otro país de la región que ha sido amenazado explícitamente con el uso de la fuerza por parte de Trump es Colombia. ¿Qué tan peligroso diría que es el momento actual para Colombia y para el gobierno de Gustavo Petro en particular? ¿Tiene la izquierda colombiana ventajas en una posible confrontación con Trump que Maduro y el PSUV no tenían?

Por un lado, Petro no ha alcanzado las mismas cotas que Hugo Chávez durante su primera década en el cargo en términos de éxito electoral y logros concretos que pueda señalar. Por otro lado, solo ha pasado un periodo de tiempo relativamente corto desde que Petro fue elegido por primera vez, y su gobierno no da la sensación de llevar mucho tiempo en el poder y de estar presidiendo una grave crisis económica. ¿Eso les pondría en una posición más fuerte si el enfrentamiento con Trump se intensifica?

TW
Es interesante pensar por qué Trump hizo estas amenazas militares tan evidentes contra Colombia, si fue una continuación de la estrategia de Venezuela o más bien un recurso retórico para indicar la existencia de la amenaza. Hay que tener en cuenta que Colombia celebrará elecciones parlamentarias en marzo y presidenciales en mayo, en las que se presenta Iván Cepeda, aliado de Petro.

Una opinión sería que las elecciones dan a Estados Unidos la oportunidad de asegurarse un régimen más dócil en Colombia sin necesidad de recurrir a la fuerza militar. Hay un candidato de derecha del tipo de [Javier] Milei, Abelardo de la Espriella, que está en condiciones de obtener unos resultados razonablemente buenos en la primera vuelta y que podría ganar una segunda vuelta contra Cepeda. De la Espriella fue asesor jurídico de los paramilitares de derecha y representa una combinación de Milei y la política paramilitar de extrema derecha colombiana.

Sería el presidente ideal de Colombia para la administración Trump, y hay posibilidades de que gane sin la interferencia directa de Estados Unidos. Hay varias cosas que Estados Unidos podría hacer (y es probable que intente) en los próximos meses como estrategia de desestabilización. Me imagino perfectamente a Estados Unidos fomentando todo tipo de violencia para crear un clima de inseguridad que favorezca a la derecha.

En ese sentido, no creo probable una intervención militar estadounidense en Colombia a corto plazo, porque se acercan las elecciones. Sí veo posible la injerencia estadounidense tanto en forma retórica como en forma de operaciones encubiertas. Eso es muy posible en los próximos meses para conseguir que su candidato deseado sea elegido presidente.

Colombia es una pieza importante del rompecabezas para Estados Unidos. En términos de estrategia, han mantenido una relación militar durante décadas, y contar con un relevo fiable de la derecha en Colombia ha sido durante mucho tiempo un eje fundamental para Estados Unidos también en el ámbito político. La capacidad de asegurar ese resultado por medios electorales sería una verdadera ventaja para la administración Trump que no creo que valga la pena poner en peligro con una intervención militar.

Además, las intervenciones militares directas de Estados Unidos en América Latina podrían fácilmente resultar contraproducentes y generar apoyo en torno a quienes defienden la soberanía del país. Podría imaginar un escenario en el que, cuanto más amenace Estados Unidos a Colombia en los próximos meses, mejor le vaya a la izquierda, porque defenderá —al menos retóricamente— la soberanía colombiana, mientras que la derecha, que suplica la intervención estadounidense, será vista como traidora al país.

En cuanto a si la izquierda colombiana cuenta con activos que Venezuela y el PSUV no tenían, sí, es cierto que Petro no lleva tanto tiempo en el poder, en términos relativos. No ha tenido tanto tiempo para consolidar una base de apoyo, ni tampoco para que las medidas positivas que ha tomado su gobierno echen raíces. Petro hizo mucho énfasis en su estrategia de paz total, pero sin mucho éxito. Recientemente se han producido repuntes de violencia por parte de grupos guerrilleros y paramilitares. Esto no quiere decir que el gobierno de Petro haya fracasado. Hay muchas medidas e iniciativas que han tenido éxito, pero puede que no sean suficientes para consolidar una base de apoyo detrás de la izquierda y defenderse del desafío electoral de la derecha.

Por otro lado, en comparación con Maduro, la izquierda no ha estado tanto tiempo en el poder y no ha habido tanto tiempo para que se instale un profundo desencanto. El gobierno de Petro tiene logros de los que puede enorgullecerse en términos de redistribución de la tierra y reducción de la pobreza. La pregunta es si eso es suficiente para defender a un gobierno en el poder en el clima actual frente a un rival de derecha. Lo sabremos en los próximos meses.

DF
Obviamente, es imprudente generalizar sobre el estado de la opinión popular en América Latina, porque es una región enorme y muy diversa, sin un sentido necesario de identidad común (como lo demuestra el hecho de que haya habido tanta hostilidad hacia los inmigrantes venezolanos en países como Chile, incluso o especialmente por parte de la derecha).

Pero es evidente que también hay puntos en común, sobre todo el hecho de que todos tienen que mirar hacia Estados Unidos y considerar el impacto que podría tener en sus sociedades. ¿Cuál fue la reacción de la opinión pública ante las diversas maniobras de la administración Trump? ¿Existieron intervenciones de peso por parte de los movimientos sociales activos en la región?

TW
Parte de la diferenciación tiene que ver con el grado de dependencia económica de cada país respecto a Estados Unidos. Si nos fijamos en Centroamérica, se trata de países más pequeños que dependen mucho más de las remesas y del comercio con Estados Unidos, por lo que son vulnerables a todo tipo de presiones políticas por diversas razones. Brasil es un país a una escala totalmente diferente, con una amplia gama de socios comerciales. Las amenazas arancelarias de la administración Trump fracasaron porque Brasil tiene al menos algunas opciones teóricas para diversificar sus relaciones comerciales y defenderse comercialmente.

A nivel gubernamental, una de las consecuencias de las acciones de la administración Trump ha sido empujar a las élites latinoamericanas a respaldar los pactos comerciales regionales. Acaba de firmarse el pacto comercial entre la UE y Mercosur. Han hecho falta veinte años para conseguirlo, y las acciones de Trump son las que finalmente han empujado a la gente a pensar que era una buena idea. Se creó un bloque de libre comercio bastante grande en Sudamérica que reduce los aranceles con la UE, lo que da al capital europeo un punto de apoyo significativo que llevaba mucho tiempo buscando.

En cierta medida, a nivel gubernamental, es una cuestión de qué otras opciones tiene un país. En el caso de Argentina, el garrote que pendía sobre las cabezas del electorado era la cancelación de un rescate para un gobierno en crisis financiera permanente, tanto bajo Milei como bajo la administración anterior: «Te vamos a quitar el salvavidas mientras te hundes». Esa es una amenaza muy diferente a la amenaza arancelaria contra Brasil.

En cuanto a los movimientos populares, sin duda ha habido expresiones de rechazo a la intervención estadounidense, con numerosas manifestaciones callejeras en México, Brasil y otros lugares. Al mismo tiempo, esta ofensiva imperialista de Estados Unidos ha sido bastante selectiva en sus objetivos hasta ahora. La estrategia general es muy clara, pero en cuanto a quiénes han sido los objetivos reales hasta la fecha, es bastante selectiva, momento a momento, y eso hace que sea mucho más difícil organizarse en torno a ella.

Más allá de una postura general de rechazo al imperialismo estadounidense, que ha sido una posición constante de la izquierda latinoamericana durante un siglo y por muy buenas razones, no hay un tema concreto en torno al cual organizarse, como lo hubo, por ejemplo, con la imposición de una dictadura en Chile en la década de 1970. Estamos en las primeras etapas de descubrir cómo sería una nueva ola de movimientos de solidaridad y qué podrían hacer.

Sin duda, existe un rechazo a las intervenciones estadounidenses, pero ¿cuál es el objetivo organizativo de eso en un país como México o Bolivia, más allá de la expresión de la opinión pública? Tendremos que ver cómo evoluciona esta nueva Doctrina Monroe y quiénes son los próximos objetivos para descubrir cómo se desarrolla la respuesta de los movimientos populares. Es de esperar un auge del sentimiento antimperialista, pero aún no está claro qué formas organizativas adoptará. Puede traducirse en resultados electorales, ese es el ejemplo más obvio.

La otra pregunta es si los movimientos populares en América Latina tienen la capacidad de llevar a cabo una resistencia civil masiva en lugar de movilizarse en torno a un objetivo electoral a corto plazo y luego desmovilizarse. Eso es algo que hemos visto ocurrir muchas veces en las últimas décadas. Los movimientos populares se movilizan con mucho éxito para bloquear las reformas neoliberales o para elegir una coalición progresista, y luego se produce una ola de desmovilización.

Otro punto a mencionar es que ha habido un aumento real de la inseguridad en muchos países, lo que ha tenido un impacto desmovilizador y desmoralizador. Hay mucho discurso en torno a la seguridad en América Latina, con comentarios sobre la violencia generalizada. En cierta medida, se trata de un fuerte tropo de la derecha, pero no es del todo ficticio. Ese clima de inseguridad es parte de lo que ha llevado al éxito electoral de la derecha, pero también afecta a la vida cotidiana de las personas e impulsa la migración.

Todo ello dificulta mucho más los actos colectivos de organización y resistencia. La amenaza de la violencia es muy desalentadora, por razones obvias y justificadas. En este clima generalizado de inseguridad, y con un objetivo tan amplio como el imperialismo estadounidense, ¿cómo pueden los movimientos de izquierda organizarse con éxito en torno a ello? Me gustaría ser optimista, pero en cierto modo depende de lo que haga Estados Unidos a continuación.

DF
¿Qué consecuencias tiene el nuevo énfasis de la administración Trump en la hegemonía hemisférica para los proyectos de izquierda en América Latina? ¿Cuáles son las perspectivas de resistencia o, incluso (por decirlo en términos más modestos), de conseguir un cierto respiro?

TW
La administración Trump presenta su estrategia para el hemisferio occidental —su reafirmación de la Doctrina Monroe— como una novedad, pero en realidad se ajusta a un patrón muy antiguo. Es una vuelta a un modelo de relaciones de Estados Unidos con el hemisferio occidental que tiene más de un siglo de antigüedad. Más tarde fue sustituido por el marco de la Guerra Fría y el ascenso de Estados Unidos a la preeminencia mundial.

Curiosamente, este retorno al hemisferio occidental representa, desde cierta perspectiva, una reducción de las ambiciones estadounidenses. Greg Grandin ha desarrollado su análisis de este punto en varios libros, en particular en Empire’s Workshop, donde sostiene que América Latina es el lugar al que acude Estados Unidos para reinventarse. Se repliega en el hemisferio occidental en momentos de crisis.

Se podría pensar en estos términos: Trump es un fenómeno de crisis relacionado con el colapso del orden neoliberal, el largo declive de la rentabilidad del sector empresarial estadounidense y las enormes burbujas financieras que han tenido que inflar para compensar la disminución de las tasas de crecimiento. El capitalismo estadounidense atraviesa una crisis generalizada. Al mismo tiempo, el poder global de Estados Unidos se enfrenta al auge de China y a la disminución de los beneficios de aventuras militares como las de Irak y Afganistán.

Hay una lógica en la reducción de la presencia estadounidense en el hemisferio occidental: reinventarse, reafirmar su poder, acumular algunas victorias militares fáciles y luego controlar todo el hemisferio y dominar sus recursos, como especifica el documento de la Estrategia de Seguridad Nacional. El Caribe, en particular, va a ser especialmente vulnerable a las reafirmaciones abruptas del poder militar estadounidense sin la ambición de participar en ocupaciones de construcción de naciones como la que intentó en Irak.

Se podría diferenciar entonces entre el Caribe como escenario principal de la agresión estadounidense y Sudamérica como zona secundaria. Los países sudamericanos son mucho más grandes y mucho más importantes, tanto económica como militarmente. Sería una propuesta diferente para Estados Unidos ejercer su poder sobre ellos.

Actualmente, lo que hay es un gran despliegue de fuerzas navales estadounidenses en el Caribe, utilizando Puerto Rico como un enorme portaaviones. Me imagino que Estados Unidos mantendrá esa postura en el Caribe durante algún tiempo, pero eso también significa que no lo haría en Sudamérica. Es un patrón muy antiguo, pero que se está actualizando para la era de los portaaviones, la guerra con drones y las intervenciones militares de alta tecnología, como la que secuestró a Maduro.

La administración Trump está repitiendo este patrón de la era de Teddy Roosevelt en un contexto histórico muy diferente. Si pensamos en las intervenciones de los años 1900 y 1910, Estados Unidos era la potencia preeminente en el hemisferio occidental durante ese período, además de ser una potencia global en ascenso. En ese momento, no se había producido el auge de China ni las inversiones chinas a gran escala en infraestructura en toda América Latina. Desde luego, no existía China como principal mercado de exportación para una serie de productos de los países latinoamericanos.

Estados Unidos se está replegando al hemisferio occidental con la idea de que puede dominar la región como lo hizo hace más de un siglo, pero en un contexto en el que ese dominio es mucho más disputado, al menos económicamente, entre Estados Unidos y China. A medio plazo, sin duda veremos más intervenciones militares del tipo de la de Venezuela —por desgracia, es probable—, pero también una batalla comercial mucho más intensa contra China, con el objetivo de expulsar la influencia asiática utilizando la fuerza militar estadounidense para abrirse camino en los países.

Será una batalla económica de suma cero con China por la influencia en América Latina, con el objetivo de convertir a América Latina en el dominio exclusivo de Estados Unidos, no solo en términos militares, sino también en términos de recursos económicos y rentabilidad. Eso es claramente lo que hay detrás de la estrategia de Trump. Anticipo que será una estrategia violenta y disputada.

La retirada de Estados Unidos al hemisferio occidental deja muy claro lo que está sucediendo y quién es el enemigo. La alianza de las empresas estadounidenses con el ejército de Estados Unidos para abrirse paso en estos países va a ser muy evidente, y eso, a su vez, proporcionará un foco de organización para la izquierda y los movimientos progresistas.

Durante los años veinte y treinta hubo una ola de solidaridad y organización antimperialista que atrajo a una amplia franja de la opinión pública más allá de la izquierda. Cuanto más agresivo se vuelva Estados Unidos, más empujará a la opinión pública latinoamericana a consolidarse en torno a una alternativa antimperialista. La dificultad a la que se enfrentará esa alternativa es la enorme asimetría del poder militar en una era de Estados vigilantes y armamento de alta tecnología. Estados Unidos tiene fuertes aliados entre las élites latinoamericanas, que también tienen acceso a esa tecnología, por lo que los retos son muy difíciles.

Una de las consecuencias de la administración Trump es dejar muy claro a qué te enfrentas. Esto es cierto tanto a nivel nacional en los propios Estados Unidos como a nivel internacional. Te enfrentas a un aparato estatal brutal y autoritario aliado con (y que promueve los intereses de) sectores del capitalismo estadounidense, que trabajan codo con codo. Eso es un reto, pero también proporciona un foco para la organización.

Entonces tenemos que preguntarnos: ¿qué tiene la izquierda latinoamericana en su arsenal político y qué formas puede adoptar la oposición? La gran fortaleza de los movimientos de la Marea Rosa durante el último cuarto de siglo ha sido su éxito electoral al unir a coaliciones dispares de personas en torno a un proyecto antineoliberal.

Dudo en utilizar la palabra «oportunidad», en vista del sufrimiento que estos acontecimientos van a suponer, pero creo que es algo que la izquierda tendrá que volver a aprender: cómo volver a reunir una coalición progresista algo diferente en torno a una forma de política antimperialista que se oponga al neoliberalismo y a la última variante del neoliberalismo que representa Trump.

A corto plazo, el panorama parece bastante sombrío, pero cuanto más se aplique la estrategia de Trump sobre el terreno, más oposición y resistencia surgirán, y más difícil será para Estados Unidos conseguir los resultados deseados por la fuerza. A largo plazo, creo que esto generará una ola de resistencia, pero la izquierda tardará un tiempo en averiguar cómo construirla y cuál es el camino electoral viable para alcanzar su objetivo.Compartir este artículo FacebookTwitter Email

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Tony Wood
Es miembro del Comité Editorial de la New Left Review y autor del libro Russia Without Putin: Money, Power and the Myths of the New Cold War (Verso, 2018).

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