El burocratismo se convierte en un enemigo de la comunicación, bloqueando la creatividad popular y transformando la comunicación en un mecanismo de control ideológico.
Por Fernando Buen Abad
almaplus.tv 30 Septiembre
¿Por qué el burocratismo es enemigo de la Comunicación?
Como enfermedad burguesa, el burocratismo es un fenómeno estructural, más que un defecto administrativo ocasional. Se enamoran de las oficinas y de los privilegios. Es un corazón del reformismo. Su lógica no se limita a la dilación o acumulación de trámites, papeles o procedimientos repetitivos, sino que constituye un sistema de reproducción de poder, de privilegios y de control ideológico.
En tal condición, el burocratismo se revela como un enemigo frontal de la comunicación humana entendida en su sentido pleno, como producción social de sentido, como intercambio creador de significados, como flujo dialógico que potencia la acción colectiva y la organización consciente. Como vector para el desarrollo de las fuerzas productivas. Allí donde se instala el burocratismo como forma dominante, la comunicación se reduce a un expediente formal, a un protocolo sin vida, a un mecanismo de obediencia vaciado de creatividad.
“Tenemos que librar una lucha a muerte contra el burocratismo, que amenaza a la revolución bolivariana… Hay que reconocer el viejo y el nuevo burocratismo y combatirlo.” Discurso con estudiantes del curso nacional de alfabetización, 2004.
Su burocratismo interviene como un aparato tóxico que interrumpe, bloquea y asfixia la vitalidad de los signos sociales. No se trata sólo de “mala gestión” ni de “ineficiencia administrativa”; se trata de una colonización del espacio simbólico en la que el trámite sustituye al diálogo, la orden sustituye a la deliberación y la repetición sustituye a la creatividad. La comunicación, como territorio donde se despliega la conciencia colectiva, exige dinamismo, apertura, plasticidad y capacidad crítica. Su burocratismo, en cambio, exige sumisión al procedimiento, fetichismo del formulario, culto a la jerarquía de oficina. En el terreno semiótico esto se traduce en una ideología implícita: el mensaje que transmite el burocratismo es que la vida social debe plegarse a los ritmos muertos de un aparato administrativo. El pueblo que busca comunicar sus necesidades, sus propuestas y sus dolores se encuentra con ventanillas cerradas, con protocolos que lo infantilizan, con plazos dilatados que neutralizan su iniciativa.
Su burocratismo no es sólo un freno sino una forma de producción de signos. El sello, el formulario, la copia autenticada, la firma, el trámite duplicado son dispositivos semióticos. No “comunican” en sentido dialógico, dictan. Su semiosis no abre caminos, sino que los clausura. Donde debería haber conversación, el burocratismo impone su propio ritual repetitivo: frases hechas, respuestas automatizadas, circularidad del papeleo. En términos marxistas, el burocratismo es una superestructura que sirve a la conservación de un orden de privilegios. Nosotros debemos profundizar la crítica: cada procedimiento enredado en burocratismos es un signo que destruye la creatividad del pueblo y es sospechoso.
El burocratismo “enseña” que todo debe pasar por su filtro, que nada es legítimo si no lleva su sello. La semiosis se vuelve un campo de domesticación. “El burocratismo es la cadena del tipo de funcionario que quiere resolver de cualquier manera sus problemas, chocando una y otra vez contra el orden establecido, sin dar con la solución… solicitando más personal… creando nuevas causas para el papeleo innecesario.” – Fragmento crítico donde Che Guevara describe cómo el burocratismo se vuelve un círculo vicioso de ineficiencia.
“La burocracia… en una sociedad capitalista… su importancia como órgano dirigente es muy pequeña… lo fundamental resulta hacerlo lo suficientemente permeable… y lo suficientemente hermético… para apresar en sus mallas al pueblo.” Análisis del carácter dual de la burocracia como aparato de dominación estatal heredado de regímenes anteriores.
Una comunicación emancipadora no puede reducirse a un trámite. Es el espacio en el que las personas transforman su experiencia en palabra, en imagen, en relato, en acción compartida. Es allí donde la conciencia se hace materia sensible y donde el pueblo se organiza para reconocerse a sí mismo. Por eso, la comunicación requiere condiciones opuestas al burocratismo: necesita apertura al intercambio, velocidad creativa, horizontalidad y, sobre todo, sentido de utilidad colectiva. Cuando la comunicación se convierte en herramienta de emancipación, se funda en la posibilidad de que cada voz encuentre espacio para significar. El burocratismo, en cambio, levanta muros que jerarquizan la palabra: unas voces son válidas porque tienen sello institucional; otras son desechadas porque no se ajustan al protocolo. Así, la burocracia convierte la comunicación en un campo de exclusión y en un mecanismo de censura indirecta.
En el burocratismo, los medios se convierten en fines. El procedimiento se fetichiza: importa más completar la planilla que resolver el problema. Importa más la cadena de firmas que la necesidad concreta de una comunidad. Esa lógica se reproduce también en el campo comunicacional: importa más llenar informes de gestión que promover debates reales, más convocar reuniones formales que escuchar al pueblo. El fetichismo burocrático produce un lenguaje vacío: comunicados plagados de frases hechas, discursos llenos de tecnicismos que no dicen nada, circulares que “informan” pero no comunican. Se trata de una ideología que oculta su propia esterilidad bajo la apariencia de orden. “La corrupción es toda una operación contrarrevolucionaria que está por dentro de la revolución; el burocratismo es toda una corriente contrarrevolucionaria que está dentro de la revolución.” Reflexión de Hugo Chávez sobre la “naturaleza interna” del burocratismo como amenaza revolucionaria.
Su burocratismo se presenta como “garantía de legalidad” o “mecanismo de transparencia”. En realidad, encubre un control semiótico: controla qué mensajes circulan, cómo circulan, quién los valida y quién los recibe. No es extraño que muchas instituciones con discursos progresistas terminen atrapadas en este pantano. Se proclama la necesidad de “democratizar la comunicación”, pero al momento de actuar, todo queda sometido a comités, evaluaciones, revisiones y plazos que eternizan la inacción. El resultado: la comunicación que debía ser motor de organización popular se convierte en un archivo muerto. El burocratismo neutraliza la potencia política de la comunicación al encerrarla en laberintos administrativos.
Su burocratismo tiene raíces antiguas. En los imperios esclavistas ya existían escribas y registradores que acumulaban papeles para legitimar privilegios. Con el capitalismo moderno, la burocracia se profesionalizó y se convirtió en un pilar del Estado burgués. El capitalismo necesita burocracias para administrar la desigualdad, para gestionar el despojo con apariencia de legalidad, para otorgar a la violencia de clase un rostro de “procedimiento institucional”. En los procesos revolucionarios, la burocracia ha sido siempre una amenaza. Lenin y Trotsky lo denunciaron en el Estado soviético: un aparato que debía servir a la revolución terminó devorando su espíritu. El estalinismo burocrático sofocó la creatividad política y comunicacional del pueblo soviético. La lección es clara: sin vigilancia crítica, la burocracia se apodera de las instituciones populares y las convierte en caricaturas.
Su burocratismo como pedagogía de sumisión. Cada trámite burocratizado es una clase práctica sobre sumisión. Nos enseña a esperar, a aceptar el poder del funcionario, a obedecer instrucciones absurdas. Su burocratismo produce sujetos resignados. Y lo hace con un lenguaje propio: “favor de esperar”, “no procede”, “falta un documento”. Este lenguaje configura subjetividades: el pueblo aprende que no tiene derecho a significar directamente, que su palabra debe pasar por filtros externos. Su burocratismo es un monólogo institucional que no quiere respuestas, que no quiere diálogo. Allí donde el burocratismo manda, la comunicación humana muere de asfixia. Nuestra batalla contra el burocratismo es, también, una batalla semiótica. Es luchar contra el vaciamiento de los signos, contra la reducción de la comunicación a rituales estériles. Es defender la palabra del pueblo frente al archivo muerto de las oficinas. Sólo así podremos recuperar la potencia transformadora de la comunicación como herramienta de emancipación y como motor de la historia.
“El socialismo no necesita de una burocracia privilegiada; al contrario, la burocracia es su negación más profunda.” L.T., La revolución traicionada, 1936.
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Fernando Buen Abad Domínguez: Intelectual y escritor mexicano. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Master en Filosofía Política y Doctor en Filosofía.
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