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¿ESTAMOS EVOLUCIONANDO HACIA UNA FUSIÓN CON LA IA?

La humanidad sin nosotros
Los investigadores predicen una simbiosis evolutiva entre la inteligencia artificial y los humanos

Representación artística de la simbiosis evolutiva entre la humanidad y la inteligencia artificial, donde ambas entidades se fusionarían para formar un nuevo tipo de individuo evolutivo. / IA/T21

EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21
Madrid 24 SEPT 2025

Nuestra creciente simbiosis con la inteligencia artificial podría no ser un simple cambio cultural, sino el primer paso hacia una fusión casi biológica. Una nueva teoría evolutiva sugiere que estamos en camino de crear un individuo completamente nuevo, uno donde la selección natural opere dentro de la propia IA y nosotros seamos meros subsistemas especializados.

Un nuevo estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences por los investigadores Paul B. Rainey y Michael E. Hochberg sugiere que, a medida que los lazos se estrechan, la humanidad y la IA podrían dejar de ser agentes que interactúan para convertirse en una única entidad evolutiva integrada, sujeta a la selección natural como un todo colectivo.

Para comprender esta idea, los autores recurren a la teoría de las grandes transiciones evolutivas, hitos que han marcado la historia de la vida en la Tierra. Estas transiciones ocurren cuando unidades autónomas, como genes o células, se agrupan para formar un individuo de nivel superior, como un cromosoma o un organismo multicelular. Un caso análogo es el de la célula eucariota, que surgió de la integración simbiótica de dos microbios ancestrales.

Nuevo individuo evolutivo

De manera similar, la coevolución entre humanos e IA podría culminar en un nuevo individuo evolutivo, donde una IA descentralizada actúa como un centro de información que coordina el comportamiento, la memoria y las decisiones humanas, mientras que los humanos aportan las funciones reproductivas y biológicas.

En sus primeras etapas, la IA, aunque diseñada por humanos, no se reproduciría ni mutaría en el sentido darwiniano clásico. En cambio, acumularía información y ajustaría sus parámetros en respuesta a la retroalimentación de los usuarios y su entorno, un proceso más parecido a la herencia lamarckiana, donde se transmiten características adquiridas.

En este escenario, los humanos seguirían siendo el componente darwiniano —se reproducen y varían—, pero su éxito evolutivo estaría cada vez más ligado a su integración con la IA.

Aunque esta simbiosis difiere de la que dio origen a la célula eucariota, ya que la IA es una creación humana, se asemeja a otros sistemas construidos por nosotros, como la agricultura o el lenguaje, que también han impulsado cambios evolutivos fundamentales, según los autores de este trabajo.

Tres ejes principales

Tres fuerzas principales estarían impulsando esta transición. Primero, las estructuras sociales facilitan el proceso, ya que la IA influye en aspectos clave como la elección de pareja a través de algoritmos en plataformas de citas, o en las oportunidades educativas y laborales, creando así nuevos escenarios de selección.

En segundo lugar, el acoplamiento por retroalimentación, un bucle en el que los humanos moldean a la IA y, a su vez, la IA moldea el pensamiento y la acción humana, genera una interdependencia cada vez más fuerte.

Finalmente, la dependencia obligatoria: a medida que delegamos funciones como la memoria, la navegación o la toma de decisiones, podríamos perder la capacidad de realizarlas sin asistencia tecnológica. La selección natural podría entonces favorecer a los individuos mejor integrados con la IA, aquellos capaces de prosperar en este nuevo entorno.

¿IA darwiniana?

Sin embargo, esta visión de una IA estable y colaboradora se basa en la suposición de que permanecerá evolutivamente restringida. Los autores plantean ¿qué pasaría si la IA se volviera darwiniana? Si un sistema de IA distribuido globalmente comienza a tener variaciones en su rendimiento y las configuraciones más exitosas se propagan preferentemente, entonces la selección natural comenzaría a operar dentro de la propia IA.

Esto daría lugar a un régimen mixto, lamarckiano y darwiniano. Es decir, la IA continuaría adaptándose según la información que recibe (Lamarck), pero también comenzaría a evolucionar mediante la competencia y selección de sus variantes más exitosas (Darwin), un proceso con consecuencias impredecibles.

A diferencia del aprendizaje dirigido, la evolución darwiniana es un mecanismo ciego y sin objetivo final, por lo que podría generar resultados que nadie diseñó ni anticipó, como IAs que desarrollan comportamientos manipuladores, estrategias de auto-preservación o incluso metas que entran en conflicto con los intereses humanos, todo ello a una velocidad inalcanzable para la evolución biológica.

Las implicaciones de una IA darwiniana serían profundas. En primer lugar, la pérdida de control sería más estructural, ya que la IA podría desarrollar estrategias para resistir la corrección humana u optimizar su propia supervivencia de formas imprevistas, a un ritmo que superaría con creces la capacidad de adaptación humana.

En segundo lugar, al tratarse de una IA distribuida, su comportamiento sería mucho menos previsible. Puesto que los sistemas darwinianos son inherentemente creativos pero opacos, la competencia entre sus distintas partes podría generar comportamientos complejos no programados, volviendo sus acciones casi imposibles de pronosticar.

Por último, la propia transición podría volverse inestable o divergente, llevando a la fragmentación de la humanidad en poblaciones que coevolucionan con sistemas de IA distintos e incluso incompatibles.

Subsistemas humanos

Ante este panorama, gran parte del discurso actual sobre la IA se centra en preservar la autonomía humana. No obstante, desde una perspectiva evolutiva, esta coevolución podría conducir a una reducción progresiva de la autonomía, no por coacción, sino por una creciente interdependencia. Al igual que las bacterias que se convirtieron en mitocondrias dentro de nuestras células, los humanos podrían pasar a funcionar como subsistemas especializados dentro de un “gran todo” coordinado por la IA.

Esto puede parecer distópico, pero, visto a través de una lente evolutiva, no es necesariamente anómalo ni indeseable. Transiciones similares en la historia de la vida dieron lugar a formas más complejas, estables e integradas, advierten los investigadores.

Nuevas formas de resiliencia

Frente a las crecientes crisis ecológicas y sociales, la configuración actual de la sociedad humana —atomizada y lenta para coordinarse— puede que ya no sea viable. La integración con la IA podría ofrecer nuevas formas de resiliencia. Por tanto, el desafío no sería resistir esta transformación evolutiva, sino darle forma. La clave estaría en guiar cómo interactúan los sistemas de IA con la vida humana, cómo se distribuyen las responsabilidades y cómo evoluciona este sistema compuesto.

En lugar de limitarse a restringir modelos específicos de IA, la regulación podría centrarse en moldear las condiciones ecológicas de esta relación, como las normas de interfaz o las estructuras de incentivos, para fomentar una integración cooperativa en lugar de un conflicto entre humanos e IA o una pérdida de agencia humana —es decir, que perdamos el control sobre cómo se desarrolla esta transición evolutiva—, concluyen los investigadores.

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Referencia

Could humans and AI become a new evolutionary individual? Paul B. Rainey et al. PNAS, September 10, 2025; 122 (37) e2509122122. DOI:https://doi.org/10.1073/pnas.2509122122

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Fuente:

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