De Argentina a Ecuador, pasando por El Salvador, Chile, Perú y los giros discursivos en Colombia, el mapa se reorganiza
El horizonte latinoamericano parece delinearse bajo dos grandes faros metodológicos: el “modelo Bukele” en el eje de la seguridad y el “modelo Milei” en la gestión macroeconómica
Imagen: Nodal
David Penchyna Grub
jornada.com.mx/29/06/2026
La historia política de América Latina se mueve al ritmo de oscilaciones pendulares. Tras las primeras décadas del siglo XXI, caracterizadas por la hegemonía del denominado “Socialismo del Siglo XXI” –impulsado por la chequera petrolera de Hugo Chávez y el diseño estratégico de La Habana–, la región experimenta una mutación estructural. Hoy, el péndulo oscila con fuerza hacia la de-recha. Sin embargo, no esta-mos ante la derecha tecnocrática o partidista de los 90,sino ante un fenómeno claro: el auge de los outsiders y la consolidación de un pragmatismo de “mano dura”.
De Argentina a Ecuador, pasando por El Salvador, Chile, Perú y los giros discursivos en Colombia, el mapa se reorganiza. Los nuevos liderazgos comparten un común denominador: emergieron del colapso del sistema de partidos tradicionales. Su legitimidad no emana de la militancia orgánica, sino de la promesa de orden y de un marcado contraste con la retórica de los derechos civiles, percibida por sectores amplios de la ciudadanía como ineficaz ante las crisis de seguridad y estancamiento económico. Este bloque, además, se alinea geopolíticamente de forma natural con Estados Unidos, particularmente sintonizado con el retorno de la era Trump y su visión transaccional de las relaciones internacionales.
El catalizador de este giro radical es, sin duda, el colapso del espejo en el que nadie quiere mirarse: Venezuela. El país sudamericano ha dejado de ser sólo una tragedia humanitaria para convertir-se en el epicentro de la reconfiguración geopolítica regional. Tras la captura de Nicolás Maduro, el régimen chavista ya pendía de un hilo, pero la estocada final parece haber llegado de la mano de la naturaleza. Los devastadores terremotos de la semana pasada terminaron por quebrar a un Estado ya rebasado y a una ciudadanía exhausta y abandonada a su suerte.
Este vacío institucional y el límite social han convertido a Venezuela en el escenario ideal para la consolidación del nuevo proyecto de Washington para el hemisferio. Desde una perspectiva analítica, resulta lánguido y trágico constatar que el cambio político no provendrá de los cauces democráticos e institucionales que el pueblo venezolano merecía, sino de una transición gestionada e inducida desde el exterior, acelerada por la catástrofe humanitaria. Es una amarga paradoja: la soberanía se diluye cuando el Estado se convierte en un cascarón vacío. Para México, esta narrativa de sismos que actúan como parteras de quiebres políticos y visibilizan la podredumbre institucional es una historia dolorosamente conocida.
Ante este panorama, cabe preguntarse qué le depara a la región. El horizonte latinoamericano parece delinearse bajo dos grandes faros metodológicos: el “modelo Bukele” en el eje de la seguridad y el “modelo Milei” en la gestión macroeconómica. Eficacia punitiva y desregulación drástica son las nuevas divisas de cambio. La ciudadanía, desencantada de las promesas distributivas de la izquierda que derivaron en inflación o corrupción, parece dispuesta a canjear ciertas libertades civiles a cambio de certidumbre económica y paz pública.
Este escenario plantea una interrogante ineludible para México. En nuestro país, el giro hacia la izquierda ocurrió de forma tardía en comparación con el resto del continente, lo que otorgó una falsa sensación de excepcionalidad. No obstante, las leyes de la gravedad política y económica son implacables. El desgaste del sistema de partidos mexicano es hoy tan evidente que las fuerzas de oposición ya no buscan liderazgos en sus filas tradicionales; buscan, con desesperación, a su propio outsider.
La pregunta que la democracia mexicana debería estarse formulando no es si el péndulo latinoamericano la alcanzará, sino cuándo y bajo qué forma lo hará. Las variables están puestas sobre la mesa: una vecindad inevitable con los Estados Unidos de Trump, la presión por resultados en seguridad y la tentación social de sacrificar instituciones a cambio de orden. México no está aislado del ecosistema regional; el péndulo viene de regreso. Al partido gobernante le alcanza aún para gestionar y administrar su legitimidad, ante el descrédito de eso que llamamos “oposición”. Pero el fenómeno latinoamericano es innegable, aunque Brasil y México sean una suerte de “resistencia” hacia la izquierda.
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