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EL ESPECTÁCULO ELECTORAL: CIRCO, DIVERSIÓN Y CONTRATO SOCIAL

El espectáculo electoral: circo, diversión y control social


Gracias a la “información” que manipulan los medios de comunicación, se logró el aislamiento ciudadano de lo comunitario y de la política activa, se logró reducir la “participación política” a mera participación electorera. Un nuevo tipo de “demócratas” y “revolucionarios”, fabricados mediáticamente pululan, tanto en el mundillo politiquero como en el académico, manteniendo viva la ilusión de una fantasmagórica democracia.

Julio César Carrión Castro
Universidad del Tolima

“El espectáculo es la principal producción de la sociedad actual”
Guy Debord

Los medios de comunicación se han convertido en el principal instrumento de orientación de las masas populares. Los manipuladores de la llamada “opinión pública” conducen como rebaños a las multitudes, ya sea de espectadores, de consumidores o de sufragantes, hacia los objetivos que desean los empresarios, los buhoneros, los mercachifles, los politiqueros, los detentadores del poder, los dueños del circo…

Ernst Jünger escribió, el pasado siglo –con antelación al establecimiento del régimen nazi, por supuesto antes de la Segunda Guerra Mundial y, muchísimo antes de todo el tremendo desarrollo de los modernos medios de comunicación y “entretenimiento”– un ensayo que tituló “Sobre el dolor”, en el cual sostiene:

“La disposición secreta de los órganos artificiales de los sentidos es indicio de la existencia de unos espacios en los que la catástrofe representa un gran papel. En esos espacios la transmisión de órdenes ha de ser más segura, penetrante e inviolable que en ninguna otra parte. Estamos acercándonos a unas situaciones en las que se precisa que una noticia, un aviso, una amenaza lleguen en pocos minutos a todas las consciencias. Detrás del carácter de diversión de los medios totales, como la radio y el cine, se esconden formas especiales de disciplina. Es de prever que también eso vaya poniéndose de manifiesto a medida que la participación, la conexión, especialmente en el servicio radiofónico, se convierta en algo obligatorio...

En lo que más claramente se conoce que esos fenómenos no son tanto modificaciones técnicas cuanto una especie nueva de vida es en lo siguiente: el carácter instrumental no se limita a la zona propia del instrumento, sino que intenta someter también a sí el cuerpo humano.

Tal es en todo caso el sentido de ese proceso peculiar que denominamos «deporte» y que cabe diferenciar de los juegos de la Antigüedad en la misma medida en que cabe diferenciar nuestras olimpiadas de las olimpiadas griegas. La diferen­cia esencial es la siguiente: para nosotros no se trata tanto de una competición cuanto de un proceso de medición exacta”... (Cfr. Jünger Ernst Sobre el dolor. Tusquets Editores S.A. Barcelona, España. 2003, Pág. 76 – 77)

Ese condicionamiento establecido por los llamados medios de comunicación y las tecnologías del entretenimiento, tanto como la instrumentalización o robotización de los seres humanos, previsto por Jünger, hoy lo aceptamos de manera imperceptible, tranquila, suave, agradable y sutil, en estas sociedades del espectáculo, de la farándula y de la cotidiana manipulación mediática.

En menos de un siglo hemos sido testigos de la pérdida de la libertad individual en favor de las masas, de la mano del permanente eventismo y los espectáculos montados para la distracción, el recreo y el control de dichas montoneras que, de manera agradecida aceptan ya, en este capitalismo tardío, eso que se ha denominado el desarrollo de los medios de comunicación.

No obstante, tenemos que certificar que, simultáneamente a ese desarrollo de la llamadas tecnologías de la “comunicación audiovisual” (la fotografía, el cine, la radio, la televisión, y más recientemente, la internet y los videojuegos), se ha ido dando también, gracias a su frenético y desmedido empleo, deformación y manipulación, la conversión de los individuos en hombres-masa, en multitudes anónimas, en montoneras en las que se destacan algunos sujetos que adoptan un lenguaje esotérico, petulante, sobrador y ególatra, acompañado de una engreída personalidad tecno-fascista, que les lleva a ostentar el uso y el abuso de todos estos aparatos, como si se tratase del mayor fundamento de autonomía y libertad, mientras, en realidad, toda esa parafernalia y el adjunto ajetreo de una supuesta superioridad, obedece es a un paulatino proceso global de uniformidad y estandarización de los gustos, las modas, las opiniones, en fin, de las conciencias, de unos “modernos” autómatas que, alienadamente, gracias al uso de dichos aparatos, se consideran responsables de su propia independencia y autodeterminación, cuando, en verdad, han sustituido la subalternidad a un caudillo, o a un supuesto líder mesiánico -como fuera bajo el nazismo, el fascismo o el estalinismo-, por la total subordinación a unos etéreos, desconocidos y anónimos organismos de control mediático.

El filósofo y cineasta francés, Guy Debord, en su obra “La sociedad del espectáculo” –publicada en el año de 1967– establece que, debido a la subsunción de todos los aspectos de la vida a los intereses de la economía y del capital, como lo había previsto Karl Marx, se ha ido dando un dominio de lo aparente, lo fantasioso y espectacular, por sobre lo cotidiano y corriente. Es decir, que todas las actividades políticas, sociales, culturales, han sido atrapadas, subordinadas por un entramado de apariencias, engaños, simulaciones y espectacularidad, y que ya hoy toda la vida de estas sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción capitalista, se presenta como una inmensa acumulación, no sólo de mercancías, sino de espectáculos. Dice Debord, en la cuarta tesis de la obra en mención: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por las imágenes”.

El capitalismo, al apropiarse de la conciencia y la subjetividad de los trabajadores, mediante ese tipo de uniformismo gregario que imponen las variadas tecnologías de la comunicación, en donde, supuestamente, cada uno toma decisiones propias, como “emprendedores” que asumen la necesaria competitividad; que les hace creer que el sistema funciona perfectamente de esta manera, cayendo en una mayor sujeción o subsunción a los grupos de poder y fortaleciendo, aún más, esos omnímodos artefactos y dispositivos del Gran Hermano, que vigila, controla y castiga, más allá de lo previsto por George Orwell en su distopía “1984”.

Ese propósito de entender toda la vida como un espectáculo, se alcanza no solamente a través de la rutinaria mediatización de todas las relaciones humanas por la formidable proliferación, y democratización, de un mercado de aparatos electrónicos para la comunicación, el trabajo, la investigación, el entretenimiento y/o la diversión; que han convertido la vida social en una absurda manifestación de servidumbre tecnológica, en que se fomenta también –en especial entre los jóvenes– una especie de patológico impulso narcisista de exponer en público sus vidas íntimas y sus subjetividades en las llamadas “redes sociales”.

El interés de aparecer, de figurar, de sentirse reconocidos, eficientes y “útiles”, es algo que convoca a todos esos anónimos sujetos que constituyen el “capital humano” de este capitalismo tardío. Cada individuo busca destacarse a como dé lugar, superar su invisibilidad, ser reconocido. Para alcanzar esas metas de ascenso reputación y prestigio, entonces, deportistas, actores, reinitas y modelos, promovidos por los medios de comunicación y las empresas del “entretenimiento”, todos estos personajes de la siempre presente “sociedad del espectáculo”, terminan siendo, los ídolos mediáticos impuestos a unos atrapados espectadores que sueñan su plena realización en la identificación con tales héroes de vitrina que colman plenamente sus aspiraciones de éxito, notoriedad y “reconocimiento”.

Dichos medios son instrumentos de control y de regulación social al servicio de los grupos hegemónicos. Adicional al encumbramiento mediático de estos héroes fantoches, que terminan siendo “candidatos” a cualquier cargo o función, la desinformación y la propaganda que constantemente emiten, estos llamados medios de comunicación, son armas muy poderosas y eficaces para lograr, tanto la adhesión acrítica a las actividades de los grupos hegemónicos y sus títeres, como la apatía, el resentimiento, el desprecio por los valores culturales y por la auténtica participación política. Los medios de comunicación han sido, desde sus comienzos, los más eficientes mecanismos para alcanzar el condicionamiento psicológico generalizado, tanto ayer, bajo los regímenes llamados autoritarios o totalitarios, como hoy bajo las publicitadas “democracias” del mundo “libre”.

La “democracia”, sus valores, antaño reputados como fundamentos del quehacer de los políticos y los académicos, ha sido sustituida, sin pena ni gloria, por la constante manipulación de eso que aún se suele denominar como “la opinión pública”, por parte de unas empresas de la comunicación puestas al servicio de los intereses del mercado y del poder, que únicamente buscan establecer una especie de monotonización del mundo, la homogeneidad cultural, el pensamiento único, como en su momento lo hiciesen los gobiernos totalitarios, nazi-fascistas o estalinista.

Gracias a la “información” que manipulan los medios de comunicación, se logró el aislamiento ciudadano de lo comunitario y de la política activa, se logró reducir la “participación política” a mera participación electorera. Un nuevo tipo de “demócratas” y “revolucionarios”, fabricados mediáticamente pululan, tanto en el mundillo politiquero como en el académico, manteniendo viva la ilusión de una fantasmagórica democracia. El imperio tecnocrático que hoy nos apabulla, ha logrado suplantar los viejos ideales ilustrados de la democracia, por su virtualidad y espectacularidad.

Las llamadas ‘jornadas electorales’, promovidas por los grupos hegemónicos y sus medios de comunicación, son unos rutinarios espectáculos de amplia promoción y publicidad; una especie de actividades amenas y distractoras que funcionan como terapias grupales, promocionando encuentros anónimos de descarga emocional y de acomodamiento. Ya no se trata de realizar esfuerzos tendientes a captar, mediante el sufragio universal, “la voluntad general”, como rezaban las roussonianas tesis del Contrato social, tan difundidas, ni de buscar nuevos horizontes para la política, ni de la construcción de movimientos de repudio a la opresión, a la razón instrumental o a las razones de Estado que pesan sobre los ciudadanos.

La sumatoria de dos formas de ilusos espectadores, elaboradas por los medios de comunicación y la politiquería: por un lado, los abstencionistas y por otro los electoreros, ha dado como resultado la inacción y el descrédito, no sólo de la vieja derecha conformista, sino de una “izquierda”, antaño fundamentada en la validez de la utopía socialista y hoy tristemente reducida a velar por un pragmatismo cínico, que le permite a sus bufones caudillos pergeñar ventajas personales y continuar teniendo la imagen exigida para su continuidad inane.

No es gratuito, en estas condiciones de precariedad democrática, de despolitización, de desprestigio de la actividad política, de suplantación de los líderes y de la fatuidad de esa llamada “sociedad civil”, que se proponga como una nueva opción de rescate de los lazos solidarios y de restablecimiento de la comunidad perdida en medio de esta fragmentación universal, el apoyo a los personajes mejor establecidos, más carismáticos, más “pantalleros”, a los “programas” más publicitados, más “convenientes” para los grupúsculos de una izquierda vergonzosamente fracturada en mil empresitas electorales, con la esperanza de que sus perspectivas mediáticas logren superar las ya marchitas movilizaciones populares.

La etapa histórica que nos ha correspondido vivir se caracteriza, pues, por ser una época de espectáculos y simulacros, por la subsunción total de todo lo humano al capital, por imponernos esa “sociedad del espectáculo” de que venimos hablando. Los periodistas, (simples recaderos y comunicólogos), se han convertido en los maestros de ceremonia o jefes de pista de la gran carpa politiquera, que se sustenta en la alienación informativa que ellos propalan.

Para dar cumplimiento al espectáculo electoral, todos se reclaman “demócratas”, todos buscan lograr la supuesta “voluntad general”, por ello organizan coaliciones, pactos y alianzas, a fin de alcanzar un ‘capitalismo de rostro amable’, la realización del tan liberal como esquivo, ‘Estado Social de derecho’, la paz y el bien común… Razón suprema y fundamento de la función electorera y, como si se tratase de un poderoso espectáculo circense, seguirán los cagatintas, plumíferos y mandaderos “periodistas”, desde sus medios de comunicación, de entretenimiento, de diversión y de control social, pregonando la ya vieja letanía de: ¡sigan señores, sigan que la función comienza! … y tendrá continuidad.

Edición 765 – Semana del 12 al 18 de febrero de 2022
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