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MASACRE DE LAS BANANERAS UNA INFAMIA QUE NO PODEMOS OLVIDAR

DOSSIER:
 
 

¡Honor a los héroes de las bananeras! 
¡Abajo la burguesía proimperialista y asesina! 
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1. La Masacre de las Bananeras y la Lucha Actual

Folleto sobre la historia de la Masacre de las Bananeras 1928

En la efemérides de hace un año se realizó un análisis sobre las características de la magnífica huelga de las bananeras con relación al Paro Nacional que arrancó el 21N de 2019. Fundamentalmente se destacó como fuerza y vitalidad de la huelga de las bananeras la participación del proletariado agrícola y semiproletariado rural, quienes lograron parar parte de la producción y ganar una amplia y estrecha simpatía con los pueblos vecinos a las plantaciones de banano, movimiento que se atrevió pelear a pesar de no existir un partido comunista ni una fuerte organización sindical, debido a las restricciones impuestas por la ley burguesa. También se señaló como un punto de debilidad del paro del 21N, la ausencia del proletariado industrial fabril en la batalla y por ende del Paro de la producción. No se le puede llamar Paro a la lucha que no frena la producción social.

Hoy cabe resaltar de aquella magnífica huelga de los bananeros que logró incidir y despertar la lucha general del pueblo colombiano en esos años, que a pesar de ser el proletariado para aquella época una minoría en la sociedad, su peso real radicó en ser una parte del proletariado que estaba inserto en el nervio y corazón mismo de la sociedad capitalista y que con su acción al parar la producción y despertar la simpatía del pueblo, logró convulsionar y trastornar toda la sociedad más que las luchas populares que le precedieron. Tal fue el temor que infundió en las clases reaccionarias, que de miedo corrieron en vano a masacrar por miles a los obreros bananeros, pues no pudieron impedir que la lucha se extendiera por todo el país con marchas y fuertes luchas obligando al Estado otorgar una serie de reformas en beneficio del proletariado, como lo fue la gran conquista de los tres ochos y la legislación laboral.

Los trabajadores del banano marcaron lo que se denominó el periodo heroico de la lucha sindical, pues al tener incluso prohibiciones legales sobre el derecho de organización y de huelga, lograron desplegar un gran movimiento que sacudió la sociedad y le arrebató al Estado importantes conquistas. Hoy a pesar de que el proletariado es mayoría en la sociedad y más del 80% de sus miembros están atados a la cadena del salario mínimo y del rebusque económico como semiproletarios, la ausencia de la participación del proletariado industrial juega un papel negativo en la balanza de la lucha.

Ello se debe principalmente a la mordaza, a más de 4 décadas de dirección socialdemócrata y reformista en el movimiento sindical, al bajísimo índice de organización sindical de los trabajadores que ronda por debajo del 4% del total de la fuerza laboral del país y a la ausencia del Partido de la clase obrera. Aun así los trabajadores ya no creen ni se dejan engañar tan fácilmente por la política de la conciliación de clases y las prácticas y formas de lucha socialdemócratas, como tampoco por sus vendidas direcciones. La ausencia y debilidad actual tiene también en parte como responsables a los revolucionarios que niegan el peso social del proletariado industrial y omiten acudir a las fábricas para ayudarle a quitar las vendas y ataduras que lo maniatan, cayendo en el juego de las centrales patronales que no se cansan de pregonar que no hay con quien, desgastando el movimiento en marchas y jornadas que no son Paros, como tampoco llaman a parar la producción a través de un Paro General Indefinido.

Aun así y pese a lo difícil de las circunstancias, de los obreros bananeros debemos aprender que se puede triunfar sobre una montaña colosal de adversidades y obstáculos. Si hace un año los trabajadores apenas se movían, hoy por los decretos y reformas antiobreras aprobados en cuarentena, con la negación de todos sus derechos convencionales y despidos masivos, éstos se han lanzado a la lucha a través de mítines, plantones, tomas de instalaciones, huelgas económicas como la del Cerrejón, lo cual indica que se van a comenzar a generalizar por la grave crisis social y económica que el sistema descarga sobre los trabajadores, demostrando con mayor claridad la necesidad de crear una verdadera Central Sindical Revolucionaria y que el Bloque por el Paro General Indefinido asuma la organización y conducción de dicha huelga para frenar la arremetida de los capitalistas y avanzar en la preparación de las fuerzas para derrotarlos mediante la revolución.

Recordar y aprender de las grandes lecciones de la Huelga de las Bananeras nos ayuda a encontrar una certera orientación sobre el verdadero camino que se debe tomar para desatar correctamente la gran Huelga Política que se avecina y tenga posibilidad de éxito sobre el régimen mafioso y paramilitar. Rendirles salvas a la luctuosa fecha de las bananeras este 5 y 6 de diciembre es avanzar en la preparación y organización del Paro General Indefinido.
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Fuente:

2. 6 de diciembre de 1928: La Masacre de las bananeras contada por Gabriel García Márquez
El crimen masivo e histórico del ejército del Estado colombiano contra los obreros de la desgraciada United Fruit Company estadounidense, marca la memoria de los pueblos

Por Gabriel García Márquez, Cien Años De Soledad 


La huelga grande estalló. Los cultivos se quedaron a medias, la fruta se pasó en las cepas y los trenes de ciento veinte vagones se pararon en los ramales. Los obreros ociosos desbordaron los pueblos. La calle de los Turcos reverberó en un sábado de muchos días, y en el salón de billares del Hotel de Jacob hubo que establecer turnos de veinticuatro horas. Allí estaba José Arcadio Segundo, el día en que se anunció que el ejército había sido encargado de restablecer el orden público. Aunque no era hombre de presagios, la noticia fue para él como un anuncio de la muerte, que había esperado desde la mañana distante en que el coronel Gerineldo Márquez le permitió ver un fusilamiento. (…)

La ley marcial facultaba al ejército para asumir funciones de árbitro de la controversia, pero no se hizo ninguna tentativa de conciliación. Tan pronto como se exhibieron en Macondo, los soldados pusieron a un lado los fusiles, cortaron y embarcaron el banano y movilizaron los trenes. Los trabajadores, que hasta entonces se habían conformado con esperar, se echaron al monte sin más armas que sus machetes de labor, y empezaron a sabotear el sabotaje. Incendiaron fincas y comisariatos, destruyeron los rieles para impedir el tránsito de los trenes que empezaban a abrirse paso con fuego de ametralladoras, y cortaron los alambres del telégrafo y el teléfono. Las acequias se tiñeron de sangre. (…)

Leído el decreto, en medio de una ensordecedora rechifla de protesta, un capitán sustituyó al teniente en el techo de la estación, y con la bocina de gramófono hizo señas de que quería hablar. La muchedumbre volvió a guardar silencio.

-Señoras y señores -dijo el capitán con una voz baja, lenta, un poco cansada-, tienen cinco minutos para retirarse.

La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín que anunció el principio del plazo. Nadie se movió.

-Han pasado cinco minutos -dijo el capitán en el mismo tono-. Un minuto más y se hará fuego.

José Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó al niño de los hombros y se lo entregó a la mujer. «Estos cabrones son capaces de disparar», murmuró ella. José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar, porque al instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán haciéndoles eco con un grito a las palabras de la mujer. Embriagado por la tensión, por la maravillosa profundidad del silencio y, además, convencido de que nada haría mover a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación de la muerte, José Arcadio Segundo se empinó por encima de las cabezas que tenía enfrente, y por primera vez en su vida levantó la voz.

-¡Cabrones! -gritó-. Les regalamos el minuto que falta.

Al final de su grito ocurrió algo que no le produjo espanto, sino una especie de alucinación. El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea. De pronto, a un lado de la estación, un grito de muerte desgarró el encantamiento: «Aaaay, mi madre.» Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva. José Arcadio Segundo apenas tuvo tiempo de levantar al niño, mientras la madre con el otro era absorbida por la muchedumbre centrifugada por el pánico.

Muchos años después, el niño había de contar todavía, a pesar de que los vecinos seguían creyéndolo un viejo chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó por encima de su cabeza, y se dejó arrastrar, casi en el aire, como flotando en el terror de la muchedumbre, hacia una calle adyacente. La posición privilegiada del niño le permitió ver que en ese momento la masa desbocada empezaba a llegar a la esquina y la fila de ametralladoras abrió fuego. Varias voces gritaron al mismo tiempo:

-¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!

Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio entonces un coletazo de dragón, y los mandó en una oleada compacta contra la otra oleada compacta que se movía en sentido contrario, despedida por el otro coletazo de dragón de la calle opuesta, donde también las ametralladoras disparaban sin tregua. Estaban acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras insaciables y metódicas de la metralla. El niño vio una mujer arrodillada, con los brazos en cruz, en un espacio limpio, misteriosamente vedado a la estampida. Allí lo puso José Arcadio Segundo, en el instante de derrumbarse con la cara bañada en sangre, antes de que el tropel colosal arrasara con el espacio vacío, con la mujer arrodillada, con la luz del alto cielo de sequía, y con el puto mundo donde Úrsula Iguarán había vendido tantos animalitos de caramelo.

Cuando José Arcadio Segundo despertó estaba boca arriba en las tinieblas. Se dio cuenta de que iba en un tren interminable y silencioso, y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre seca y le dolían todos los huesos. Sintió un sueño insoportable. Dispuesto a dormir muchas horas, a salvo del terror y el horror, se acomodó del lado que menos le dolía, y sólo entonces descubrió que estaba acostado sobre los muertos. No había un espacio libre en el vagón, salvo el corredor central. Debían de haber pasado varias horas después de la masacre, porque los cadáveres tenían la misma temperatura del yeso en otoño, y su misma consistencia de espuma petrificada, y quienes los habían puesto en el vagón tuvieron tiempo de arrumos en el orden y el sentido en que se transportaban los racimos de banano. Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los relámpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo. Solamente reconoció a una mujer que vendía refrescos en la plaza y al coronel Gavilán, que todavía llevaba enrollado en la mano el cinturón con la hebilla de plata moreliana con que trató de abrirse camino a través del pánico. Cuando llegó al primer vagón dio un salto en la oscuridad, y se quedó tendido en la zanja hasta que el tren acabó de pasar. Era el más largo que había visto nunca, con casi doscientos vagones de carga, y una locomotora en cada extremo y una tercera en el centro. No llevaba ninguna luz, ni siquiera las rojas y verdes lámparas de posición, y se deslizaba a una velocidad nocturna y sigilosa. Encima de los vagones se veían los bultos oscuros de los soldados con las ametralladoras emplazadas.

Después de medianoche se precipitó un aguacero torrencial. José Arcadio Segundo ignoraba dónde había saltado, pero sabía que caminando en sentido contrario al del tren llegaría a Macondo. Al cabo de más de tres horas de marcha, empapado hasta los huesos, con un dolor de cabeza terrible, divisó las primeras casas a la luz del amanecer. Atraído por el olor del café, entró en una cocina donde una mujer con un niño en brazos estaba inclinada sobre el fogón.

-Buenos -dijo exhausto-. Soy José Arcadio Segundo Buendía.

Pronunció el nombre completo, letra por letra, para convencerse de que estaba vivo. Hizo bien, porque la mujer había pensado que era una aparición al ver en la puerta la figura escuálida, sombría, con la cabeza y la ropa sucias de sangre, y tocada por la solemnidad de la muerte. Lo conocía. Llevó una manta para que se arropara mientras se secaba la ropa en el fogón, le calenté agua para que se lavara la herida, que era sólo un desgarramiento de la piel, y le dio un pañal limpio para que se vendara la cabeza. Luego le sirvió un pocillo de café, sin azúcar, como le habían dicho que lo tomaban los Buendía, y abrió la ropa cerca del fuego. José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.

-Debían ser como tres mil -murmuró.

-¿Qué?

-Los muertos -aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.
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Fuente:

3. La Masacre de las Bananeras en 1928... Bautizo de Sangre de la Clase Obrera 

Presentación 

Ave Fénix Editores ha surgido como aporte al esfuerzo que en varias partes de Colombia, dis-tintas organizaciones políticas, de masas e intelec-tuales, vienen haciendo para permitir que los tra-bajadores tengan la posibilidad de acceder a una literatura que realmente contribuya a su forma-ción política. Hoy considera oportuno publicar el sencillo pero valiosísimo análisis, que el periódico Revolución Obrera publicó en 1998. 

La verdad es que la masacre de las bananeras dejó una huella indeleble en la historia de Colom-bia. Con justeza considerada la prueba de sangre de la clase obrera, sigue brindando importantes enseñanzas a las nuevas generaciones de trabaja-dores, quienes no deben olvidar su propia histo-ria, escrita con su sangre. 

Hoy, cumplidos 76 años de este sangriento episodio, siguen siendo verdad las palabras del también asesinado líder liberal, Jorge Eliécer Gaitán sobre este hecho: “El gobierno tiene para los colombianos la metralla homicida y una tem-blorosa rodilla en tierra ante el oro Americano”. 

También sigue siendo verdad que la lucha de los trabajadores y su sueño de un mundo mejor sigue vigente: llegará el día en que la fraternidad de los productores directos borre de la faz de la tierra las odiosas diferencias de clases. 

Hacia allí nos invita a mirar este folleto escri-to con la vehemencia y la crudeza de quienes actualmente soportan los tormentos del trabajo y la opresión de las clases dominantes, convir-tiéndose en una bella pieza de denuncia que re-fresca la memoria y relaciona los hechos de hace 76 años con la situación actual de los trabajado-res colombianos y su perspectiva. Justo home-naje a los obreros caídos bajo las balas del Esta-do defensor de una minoría opulenta y de los intereses del capital extranjero. 

Los Editores 

Diciembre de 2004 


La Masacre de las 

Bananeras en 1928... 

Bautizo de Sangre de la Clase Obrera 

El 5 y 6 de diciembre se cumplen 70 años de la masacre de las bananeras, un hecho que marcó significativamente la historia de la clase obrera en Colombia pues fue su bautizo de sangre. 

La clase obrera nace a finales del siglo pasado y principios de éste, su principal patrón era el im-perialismo; las primeras empresas y manufacturas fueron norteamericanas, dentro de las cuales es-taba la Tropical Oil Company (petróleo) de la zona de Barrancabermeja y la United Fruit Company (banano) de la zona del Magdalena, esta última se estableció en 1898. 

Desde principios de la década del 20 el movi-miento huelguístico se extendió por todo el país, los vientos revolucionarios del Estado Socialista en Rusia -donde los obreros habían conquistado el poder dirigidos por el Partido Bolchevique- lle-garon y desarrollaron el germen de inconformi-dad y rebeldía en que se encontraba la clase obrera colombiana pues sus condiciones de vida y de tra-bajo eran infrahumanas. Hubo huelgas de los tra-bajadores de los ferrocarriles, de textiles (Fabricato), pero las más importantes de esa dé-cada se libraron contra los empresarios explota-dores del imperialismo norteamericano, en 1924 y 1927 en la Tropical Oil Company y en 1928 en la United Fruit Co. 

En 1918 los obreros de las bananeras presen-taron un pliego de peticiones a la compañía, y por supuesto la empresa imperialista yanqui no lo atendió y diluyó en promesas las exigencias de los trabajadores. Fue este conflicto la premisa de la gran huelga y masacre que habría de llenar de odio al pueblo diez años más tarde. 

El día 13 de noviembre de 1928 más de trein-ta mil obreros se declararon en huelga para exi-gir a la compañía mejores condiciones de vida, pedían: 

1. Se les reconociera como trabajadores de la empresa. 

2. Seguro colectivo. 

3. Habitaciones higiénicas. 

4. Reconocimiento de accidentes de trabajo. 

5. Aumento de salarios. 

6. Cesación de los comisariatos. 

7. El no pago en vales. 

8. Establecimiento de hospitales. 

La reivindicación más importante era que se les reconociera como obreros y no como anima-les; los trabajadores de la United no tenían los derechos mínimos que en esa época concedían las leyes colombianas. 

Los obreros de la zona bananera (que com-prendía Santa Marta, Ciénaga, Aracataca, Río Frío), estaban regidos por la única ley del impe-rialismo: la superexplotación. No eran contrata-dos directamente por la Compañía sino por un contratista -o como actualmente se llama Oficinas de Empleo; les pagaban el salario en vales, con los cuales compraban los víveres en los almace-nes de la misma empresa (comisariatos). ¡Un ne-gocio redondo!; como aparentemente no eran obreros de la United (a pesar de laborar los 7 días de la semana y dejar su vida entera en las planta-ciones) la compañía no se hacía responsable si sufrían algún accidente. 

Los obreros no aguantaron más y se dispusie-ron a romper el grillete que los ataba declarando la huelga, como un arma para lograr lo que por derecho propio debían tener. Y es un arma, pues la burguesía, esa clase parásita que vive de explo-tar la fuerza de trabajo, no puede permitir que pare la producción pues pierde la ganancia que obtie-ne al explotar a los obreros. 

La actitud de la United Fruit fue de intransi-gencia, no quiso prestarle atención a las justas peticiones, tan justas que el mismo Inspector de trabajo de la zona, un agente del Estado al servi-cio de las clases dominantes, simpatizaba con la huelga. La compañía y sus sirvientes colombia-nos, se dispusieron como para una guerra esta-bleciendo un régimen de terror en la zona y movi-lizando centenares de soldados armados hasta los dientes: ya el día 16 de noviembre habían apresa-do, por orden del Jefe Militar, al Inspector de Tra-bajo por argumentar que la huelga era justa; lo mismo que a 500 obreros que habían intentado detener un tren lleno de militares armados con ametralladoras, que tenían como meta llegar a las plantaciones. 

El 26 de noviembre llegaron a la población de Aracataca el Jefe de la Oficina del Trabajo y su secretario, dizque para intermediar en el conflicto y darle pronta solución. Se reunieron con la ge-rencia de la Compañía frutera, “pero de las enun-ciadas conferencias no resultó sino el aprovecha-miento de la expectativa de los trabajadores para planear completamente la exterminación de la huelga; ¡a sangre y fuego!”; como diría Ignacio Torres Giraldo, uno de los grandes dirigentes pro-letarios de esa época y quien jugó un papel desta-cado en la huelga. 

El Estado colombiano, representante de las cla-ses parásitas era y sigue siendo un fiel servidor del imperialismo; y estaba defendiendo los intereses de la United; su actitud arrodillada a los intereses imperialistas y la forma como trató a los huelguis-tas ocasionó la indignación de quienes aún con-servaban alguna dignidad nacional, al punto que políticos como el populista Jorge Eliécer Gaitán, un enemigo de los trabajadores, se atrevió a de-cir: “El gobierno tiene para los colombianos la metralla homicida y una temblorosa rodilla en tie-rra ante el oro Americano”. 

Para el día 29 de noviembre el periódico bur-gués, El Tiempo, o mejor “El incondicional” in-formaba: “Desde luego encontraron que la ma-yor parte de las peticiones de los obreros se halla-ban regidas a los derechos que conceden las leyes de la huelga y por tanto la compañía no tuvo otro camino que acceder a ellas. Pero como debido a las relaciones especiales de los trabajadores con la compañía, muchos de aquellos no dependen de la United Fruit porque no son obreros contrata-dos por la compañía sino por contratistas que a su vez tienen negocios con la compañía, quedaron varias de las exigencias del pliego de peticiones sin solución y como en suspenso para arreglar posteriormente”. Esta excusa de los explotadores para desconocer las peticiones, era esgrimida, al tiempo que se preparaba el ataque para aplastar el levantamiento de los huelguistas. Hoy, 70 años después se nos repite a los esclavos asalariados que no tenemos derecho a nada, pues somos tra-bajadores de agencias temporales, así el fruto de nuestro sudor y sangre se quede en las grandes empresas nacionales y extranjeras. 

Y tal es el descaro de los lacayos que “El In-condicional” ¡oh perdón! El Tiempo, para justi-ficar la intransigencia de la United Fruit y para crear a la vez el ambiente de que la huelga era subversiva y dirigida por agitadores profesiona-les comunistas, ajenos a los trabajadores, de-claraba: “Así las cosas cuando la comisión ofi-cial resolvió trasladarse a la zona bananera con objeto de hacer una inspección ocular y tomar nota exacta del estado exacto del Movimiento y al mismo tiempo influir en el ánimo de los obre-ros para que estos retornaran a sus quehaceres, cuál sería su sorpresa cuando encontraron que un núcleo de agitadores oficiosos, explotadores de los obreros que por determinados intereses comerciales no querían que la huelga termina-ra, habían logrado llegar al ánimo de los traba-jadores la convicción de que era necesario ex-tremar las exigencias y así los huelguistas se negaron a volver al trabajo hasta tanto no acep-tara la compañía la totalidad de las exigencias del pliego de cargos”. 

Los obreros sabían que no debían ceder y dejarse burlar como diez años antes y aunque durara lo que durara y costara lo que costara y doliérale a quien le doliera seguían adelante. La solidaridad llegaba, se crearon comités y co-misiones de solidaridad en distintos lugares del país, de Barranquilla y Cartagena salieron delegados a reforzar las directivas y aportaron di-nero de auxilio colectivo para los trabajadores en huelga. 

El 5 de diciembre el consejo de ministros ante la grave situación en la zona bananera decretó el Estado de Sitio -hoy lo llaman conmoción- y nom-bró como Jefe Civil y Militar al General Carlos Cortés Vargas. Esto no era sino formalizar un he-cho cumplido, pues realmente el régimen militar se impuso casi el mismo día de declarada la huel-ga: debían ponerle marco legal a los atropellos de los días pasados y a la masacre que pronto se iba a desatar. 

Esa noche el General Cortés Vargas se reunió con los agentes de la Compañía a emborrachar-se hasta la media noche, luego reunió a los sol-dados y se dirigió a la plaza de Ciénaga donde se encontraba congregada la masa de huelguis-tas en actitud pacífica, esperando que les resol-vieran su situación. Cortés Vargas lee el decreto sobre el estado de sitio y sin esperar un minuto da la orden de ¡Fuego!; por 5 minutos las ame-tralladoras disparaban en todas las direcciones asesinando a hombres, mujeres y niños desar-mados sin ninguna compasión; y no siendo esto suficiente, el criminal ordena rematar a los heridos a punta de bayoneta. Los muertos fueron llevados al mar... no debía quedar rastro de este atroz asesinato. 

El escritor Gabriel García Márquez en su obra Cien Años de Soledad describe magistralmente los hechos que acontecieron entre la noche del 5 y la madrugada del 6 de diciembre de 1928: 

“El Decreto número 4 del Jefe civil y militar de la provincia, Carlos Cortés Vargas... en tres artí-culos de ochenta palabras declaraba a los huel-guistas cuadrilla de malhechores y facultaba al ejér-cito para matarlos a bala... leído el decreto, en medio de una ensordecedora rechifla de protesta un capitán sustituyó al teniente en el techo de la estación y con la bocina del gramófono hizo señas de que quería hablar. La muchedumbre volvió a guardar silencio. 

- Señoras y señores -dijo el capitán con una voz baja, lenta, un poco cansada-, tienen cinco minutos para retirarse. 

La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín que anunció el principio del plazo. Nadie se movió... José Arcadio Segundo se empi-nó por encima de las cabezas que tenía en frente, y por primera vez en su vida levantó la voz. 

- ¡Cabrones! -gritó-. Les regalamos el minuto que falta... El capitán dio la orden de fuego y 14 nidos de ametralladoras le respondieron en el acto... Los sobrevivientes en vez de tirarse al sue-lo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio entonces un coletazo de dragón, y los mandó con una oleada compacta contra la otra oleada compacta que se movía en sentido contrario des-pedida por el otro coletazo de dragón de la calle opuesta, donde también las ametralladoras dispa-raban sin tregua...” 

En El Tiempo del 8 de diciembre de 1928 se informa que hubo 10 muertos y 25 heridos. Hoy aún no sabemos la cantidad exacta de muertos, pero según los testimonios de los sobrevivien-tes fueron más de 1000 e incluso algunos ase-guran que fueron 3000 los obreros que cayeron asesinados por las balas del Estado, institución supuestamente mediadora en los conflictos de obreros y patronos; pero la historia nos ha en-señado que el Estado ES DE CLASE, es decir, en el capitalismo es de la burguesía, clase servil y arrodillada ante el imperialismo. Una de las grandes enseñanzas de la huelga de las bananeras es que NUNCA debemos confiar en el Estado burgués. 

En los días siguientes a la masacre se desató una ola de terror en la zona. Cortés Vargas y su jauría allanaban casas, violaban mujeres, robaban, asesinaban, etc. dejando en claro que ellos eran la verdadera cuadrilla de malhechores. Pero como El Tiempo es el experto en tergiversar veamos su versión: “Las tropas llegaron a Sevilla en momen-tos en que los huelguistas cometían hechos mons-truosos: incendios, robos, atropellos a familias, saqueos y toda clase de pillajes, siendo estos los propósitos en que ha degenerado la huelga, la que continuará enardecida si no proceden las autori-dades con mano fuerte”. ¡Bonita manera de justi-ficar su crimen! 

Pero a pesar de la derrota temporal que el pro-letariado tuvo, fue para el movimiento obrero una heroica batalla en la que los obreros de la zona bananera hicieron lo que tenían que hacer: levan-tar la frente con dignidad, y decir ¡BASTA! 

La huelga de las bananeras fue la prueba de fuego para la clase obrera. Una portentosa lucha política revolucionaria, una lección de consecuente antiimperialismo que enalteció a la clase obrera como el nuevo protagonista de la historia del país. La burguesía se lavó en sangre proletaria y con ello se llenó de oprobio, demostró su carácter servil a los designios imperialistas y empezó su carre-ra hacia el fin de su reinado. 

Por aquella época la clase obrera se había organizado en el Partido Socialista Revolucio-nario dirigido por unos grandes luchadores den-tro de los cuales estaban Ignacio Torres Giraldo, María Cano, llamada la Flor Roja del comunis-mo colombiano y Raúl Eduardo Mahecha; ellos habían sido designados por el Partido para ayu-dar a dirigir el movimiento huelguístico que se estaba presentando. El triunfo de la huelga de-pendía de que tuviera una dirección correcta y era el papel que el Partido debía desempeñar. A la clase obrera le es imposible triunfar en la lucha contra la burguesía si no cuenta con su Partido. Necesita de un Partido que organice y dirija sus luchas no solamente para obtener rei-vindicaciones inmediatas, sino también para hacer que ellas juntas conduzcan al triunfo de-finitivo, a la destrucción del capitalismo. 

Ahí estaba el problema, el Partido se había formado apenas cuatro años antes de la huel-ga, no estaba lo suficientemente cohesionado, no tenía un conocimiento exacto de la socie-dad colombiana y de sus clases, no conocía bien la doctrina científica de la clase obrera y era inexperto. Estas limitaciones lo llevaron a cometer varios errores que el movimiento obrero pagó muy caro. 

El Partido se equivocó al creer que en una lucha de los trabajadores contra el capital im-perialista podía contar con el respaldo de la burguesía colombiana, e incluso con el respal-do del gobierno; por esa razón pidió su inter-vención como mediador ilusionado en que hi-ciera cumplir las leyes colombianas que la com-pañía estaba violando. Es decir, el partido no había aprendido la lección dejada por las huel-gas de la Tropical Oil en 1924 y 1927 donde la burguesía colombiana ya había actuado como lacaya del imperialismo. Hoy, a pesar de todo lo que ha pasado, algunos revolucionarios sue-ñan con una burguesía revolucionaria, opues-ta al imperialismo. Y si la ingenuidad de los revolucionarios del 20 obedecía a la infancia del movimiento obrero, ahora eso se llama oportunismo. 

El Partido no supo analizar la situación objeti-va, se dejó llevar por el entusiasmo de las masas y creyó que podía neutralizar en pocos días las fuer-zas militares. No creía que dispararían contra los obreros desarmados. 

El partido no actuó como un solo hombre, en una sola dirección. Una parte de los dirigen-tes, entre ellos Tomás Uribe Márquez estaban preparando una conspiración, un supuesto gol-pe de estado, con los generales liberales; otra parte de ellos, como Mahecha, se dejaron lle-var del entusiasmo y se propusieron transfor-mar la huelga en insurrección sin ningún plan y sin haber trabajado con anterioridad para ello; otra parte, como Torres Giraldo, creían que la huelga era una lucha puramente económica y no entendían el carácter político y revoluciona-rio que desde el principio tenía; otra parte, es-taba preparándose para la farsa electoral. Es decir, en el seno del Partido convivían corrien-tes ideológicas distintas (obreras, pequeño bur-guesas y burguesas) que le impedían pensar como partido obrero y actuar como tal. Hoy, a pesar de esa amarga experiencia, algunos que se dicen comunistas pretenden repetir la histo-ria y quieren que las organizaciones del prole-tariado estén compuestas por pequeño burgue-ses, burgueses y proletarios. 

La Internacional Comunista de esa época, co-nocida como III Internacional, que era la organi-zación de todos los obreros a nivel mundial, escribió varias cartas enviando orientaciones y reco-mendaciones al partido, y posteriormente a la masacre, saca las siguientes enseñanzas, muchas de las cuales tienen aún plena vigencia: 

1. El Partido no realizó un análisis objetivo de la situación, es decir, de la fuerza del proletariado, de su estado de organización, de su ánimo de lu-cha y de la fuerza de las clases enemigas y de la mentalidad de los soldados. 

2. El proletariado colombiano se lanzará con todo su entusiasmo revolucionario y su espíritu de sacrificio a la lucha nuevamente y el partido debe preparar mejor esas luchas para coordinar-las y asegurar la victoria. En la huelga de las bananeras faltó ampliar la solidaridad de toda la clase obrera, hizo falta el trabajo de descomponer el ejército, e hizo falta un partido lo suficientemente experimentado, organizado y disciplinado, es de-cir hizo falta un auténtico Partido Comunista. 

3. La experiencia de la huelga demuestra la necesidad del trabajo sistemático en el ejército. “Conquistar la simpatía de los soldados es una condición del éxito para las luchas de la clase obre-ra y campesina. Esto es relativamente fácil en Colombia, puesto que el ejército es formado en su gran mayoría por campesinos y obreros cuyos intereses son los mismos que los del proletariado y los campesinos en lucha”. (de la Carta de la III Internacional). 

4. No se puede hacer una separación absolu-ta y oponer la huelga económica y la huelga polí-tica. “La huelga general de los treinta y dos mil obreros de las plantaciones de bananas tiene un carácter político muy netamente anti-imperialista. Por su amplitud, por los intereses que puso en peligro, provocó inmediatamente la intervención armada del gobierno y se transformó rápidamen-te en una lucha política contra el poder de los gran-des terratenientes agentes del imperialismo”. Si la acción de solidaridad se hubiese ampliado a todo el país y al ejército, hubiera alcanzado un carácter político y revolucionario mucho más claro. 

5. “El desarrollo de la acción proletaria de las masas, la multiplicación y extensión de los movi-mientos ‘económicos’ tal como el de la huelga en las plantaciones de bananas, es la condición in-dispensable de la revolución, que si ella no está ligada a tales movimientos, si ella no parte de ellos, si ella no se desenvuelve sobre la base de las rei-vindicaciones de las masas no será más que una conspiración militar...”. 

6. El Partido se equivoca al confiar en que el Estado colombiano, al servicio de la burguesía, los terratenientes y el imperialismo puede servir de árbitro imparcial o tomar partido por los traba-jadores. “El ejemplo pasado de la huelga de Barrancabermeja... y su rol de masacrador de los obreros colombianos en la última huelga, debe ser-vir para haceros abandonar para siempre la idea de que este Estado puede ser un árbitro imparcial al cual el partido del proletariado puede dirigir un llamado y para hacer comprender a la masa de explotados que su liberación será la obra de los trabajadores mismos, de su solidaridad, de su or-ganización, de su combatividad revolucionaria y de su sacrificio”. 

Han pasado 7 décadas y muchos aún no co-nocíamos lo que verdaderamente pasó, pues la autora de este genocidio, la burguesía, nos lo ha ocultado, temiendo que las nuevas generaciones de obreros conozcamos sus criminales acciones y entendamos por qué debemos enterrar de una vez y para siempre la clase opresora, explotadora y asesina que se encuentra en el poder. 

Es necesario que los obreros aprehendamos nuestra historia pues de lo contrario estamos con-denados a repetirla, las luchas de las generaciones pasadas contra del yugo del capital deben ser la escuela de donde aprendamos, para librar las batallas venideras en el cumplimiento de la mi-sión que la historia nos ha impuesto: acabar para siempre la explotación del hombre por el hombre, aboliendo las clases sociales e instaurando el pa-raíso bello de la humanidad, el Comunismo. 

El mejor homenaje a los obreros caídos por las balas asesinas de la burguesía hace 70 años, es preparándonos, aprendiendo de su entusiasmo revolucionario, de su espíritu de sacrificio y de las lecciones que escribieron con su sangre. 

¡Honor a los héroes de las bananeras! 
¡Abajo la burguesía proimperialista y asesina! 

Publicado en el periódico 
Revolución Obrera 
números 2 y 3 entre 
noviembre y diciembre de 1998. 

Nuestro propósito es rescatar, poco a poco, de las gavetas empolvadas, aquellos escritos que son fuente rica de conocimiento para las generaciones de obreros que despiertan a la lucha; además promover a distintos intelectuales que pueden ofrecer un punto de vista serio sobre alguno o algunos de los temas que son de interés para los trabajadores, necesidad urgente si comprendemos que una clase que no logra educarse, difícilmente podrá conquistar sus reivindicaciones. 

Los Editores
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