Perplejidad al comprobar sin tapujos que al frente del país está empotrada una clase, un sector de la misma, que sólo le desvela el control del poder, su violenta concreción como mecanismo para negar toda voz de disidencia, y para concretar negocios –los ‘legales’ y los que rompen toda regla...
¿Reír o llorar?
Esa clase, ese sector, carece de proyecto de país soberano, así como de dignidad o nada que se le parezca; tampoco de memoria y mucho menos de visión futurista...
No sabe uno si reír o llorar. Este ambiguo sentimiento es lo que genera el discurso de Iván Duque, quien ahora funge como presidente de Colombia, con motivo del bicentenario de la república. Para nuestros propósitos, enfocaremos su lectura a partir del intertítulo “Los siguientes 200 años”.
¿Reír o llorar? También puede ser perplejidad al comprobar sin tapujos que al frente del país está empotrada una clase, un sector de la misma, que sólo le desvela el control del poder, su violenta concreción como mecanismo para negar toda voz de disidencia, y para concretar negocios –los ‘legales’ y los que rompen toda regla. Esa clase, ese sector, carece de proyecto de país soberano, así como de dignidad o nada que se le parezca; tampoco de memoria y mucho menos de visión futurista.
Para que no queden duda ni sospechas sobre lo anotado, veamos el correspondiente y aludido apartado del discurso:
“Los siguientes 200 años”
Hoy, apreciados amigos, tenemos el desafío de aprovechar la oportunidad única del bicentenario para reflexionar y mirar hacia adelante, mirar hacia la Colombia que queremos construir para los 200 años siguientes.
Nuestro país debe consolidar el Pacto por la Equidad; debe consolidar ese sendero hacia el cierre de las brechas y también afincar la justicia social.
Debemos apostarle a una de las grandes características de la personalidad de lo que es y ha sido Colombia: esa vocación empresarial, esa vocación que algunos llaman rebusque pero que se transforma también en la posibilidad de crecer y generar empleos; de llegar a otros países, de posicionar nuestras marcas, nuestro diseño.
Hoy debemos continuar el legado de los primeros años de la República y desterrar para siempre la violencia, construyendo un país donde reine la legalidad y donde se materialice ese maravilloso lema de nuestro escudo, que dice: Libertad y Orden.
Debemos apostarle al futuro de una Colombia sostenible, consciente de su riqueza y su diversidad ambiental, con energías renovables, conscientes de nuestra responsabilidad para mitigar los efectos del cambio climático”.
Sí, esto es todo lo que despertó y proyectó en el cerebro y el ánimo de quien(es) hoy controlan el gobierno colombiano, el reto implícito en la frase “Los siguientes 200 años”, lo que deja al desnudo el proyecto de poder que representan –y han significado para el país por décadas–, explicación también del desastre social en que sobreviven millones de connacionales.
Y así actúan, no porque no conozcan el país y la sociedad que controlan y oprimen sino porque proponerse construir una sociedad en justicia y felicidad, como en su tiempo reivindicó Simón Bolívar, para aterrizar el discurso en la realidad, tendría el sistema que romper la concentración de riqueza y dejar como desagradable asunto de la memoria la injusticia real que cabalga entre nosotros. Únicamente así se podría encarar el tema de la equidad a que aluden, al que no se arribará por acuerdo, pues no les asiste la voluntad para ello. Y no porque tengan mala disposición sino –simplemente– porque esa es la esencia del capital: acumular, oprimir, negar, especular, dominar… La voluntad violenta ya es una particularidad de la clase que por dos siglos les ha negado a las mayorías algo esencial y simple: vida digna.
Concentración de la riqueza que en nuestro país alcanza indicadores simplemente vulgares: siempre en índice Gini, tenemos que la concentración de la tierra es de 0.863, pero entre propietarios de ésta asciende a 0.886; para la riqueza equivale al 0.81, en concentración accionario es del 0.98.
Pero estas realidades no son de ahora. El asunto es de doscientos años, a lo largo de los cuales las mayorías siguen careciendo de un real acceso a la tierra, privilegiando la violencia para impedirlo. La reforma agraria, tantas veces reivindicada, y proclamada como bandera para despertar esperanzas nunca satisfechas, con sus adjuntos de integralidad que la hacen más que un simple asunto de tierra, sería el conducto para ello. Sin embargo, el país se desangra precisamente porque terratenientes, militares y aliados en gremios de todo orden, así como multinacionales de diverso origen e intereses en la tierra, se niegan a ello.
La tierra. Esta reivindicación está asociada hoy, con todas sus implicaciones, al reto de un ambiente integral, equilibrado, mediante la valoración de la naturaleza como un todo –no una mercancía–, con derechos pero también asociada al asunto no menor de la soberanía alimentaria, todo un contrasentido en la abyecta decisión de las clases dominantes de abrir el país a la producción agrícola elaborada por las potencias, en particular los Estados Unidos, a costa del hambre, el desempleo, el desplazamiento, de millones de campesinos colombianos.
Ambiente. Estudiado desde la ecología, la biología y otras ciencias, que al decir de Leonardo Boff identifica la pobreza como el principal reto ecológico de nuestros países. ¿Podrá la clase en el poder, y su vocero de turno, decir algo sensato acerca de las relaciones entre pobreza y crisis medioambiental, pobreza y cambio climático? Al parecer, apenas lugares comunes, palabras huecas para cumplir con el registro de los medios masivos de comunicación, pero nada inteligente, lo cual sería más exigente entre nosotros, en cuanto país caracterizado como uno de los que contienen mayor vitalidad natural, que se constituye por sí sola en uno de nuestros mayores potenciales para proyectarnos e integrarnos al mundo de hoy, y al de los próximos siglos, tiempo en el cual los países como hoy los conocemos –aislados y divididos por fronteras– serían cosa del pasado, llegando a la integración como especie, en un territorio único que todos podrán habitar en el lugar que mejor le plazca. En esa ruta, ¿en qué forma liderará Colombia, como nación, tal prospecto en la América toda?
A este potencial habría que llegar por común acuerdo entre los pueblos de todos aquellos países registrados como tales en la ONU, entidad que deberá sufrir una drástica reforma en las próximas décadas, dejando de ser el instrumento de control de las potencias para pasar a ser el espacio real de concertación global que requiere la humanidad para vivir en paz, compartiendo potencialidades y redistribuyendo los frutos del trabajo humano, de manera que allí donde haya más de lo necesario se comparta sin mezquindad con quienes tienen déficit en cualquiera de los campos que implican vivir en bienestar.
Vivir en armonía con el resto de nuestra especie demanda hacer de la paz entre nosotros una realidad, para lo cual la violencia debe dejar de ser el recurso por excelencia del poder para imponer sus designios. Empezar a transitar tal camino, un reto de hoy, para ya, es imprescindible que el establecimiento garantice la vida de los líderes sociales, que el derecho a la protesta sea más que letra muerta, que la disidencia sea derecho y que los desacuerdos internos tengan siempre una mesa dispuesta para ser tramitados.
Nada de aquello es posible sin que la clase en el poder renuncie al terrorismo de Estado, postulado y práctica tan querida por el establecimiento. El primer paso para ello es el control y la desaparición del paramilitarismo; el segundo, la reforma integral a las Fuerzas Armadas –empezando por separar a la Policía de tal estructura, desmilitarizándola–; el tercero, la reformulación de la doctrina que la guía –superando el concepto de enemigo interno–; el cuarto, la reducción de su tamaño y su presupuesto; el quinto, la separación de su sometimiento a la doctrina y el mando efectivo proveniente desde los Estados Unidos.
Vivir sin violencia, en paz, exige reconocer un mal histórico de Colombia: la militarización de la política, rompiendo con ese escollo, camino hacia lo cual se requiere abrir el Estado a la participación múltiple de la sociedad, sin restricciones ni controles que hacen de la igualdad de oportunidades una quimera, al tiempo que se abran espacios de todo tipo para que los millones que somos podamos vivir fruto del trabajo, no del rebusque, un recurso al cual acuden millones ante el signo trágico del desempleo y el desamparo estatal. Únicamente así podemos avanzar, creando espacios a fin de conseguir lo necesario para vivir, fruto del trabajo estable y bien remunerado, en que cada persona realice sus sueños, y por tanto el trabajo deje de ser el castigo que para una inmensa mayoría significa hoy. Así, todos y cada uno de los connacionales sentirían que son parte de una sociedad en la cual debe y puede participar de su organización. De otra manera, la política seguirá siendo asunto de algunos pocos, aquellos que encuentran en ello una profesión, incrustándose por esa vía en una burocracia que reproduce el mismo sistema que administran, prolongando desigualdes y exclusiones.
Son estas, como otras muchas proyecciones posibles de dibujar entre el conjunto nacional, lo que no pasa por la cabeza de quienes se niegan a aceptar que el país de hoy no es el requerido por la inmensa mayoría de la sociedad colombiana. Son estas proyecciones, no los lugares comunes de un discurso lleno de formalidades, lo que debemos discutir para sentirnos parte de la humanidad, y para saber que hoy podemos construir un país distinto del heredado tras doscientos años de exclusiones y violencia estatal.
Son estos sueños y estas proyecciones, hoy más que nunca, los factores para que el chalán que impone su poder a sangre y fuego termine su ciclo, y el sub que lo secunda pase a pronto y buen retiro. Así, el llanto y la risa serán por motivo de alegría y no por perplejidad.
Equipo desdeabajo
Fuente:Periódico desdeabajo Nº260, agosto 20 - septiembre 20 de 2019
https://www.desdeabajo.info/colombia/item/37516-reir-o-llorar.html
Sin discurso para el Bicentenario
Enrique Santos Molano
Puente de Boyacá, 7 de agosto de 2019. Foto: César Carrión - Presidencia https://id.presidencia.gov.co/multimedia/fotos
Quizá un escolar al que se le hubiera encomendado un discurso para conmemorar en sesión solemne de su colegio el Bicentenario de la Batalla de Boyacá, no lo habría hecho peor que el presidente de la República, Iván Duque Márquez, el 7 de agosto de 2019, en el campo donde doscientos años atrás se libró la batalla que culminó la Campaña Libertadora de la Nueva Granada (hoy Colombia) y que dejó libre de invasores el ochenta por ciento de nuestro territorio. Tal como lo había previsto el Libertador, la victoria de Boyacá tuvo una importancia múltiple. Garantizó que el resto de la Campaña generaría la liberación sucesiva de Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, entre 1819 y 1824. Una de las grandes hazañas épicas de la historia universal, lograda de principio a fin por el genio deslumbrante de Simón Bolívar y su tenacidad asombrosa para cumplir el juramento que, en Roma, hiciera de libertar del vasallaje colonial a la América Española y establecer en ella repúblicas soberanas, guiadas por los Derechos Humanos y por la práctica incesante de principios liberales y democráticos.
El presidente Iván Duque hubiera podido brindarnos un discurso de estadista, que les mostrara a los colombianos, y que les explicara, también, la conexión misteriosa y latente entre los hechos del pasado y los del presente, que analizados como un todo nos permiten avizorar el futuro, descubrir los errores que hemos cometido, para no repetirlos, y completar la tarea libertadora que tuvo su principio glorioso en 1819, y que en el curso de dos siglos no ha podido encontrar a las generaciones capaces de rematar la construcción del edificio democrático empezado por tantos hombres y tantas mujeres que lo cimentaron con su sangre, su heroísmo, y la ofrenda de sus vidas para crearnos un lugar mejor donde habitar con dignidad.
Incluso el presidente Duque hubiera podido hacer un discurso formal de análisis histórico, un discurso académico que nos recordara el brillo intelectual de muchos de sus antecesores. Prefirió legarle a la posteridad una pieza mediocre que, por supuesto, la posteridad ignorará piadosa.
Un llamado insípido a la unidad, sin pizca de elocuencia, y mucho menos de pensamiento que convide a sus compatriotas a la reflexión. “Somos –dice el presidente—el Gobierno del Bicentenario ya que el Bicentenario es la oportunidad de unirnos alrededor de lo que nos hace colombianos”. Esa es la apoteosis de la vacuidad. La conmemoración pasajera de una fecha magna, no puede tomarse como pretexto para llamados inocuos a la unidad nacional. La unidad es un deber permanente de las autoridades y de los ciudadanos, que se construye a diario con hechos, no con palabras. ¿Qué es lo que “nos hace colombianos”? ¿El asesinato permanente de los líderes sociales, de los activistas de Derechos Humanos, de los ambientalistas? ¿La desigualdad creciente que nos ubica entre los cinco países más desiguales del mundo? ¿En torno a esas y otras tragedias bicentenarias podemos aspirar a la unidad?
El presidente quiso hacer un reconocimiento anecdótico de la participación de las mujeres en la guerra de independencia, y citó algunos nombres como quien saca al azar las cartas de la baraja. Sin embargo, los miles de mujeres heroicas y meritorias que actuaron en la independencia, no ofrendaron sus vidas sólo por la satisfacción de verse citadas a la ligera en un discurso presidencial paupérrimo de ideas. Les hubiera gustado oír que su esfuerzo abnegado era el motivador de otros esfuerzos similares para favorecer a los millones de mujeres que hoy carecen de casi todo, que son maltratadas a diario, asesinadas, mal retribuidas en su trabajo, obligadas muchísimas de ellas, como madres cabeza de familia, a jornadas inverosímiles para conseguir el sustento de sus hijos. A nada de ello se refirió el presidente, pero sí a exaltar a “Las juanas” de la independencia, confundiendo a las voluntarias aguerridas que acompañaban a los ejércitos libertadores (que nunca se llamaron “Las Juanas”) con las protagonistas de una telenovela de hace veinte años, cuyo argumento no guarda relación ninguna con los hechos de la Independencia.
Dos personalidades que lo dieron todo por la libertad de su Patria, conocían bien la idiosincrasia nacional y la definieron con un par de epigramas inmortales: “Pueblo indolente” (Policarpa Salavarrieta, al pie del patíbulo, 1817); y “Patria Boba” (Antonio Nariño, en Los Toros de Fucha, 1823). Así fue la alocución del señor presidente en la conmemoración del Bicentenario de la Batalla de Boyacá. Un discurso indolente y bobo.
Fuente: Periódico desdeabajo Nº260, agosto 20 - septiembre 20 de 2019

