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LA VILEZA DE LOS JEFES SINDICALES EN LA “CONCERTACIÓN” DEL SALARIO MÍNIMO


Los capitalistas tienen muy claro que su participación en la economía no es por alguna actitud altruista ni benefactora con la humanidad; su interés es la ganancia...

El Estado siempre ha sido patrocinado por los empresarios y son los que tienen el poder y el sartén por el mango...

Luchar, no solamente para frenar la voracidad de las clases parásitas, sino para abolir la esclavitud asalariada misma...


POR RO 

La “puja” de la negociación del salario mínimo en la mesa está de la siguiente manera: según el presidente de Fenalco, Guillermo Botero, los gremios de la burguesía ofrecen el 5,1%, con lo que el incremento sería de $37.623 y el salario mínimo mensual pasaría de $737.717 a $775.340. Por su parte los jefes de las centrales sindicales, unificaron su petición en un 9,0%, con lo que esperan un aumento de $66.394, lo que dejaría el salario mínimo en $804.111.

Al hablar de los gremios, nos referimos a la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (Andi), la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco), la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), la Asociación Bancaria y de Instituciones Financieras de Colombiana (Asobancaria) y la Asociación Colombiana de las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas (Acopi); y por parte de las centrales: la CGT, la CUT y la CTC. Haciendo la comedia de que estos son los 2 contrincantes, aparece un tercero que supuestamente dirime las discusiones en caso de no haber acuerdo; ese tercero es el Gobierno.

Una verdad a gritos de este trío, es que el gobierno no es para nada un árbitro imparcial; así lo expresa José Roberto Acosta de la Red de Justicia Tributaria: “Este debate va a ser muy entretenido pero aquí no vamos a sacar nada. Aquí va a venir el señor Mauricio Cárdenas y con decreto firmado por Juan Manuel Santos, dice: el salario va a ser lo que digan los empresarios como ha sido la constante durante este gobierno porque sociológicamente, políticamente, ideológicamente, el Estado siempre ha sido patrocinado por los empresarios y son los que tienen el poder y el sartén por el mango”.

Esa es la primera consideración a la hora de hacer un análisis juicioso y objetivo de lo que llaman negociación del salario mínimo. El gobierno no puede ni podrá ser jamás un árbitro imparcial en la disputa por los salarios, ya que en plata blanca, el poder del Estado no está en manos de los políticos que por voto son elegidos para ocupar los puestos de gobierno; muchos de los cuales, incluso son asignados a dedo como es el caso de los ministros y muchas otras sillas burocráticas. Es la puja entre los grandes emporios económicos lo que determina la distribución del poder en el Estado, y si algo no está en discusión entre ellos es sin duda la brega por aumentar cada día sus ganancias; y ¿qué es lo que genera ganancia aquí y en cualquier parte del mundo?, el trabajo; siendo la ganancia la parte del producido que es arrebatada a los trabajadores para llevarla a los bolsillos de los dueños del capital. El Estado y el gobierno de turno, es un simple colchón para suavizar las contradicciones pero jamás para ponerse del lado de los trabajadores, ni tampoco para ser un árbitro imparcial.

A esa realidad, se suma una más, esa sí muy velada y que depende del estado de las fuerzas de los trabajadores; los dirigentes de las centrales sindicales no son en la actualidad y desde hace muchos años, legítimos representantes de los trabajadores. Al hablar de salarios, las diferencias que separan a gremios y gobierno de una parte y la clase obrera y todos los demás trabajadores de la otra, son divergencias que corresponden a la esencia misma del sistema económico, a una condición que está en lo más profundo y decisivo del capitalismo: la ganancia. Cada peso que el trabajador logra en un aumento salarial, es un peso que deja de embolsillarse el patrón y a la inversa.

Quitando toda su fraseología barata, los capitalistas tienen muy claro que su participación en la economía no es por alguna actitud altruista ni benefactora con la humanidad; su interés es la ganancia y esa ambición no tiene límite alguno en la selva de la competencia desenfrenada, que es natural en un sistema donde la producción es incontrolable y predomina la anarquía. Su objetivo supremo es producir más, a menor costo, en menos tiempo, competir y llevar a la quiebra si es posible y necesario a sus competidores, al punto que si la clase obrera se lo permite, la obliga a trabajar gratis, al fin de cuentas mano de obra desocupada es la que hay para reponer la que degenera por la edad, la miseria, el hambre, las enfermedades, etc.

Si entendemos que la disputa por salarios es de ese calado, será fácil deducir que no hay posibilidad alguna de que por la vía de la conciliación en mesas de concertación se pueda obtener alguna mejora para los trabajadores. Todo lo que se realiza por este medio no es más que una pantomima cruel que los gremios en contubernio con el gobierno, montan para hacer aparecer el supuesto incremento del salario como una medida concertada; pero la crueldad no la da la actitud del gobierno ni sus jefes, esa característica la proporciona la actuación de los señores de las centrales sindicales, quienes se prestan para esta puñalada contra las masas; su participación allí le da el tinte que los explotadores necesitan para engañar a los trabajadores haciéndoles creer que viven en una amplia democracia, donde están representados y donde se hace todo lo posible para llegar a una concertación mediante la conciliación.

La bellaquería de estos tránsfugas “dirigentes obreros” es de tal magnitud que no es por ignorancia como algunos creen. El propio presidente de la CUT, Luis Alejandro Pedraza, en su declaración a los medios el 14 de diciembre expresó: “Vamos a continuar trabajando en la perspectiva de buscar un acuerdo o definitivamente decirle al gobierno que emita su decreto”. Declaración complementada por Fabio Arias, Secretario General de la CUT al referirse al estado de las “negociaciones”: “Tal como están en el momento de hoy están muy difíciles y desafortunadamente el gobierno no ha dado ninguna muestra de querer buscar un escenario de concertación, de tal manera que si el gobierno no se moviliza y no hace una gestión verdaderamente interesante en concertación pues vamos a terminar nuevamente con un decreto unilateral del gobierno que siempre en general ha terminado aproximándose es a las propuestas del empresariado”.

Julio Roberto Gómez, zorro viejo, posa más beligerante, y no solo llama a que se reconozca un salario mínimo… que según él rodea el $1.600.000 sino además denuncia en una declaración reciente la terrible situación de los proletarios: “Hoy la gente tiene contratos basura de 60 y 90 días por lo cual así las personas se quieran sindicalizar no tienen la posibilidad, en el sector público en instituciones como el SENA hay más de 30 mil personas en nómina paralela y esto no tiene presentación, lo mismo ocurre hasta en la Presidencia de la Republica, si no seguimos luchando cada vez la situación será más difícil para la clase trabajadora colombiana”.

Todos estos cipayos saben que la única manera de conquistar un alza general de salarios para los trabajadores es con la lucha, la organización y la movilización, reconocen que en la mesa los enemigos de los trabajadores tienen el sartén por el mango, y Julio Roberto se lava las manos diciendo que si no se sigue luchado la situación será más difícil. Pero ese señor y sus compinches de la CUT y la CTC jamás han encabezado o encabezarán la movilización y el paro necesarios. Son todos esos burócratas sindicales agentes al servicio de los explotadores que sirven de careta y posan de defensores de los asalariados, pero en realidad defienden los intereses de los capitalistas. La historia en todos los países y todas las épocas demuestra con creces que es en las calles, con el paro de la producción, con la educación, organización y movilización de los trabajadores como se conquistan las reivindicaciones de los explotados y oprimidos. Pero las cúpulas de las centrales sindicales en Colombia está dominadas por individuos serviles al poder del capital, sus abrazos en cocteles con Santos y con los jefes de los gremios dan prueba de ello, y eso no va a cambiar mientras desde la base, los dirigentes intermedios no rompan la mordaza que controlan sus jefes; las bases de la mayoría de los sindicatos y el grueso de las masas en campos y ciudades han demostrado su disposición a luchar en muchas ocasiones, pero estos falsos dirigentes siempre aparecen para atravesarse como vacas muertas en el camino.

Descartado de antemano el camino de la lucha por los falsos dirigentes obreros, hacen aparecer como válidos los tecnicismos para hundirse en el lodazal de la discusión interminable de los “aspectos económicos” que “deben predominar2 a la hora de establecer el monto en la “negociación”. Los gremios consideran decisivo para su determinación, la inflación. De manera “benevolente” los capitalistas están dispuestos a dar de incremento la inflación más un punto por encima; la inflación estuvo según sus estudios en 4,12% y así han llegado a la mágica cifra del 5,1% para aumentar el salario. Por su parte, los señores de las centrales cumplen con su consabido parlamento y ponen como principales consideraciones el Índice de Precios al Consumidor (IPC) y el índice de productividad laboral que según sus estudios, en los últimos años han sumado un 13,5%, y que en Dane ubica en el 2017 en un 0,44% lo que los lleva a la cifra mágica del 9% y llaman a que se reconozca al menos una parte. A eso se empiezan a sumar otros considerandos como el IVA que se traslada directamente al bolsillo de los consumidores, o la dura competencia que arguyen los empresarios para decir que están en proceso de ruina, o los “sobrecostos2 en donde se ponen los llamados parafiscales que son un desangre para los patronos, etc., etc., etc.

Los trabajadores no deben dejarse envolatar en las discusiones técnicas frente a al alza de salarios, pues éstas no tienen que ver con el problema. De la misma manera que los capitalistas no hacen partícipes a los trabajadores de sus utilidades cuando incrementan significativamente la productividad y las ventas, o cuando por efecto de desarrollos tecnológicos en lugar de mejorar las condiciones de la clase obrera, lo que trae para ella es despidos, rebaja de salarios, hambre, etc. Trabajadores y empresarios no son socios desde ningún punto de vista: son enemigos irreconciliables. Y si los patronos por su propia voluntad jamás mejoran la situación de sus esclavos asalariados, ¿por qué carajos deben los trabajadores empeorar sus ya de por sí miserables condiciones, para salvarle al pellejo a los explotadores? La ruina de los débiles en la anarquía capitalista es una ley irreversible, así como la proletarización de la pequeña burguesía es una consecuencia de un sistema anacrónico y los trabajadores no tienen por qué pagar los platos rotos.

Además, no hay que creer mucho en las cifras que estos señores presentan, ya que la crisis la logran paliar con la inversión de capital en nuevas ramas de la producción que están por épocas boyantes, caso la industria de la guerra, las drogas, la minería, y muchos otros sectores de la economía que les proveen de multimillonarias ganancias. En realidad, hay tanta utilidad que sobran recursos para el robo del erario como demuestran los escándalos por malversación de fondos y las millonadas que devenga la burocracia estatal corrupta y de las grandes empresas cuyos emolumentos salen directamente del sudor y la sangre de los asalariados.

Sean verdaderas o falsas las cifras de las utilidades de los capitalistas, lo real y concreto es que eso es un problema que deben resolver entre ellos mismos, la clase obrera tiene los propios y solo tiene un medio para resolverlos: luchar, no conciliar con sus enemigos. Y luchar, no solamente para frenar la voracidad de las clases parásitas, sino para abolir la esclavitud asalariada misma.

Comité de Dirección
Unión Obrera Comunista (mlm)

Fuente: http://www.revolucionobrera.com/editorial/la-vileza-de-los-jefes-sindicales-en-la-concertacion-del-salario-minimo/

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