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Lo que no sabe ver la política

'Masacre en Colombia'

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Por: William Ospina

HA VUELTO A COMENZAR ESTA SEmana el debate sobre si la Seguridad Democrática del presidente Uribe está perdiendo la batalla frente a la violencia, si resurge la guerrilla, si se rearma el paramilitarismo, si renace la inseguridad, si crece la delincuencia común.

Los críticos del Gobierno sostienen que la política de seguridad del Estado tendrá que reorientarse; sus defensores parecen dispuestos a negar a toda costa la situación de violencia creciente que advierten muchos ciudadanos, y que los medios hoy afirman y mañana niegan, al ritmo de la lucha entre su espíritu crítico y su solidaridad con el poder.

Pero el verdadero problema no es si la Seguridad Democrática ha perdido fuerza, o si la criminalidad está resurgiendo. El problema es si de verdad se han examinado las causas profundas de la violencia colombiana, ese vasto desorden que no sólo consiste en el fenómeno atroz de la violencia guerrillera, los secuestros más largos del mundo, ese sistema infame de reclutamientos y ejecuciones, asaltos a los pueblos y campos minados, o el fenómeno igualmente perverso y a veces más cruel del paramilitarismo, con sus masacres vesánicas y su clima de terror en campos y ciudades, o la violencia paralela del narcotráfico, que ha llegado a tener sitiada a la sociedad entera y sacrificado a sus mejores hijos, o el vasto fenómeno de la delincuencia común, de atracos y asaltos y robos y paseos millonarios, sino que todavía, más allá de ese cerco infernal, mantiene a nuestra comunidad en una tensión extrema, de violencia intrafamiliar, riñas callejeras, intolerancia, campañas de eso que los medios llaman “limpieza social”, los infinitos matices de un “malestar en la cultura” que no admite interpretaciones apenas policiales o militares, sino que pone en tela de juicio los fundamentos de nuestra solidaridad nacional, los misterios de nuestra memoria compartida.

La violencia colombiana no es un fenómeno de los últimos veinte años sino una enfermedad enquistada en el cuerpo social hace muchas décadas. El propio presidente Uribe, con cifras generosas, ha dicho esta semana que la violencia sólo nos permitió vivir siete años de paz en el siglo XIX y cuarenta en el siglo XX. Un fenómeno tan asfixiante y recurrente, exigiría de nuestros líderes y de nuestros estadistas respuestas más lúcidas y más audaces que las meras campañas de exterminio que cada quince años vuelven a intentarse aquí desde tiempos remotos.

¿De verdad alguien puede creer con sinceridad que sería posible pacificar a Colombia sin emprender un gran proceso cultural de construcción de una verdadera solidaridad nacional, un movimiento profundo y democrático de dignidad, de respeto por los otros, una inversión generosa y original en caminos creadores de convivencia?

Lo que la Seguridad Democrática de Álvaro Uribe podía hacer ya lo ha hecho: desmovilizar los ejércitos paramilitares, acorralar y desalentar a las guerrillas, permitir el tránsito por las carreteras, generar un vago clima de esperanza en una sociedad paralizada por el miedo e intimidada por la arbitrariedad. Pero ninguna solución meramente militar o policiva podrá hacer que esas conquistas sean duraderas, ni traer un nuevo sistema de valores a una sociedad cuyo relativismo moral autoriza por igual los crímenes de las guerrillas en nombre de una supuesta justicia social, las masacres de los paramilitares en nombre de la ley y del orden, los ajustes de cuentas en nombre de los derechos de cada quien, las riñas sangrientas en nombre de la hombría o del honor, los asesinatos de indigentes o de transexuales en nombre de la moral, las ejecuciones extrajudiciales en nombre de la eficacia policial. Ninguna solución militar nos hará más capaces de convivir y de respetarnos; ni nos dará dignidad, principios morales, conocimiento de la memoria común, conciencia de unos orígenes compartidos, de un orden de leyendas y mitos que nos permitan reconocernos unos en otros, y dejar atrás esta niebla de racismos y de clasismos, de estratificaciones y repulsiones que el país arrastra desde siglos y que lo mantiene anclado en problemas de la Edad Media y en soluciones igualmente medievales.

No será matando gente como aprenderemos a construir una sociedad digna. Por eso las soluciones de choque, como la guerra total a los criminales, podrán darnos por breve tiempo un respiro en nuestra rutina de atrocidades y de fosas comunes, pero no nos darán jamás la paz, la confianza, el clima de convivencia y la fuerza de solidaridad que permitan emprender grandes tareas históricas.

El gran error de Álvaro Uribe y de sus adoradores no está en lo que han hecho sino en lo que no sabrían hacer: creer que Colombia merece la oportunidad de un recomienzo, convocando a una gigantesca transformación de las conciencias y de la conducta cuyo eje central sea la cultura. Si juzgamos por los recursos que le asignan, comparados con los descomunales presupuestos de la guerra, aquí siguen creyendo que la cultura es una suerte de ornamento inoficioso de la sociedad.

Pero si las sociedades conviven es fundamentalmente por su cultura, por su manera de utilizar el lenguaje, por los principios que se afirman en las conciencias, por la actitud de unos ciudadanos hacia los otros. Cosas que no se inventan en un día, pero que es inmensamente necesario recuperar cuando toda una sociedad, empezando por sus propias élites, ha avanzado tanto por el camino de la indiferencia, de la inhumanidad y de la claudicación en los principios.

Unos tímidos ejercicios de cultura ciudadana empezaron a modificar el rumbo de una ciudad como Bogotá, que parecía echada a perder. ¿Qué no podría hacer todo un país si decidiera enfrentar la violencia no sólo con las armas, sino sobre todo con ideas, con imaginación, con un audaz ejercicio colectivo de dignificación de millones de seres humanos?

Pero para eso no basta odiar a los malos, es necesario amar al país. “¿Amar?”, oigo decir con sorna a los pacificadores, mientras cargan sus armas.

  • William Ospina

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