La IA es como disponer permanentemente de un ascensor para el cerebro. Utilizarlo no tiene nada de malo. El problema comienza cuando dejamos de subir escaleras
Rocío Márquez
Elnacional.com/octubre 13, 2026
Cuando era niña, mi papá hacía un experimento con nosotras. Nos daba una frase de una canción o de un poema y nos pedía escribir un texto completo a partir de ella.
En ese momento no lo sabía, pero mi padre estaba haciendo una especie de gimnasia cerebral con nuestras mentes. Aquella única línea era un desafío analítico y creativo que nos obligaba a buscar palabras, conectar ideas, imaginar, ordenar y construir algo propio.
Hoy, con la llegada de la inteligencia artificial, el proceso puede invertirse. Podemos entregar la frase a una máquina y dejar que ella desarrolle, redacte y concluya por nosotros.
Sedentarismo cognitivo
Escribir es apenas una parte del asunto. También podemos darle un libro para que lo resuma, un documento para que nos diga qué debemos saber, un problema para que lo resuelva, pedirle que diseñe algo desde cero o presentarle varias opciones para que decida cuál debemos elegir.
Poco a poco podemos terminar delegando actividades que tienen algo en común: nos obligan a pensar. De esta manera, podríamos estar entrando, sin darnos cuenta, en una época de sedentarismo cognitivo.
La expresión no es todavía un concepto científico establecido, pero permite describir las posibles consecuencias de abusar de un fenómeno que sí ha sido estudiado: la descarga cognitiva. Es decir, trasladar a herramientas externas tareas que antes realizábamos mentalmente. Porque pensar no consiste solamente en llegar a una respuesta. También está en el recorrido: dudar, equivocarse, confrontar ideas, relacionar conceptos, descartar posibilidades y construir argumentos propios.
La IA: ¿una extensión de nuestra mente?
Marshall McLuhan decía que los medios funcionan como extensiones del ser humano. La rueda prolonga nuestros pies, los medios electrónicos nuestro sistema nervioso. Así, la inteligencia artificial podría ser una extraordinaria extensión de nuestras capacidades cognitivas.
Pero, ¿qué ocurre cuando una extensión no solo amplía una capacidad, sino que empieza a sustituir su ejercicio?
Internet comienza a llenarse de textos escritos por inteligencias artificiales que luego entregamos a otras inteligencias artificiales para que los resuman. Máquinas que escriben para máquinas que leen, mientras nosotros recibimos “lo que necesitamos saber”.
¡No a la tecnofobia!
No se trata de dejar de utilizar la IA. Todo lo contrario. Saber trabajar con inteligencia artificial se está convirtiendo en una competencia cada vez más valorada en el mundo laboral.
El desafío está en aprovecharla sin dejar de ejercitar aquello que nos permite pensar por nosotros mismos. Seguir escribiendo, diseñando, creando, leyendo textos completos, resolviendo problemas y construyendo argumentos. Y, sobre todo, formar nuestro propio criterio antes de preguntarle a una IA qué piensa y no delegarle decisiones importantes que nos corresponde tomar.
Como advierte Antiqua et nova, el documento del Vaticano sobre inteligencia artificial publicado en 2025, la IA debe complementar la inteligencia humana, no sustituirla. La tecnología puede procesar enormes cantidades de información, pero el juicio, la responsabilidad y la decisión deben seguir siendo humanos.
Usar la inteligencia artificial, ¿dejar de usar la nuestra?
Si nos detenemos a pensar sobre nuestro tiempo, quizá el verdadero riesgo no sea que las máquinas se parezcan cada vez más a nosotros, sino que nosotros dejemos de ejercitar algunas capacidades más profundamente humanas: pensar críticamente, crear, cuestionar y decidir. Que nos acostumbremos a ser consumidores pasivos de respuestas, en lugar de participantes activos en el proceso de comprender, cuestionar y construir conocimiento.
La IA es como disponer permanentemente de un ascensor para el cerebro. Utilizarlo no tiene nada de malo. El problema comienza cuando dejamos de subir escaleras.
Tal vez la nueva alfabetización digital consista también en saber cuándo usar el ascensor y cuándo conviene caminar. No se trata entonces de dejar de utilizar inteligencia artificial, sino de que, por usarla, no dejemos de utilizar la nuestra.
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