Bajo el capitalismo, la paz verdadera es imposible; las declaraciones pacifistas de los gobernantes de las potencias imperialistas son el velo hipócrita con el cual ocultan sus presupuestos militares de preparación para mayores confrontaciones
Revolución Obrera
octubre 10, 2026
El mundo actual se encuentra atrapado en las cadenas de un sistema económico y social en profunda descomposición, atrapado en el capitalismo imperialista, fase superior y agonizante del capitalismo, caracterizada por el dominio de los monopolios, la fusión del capital bancario e industrial en el capital financiero y, fundamentalmente, la disputa encarnizada por el reparto del mundo y el saqueo de las naciones oprimidas. El mundo está convulsionando en medio de distintas guerras que tienen de fondo la disputa de los capitalistas por expandir sus mercados, asegurar fuentes de materias primas y exportar capitales para contrarrestar la tendencia decreciente de sus ganancias, superexplotar mucho más a los trabajadores y continuar destruyendo la naturaleza.
Como producto de esa disputa, nos encontramos ante el enorme riesgo de una tercera guerra mundial. Esta amenaza no surge de la nada; se gesta y se nutre directamente en los múltiples focos de guerras regionales que actualmente consumen vidas y territorios en los cinco continentes, conflictos locales y regionales que no son fenómenos aislados, sino los eslabones de una cadena de rapiña interimperialista, donde las grandes potencias mundiales actúan como directores de orquesta, ya sea mediante la intervención militar directa o financiando y armando a regímenes lacayos para que sus pueblos sirvan de carne de cañón.
En este escenario, coluden las distintas fuerzas imperialistas destacándose los coletazos del imperialismo yanqui que se lanza rabioso y sin compasión en distintas partes del planeta para contrarrestar su tendencia a perder terreno frente a sus competidores, especialmente el auge económico del social-imperialismo chino y el accionar militar del imperialismo ruso; a ello se suma el bloque no menos rapaz de las potencias de la Unión Europea, mientras otros como Japón, emergen hacia convertirse en fuerzas que buscan participar en esa sanguinaria disputa. La concentración y el choque de estos colosos industriales y militares configuran una tormenta perfecta que, si no es detenida por la acción decidida de las masas populares, conducirá a un holocausto bélico en todo el mundo que puede llegar a poner en riesgo la existencia misma de la vida en el planeta.
Examinemos cómo se evidencian los preparativos de guerra en cada rincón del mundo. En el continente europeo, la guerra en Ucrania representa el choque más directo y peligroso entre bloques imperialistas en las últimas décadas. Ucrania se convirtió en el tablero de ajedrez donde el imperialismo ruso, liderado por Vladímir Putin, defiende a sangre y fuego su zona de influencia histórica y sus mercados de gas y grano frente a la expansión rapaz de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), un aparato militar supeditado a los intereses de Washington en clara alianza con las potencias de la Unión Europea, principalmente Inglaterra, Alemania y Francia, todo ello es posible gracias a que la burguesía ucraniana, convirtió al país en un subordinado de Occidente. En este conflicto, los obreros rusos y ucranianos mueren en las trincheras para defender la propiedad, los oleoductos y las ganancias de la burguesía rusa, gringa, inglesa y alemana.
En el suroeste de Asia, el asesinato en masa del pueblo palestino y la escalada regional en Medio Oriente resaltaron el carácter profundamente criminal del imperialismo estadounidense y europeo. El adefesio llamado «Estado de Israel» funciona históricamente como un enclave militar, un portaviones terrestre y un gendarme al servicio del capital financiero yanqui y de la Unión Europea para custodiar las mayores reservas de hidrocarburos del mundo y controlar las rutas marítimas estratégicas como el Canal de Suez. La agresión sistemática y el genocidio perpetrado contra las masas de Gaza y Cisjordania, extendido hacia el Líbano, no representan un conflicto de carácter religioso ni cultural, es un genocidio de ocupación y contrainsurgencia financiada directamente por los miles de millones de dólares en armamento de los Estados Unidos. A su vez, potencias imperialistas como Rusia y China, instrumentalizan la justa resistencia de los pueblos de la región apoyando a burgueses teocráticos locales como la República Islámica de Irán, buscando con ello socavar el poder yanqui, asegurar acuerdos de suministro energético a largo plazo y posicionar sus propios capitales en el golfo Pérsico.
El mar de China Meridional y el estrecho de Taiwán constituyen otro epicentro de la contradicción interimperialista con la pugna entre los Estados Unidos y el social-imperialismo chino. Desde la restauración del capitalismo tras la muerte de Mao Tse-Tung, la dirección del Partido Comunista de China transformó al país en una maquinaria capitalista hambrienta de poder económico, político y militar. En esa disputa regional Washington rodea militarmente las costas chinas mediante pactos bélicos y despliega su flota naval bajo la excusa de proteger la «libertad de navegación» y la independencia de Taiwán, un territorio estratégico indispensable para el control mundial de la industria de semiconductores y microchips. Pekín, por su parte, incrementa sus ejercicios bélicos de asedio, preparándose para una anexión forzosa que le permita consolidar su hegemonía en el océano Índico y el Pacífico. Este choque no es ideológico, es una abierta disputa imperialista por mercados, materias primas y fuerza de trabajo.
El continente africano también sufre una cadena de guerras sangrientas en forma de guerras civiles, golpes de Estado militares e intervenciones de mercenarios que asolan el Sahel (Mali, Burkina Faso y Niger), el Cuerno de África (Sudán, Etiopía, Eritrea y Somalia) y la República Democrática del Congo, entre otras en el continente. A esas guerras se suma, y es consecuencia directa, el drama humanitario de los desplazados que es causado en realidad por el hambre insaciable de las empresas imperialistas de occidente, chinas, rusas y europeas, que van tras el coltán, el cobalto, el litio, el oro y el uranio, materias primas indispensables para la llamada «transición energética» y la infraestructura digital.
El imperialismo francés y el estadounidense son expulsados políticamente de varias de sus antiguas colonias comerciales debido a la legítima rabia popular; no obstante, el vacío de poder es llenado de inmediato por el social-imperialismo chino, a través de créditos leoninos de infraestructura que atan las economías nacionales, y por el imperialismo ruso, que emplea su fuerza y equipos militares privados para subordinar a juntas militares locales a cambio de concesiones mineras directas. Los pueblos africanos ponen los muertos mientras las riquezas minerales emigran hacia las bóvedas de los bancos de Shanghái, Nueva York, Londres, Berlín, París y Moscú.
Y en América Latina, considerada históricamente por el imperialismo yanqui como su «patio trasero», la guerra se manifiesta a través de la militarización directa, la llamada «guerra contra el narcotráfico» y la violencia paramilitar orientada al despojo de tierras de comunidades campesinas e indígenas. Estas dinámicas operan para limpiar el terreno a favor de las empresas imperialistas que van tras el «triángulo del litio», el agua dulce de la Amazonía y los yacimientos petrolíferos de la región. Sin embargo, la hegemonía estadounidense es desafiada abiertamente por el capital chino que controla puertos estratégicos, centrales hidroeléctricas y redes de telecomunicaciones, convirtiéndose en el principal socio comercial de múltiples naciones sudamericanas, al tiempo que Rusia fortalece alianzas militares con regímenes de la región para establecer estaciones de inteligencia y vender equipamiento militar.
Ante este panorama, donde la burguesía demuestra que prefiere destruirlo todo antes que ceder sus privilegios de clase, los sectores pacifistas de la pequeña burguesía levantan las banderas de la paz y la resistencia pacífica, implorando a la ONU, que no es más que una cueva de ladrones imperialistas, que dicte resoluciones abstractas de paz, una ilusión burguesa peligrosa que desarma ideológicamente al proletariado. Bajo el capitalismo, la paz verdadera es imposible; las declaraciones pacifistas de los gobernantes de las potencias imperialistas son el velo hipócrita con el cual ocultan sus presupuestos militares de preparación para mayores confrontaciones.
La única fuerza histórica capaz de detener la Tercera Guerra Mundial y salvar la vida en el planeta es la clase obrera internacional en alianza directa con los campesinos y los pueblos oprimidos del mundo. La consigna revolucionaria frente a la conflagración imperialista que se avecina no debe ser la defensa de las fronteras nacionales burguesas, ni el alineamiento con el «bloque menos malo». Elegir entre el imperialismo yanqui-europeo o el bloque social-imperialista chino-ruso es elegir el método de nuestra propia ejecución. La verdadera tarea histórica consiste en transformar la guerra imperialista de rapiña en guerra revolucionaria de clases.
Esto significa que el enemigo principal de los obreros no es el trabajador del país vecino, así esté vestido con uniforme camuflado; el enemigo principal del proletariado es su propia burguesía y los monopolios imperialistas que se enriquecen con la producción de misiles y el saqueo semicolonial. Los pueblos del mundo tienen la responsabilidad directa e ineludible de sabotear los preparativos bélicos de los opresores. Esto se concreta mediante acciones políticas de masas:
Huelgas obreras en las fábricas de armamento para paralizar el suministro logístico de las potencias belicistas.
Boicot activo y bloqueos en los puertos marítimos y terminales de transporte por parte de los sindicatos y en general de la clase obrera, impidiendo el despacho de insumos para la guerra y municiones hacia los frentes regionales.
Agitación y propaganda revolucionaria entre la juventud obrera y popular, negándose a servir de carne de cañón en defensa de los intereses de los enemigos del pueblo.
Rechazo y expulsión de las bases militares extranjeras yanquis, rusas o chinas de los territorios de las naciones oprimidas.
Avanzar en los procesos de guerra popular en India, Filipinas y Turquía y generalizarla en todos los países hacia la preparación de guerras revolucionarias.
La lucha contra la posibilidad de una catástrofe mundial, está unida de manera indisoluble a la destrucción del Estado burgués y a la construcción del Socialismo en el camino hacia el Comunismo en toda la tierra. Solo la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y la instauración de una economía planificada por y para la clase productora, liquidará de raíz la necesidad de las potencias de invadir y saquear. El dilema que la historia actual plantea a la humanidad no admite posturas a medias o neutrales, o el imperialismo devora el planeta en una conflagración nuclear mundial, o la revolución proletaria destruye al imperialismo.
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