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LA ANTÁRTIDA TAMBIÉN ARDIÓ

Carbón recuperado del fondo marino revela un bosque templado junto al Polo Sur hace 90 millones de años

Representación artística de los incendios estacionales en las turberas de esfagno ricas en helechos y en los bosques pluviales templados de la Antártida Occidental durante el Cretácico Superior. Crédito: J. McKay

Guillermo Carvajal
Labrujulaverde.com/13 Oct, 2026

Un fragmento de carbón vegetal de apenas unos milímetros, rescatado del fondo marino de la Antártida Occidental, ha permitido saber qué árboles ardían hace unos 90 millones de años en un bosque templado cercano al Polo Sur. El estudio describe además la turbera de musgo más antigua conocida entre las que acabaron convertidas en carbón.

Cuesta imaginar la Antártida con incendios forestales. Hoy es un continente cubierto de hielo, con un frío que conserva casi intacto lo que cae sobre él. Hace 90 millones de años, en pleno Cretácico, la escena era muy distinta. El planeta vivía uno de sus periodos más cálidos de los últimos 140 millones de años, no había casquetes de hielo y en el oeste del continente crecía un bosque templado y húmedo, con coníferas, helechos arborescentes y algunas plantas con flores.

Ese bosque se conoce porque en 2017 el rompehielos de investigación Polarstern, del Instituto Alfred Wegener (AWI), llevó a la bahía de Pine Island, en el mar de Amundsen, una perforadora de fondo marino que sacó un testigo de sedimento de 30 metros de largo. El punto exacto está en 73,57° sur y 107,09° oeste, con 946 metros de agua por encima. En el tramo inferior, bajo una arenisca del Eoceno, aparecieron unos tres metros de lodo oscuro con raíces, polen y esporas, rematados por una capa de lignito (un carbón joven, poco compactado) de solo cinco centímetros.

En 2020, un equipo dirigido por Johann Klages, geólogo marino del AWI, presentó en la revista Nature los primeros resultados sobre aquel suelo fosilizado. Según el propio instituto, los veranos de aquella selva polar podían alcanzar los 20°C, y las plantas aguantaban más de cuatro meses de noche continua porque el dióxido de carbono de la atmósfera era al menos cuatro veces mayor que el actual. En 2024 llegó otro hallazgo en el mismo testigo, el llamado ámbar de Pine Island, el más austral del mundo, descrito en Antarctic Science por Klages y Henny Gerschel, de la Universidad Técnica de Freiberg.Ubicación del emplazamiento de perforación PS104 20-2 (marcado con un círculo rojo). Crédito: U. Salzmann et al. 2026.

Un trocito de carbón vegetal y los detectives de la madera

La pregunta que quedaba por responder era si aquel bosque también ardía. Un equipo internacional firmado en primer lugar por Ulrich Salzmann, catedrático de Paleoecología de la Universidad de Northumbria (Reino Unido), volvió sobre el mismo testigo con esa cuestión en mente, y la respuesta fue afirmativa. Había carbón vegetal en toda la secuencia, tanto en partículas microscópicas (menos de 125 micras, una octava parte de milímetro) como en trozos mayores, y su cantidad aumentaba hacia las capas superiores. Muchos fragmentos pasaban de medio milímetro, demasiado grandes para haber viajado lejos con el viento, de modo que el fuego se producía cerca del lugar donde hoy está el sondeo.

Faltaba saber qué se quemaba. De eso se encargaron Immo Heinz y Sergej Kaschuro, del Instituto Thünen de Investigación de la Madera, en Hamburgo. Es el mismo centro que, a diario, comprueba con el microscopio si un cargamento de madera tropical es lo que dice el albarán, dentro de un servicio creado en 2013 para ayudar a aplicar la normativa europea contra la tala ilegal. Esta vez el material venía del Cretácico. Según la nota del Instituto Thünen, lo más difícil fue conseguir una imagen aprovechable de partículas tan pequeñas. Heinz, especialista en maderas de coníferas, lo resume así: Cuando lo logré, supe enseguida de qué madera se trataba.

Las muestras (una de la capa de lignito y otra del lodo situado debajo) se examinaron con un microscopio digital y con uno electrónico de barrido. Las células de la madera conservaban dos rasgos característicos de las podocarpáceas, una familia de coníferas del hemisferio sur: unos poros con borde en las paredes celulares y una disposición de los poros de conexión con aspecto de ventanita. Entre sus parientes actuales figuran el pino de Huon (Lagarostrobos franklinii) y el pino plateado (Manoao colensoi), que crecen en suelos encharcados y turbosos de Tasmania y Nueva Zelanda. Las podocarpáceas, además, aportan entre el 34 % y el 61 % del polen y las esporas de esa época, así que eran árboles dominantes del bosque regional.

Fuegos de baja temperatura, no erupciones

La madera quemada guarda una pista sobre el calor que soportó. Cuanto más intenso es el fuego, más reflectante resulta el carbón vegetal al verlo al microscopio, y de esa propiedad se deduce la temperatura. En este caso salen entre 370 y 400 °C, propios de incendios de superficie que avanzan a ras de suelo y no de grandes incendios de copas. A eso se suman los hidrocarburos aromáticos policíclicos, restos químicos parecidos al hollín que deja cualquier combustión incompleta, y cuya concentración crece junto con el carbón vegetal. La combinación indica, según los autores, que los incendios eran más frecuentes que intensos.


Fotomicrografías de fósiles seleccionados de la capa de lignito. Crédito: U. Salzmann et al. 2026

La cifra importa por el contraste con otros yacimientos antárticos. En las islas Shetland del Sur, junto a la península Antártica, se han descrito maderas carbonizadas de podocarpáceas enterradas entre capas de ceniza volcánica, con fuegos que pudieron llegar a los 900 °C. Allí se ha propuesto que los incendios los prendían las erupciones, pero en la zona de Pine Island la hipótesis volcánica no encaja. El indicio de actividad volcánica del Cretácico más próximo está en los montes Jones, a unos 400 kilómetros del sondeo, y los fuegos que reflejan los sedimentos son demasiado suaves para haber nacido de flujos piroclásticos. Los autores descartan por eso el vulcanismo como causa principal.

Entonces, ¿qué los provocaba? El artículo no señala una chispa concreta. Recuerda que en los bosques actuales de latitudes altas la fuente natural más habitual son los rayos, y propone que el clima favorecía un régimen estacional de incendios. Habría influido una atmósfera con más oxígeno que la actual, que facilita la combustión, junto con fuertes cambios de temperatura entre estaciones y, quizá, lluvias de tipo monzónico. El polen fósil permite estimar unos 1.120 milímetros de precipitación al año, una cifra parecida a la de Bilbao, que no es poca. Aun así, si las lluvias se concentraban en invierno, los pantanos costeros podían secarse lo bastante en verano como para arder.

Hay otro detalle que cuadra con el ámbar de 2024. Los fuegos de superficie dañan la corteza de los árboles, y los árboles heridos segregan más resina. El ámbar suele aparecer asociado al carbón vegetal fósil, y en este testigo está justo en la capa de lignito superior, donde el carbón vegetal es más abundante.

La turbera de musgo más antigua que acabó en carbón

Los incendios no ocurrían en un paisaje fijo. El polen y las esporas del testigo muestran que, en la parte inferior, dominaba un pantano arbolado junto a un río, con un tipo de polen (Nyssapollenites) que recuerda al del tupelo norteamericano, aunque se desconoce a qué planta actual está emparentado. Hacia arriba, ese bosque cede paso a una turbera de esfagno, un musgo que retiene mucha agua y acidifica el suelo, con abundantes helechos.

Las esporas de esfagno superan el 36% del total, y los análisis químicos indican un medio ácido (pH medio de 4,3), como el de las turberas elevadas de hoy. Los autores lo describen como un proceso de relleno gradual (los especialistas hablan de terrestrialización): una zona encharcada va acumulando restos vegetales hasta convertirse en turbera. En la cornisa cantábrica y en Galicia quedan buenos ejemplos de ese tipo de ecosistema.

Según el estudio, es la prueba más antigua de una turbera de esfagno formadora de carbón. La anterior se conocía en el lignito de Schöningen, en el noroeste de Alemania, en la región minera de Helmstedt, con unos 55 millones de años (Eoceno inferior). Es el lugar al que muchos asocian las lanzas de madera de hace unos 300.000 años, y el carbón de allí es treinta y cinco millones de años más joven que el de la Antártida.

Volvamos a esa cifra. Hasta ahora se pensaba que el esfagno del hemisferio sur descendía de especies boreales y subárticas, y que se había expandido de forma tardía, hacia el Mioceno. Un musgo formador de turba en la Antártida del Cretácico choca con esa idea, y los autores sostienen que la pone en cuestión.

La secuencia guarda parecidos con la de Schöningen, donde el aumento del esfagno también coincide con más carbón vegetal y menos biodiversidad, algo esperable en un suelo cada vez más ácido y pobre en nutrientes. En el valle de Latrobe (Australia), en carbones pardos del Oligoceno al Mioceno, se han descrito vínculos parecidos entre la sucesión de bosque a turbera y la actividad de los incendios. Según el estudio, el fuego mantenía el entorno abierto al frenar el crecimiento de los árboles y favorecer a los helechos, y facilitaba así el desarrollo de la turbera. Los autores lo comparan con lo que se observa en humedales del norte en los últimos 10.000 años.

El estudio deja varias preguntas sin respuesta. La datación del testigo, basada en polen y en la inversión del campo magnético terrestre, sitúa la secuencia entre 92 y 83 millones de años, un margen muy amplio. Con ese margen no se puede saber cuánto tiempo abarcan los cambios de pantano a turbera. Los autores señalan que el bosque regional de podocarpáceas y araucarias se mantiene casi igual durante todo el registro, lo que apunta a un clima estable, y que el cambio local se explicaría por la acumulación de turba y por el agua disponible. Sugieren que una variación del nivel del mar en una costa cercana pudo haber desencadenado el proceso, pero lo plantean solo como posibilidad.

Tampoco todos los indicadores químicos coinciden. Ciertos cocientes de hidrocarburos que suelen delatar la presencia de esfagno no reflejan en este caso el máximo de esporas, algo que los autores atribuyen al aporte de plantas superiores. La presencia del musgo se apoya sobre todo en las esporas. Y queda abierta la cuestión del origen de la chispa. Descartadas las erupciones como causa principal, el equipo de Salzmann no ha podido señalar qué prendía aquellos incendios de superficie en un bosque tan húmedo, a pocos cientos de kilómetros del polo.

Una versión de este artículo también está disponible en inglés: Read this article in English

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FUENTES


Salzmann, U., Bauersachs, T., Klages, J.P. et al. Co-evolution of wildfires and early Sphagnum-peatlands near the Cretaceous South Pole. Commun Earth Environ 7, 715 (2026). https://doi.org/10.1038/s43247-026-03959-1

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