La memoria no es una concesión a los pueblos originarios. Es una exigencia de justicia histórica
La conmemoración de cualquier genocidio degrada a todo gobierno, estado o pueblo que lo celebre, aunque lo disfracen de encuentro de dos mundos, de hermanamiento, de fraterno aniversario
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Redacción
Kaosenlared.net/12 de octubre de 2026
Cada 12 de octubre, el Estado español celebra su Fiesta Nacional con desfiles militares, banderas y símbolos de una historia que todavía necesita ser revisada. Bajo la retórica de una supuesta empresa civilizadora, permanece una realidad que ninguna celebración puede borrar: la conquista de América estuvo marcada por matanzas, esclavización, despojo territorial y una violencia que arrasó pueblos y culturas enteras.
Millones de indígenas murieron durante el proceso de colonización. La población originaria sufrió una devastación extraordinaria y numerosas sociedades fueron destruidas o transformadas violentamente.
La conquista: sangre, esclavitud y destrucción
La expansión colonial no se limitó a ocupar territorios. Supuso someter a sus habitantes, apropiarse de sus recursos y transformar radicalmente sus sociedades. Las resistencias indígenas fueron reprimidas mediante campañas militares, castigos colectivos y matanzas. La esclavitud y otras formas de trabajo forzado sometieron a centenas de miles de personas a condiciones extremas, mientras la extracción de metales preciosos y otros recursos alimentaba las riquezas del imperio.
La evangelización acompañó a la conquista y se impuso sobre las creencias y culturas preexistentes. Templos, símbolos y conocimientos fueron destruidos o perseguidos; las lenguas y costumbres originarias quedaron sometidas a políticas de asimilación. La imposición religiosa formó parte de un proceso de dominación que pretendía reorganizar la vida de las poblaciones conquistadas.
La violencia fue un instrumento central de la conquista y del mantenimiento del orden colonial.
Hablar de genocidio en relación con estos procesos significa reconocer la destrucción de poblaciones indígenas mediante matanzas y otras prácticas dirigidas contra ellas.
El saqueo colonial y la riqueza imperial
El oro y la plata extraídos de América, junto con otros recursos y el trabajo de las poblaciones sometidas, alimentaron la economía imperial y las redes comerciales internacionales. Aquella riqueza tuvo un coste humano enorme, soportado principalmente por quienes fueron despojados de sus territorios y de su capacidad para decidir sobre sus propias vidas.
La conquista también alteró sistemas agrícolas, redes comunitarias, estructuras políticas y conocimientos transmitidos durante generaciones. Pueblos enteros desaparecieron como comunidades diferenciadas; otros sobrevivieron mediante la resistencia, la adaptación y la defensa de sus identidades.
La independencia de los países americanos tampoco reparó automáticamente el despojo. En muchos lugares, las poblaciones indígenas continuaron sometidas a la exclusión, la discriminación y la pérdida de tierras. Las nuevas estructuras estatales reprodujeron, en ocasiones, relaciones de poder que relegaron a las comunidades originarias y favorecieron la concentración de la propiedad.
El colonialismo no pertenece únicamente al pasado
Hoy, numerosas comunidades indígenas de América siguen defendiendo sus territorios frente a actividades extractivas, explotaciones forestales, proyectos energéticos y otras iniciativas que amenazan sus formas de vida. Denuncian la contaminación de sus aguas, la destrucción de ecosistemas, la apropiación de tierras y la insuficiente protección de sus derechos.
Pueblos como los wichí y los qom en Argentina y Paraguay, así como numerosas comunidades amazónicas y mesoamericanas, continúan reclamando autonomía, reconocimiento y capacidad de decisión sobre sus territorios. Sus luchas recuerdan que la conquista no convirtió a los pueblos originarios en una realidad del pasado.
Las empresas transnacionales intervienen en un escenario en el que los intereses económicos pueden entrar en conflicto con los derechos colectivos y la protección ambiental. Cuando la rentabilidad se antepone a la vida de las comunidades, cuando el desplazamiento se presenta como un coste inevitable del desarrollo y cuando quienes defienden sus territorios sufren amenazas o violencia, vuelve a plantearse una cuestión fundamental: ¿Quién decide sobre la tierra y quién paga el precio de su explotación?
La persistencia del despojo territorial, el racismo y la desigualdad obliga a examinar las continuidades históricas y las nuevas formas de dominación económica.
El orden internacional tampoco es ajeno a estos problemas. Las políticas de endeudamiento, los programas de ajuste y las condiciones impuestas por organismos financieros han sido cuestionados por sus efectos sociales en distintos países latinoamericanos. La precarización laboral, el debilitamiento de los servicios públicos y la concentración de la riqueza forman parte de conflictos contemporáneos que deben analizarse atendiendo a sus causas y responsables concretos.
La denuncia anticolonial no consiste en atribuir todos los males presentes a un único acontecimiento histórico. Consiste en comprender cómo se construyeron determinadas desigualdades, cómo se transformaron y qué intereses contribuyen a perpetuarlas.
La memoria de los vencidos también es historia
El 12 de octubre no puede reducirse a una fiesta nacional mientras se relegan las consecuencias humanas de la conquista. Ningún desfile, bandera o discurso de «hermandad» puede sustituir el reconocimiento del genocidio, la esclavitud el despojo y la destrucción de pueblos enteros.
La memoria no es una concesión a los pueblos originarios. Es una exigencia de justicia histórica. Y la justicia no se alcanza cambiando las palabras con las que se presenta el pasado, sino investigando los hechos, reconociendo las responsabilidades y reparando, en la medida de lo posible, las consecuencias del despojo.
El genocidio de los pueblos originarios no se celebra
El 12 de octubre y su celebración huele a muerte de indígenas, a desolación, a crímenes, a torturas salvajes, a violaciones de los más elementales derechos humanos, a la destrucción de selvas enteras, a esclavitud, a reyes corruptos, a políticos palanganeros de un régimen que somete a su pueblo en la actualidad a la peor de las miserias, al desempleo masivo, al hambre, que oculta y protege a los mayores torturadores vivos del franquismo, negándose a entregarlos a la justicia argentina para que sean juzgados por sus aberraciones criminales.
La conmemoración de cualquier genocidio degrada a todo gobierno, estado o pueblo que lo celebre, aunque lo disfracen de encuentro de dos mundos, de hermanamiento, de fraterno aniversario. La sangre que sale de las baldosas de la historia los delata, los condena a llevar para siempre, por los siglos de los siglos, el estigma de criminales de lesa humanidad.
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