UN RAYO DE ESPERANZA: RESISTENCIAS POPULARES CONTRA TRUMP Y SU ORDEN MUNDIAL
El poder de Donald Trump no debe medirse únicamente en función de las decisiones que se toman en la Casa Blanca, también hay que fijarse en quiénes se le oponen
Imagen E.O con nano banana 2
Eric Toussaint
Sinpermiso.info
Como hemos visto en el artículo «Las poderosas resistencias populares internas en Estados Unidos frente a Trump», Estados Unidos no constituye un bloque homogéneo que respalde a su presidente. Desde 2017 decenas de millones de personas han participado en movilizaciones contra el trumpismo, contra el racismo, contra la violencia policial, contra el capitalismo, a favor de los derechos de las mujeres, de los derechos de las personas migrantes, en defensa del clima, de los derechos sociales y sindicales, de la democracia y cada vez más, en solidaridad con el pueblo palestino. Estas resistencias constituyen una dimensión esencial de la realidad política de Estados Unidos.

Pero sería un error pensar que la resistencia a Trump se limita a las fronteras de Estados Unidos.
Donald Trump representa una forma especialmente brutal y espectacular de políticas que bajo diferentes formas están en marcha en numerosas regiones del mundo: concentración de la riqueza, ataques contra los derechos sociales, austeridad, autoritarismo, racismo, militarización, dominación imperialista, destrucción del medio ambiente, cuestionamiento de los derechos de las personas migrantes, homofobia, ataques contra los logros feministas, fortalecimiento de los partidos neofascistas y apoyo a las guerras libradas por Estados aliados de las grandes potencias.
Por eso, las resistencias contra Trump no adoptan necesariamente la forma de manifestaciones que llevan su nombre. En muchos países las poblaciones luchan contra sus propios gobiernos, sus propias clases dominantes y las políticas impuestas por las instituciones financieras internacionales. Defienden sus territorios frente a las multinacionales mineras o petroleras, sus servicios públicos frente a las privatizaciones, sus salarios frente a la austeridad, sus libertades democráticas frente a los regímenes autoritarios, así como los logros feministas y LGBTQI+. Se manifiestan a favor de Palestina y en contra de la complicidad de sus propios gobiernos con Israel.
Existe, por tanto, una multitud de resistencias que sin estar coordinadas en torno a un mismo programa, se oponen a diferentes dimensiones del mismo orden capitalista mundial.
Este artículo no pretende hacer un inventario de todas estas luchas, tal empresa sería imposible. Se trata más bien de recordar una realidad que a menudo se oculta: los pueblos no se quedan de brazos cruzados ante el auge del autoritarismo, el militarismo, el neoliberalismo y el neofascismo. Se resisten. Y pueden ganar.
El poder de la calle: la gran ola mundial de 2019
El año 2019 estuvo marcado por una ola excepcional de movilizaciones populares. Desde Chile hasta Ecuador, desde Colombia hasta el Líbano e Irak, desde Sudán hasta Argelia, desde Hong Kong hasta otras regiones del mundo, millones de personas salieron a la calle.
Las causas eran diversas: subida del precio del transporte, austeridad, corrupción, desigualdades sociales, desempleo, autoritarismo, privatizaciones, deterioro de las condiciones de vida o rechazo a un sistema político considerado como usurpado por las clases dirigentes. Pero en todas partes se repetía la misma idea: la población puede recuperar la voz y cuestionar decisiones que se presentan como inevitables.
A los levantamientos sociales en América Latina, Oriente Medio, África y Asia se suman las huelgas escolares y las movilizaciones masivas de la juventud en favor de la justicia climática (véase más adelante). Ese mismo año las movilizaciones feministas también alcanzaron una dimensión internacional, desde América Latina hasta Europa, con las huelgas feministas del 8 de marzo y las luchas contra la violencia de género y a favor de los derechos reproductivos, estos movimientos ponen de manifiesto el surgimiento de una contestación mundial que va mucho más allá de las meras reivindicaciones económicas y sociales.
Esta ola de 2019 se vio bruscamente interrumpida o frenada por la pandemia de la COVID-19. Sin embargo, no ha desaparecido, las mismas frustraciones han retornado bajo otras formas en los años siguientes.
De Black Lives Matter a una protesta mundial contra el racismo
Otra dinámica importante surgió con el movimiento Black Lives Matter. Nacido en Estados Unidos, este movimiento adquirió una dimensión internacional tras el asesinato de George Floyd en mayo de 2020. A raíz de ello se organizaron manifestaciones en decenas de países. Esta internacionalización no es sorprendente.
El asesinato de George Floyd suscitó una identificación inmediata entre poblaciones que también se enfrentan al racismo, a la discriminación, a la violencia policial o al legado del colonialismo. Tanto en Londres como en París, en Bruselas como en Berlín, en Sídney como en Toronto, en São Paulo como en Ciudad del Cabo, los manifestantes afirmaban que la lucha contra el racismo no era una cuestión exclusiva de los Estados Unidos.
Así, Black Lives Matter ha contribuido a que se plantee a escala mundial una misma pregunta: ¿cuáles son las formas de racismo que estructuran nuestras sociedades? ¿Cómo se relaciona la violencia policial con las desigualdades sociales? ¿Qué papel desempeñan la esclavitud, el colonialismo y el imperialismo en la construcción del mundo contemporáneo?
El movimiento estadounidense ha tenido un impacto que trasciende con creces a su país de origen. También ha contribuido a reforzar las convergencias entre diferentes luchas: el antirracismo, el feminismo, la lucha contra la violencia policial, la defensa de las personas migrantes y la crítica al imperialismo.
La juventud mundial y la lucha por el clima
Estos movimientos son especialmente importantes porque cuestionan directamente la lógica económica dominante
Otra fuente de esperanza son las movilizaciones ecologistas. Desde finales de la década de 2010 millones de jóvenes han participado en huelgas escolares y manifestaciones por el clima que alcanzaron su punto álgido en septiembre de 2019, con millones de manifestantes en todo el mundo. En total, las estimaciones disponibles hablan de entre 6 y 7,6 millones de personas en 185 países durante la semana del 20 al 27 de septiembre de 2019. Un estudio universitario confirma la cifra de 7,6 millones de participantes en 185 países[1] . Las movilizaciones de Fridays for Future, las marchas por el clima y otros movimientos han contribuido a convertir la cuestión climática en un tema político mundial.
Estos movimientos son especialmente importantes porque cuestionan directamente la lógica económica dominante. El problema no es simplemente la falta de voluntad política de algunos gobiernos, reside también en el poder de las grandes empresas de combustibles fósiles, en las decisiones de inversión de los bancos, en la búsqueda permanente de la rentabilidad y en un modelo económico basado en la extracción creciente de recursos naturales.
En los países del Sur esta contestación suele adoptar formas aún más directamente sociales. Las poblaciones campesinas, indígenas y urbanas luchan contra los proyectos mineros, petroleros, de gas o hidroeléctricos que destruyen sus territorios. Defienden sus tierras, sus bosques, su agua y sus medios de subsistencia. La justicia climática se vuelve entonces indisociable de la justicia social.
Esta convergencia fue especialmente visible durante la COP30 celebrada en Belém, Brasil, en noviembre de 2025. Se organizaron más de un centenar de manifestaciones y actos en 27 países con motivo de una jornada mundial de acción por la justicia climática. Las reivindicaciones se centraron también en las desigualdades económicas, el racismo medioambiental y la impunidad de las grandes empresas.
La resistencia ecológica no consiste únicamente en pedir a los gobiernos que reduzcan sus emisiones, cuestiona la distribución mundial de la riqueza y plantea una pregunta fundamental: ¿quién debe pagar el coste de la crisis climática? Pone de relieve la problemática de la deuda ecológica y son precisamente las poblaciones que menos han contribuido al cambio climático las que a menudo sufren sus consecuencias más graves.
Palestina: una movilización mundial sin precedentes
La magnitud de la represión también pone de manifiesto la importancia política que los gobiernos otorgan a estos movimientos
La solidaridad con el pueblo palestino constituye una de las expresiones más poderosas de esta resistencia mundial. Desde octubre de 2023 millones de personas se han manifestado en numerosos países para denunciar la destrucción de Gaza, exigir un alto el fuego, pedir el fin de la ocupación y denunciar el apoyo político, diplomático, financiero y militar que Estados Unidos y numerosos gobiernos prestan a Israel.
Esta movilización destaca por su carácter internacional. Se han organizado manifestaciones masivas en Londres, París, Berlín, Madrid, Roma, Bruselas, Dublín y en muchas otras ciudades europeas. También han tenido lugar en África, Asia, América Latina, América del Norte y en el mundo árabe. Los movimientos estudiantiles han ocupado los campus universitarios. Los sindicatos han tomado posición. Asociaciones, organizaciones feministas, ecologistas y antirracistas han integrado la solidaridad con Palestina en sus propias luchas.
Los datos disponibles confirman que no se trata de una sucesión de manifestaciones aisladas. Las movilizaciones a favor de Palestina han constituido un auténtico movimiento mundial. Esta movilización posee un significado político considerable, cuestionando la idea de que el apoyo a Israel sea una postura aceptada de forma unánime por las sociedades occidentales al mismo tiempo que pone de manifiesto una profunda fractura entre una parte importante de los gobiernos y una parte de su población.
Esto es especialmente visible entre las generaciones jóvenes. En numerosas universidades occidentales la comunidad estudiantil ha ocupado edificios, organizado acampadas y exigido que sus centros dejen de invertir en empresas que participan en la economía de guerra israelí. Estas movilizaciones han sido muchas veces duramente reprimidas y en varios países los gobiernos han intentado limitar las manifestaciones, criminalizando ciertas formas de solidaridad con Palestina.
Pero la magnitud de la represión también pone de manifiesto la importancia política que los gobiernos otorgan a estos movimientos. En 2025 y 2026 la defensa de los derechos palestinos y las manifestaciones de solidaridad con Palestina siguieron siendo objeto de restricciones, detenciones y prohibiciones de manifestarse en varios países occidentales.
En la región árabe, lo que los pueblos denuncian ante todo en las calles es la colaboración de sus gobernantes con Israel, instrumento del imperialismo estadounidense que busca eliminar la cuestión palestina, símbolo histórico de la lucha de los pueblos.
Esta resistencia va más allá de los movimientos populares. En julio de 2025 treinta Estados reunidos en Bogotá en el marco del Grupo de La Haya adoptaron medidas coordinadas destinadas a hacer respetar el derecho internacional y aumentar la presión sobre Israel. Se trata de un avance importante: la resistencia a la impunidad israelí ya no se manifiesta únicamente en las calles, sino también en los Estados del Sur y en ciertos gobiernos que se niegan a seguir la política de Washington.
La solidaridad con Palestina constituye una de las principales expresiones contemporáneas del internacionalismo popular, recordándonos que un pueblo puede estar aislado diplomáticamente y sin embargo, no estarlo en las sociedades del mundo.
Los pueblos contra la austeridad y el neoliberalismo
Estos movimientos tienen un punto en común: rechazan la usurpación del poder por parte de las clases dominantes que pretenden gobernar sin rendir cuentas a la población
Junto a las movilizaciones internacionales por el clima o por Palestina, una multitud de movimientos populares luchan contra las políticas económicas neoliberales. Adoptan formas diferentes según el país; en América Latina las grandes movilizaciones en Argentina (en 2024-2026 contra Milei, seguidor de Trump), en Bolivia en 2026 y en otros países, han demostrado que la población puede rechazar las políticas de austeridad, las subidas de precios, las privatizaciones o las reformas que agravan las desigualdades.
En África se han producido en los últimos años numerosas movilizaciones en torno al coste de la vida, los servicios públicos, la corrupción, las reformas constitucionales y las políticas económicas impuestas o respaldadas por las clases dirigentes nacionales y las instituciones internacionales.
También en Asia las movilizaciones populares han adquirido una magnitud considerable. En 2025 los movimientos juveniles conocidos como «Generación Z» desempeñaron un papel importante en varios países. En Nepal las manifestaciones provocaron la dimisión del primer ministro y en Indonesia decenas de miles de personas se manifestaron contra las reformas que reforzaban el papel del ejército. En Filipinas decenas de miles de personas salieron a la calle contra la corrupción. Las movilizaciones de la juventud de la Generación Z también fueron importantes en 2025 en Marruecos (Gen Z 212), Kenia y Madagascar.
Estos movimientos son diferentes entre sí. No todos plantean las mismas reivindicaciones ni se sitúan unánimemente a la izquierda, pero mantienen un punto en común: rechazar la usurpación del poder por parte de las clases dominantes que pretenden gobernar sin rendir cuentas a la población. Se trata de una tendencia especialmente importante entre las generaciones jóvenes. Una nueva generación se niega a considerar la corrupción, los privilegios, el autoritarismo y la precariedad como realidades a las que simplemente deben adaptarse.
La resistencia a la deuda y a la dominación financiera
Las luchas contra la deuda no son una cuestión técnica reservada a los economistas. Detrás de cada programa de austeridad hay decisiones políticas
La cuestión de la deuda constituye otro ámbito de resistencia. En los países del Sur la población sufre las consecuencias de unas políticas presupuestarias que dan prioridad al pago de la deuda en lugar de a la financiación de los servicios públicos. Los drásticos recortes en los presupuestos de los servicios públicos y el gasto social también afectan a las clases populares de los países más industrializados. La lucha contra la austeridad y la lucha contra la deuda ilegítima están, por tanto, estrechamente relacionadas.
En 2025 organizaciones y movimientos sociales de África, Asia, América Latina y otras regiones organizaron una semana mundial de acción en torno a consignas como la cancelación de la deuda y el fin de las políticas de austeridad impuestas por los acreedores con la complicidad de los gobiernos. Esta movilización demuestra que las luchas contra la deuda no son una cuestión técnica reservada a los economistas, detrás de cada programa de austeridad hay decisiones políticas: menos dinero para los hospitales, menos dinero para la educación, recorte de subvenciones, privatizaciones, aumento de los precios de los servicios esenciales. Y detrás de cada deuda se plantean las preguntas: ¿quién debe a quién? ¿Quién debe pagar?
La lucha por la cancelación de las deudas ilegítimas se une así a la lucha por la justicia climática, ya que los países del Sur se enfrentan a menudo simultáneamente al peso de la deuda y a las consecuencias más graves del cambio climático.
Las resistencias no son solo económicas
Sin embargo, sería simplista considerar estos movimientos como meras reacciones a la pobreza o a la austeridad. Una parte importante de las resistencias contemporáneas también gira en torno a la democracia.
En África, Asia, Europa y América Latina, la población se moviliza contra las modificaciones constitucionales destinadas a prolongar el poder de los dirigentes, contra el fraude electoral, contra la corrupción y contra la concentración de poder. En 2025 estallaron manifestaciones en más de setenta países en torno a la corrupción, los excesos autoritarios y las dificultades económicas. La democracia no es una cuestión secundaria, se ha convertido en un importante campo de confrontación.
La población se niega cada vez más a que el poder político sea acaparado por dirigentes que pretenden encarnar por sí solos a la nación y que buscan debilitar a los contrapoderes, los sindicatos, la prensa independiente, las asociaciones y los movimientos sociales.
También en este ámbito el trumpismo constituye una expresión especialmente brutal de una tendencia más general.
Las resistencias contra la oligarquía y el acaparamiento de territorios
Otra dimensión de las resistencias contemporáneas se refiere al control de los territorios y los bienes comunes por parte de intereses privados. Albania ofrece un ejemplo significativo en 2026: durante varios meses movilizaciones masivas se opusieron a proyectos inmobiliarios de lujo respaldados por Jared Kushner e Ivanka Trump en la isla de Sazan y en zonas costeras protegidas. Los flamencos, amenazados por estos proyectos, se convirtieron en el símbolo del movimiento, apodado la «Revolución de los Flamencos». Los manifestantes denunciaron la falta de transparencia del Gobierno de Edi Rama, las modificaciones legislativas que permitían construir en espacios protegidos y en términos más generales, la puesta a disposición del territorio albanés en beneficio de inversores extranjeros. El lema «Albania no está en venta» resume bien la naturaleza de esta movilización. No se trata de un movimiento dirigido únicamente contra la familia Trump, expresa el rechazo a que un país, sus tierras, sus paisajes y sus bienes comunes, sean considerados mercancías susceptibles de ser cedidas al mejor postor.
Lo que hace que este episodio resulte simbólico es precisamente el hecho de que los intereses de la familia Trump se vean directamente cuestionados en un país que mantiene estrechas relaciones con Estados Unidos. La protesta popular no se detiene en las fronteras del adversario designado, puede surgir en cualquier lugar donde una población considere que su territorio se le escapa en beneficio de una oligarquía nacional o internacional.
Gaza y Cisjordania: resistir es también quedarse
Quedarse, reconstruir y transmitir la tierra a las generaciones venideras constituyen una forma de resistencia política que hay que apoyar
La resistencia palestina constituye otra dimensión esencial en esta historia. Desde octubre de 2023 la población de Gaza ha sido víctima de la política genocida llevada a cabo por el Gobierno israelí, ha sufrido desplazamientos repetidos y la destrucción de gran parte de sus infraestructuras. Sin embargo, a pesar de estas condiciones el pueblo palestino sigue reivindicando su derecho a permanecer en su tierra y reconstruir allí sus vidas.
Esta voluntad adquiere un significado especial cuando se compara con los proyectos formulados por Donald Trump. En febrero de 2025 Trump propuso tomar el control de Gaza, desplazar a la población palestina y transformar el territorio en una «Riviera de Oriente Medio», llegando incluso a afirmar que los palestinos no deberían poder regresar necesariamente allí. El proyecto no desapareció con esas primeras declaraciones, en documentos elaborados en el entorno de la Administración Trump se barajaron diferentes escenarios de «reubicación voluntaria» de la población de Gaza al tiempo que se presentaba la reconstrucción del territorio bajo una forma de tutela y como un gigantesco proyecto económico e inmobiliario. La lógica es reveladora, detrás del vocabulario de la reconstrucción, el desarrollo y la prosperidad se esconde la cuestión fundamental: ¿quién habitará esta tierra y quién controlará el territorio?
En Cisjordania las comunidades palestinas sufren agresiones repetidas y cada vez más violentas, mientras que la expansión de los asentamientos amenaza la continuidad territorial de un futuro Estado palestino. En este contexto, quedarse se convierte en sí mismo en un acto de resistencia.
Esta voluntad de quedarse es impresionante. Frustra los planes que pretenden resolver la cuestión palestina eliminando a su población del territorio y se opone al discurso según el cual Gaza podría transformarse en una zona inmobiliaria de lujo una vez despojada de su población. También se opone al argumento de la colonización y la anexión, cuyo objetivo es hacer progresivamente imposible la presencia palestina en una parte cada vez mayor de Cisjordania.
Esa misma determinación de «quedarse» se observa en el sur del Líbano. Tras el alto el fuego del 27 de noviembre de 2024 decenas de miles de habitantes regresaron, a menudo a pie, a pueblos fronterizos devastados por los bombardeos israelíes. La nueva agresión israelí de 2026 provocó nuevos desplazamientos pero también nuevos retornos a pesar de la destrucción, los bombardeos y el mantenimiento de posiciones israelíes en territorio libanés. Así, colectivos de habitantes se niegan a aceptar la expulsión de sus poblaciones y reivindican el derecho a regresar a sus pueblos y reconstruirlos. Ante una agresión que pretende hacer inhabitables ciertas zonas, volver, quedarse y reconstruir constituyen actos de resistencia popular.
Permanecer, reconstruir y transmitir la tierra a las generaciones venideras constituyen una forma de resistencia política que hay que apoyar.
Resistencias en todos los rincones del planeta
La resistencia existe en las calles, en las universidades, en los barrios populares, en el campo, en los movimientos ecologistas, en los sindicatos y en los territorios ocupados. Surge así otra historia del mundo, ya no solo la de las grandes potencias que deciden, los gobiernos que negocian y los mercados que especulan, sino la de las poblaciones que se niegan a dejar que otros decidan por ellas.
Y esta resistencia adopta a veces una forma tan sencilla como esencial: decir «no», salir a la calle, defender un territorio o simplemente negarse a marcharse.
También en Ucrania, a pesar de la guerra y de la ley marcial, la población ha seguido movilizándose contra los abusos del poder. En julio de 2025 miles de personas salieron a las calles de Kiev, Leópolis, Odesa y otras ciudades para protestar contra una ley firmada por Volodímir Zelenski que reducía la independencia de las principales instituciones anticorrupción, la NABU y la SAPO. La movilización obligó al presidente a dar marcha atrás en su decisión. En julio de 2026 la destitución del ministro de Defensa Mykhailo Fedorov volvió a provocar manifestaciones, en particular contra la permanencia del comandante en jefe Oleksandr Syrskyi, acusado de utilizar métodos de mando obsoletos y de provocar graves pérdidas humanas. Tras varios días de movilizaciones Zelensky acabó destituyendo a Syrskyi. Estas movilizaciones demuestran que también en Ucrania, incluso en tiempos de guerra, una parte de la población se niega a que la exigencia de la defensa nacional sirva de justificación para el debilitamiento de los contrapesos o la ausencia de control democrático sobre el poder.
En Israel soldados y reservistas se niegan a participar en operaciones militares, mientras que movilizaciones más amplias cuestionan la política de Netanyahu y defienden el Estado de derecho, la independencia del poder judicial y la separación de poderes, en la línea de las grandes manifestaciones democráticas de 2023.
En China, donde la represión y la censura hacen que las movilizaciones sean mucho más difíciles de percibir, las resistencias sociales son numerosas. Adoptan principalmente la forma de conflictos locales de los trabajadores en torno a los salarios, los despidos y las condiciones laborales, pero también de movilizaciones de las clases populares que se enfrentan a las consecuencias de la especulación inmobiliaria. El modelo denominado «996» (trabajar de 9:00 a 21:00, seis días a la semana) sigue suscitando resistencias. Estas movilizaciones siguen siendo dispersas y no constituyen un movimiento político nacional, sin embargo su multiplicación sugiere que la contestación popular existe también en el seno de las grandes potencias que pretenden imponer su orden al resto del mundo.
La resistencia a Trump, a Putin, a los gobiernos europeos o a los dirigentes de otras grandes potencias no constituye, por tanto, una excepción: en todas partes, bajo diferentes formas, las poblaciones se niegan a sufrir sin reaccionar ante las políticas que se les imponen.
Las mujeres en el centro y al frente de las movilizaciones
Las movilizaciones feministas también han adquirido una dimensión internacional. En España las huelgas feministas del 8 de marzo han reunido en varias ocasiones a cientos de miles de personas y en Suiza, las grandes huelgas feministas de 2019 y 2023 tuvieron una magnitud comparable. En Irán la muerte en septiembre de 2022 de Jina Mahsa Amini, una joven kurda detenida por presunto incumplimiento de las normas impuestas sobre el uso del velo y fallecida mientras se encontraba bajo custodia, desencadenó el poderoso movimiento «Mujer, Vida, Libertad» en el que las mujeres se situaron al frente de la protesta contra el régimen.
Pero hay que destacar sobre todo que las mujeres están al frente de la mayoría de las movilizaciones populares mencionadas en este artículo. Participan masivamente en las luchas por la democracia y contra las dictaduras, en los movimientos sociales y obreros, en las movilizaciones ecologistas, antirracistas y contra la violencia de Estado. Desde Sudán hasta Chile, desde Irán hasta Estados Unidos, desde Argentina hasta Palestina, su presencia y su papel impulsor demuestran que constituyen una de las principales fuerzas de las resistencias populares contemporáneas.
Una resistencia mundial a pesar de la represión
Sin embargo, hay que afrontar otro aspecto de la realidad: estas resistencias son duramente reprimidas. Los gobiernos no se quedan de brazos cruzados ante el auge de las movilizaciones, la represión de los movimientos de solidaridad con Palestina es especialmente reveladora.
La defensa del orden existente no recae únicamente en los gobiernos y las fuerzas de seguridad, pasa también por intentos de controlar el discurso, deslegitimar los movimientos sociales y criminalizar ciertas formas de protesta. Esta tendencia está llamada a acentuarse.
El propio Gobierno de Trump busca ampliar la definición de las fuerzas consideradas una amenaza interna y criminalizar a organizaciones y movimientos calificados de «radicales». Tras convertir a la “antifa” en un objetivo prioritario y designar a varios grupos antifascistas europeos como «terroristas», la Administración Trump ha emprendido una ofensiva más amplia contra lo que califica de «extremismo de izquierda». Así, el 26 de agosto de 2026 Washington calificó a Palestine Action de organización terrorista, al tiempo que sancionó a una entidad italiana acusada de apoyar a la antifa y a otros grupos de izquierda. Esta política se inscribe en la voluntad manifiesta de reorientar la lucha antiterrorista internacional hacia el «terrorismo de extrema izquierda»[2] y no es un caso aislado: en el Reino Unido el Gobierno prohibió Palestine Action en julio de 2025 en virtud de la legislación antiterrorista; en Rusia, el Tribunal Supremo calificó en marzo de 2026 al Comité Antiguerra de Rusia como organización terrorista y en Francia, el Gobierno disolvió en junio de 2025 el movimiento antifascista La Jeune Garde, disolución confirmada por el Consejo de Estado en abril de 2026.
La resistencia al autoritarismo está llamada a convertirse también en una lucha por el derecho a manifestarse, a organizarse y a protestar.
El antifascismo, una resistencia que traspasa fronteras
El antifascismo se perfila como uno de los ejes principales de las resistencias populares contemporáneas
El avance de la extrema derecha está provocando en numerosos países movilizaciones antifascistas y antirracistas. A menudo reúnen a sindicatos, movimientos juveniles, feministas, organizaciones LGBTQI+, colectivos de migrantes y fuerzas de izquierda.
En Alemania las movilizaciones contra la AfD han reunido en varias ocasiones a decenas e incluso a cientos de miles de personas. En Gran Bretaña se están desarrollando contramanifestaciones antirracistas y antifascistas frente a las concentraciones de la extrema derecha y las campañas contra la población migrante. En Argentina los movimientos feministas y LGBTQI+ impulsaron en febrero de 2025, y posteriormente en febrero de 2026, grandes marchas federales «antifascistas y antirracistas» contra las políticas de Javier Milei.
Existen movilizaciones de la misma índole en Hungría contra el autoritarismo de Viktor Orbán, así como en Francia, Italia, Bélgica y Grecia, donde colectivos antifascistas, sindicales, antirracistas y de izquierda se oponen al avance de las fuerzas de extrema derecha y a la violencia racista. En Estados Unidos la llegada de Donald Trump al poder ha provocado una nueva ola de movilizaciones contra las expulsiones de migrantes, los ataques contra las minorías y la deriva autoritaria del Gobierno.
En Brasil las medidas adoptadas por Trump para presionar al Gobierno de Lula y a la justicia brasileña con el fin de conseguir la liberación del expresidente neofascista Jair Bolsonaro han provocado una reacción nacional que dio lugar a inmensas manifestaciones callejeras en todo el país en septiembre de 2025.
Estas movilizaciones demuestran que el antifascismo no es un vestigio del pasado: hoy en día constituye una forma internacional de resistencia contra la extrema derecha, el racismo y el autoritarismo. También tiende a vincularse con la lucha contra las guerras, el colonialismo y el imperialismo.
Esta convergencia se puso de manifiesto en Porto Alegre, Brasil, del 26 al 29 de marzo de 2026, durante la Conferencia Mundial Antifascista y Antiimperialista, que reunió a organizaciones y movimientos de varios continentes. El CADTM participó activamente en el encuentro, cuyo objetivo era reforzar los vínculos entre las diferentes resistencias populares a escala internacional[3].
El antifascismo se perfila así como uno de los ejes centrales de las resistencias populares contemporáneas, desde Berlín hasta Buenos Aires, desde Londres hasta Nueva York, pasando por las redes internacionales que hoy en día tratan de coordinar estas luchas.
En 2026 las resistencias populares continuaron en todos los continentes.
En Serbia el poderoso movimiento estudiantil y popular contra la corrupción y el poder de Aleksandar Vučić se prolongó durante meses tras la catástrofe de la estación de Novi Sad. En Albania, como hemos visto, decenas de miles de personas se manifestaron durante varias semanas contra los proyectos inmobiliarios vinculados a Jared Kushner e Ivanka Trump en espacios naturales protegidos, transformando una movilización medioambiental en una protesta más general contra la corrupción y la privatización de los recursos del país. En Bolivia sindicatos, pueblos indígenas, mineros, docentes y otros sectores sociales se movilizaron contra la crisis económica y la escasez de combustible. En Kenia, Irán y otros países las subidas de precios, la crisis económica o el autoritarismo también han provocado importantes movilizaciones. En 2026, en la India, poderosas movilizaciones de la juventud estudiantil hicieron retroceder al Gobierno neofascista de Narendra Modi.
En cuanto a Estados Unidos ya se han mencionado las manifestaciones contra Trump, que alcanzaron niveles sin precedentes: el 28 de marzo de 2026 se registraron más de 2 400 manifestaciones «No Kings» en los cincuenta estados y en Washington.
Estas movilizaciones tienen causas y formas muy diferentes, pero expresan un fenómeno común: la resistencia popular sigue siendo una fuerza política mundial. Se opone unas veces al autoritarismo y a la corrupción, otras a la austeridad y al deterioro de las condiciones de vida y otras a la destrucción del medio ambiente o a la apropiación de los bienes comunes por parte de intereses privados. Sobre todo nos recuerda que los gobiernos, incluso cuando disponen de un poderoso aparato estatal, no controlan por completo las sociedades que pretenden gobernar.
Un mosaico más que un movimiento único
Estas luchas no son idénticas, pero tienen algo en común: se niegan a que la vida de las poblaciones quede subordinada a los intereses de una minoría
Sin embargo, no hay que idealizar estas resistencias. No forman un movimiento mundial unificado, no todas tienen los mismos objetivos. Algunas son progresistas, incluso revolucionarias, pero otras son contradictorias. Algunas dan lugar a avances democráticos y otras pueden ser instrumentalizadas por fuerzas conservadoras o nacionalistas.
Los movimientos sociales no suelen presentar de forma espontánea un programa coherente de transformación social. Pero eso no resta importancia a su relevancia. Al contrario. Lo que llama la atención hoy en día es la multiplicación de los puntos de ruptura con el orden dominante.
Una población se moviliza contra una reforma de las pensiones. Otra, contra una mina. Otra, contra el precio de la electricidad. Estudiantes ocupan su universidad en apoyo a Palestina. Trabajadores organizan huelgas contra una multinacional. Campesinos defienden sus tierras. Las mujeres reivindican su derecho a disponer de su cuerpo. Los jóvenes se manifiestan por el clima. Los pueblos rechazan la austeridad impuesta en nombre de la deuda. Estas luchas no son idénticas, pero tienen algo en común: se niegan a que la vida de las poblaciones quede subordinada a los intereses de una minoría.
Conclusión
Ante Trump y la extrema concentración del poder económico, militar y mediático sería fácil concluir que las relaciones de fuerza son totalmente desfavorables para los pueblos, pero eso sería traicionar la historia. Los derechos sociales, los derechos de las mujeres, los derechos sindicales, los derechos democráticos, el fin de ciertas formas de segregación, la descolonización y numerosos avances logrados a lo largo de los dos últimos siglos no fueron concedidos espontáneamente por las clases dominantes, fueron conquistados mediante luchas.
Por eso hay que considerar las resistencias contemporáneas no solo como reacciones ante una situación difícil, sino como fuerzas potenciales de transformación.
El movimiento mundial de solidaridad con Palestina es un ejemplo especialmente llamativo. La movilización climática es otro. Los movimientos contra la austeridad y a favor de la cancelación de la deuda son otro más. Demuestran que en todas las regiones del mundo hay mujeres y hombres que se niegan a considerar la injusticia como algo inevitable. El auge de Trump y de fuerzas políticas afines a él no significa que los pueblos hayan renunciado a resistir, incluso puede provocar el efecto contrario. Lleva a millones de personas a tomar conciencia de lo que está en juego: la defensa de las libertades democráticas, la justicia social, la paz, la defensa del planeta y el derecho de los pueblos a decidir sobre su futuro.
El poder de los gobiernos no se traduce en la impotencia de los pueblos. Trump cuenta con la Casa Blanca, el aparato del Estado, un poder militar considerable y el apoyo de una parte del gran capital. Pero no cuenta con el consentimiento de toda la sociedad estadounidense. Y Estados Unidos tampoco cuenta con el consentimiento del mundo entero.
En las calles de Washington, al igual que en las de Bogotá, Nairobi, Yakarta, París, Londres, Johannesburgo, Delhi o São Paulo, millones de personas se niegan a que el mundo se organice únicamente en beneficio de los más ricos y poderosos. Aún no constituyen una fuerza política mundial unificada, pero sí una inmensa reserva de resistencia. La cuestión decisiva en los próximos años será saber si estas diferentes luchas lograrán encontrarse, reconocerse y construir convergencias.
Si los movimientos por la justicia social se unen a quienes luchan por el clima, si los movimientos sindicales se unen a los movimientos antirracistas, si los movimientos contra la deuda se unen a quienes combaten el imperialismo, si los movimientos feministas se unen a los movimientos ecologistas, si las movilizaciones por Palestina se unen a las luchas contra el militarismo y el colonialismo, entonces puede surgir otra dinámica.
No se trata de creer ingenuamente que tal convergencia es automática. Exige trabajo, debates, organizaciones, solidaridad y la capacidad de superar las divisiones. Pero es posible. Y quizá ahí resida la principal razón para tener esperanza.
Esta perspectiva debe ser internacionalista. Nos solidarizamos con quienes, tanto en Rusia como en Ucrania, se oponen a la guerra que libra Rusia en Ucrania, con los trabajadores, los estudiantes y los movimientos sociales de China que luchan por sus derechos, por mejores condiciones de vida y por más libertades o con Cuba frente al bloqueo, así como con los trabajadores y las clases populares de Estados Unidos que se resisten a las políticas de Trump. Apoyamos a todos los pueblos que defienden su soberanía y su derecho a la autodeterminación, especialmente frente a las políticas de dominación y las agresiones de las grandes potencias. Nos oponemos a todas las agresiones imperialistas y colonialistas, sea cual sea su origen.
En Europa esto significa también luchar contra las políticas imperialistas y neocoloniales de nuestros propios gobiernos y denunciar su complicidad con el gobierno neofascista de Netanyahu y el genocidio cometido contra el pueblo palestino. Significa, además, oponernos a las políticas inhumanas impuestas a las personas migrantes y solicitantes de asilo, apoyando todas las iniciativas de solidaridad internacionalista.
Nuestra brújula es sencilla: elegimos el bando de los pueblos frente a sus opresores.
El futuro no se escribe en la Casa Blanca.
También se decide en las calles, en los lugares de trabajo, en las universidades, en los pueblos, en los barrios populares, en los sindicatos, en las asociaciones y en todas las formas de organización colectiva mediante las cuales los pueblos se niegan a sufrir. Trump puede representar el poder, pero el poder no es la historia.
La historia sigue abierta.
(El autor agradece a Omar Aziki su revisión y a Fernanda Gadea su revisión de la traducción al castellano).
[1] Alice Poma, Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, 27 febrero 2020, https://www.iis.unam.mx/blog/publicacion-del-reporte-internacional-protestas-para-el-futuro-composicion-movilizacion-y-motivacion-de-los-participantes-en-las-protestas-para-el-clima-del-20-27-de-septiembre-de-2019-en/ consultado el 4 de septiembre de 2026.
[2] Alex Brandon - AP Pool, « EE.UU. designa al grupo Palestine Action como "organización terrorista"» AFP-La Nación, 26 de agosto de 2026, https://www.lanacion.com.ar/estados-unidos/eeuu-designa-al-grupo-palestine-action-como-organizacion-terrorista-nid26082026/, consultado el 5 de septiembre de 2026.
[3] Éric Toussaint, «Porto Alegre 2026: una convergencia antifascista y antiimperialista entre un éxito sin precedentes y grandes obstáculos», 13 de abril de 2026, https://www.cadtm.org/Porto-Alegre-2026-una-convergencia-antifascista-y-antiimperialista-entre-un, consultado el 5 de septiembre de 2026.
Eric Toussaint
15/09/2026
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Eric Toussaint: doctor en Ciencias políticas de la Universidad de Lieja y de la Universidad de París VIII, es el portavoz del CADTM internacional y es miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia. Es autor de diversos libros, entre ellos: Banco Mundial. Una historia crítica, El Viejo Topo, 2022 Capitulación entre adultos. Grecia 2015: Una alternativa era posible, El Viejo Topo, Barcelona, 2020; Sistema Deuda. Historia de las deudas soberanas y su repudio, Icaria Editorial, Barcelona 2018; Bancocracia Icaria Editorial, Barcelona 2015; Una mirada al retrovisor: el neoliberalismo desde sus orígenes hasta la actualidad, Icaria, 2010; La Deuda o la Vida (escrito junto con Damien Millet) Icaria, Barcelona, 2011; La crisis global, El Viejo Topo, Barcelona, 2010; La bolsa o la vida: las finanzas contra los pueblos, Gakoa, 2002. Ha sido miembro de la Comisión de Auditoria Integral del Crédito (CAIC) del Ecuador en 2007-2011.
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