La propuesta de Teherán ofrecía iniciar la reapertura del estrecho en siete días, pero Washington considera insuficientes las condiciones iraníes
Redacción
Canarias-semanal.org/28/09/2026
Estados Unidos ha rechazado la última propuesta iraní para comenzar a reabrir el estrecho de Ormuz, aunque ambas partes mantienen abierta la negociación. Tras siete meses de guerra, el control de una de las principales rutas energéticas del planeta se ha convertido en una poderosa herramienta económica y militar cuyo coste termina llegando a consumidores y asalariados de todo el mundo.
El conflicto entre Estados Unidos e Irán ha vuelto a concentrarse en un punto geográfico de apenas unas decenas de kilómetros de anchura por el que, en condiciones normales, pasa una parte fundamental de la energía consumida en el planeta. El Gobierno iraní propuso durante la Asamblea General de Naciones Unidas un mecanismo que permitiría comenzar a reabrir el estrecho de Ormuz en siete días y suspender parte de los combates regionales. Donald Trump anunció el sábado que rechazaba la propuesta. Sin embargo, este domingo dio una suerte de sus conocidos giros, manifestando que espera que los negociadores estadounidenses mantengan nuevas conversaciones durante la semana, mientras Teherán, por su parte, asegura que los mediadores todavía no le han comunicado formalmente un rechazo definitivo.
No se trata simplemente de otra negociación diplomática dentro de una guerra prolongada. Ormuz se ha convertido en uno de los principales mecanismos mediante los cuales el conflicto está trasladando sus costes al resto del mundo.
La Agencia Internacional de la Energía ha definido la interrupción provocada por la guerra como la mayor disrupción de suministro registrada en la historia del mercado mundial de petróleo. En su informe de septiembre calcula que la producción mundial de crudo promediará unos 100,7 millones de barriles diarios durante 2026, 5,7 millones menos que un año antes. Las exportaciones de productos refinados y gases licuados desde el Golfo permanecen casi un 60 % por debajo de los niveles anteriores a la guerra.
UNA NEGOCIACIÓN EN LA QUE CADA PARTE INTENTA CONVERTIR LA ECONOMÍA EN PALANCA
La guerra la comenzaron Israel y EEUU el 28 de febrero con ataques estadounidenses e israelíes contra Irán y desde entonces ha atravesado sucesivas fases de combates y negociaciones. El núcleo inmediato de la disputa es sencillo de explicar, aunque resolverlo sea considerablemente más difícil. Washington dice desear recuperar una navegación normal por Ormuz y mantener presión sobre el programa nuclear iraní.
Teherán intenta, por su parte, que la reapertura del estrecho vaya acompañada de reducción de sanciones, desbloqueo de activos y garantías frente a nuevos ataques.
El enviado estadounidense ante Naciones Unidas, Mike Waltz, explicó este domingo que la Administración Trump consideró inaceptable que la propuesta iraní reclamara levantar inmediatamente sanciones y liberar activos congelados antes de las negociaciones posteriores. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, afirmó por su parte que su Gobierno está dispuesto a discutir el programa nuclear y otros asuntos, aunque rechaza hacerlo bajo lo que considera bajo coerción. Las posiciones continúan, por tanto, alejadas, incluso aunque ambas partes mantengan abierta la puerta a nuevas conversaciones.
La presión estadounidense no se limita a sanciones financieras. Washington mantiene un bloqueo que dificulta de manera extrema la exportación de petróleo iraní. Según datos recopilados por Reuters, los cargamentos iraníes pasaron de alrededor de dos millones de barriles diarios en marzo a aproximadamente 220.000-255.000 en agosto. Para un país que obtiene una parte fundamental de sus divisas de los hidrocarburos, la caída significa menos dólares disponibles para pagar importaciones, financiar el presupuesto y sostener la moneda.
Irán dispone, a su vez, de una palanca excepcional: su posición geográfica. El estrecho separa Irán de la península arábiga y constituye la salida marítima natural de los grandes productores del Golfo. Al dificultar su utilización, Teherán no solo reduce el suministro internacional, sino que incrementa los costes de sus adversarios regionales y transmite la guerra a las economías importadoras de energía.
Ese mecanismo tiene, sin embargo, un precio creciente para el propio Irán. Cuanto más tiempo permanece bloqueado el tráfico, más difícil es para Teherán exportar su propio crudo y recibir mercancías. Esa contradicción explica por qué ambas partes pueden considerar útil una negociación incluso cuando ninguna quiere aparecer ante su población o sus aliados como la parte que ha cedido primero.
EL PETRÓLEO CONSIGUE SALIR, PERO CADA VEZ RESULTA MÁS CARO HACERLO
Los grandes productores del Golfo llevan meses construyendo soluciones alternativas. Arabia Saudí ha reactivado su oleoducto Este-Oeste, que permite llevar petróleo desde los campos orientales hasta el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, evitando Ormuz. La instalación puede mover hasta siete millones de barriles diarios, aunque los daños sufridos durante recientes ataques obligan por ahora a operar a capacidad reducida. Reuters estimaba esta semana que recuperar plenamente la infraestructura podría requerir entre seis y ocho semanas.
También se utilizan trasvases de petróleo entre buques cerca de Omán y otras rutas extraordinarias. Estas operaciones han impedido que desaparezca del mercado todo el suministro del Golfo, pero implican más barcos, más kilómetros, mayores primas de seguro y fletes mucho más caros. El resultado es que la economía mundial ha logrado adaptarse parcialmente al cierre, aunque a costa de hacer más ineficiente el transporte energético.
Los efectos se observan con especial claridad en los productos refinados. El diésel se encuentra particularmente tensionado porque las refinerías del Golfo y Rusia han reducido sus exportaciones simultáneamente.
La agencia de noticias Reuters informó el 21 de septiembre de precios internacionales récord y de una caída aproximada a la mitad de las exportaciones de diésel de Oriente Próximo entre marzo y agosto respecto al año anterior.
Para comprender quién termina pagando esta crisis hay que seguir la cadena completa. Los productores pueden trasladar una parte del incremento de costes al comprador. Las navieras cobran más por asumir riesgos. Las aseguradoras elevan las primas. Las refinerías pagan más por el crudo y aprovechan márgenes extraordinariamente altos cuando escasean los productos refinados. Finalmente, una parte considerable del coste llega a empresas de transporte, agricultores, industrias y consumidores a través de combustibles, electricidad, fertilizantes y mercancías más caras.
El 22 de septiembre el Brent se encontraba nuevamente en torno a los 100 dólares por barril. La cifra por sí sola no explica el problema. Lo importante es que el encarecimiento energético se combina con una oferta reducida de diésel y combustible de aviación, lo que amplifica su impacto sobre el transporte de mercancías y personas.
UNA GUERRA QUE YA DESBORDA A SUS PROTAGONISTAS ORIGINALES
La dimensión regional también dificulta cualquier acuerdo. Arabia Saudí ha quedado progresivamente más implicada a medida que los hutíes yemeníes, aliados de Irán, han intensificado sus operaciones. Reuters informó este domingo de nuevos ataques y de una creciente preocupación saudí por sus rutas petroleras del mar Rojo. La guerra deja así de ser una confrontación circunscrita a Estados Unidos, Israel e Irán y afecta directamente a los sistemas energéticos de todo el Golfo.
La propuesta iraní buscaba precisamente conectar ambas dimensiones: reapertura de Ormuz y pausa de los combates regionales. Según el ministro de Exteriores, Abbas Araqchi, una aceptación inicial estadounidense permitiría abrir después negociaciones sobre otros asuntos acordados, entre ellos potencialmente el programa nuclear. Washington considera que ese orden entregaría demasiado a Teherán antes de conocer el resultado de esas negociaciones.
El punto esencial es que ninguna de las partes ha conseguido eliminar la capacidad de presión de la otra. Estados Unidos puede restringir severamente los ingresos petroleros iraníes y ha reducido la capacidad militar convencional de Teherán. Irán mantiene, sin embargo, capacidad suficiente para alterar una ruta marítima cuya normalización resulta importante para el conjunto de la economía mundial.
Por eso el anuncio de Trump no significa necesariamente el final de la negociación. El propio mandatario ha señalado que espera nuevos contactos durante los próximos días. El escenario sigue abierto entre dos posibilidades muy distintas: una fórmula gradual que permita recuperar el tráfico de Ormuz mientras continúan las conversaciones, o una nueva escalada militar que vuelva a cerrar cualquier ventana diplomática. Lo único que puede afirmarse con seguridad en este momento es que mientras Ormuz siga funcionando muy por debajo de su normalidad, las consecuencias de esta guerra continuarán apareciendo muy lejos de sus campos de batalla.
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FUENTES CONSULTADAS
Reuters — “Iran insists on diplomatic solution after Trump rejects peace plan”, 27 de septiembre de 2026. Consultar Reuters
Agencia Internacional de la Energía — Oil Market Report, septiembre de 2026. Consultar IEA
Agencia Internacional de la Energía — análisis sobre la escasez de suministro de Oriente Próximo, 18 de septiembre de 2026. Consultar IEA
Reuters — reinicio del oleoducto saudí Este-Oeste, 22 de septiembre de 2026. Consultar Reuters
Fondo Monetario Internacional — “The Oil Market Absorbed the War Shock, but Buffers Are Running Low”, 15 de julio de 2026. Consultar FMI
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