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SEMIÓTICA DE UNA INDUSTRIA DEL SUFRIMIENTO MUSICALIZADO

La industria musical convierte el despecho, la tristeza y el machismo en mercancías emocionales que normalizan el sufrimiento y el consumo


Fernando Buen Abad
Almaplustv

Somos rehenes de un cancionero mafioso intoxicado por traiciones, despecho, odio, desdicha y machismo. Una licuadora depresiva acompañada con alcohol y sustancias diversas.

Y solos de requinto. Mientras tanto, una porción significativa del entorno sonoro que acompaña la vida diaria se ha transformado en un vasto mecanismo de normalización emocional, en el cual la melancolía se comercializa, el despecho se celebra como identidad, la traición se romantiza, el machismo encuentra nuevas máscaras estéticas y la violencia emocional se transforma en mercancía de consumo masivo.

No se trata de condenar específicamente un género musical ni de menospreciar la enorme riqueza de las tradiciones populares, capaces de manifestar las alegrías y los sufrimientos más profundos de las comunidades. Es importante señalar que la industria cultural ha hallado una rentabilidad excepcional en el aprovechamiento sistemático de las emociones más dañinas, hasta transformarlas en un repertorio repetitivo cuya efectividad comercial se basa en mantener las heridas abiertas antes que en ayudar a entenderlas.

Habitualmente, somos víctimas de un cancionero mafioso que gestiona el sufrimiento como un espectáculo y vende resignación envuelta en melodías inolvidables. La música posee una capacidad singular para modelar la memoria, organizar las emociones y acompañar la construcción de la identidad. Ningún pueblo canta únicamente para entretenerse. Canta para recordar, para compartir, para resistir, para celebrar y para imaginar el porvenir.

Despecho musical y la industria del sufrimiento

Debido a esa potencia excepcional, es esencial cuestionarse acerca de quién determina qué canciones reciben difusión global, qué sensibilidades reciben promoción permanente y cuáles permanecen restringidas a los márgenes del mercado. En aquel lugar donde en el comercio predomina la circulación simbólica, la belleza se transforma en un producto meticulosamente calculado por algoritmos, campañas publicitarias y corporaciones cuyo objetivo primordial es prolongar el consumo, no en enriquecer la experiencia espiritual de las comunidades.

Ya la Organización Mundial de la Salud calcula que cientos de millones de individuos sufren de desórdenes vinculados a la salud mental y que el consumo perjudicial de alcohol causa aproximadamente tres millones de fallecimientos anuales. Estas cifras no autorizan a responsabilizar a la música de semejante tragedia, pero sí obligan a examinar el ecosistema cultural donde las emociones circulan y adquieren significado.

Cuando el dolor se manifiesta repetidamente desprovisto de cualquier posibilidad de cambio, cuando el abandono se manifiesta como un destino sentimental, cuando la humillación se transforma en una prueba de autenticidad amorosa y cuando la violencia habitualmente encuentra una cobertura poética, la repetición termina deteriorando la imaginación ética de aquellos que escuchan.

Ninguna pieza artística establece de manera autónoma el comportamiento humano; no obstante, millones de obras repetidas durante décadas contribuyen a la construcción de ambientes culturales que hacen aceptables ciertas formas de relación social. La industria del entretenimiento ha perfeccionado una economía del desaliento.

Produce canciones para corazones exhaustos y enseguida ofrece bebidas para anestesiar el vacío que esas mismas narraciones ayudan a perpetuar.

Música popular, machismo y violencia emocional

La licuadora depresiva opera con una precisión comercial excepcional: una dosis de despecho, otra de resentimiento, múltiples medidas de fatalismo, una perpetua exaltación del ego lesionado, un consumo excesivo de alcohol, diversas sustancias presentadas como refugio, una masculinidad incapaz de reconocer su vulnerabilidad y, finalmente, el inevitable solo de requinto que transforma la melancolía en una mercancía imperecedera. El negocio no consiste en curar las heridas. Consiste en administrarlas para que jamás dejen de producir ganancias.

Lo verdaderamente alarmante no reside en que existan canciones sobre el sufrimiento. Las grandes obras de la humanidad han sabido convertir el dolor en conocimiento y la pérdida en belleza compartida. Lo inquietante aparece cuando el sufrimiento deja de ser una experiencia humana compleja para reducirse a una fórmula industrial repetida hasta el agotamiento.

Allí la creación artística cede su lugar al cálculo mercantil y la emoción deja de explorar la condición humana para transformarse en un reflejo condicionado. El oyente ya no descubre nuevos significados; consume variaciones de un mismo guion sentimental diseñado para reforzar dependencias afectivas y hábitos de consumo.

Sin embargo, la memoria musical de nuestros pueblos ofrece otra posibilidad. México, América Latina y el universo entero mantienen un vasto legado de cantos originados del trabajo colectivo, de las contiendas sociales, de la delicadeza cotidiana, de la amistad, del humor, de la esperanza y de la dignidad. Existen sones, huapangos, corridos históricos, boleros, cantos indígenas, himnos obreros, canciones infantiles y composiciones contemporáneas donde el amor no significa posesión, donde el duelo conduce a la reflexión y donde la alegría se comparte sin necesidad de humillar a nadie.

Ese caudal demuestra que la sensibilidad popular jamás ha estado condenada a la intoxicación emocional que hoy privilegia el mercado. La verdadera disputa cultural consiste en liberar el oído de la monotonía afectiva impuesta por la rentabilidad. Escuchar también es un acto político. Elegir qué melodías acompañan la vida cotidiana equivale a decidir qué emociones cultivamos, qué recuerdos fortalecemos y qué futuro aprendemos a imaginar. Una sociedad incapaz de producir canciones para la solidaridad difícilmente construirá instituciones solidarias.

Un pueblo que olvida cantar la justicia termina acostumbrándose a la injusticia como si fuera una ley de la naturaleza. La revolución cultural del siglo XXI deberá conquistar también el derecho a otra banda sonora para la existencia. No una música sometida a la censura ni al moralismo, sino una creación artística emancipada del chantaje comercial que explora toda la complejidad de la experiencia humana sin convertir el sufrimiento en mercancía.

Cuando la música pueda suscitar otra sensibilidad, cuando la belleza recupere su carácter de encuentro y cuando el arte contribuya a la expansión de la conciencia en lugar de a su restricción, dejaremos de ser esclavos de un repertorio gobernado por la desesperanza y comenzaremos a construir, de manera colectiva, la sinfonía interminable de una humanidad reconciliada con su propia esencia emancipadora.

Y la colonización contemporánea ya no necesita ocupar territorios con ejércitos cuando puede ocupar la sensibilidad con repertorios. El dominio más rentable consiste en administrar el imaginario colectivo hasta lograr que las personas canten voluntariamente los guiones emocionales que garantizan su propia subordinación.

Cada verso que exalta la impotencia, cada narración que transforma la humillación en un destino romántico y cada triunfo comercial que reduce el amor a una relación de dominio, contribuyen a una pedagogía invisible en la que el capital deja de dominar exclusivamente la economía para transformarse en un compositor de afectos.

La plusvalía simbólica nace precisamente de esa apropiación de la vida emocional: las experiencias íntimas se extraen, simplificadas, empaquetadas y devueltas al público como mercancías listas para ser consumidas una y otra vez. El mercado no vende solamente canciones; vende maneras de sufrir, de desear, de recordar y hasta de fracasar, porque sabe que una subjetividad empobrecida consume con mayor docilidad aquello que le promete un alivio tan inmediato como efímero.

Frente a semejante maquinaria, la revolución cultural no puede limitarse a denunciar los contenidos degradantes ni a sustituir unos ídolos por otros. Es indispensable democratizar la producción del universo simbólico para que los pueblos recuperen el derecho de narrarse con su propia voz.

Resulta imprescindible una insurrección estética en la que compositoras, compositores, poetas, maestras, trabajadores culturales y comunidades completas vuelvan a crear un cancionero capaz de celebrar la inteligencia colectiva, la igualdad, el trabajo creador, la ternura, la memoria histórica y el gozo de la emancipación. No habrá transformación social perdurable mientras la sensibilidad permanezca privatizada por los monopolios del entretenimiento.

Toda revolución que aspire a modificar las relaciones materiales de la existencia deberá conquistar también la soberanía sobre los signos, las metáforas, las melodías y los sueños compartidos, porque únicamente un pueblo que aprende a cantar su propia dignidad puede impedir que otros le escriban, para siempre, la banda sonora de su derrota.

22 Septiembre

Fernando Buen Abad
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Autor de esta publicación: Intelectual y escritor mexicano. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Master en Filosofía Política y Doctor en Filosofía.

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Fuente:

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