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LA ILUSTRACIÓN OSCURA

La alianza entre la extrema derecha y los magnates tecnológicos reactiva una vieja pulsión antidemocrática, ahora impulsada por las promesas de la inteligencia artificial

Arte de tapa: Alejandro Bigliardi.

Martín Mosquera
jacobinlat.com/02/09/2026

En junio de este año, en una columna publicada en el Financial Times, Javier Milei presentó al mundo las «corporaciones no humanas»: empresas operadas por agentes de inteligencia artificial (IA) o robots, con personalidad jurídica, en las que podrían participar accionistas humanos, aunque estos no serían obligatorios. La propuesta, que ya tomó la forma de un proyecto enviado al Congreso, se completa con el compromiso de mantener la IA libre de «la mano mortal» de la regulación y con una fiscalidad a medida. Buenos Aires debe ser para la inteligencia artificial, escribió el Presidente, lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación.

Milei es, hasta ahora, uno de los jefes de Estado que ha llevado más lejos las ideas que un conjunto de teóricos reaccionarios viene elaborando desde hace casi dos décadas y que hoy alimentan las fantasías políticas de algunos magnates tecnológicos, especialmente de aquellos vinculados al desarrollo de la IA. Las corporaciones reemplazarían a las instituciones democráticas y convertirían los conflictos políticos en problemas técnicos administrados por algoritmos, subordinando así las decisiones colectivas a sistemas automatizados que prometen eficiencia precisamente porque prescinden de la deliberación.

En la filosofía neorreaccionaria, la IA se presenta como un instrumento de reducción del poder estatal en favor del mercado. El poder estatal aparece como la única amenaza a la libertad; la competencia mercantil descentralizada, como su única garantía. Esa radicalización tiene un linaje conocido y, en cierto sentido, más respetable. La célebre distinción de Benjamin Constant entre la libertad de los modernos, entendida como el goce garantizado de la esfera privada, y la libertad de los antiguos, asociada con la participación en las decisiones colectivas, dejó planteada una tensión que las corrientes conservadoras del liberalismo resolverían en favor de la primera. En esas versiones, la igualdad y la soberanía popular aparecen como amenazas a la libertad. La filosofía neorreaccionaria actual es la versión desembozada de esa tradición antidemocrática.

Bajo las formas de propiedad y control que hoy predominan, la inteligencia artificial parece especialmente compatible con esta deriva antidemocrática. No se trata de una consecuencia necesaria de la tecnología, sino del rumbo que adquiere cuando su diseño y su propiedad quedan subordinados a la rentabilidad y el poder empresarial. Hoy su imaginario se organiza alrededor de máquinas capaces de «tomar el control» de procesos que hasta ahora dependían de decisiones humanas. Aplicada al mundo del trabajo, esta lógica tiende a profundizar la individualización de la fuerza laboral y la impersonalidad de la dominación que ya anticipan las plataformas digitales. La uberización ofrece una imagen posible del futuro: trabajadores aislados, gestionados por algoritmos, privados de vínculos estables de solidaridad y de las instituciones colectivas que hicieron posible la organización de la clase trabajadora. La relación de explotación ya no coloca frente al trabajador a una figura visible, sino que lo deja crecientemente desprotegido y aislado ante la crudeza de la «coacción muda» de las relaciones económicas de la que hablaba Marx.

Las innovaciones tecnológicas parecen mover el suelo bajo nuestros pies. El mundo cambia a una velocidad acelerada y, en medio de ese vértigo, no resulta sencillo distinguir el pronóstico razonable de la fantasía alucinada. Conviene avanzar con calma. El mundo está raro y difícil.

Este vértigo tiene sus filósofos. El más consecuente es Nick Land, figura fundacional del aceleracionismo, profesor de filosofía reconvertido en profeta de la reacción, que dio a la pulsión autoritaria de Silicon Valley su formulación más extrema. Su trayectoria constituye, en sí misma, un síntoma de época. Durante los años noventa fue un autor de culto para cierta izquierda, y Mark Fisher llegó a preguntarse si no era el filósofo británico más importante de su generación. Luego, Land viró hacia la extrema derecha. Su «Ilustración oscura» (Dark Enlightenment) invierte punto por punto la herencia ilustrada. Según Land, la modernidad se jodió con la Revolución francesa y con la secuencia de revoluciones democráticas e independentistas que inscribieron la igualdad en el horizonte de la sociedad moderna. Allí donde la Ilustración prometía el progreso de la razón hacia la igualdad, Land reivindica una jerarquía fundada en la desigualdad natural y renuncia a toda confianza en el autogobierno de las mayorías. La democracia es, para él, la enfermedad de la civilización, un mecanismo que premia la mediocridad y obstaculiza el avance del capital y de la técnica.

En diálogo con el neocameralismo de Curtis Yarvin, Land concluye que el poder corporativo debe convertirse en la fuerza organizadora de la sociedad y que el Estado debe administrarse como una empresa. Los ciudadanos dejarían de intervenir como electores en las decisiones comunes para convertirse en clientes de distintas jurisdicciones. Podrían elegir entre ellas o abandonarlas, como se hace con un producto del mercado, pero nunca gobernarlas.

No hace falta tomar al pie de la letra estas fantasías, ni concederles demasiada seriedad. Al fin y al cabo, forman parte del mismo imaginario que alimenta las ambiciones de colonizar Marte o alcanzar la inmortalidad. Lo decisivo ocurre en otro plano, en el desplazamiento de una fracción de la burguesía tecnológica, encarnada en figuras como Peter Thiel y Elon Musk, hacia posiciones cada vez más autoritarias, en un contexto marcado por el estancamiento productivo en las economías centrales, la competencia con China y el debilitamiento de la confianza de las clases populares en la democracia.

Las ideas de Land y sus herederos importan menos por lo que dicen o por su consistencia teórica que por las condiciones que las volvieron audibles. Lo importante aquí no es decidir cuánto hay de programa y cuánto de delirio. Una doctrina que hace veinte años habría quedado confinada a un blog marginal circula hoy por las oficinas de algunos de los hombres más ricos del planeta e influye incluso en políticas de Estado. Su influencia puede reconocerse en el universo político e intelectual que conecta al mencionado Thiel con el actual vicepresidente J. D. Vance y con algunos de los proyectos de la segunda administración de Trump. Pero para entender este giro hay que retroceder un poco: ¿qué unió históricamente al capitalismo con el discurso de la igualdad jurídica y, más tarde, con la democracia de masas?

El matrimonio fue real, pero no necesario. La ideología de la Ilustración se ajustaba bien a un modo de explotación cuyo núcleo era una relación jurídicamente libre entre iguales. El asalariado y el capitalista se encuentran en el mercado como propietarios que intercambian, en esa esfera de la circulación que Marx llamó, con ironía, el «Edén de los derechos innatos del hombre». A diferencia del señor feudal o del esclavista, el capital podía apropiarse del lenguaje de la igualdad porque su dominación ya no necesitaba inscribirse en el estatuto jurídico de las personas. Pero esta afinidad no significa que la Ilustración haya sido la expresión ideológica de una burguesía capitalista en ascenso. Como muestra Ellen Meiksins Wood, las llamadas «revoluciones burguesas» no fueron obra de una clase capitalista que se alzaba para liberar al mercado de las cadenas feudales, sino de grupos profesionales, funcionarios e intelectuales cuya lucha contra el privilegio aristocrático produjo un universalismo igualitario en el seno de una sociedad todavía estructurada por formas no capitalistas de apropiación.

En cualquier caso, las clases dominantes nunca terminaron de domesticar la democracia. Lo que desde abajo suele verse como un instrumento dócil del empresariado, desde arriba siempre pareció una estructura problemática: demasiado lenta, demasiado errática y demasiado permeable a las demandas populares. Si existe una «afinidad electiva» entre capitalismo y democracia, como sostienen los teóricos liberales, es bastante débil. Al capital le alcanza con un régimen capaz de despolitizar la economía. Si ese régimen, además, produce una experiencia, aunque limitada, de autogobierno y vuelve menos visible la dominación de clase, la ventaja es doble. La condición es que la democracia no genere demasiados obstáculos.

La asociación entre capitalismo y liberalismo político comenzó a forjarse con la larga secuencia de revoluciones iniciada a fines del siglo XVII. Su identificación con la democracia es mucho más reciente: solo llegó a consolidarse durante la primera mitad del siglo XX, cuando el sufragio universal y las instituciones representativas se extendieron por buena parte de los países centrales.

El autoritarismo es, desde luego, consustancial al dominio capitalista, como muestran los golpes de Estado, las invasiones coloniales y la represión estatal. Sin embargo, ese dominio procura habitualmente no romper de manera abierta con el lenguaje democrático: los militares suelen tomar el poder en nombre de la democracia, las empresas coloniales se justifican como misiones civilizatorias y la represión estatal se presenta como un medio para restablecer el orden constitucional. La violencia se presenta así como una suspensión excepcional destinada, al menos retóricamente, a restaurar el orden o la legalidad.

La burguesía ya ensayó, sin embargo, un divorcio mucho más directo con la democracia durante el período de entreguerras. En una parte decisiva de Europa, acorralada por la crisis y por el ascenso del movimiento obrero, la burguesía abandonó sin demasiado duelo la razón y el progreso que afirmaba encarnar. Fue la hora del irracionalismo que Lukács diseccionó en El asalto a la razón y de aquello que Jeffrey Herf llamó «modernismo reaccionario»: Jünger, Spengler y el culto del ingeniero y de la máquina, combinados con el repudio de la herencia ilustrada.

Incluso el acercamiento entre libertarianismo y autoritarismo tiene antecedentes. En 1927, Ludwig von Mises escribió que el fascismo había «salvado, por el momento, la civilización europea» y que ese mérito «vivirá eternamente en la historia». También los tiene el impulso tecnocrático. En los años treinta, Technocracy Inc. proponía reemplazar a los políticos por ingenieros y administrar América del Norte como una máquina. Su dirigente en Canadá, Joshua Haldeman, detenido en 1940 por pertenecer al movimiento, era el abuelo de Elon Musk. A veces la genealogía intelectual coincide con la familiar.

¿Por qué la separación entre democracia y capitalismo vuelve a estar en agenda? Tras décadas de estancamiento productivo en las economías centrales, la inteligencia artificial aparece como la gran promesa de relanzamiento de la acumulación capitalista, la única a la vista, y, al mismo tiempo, como un terreno central de la disputa con China. Una promesa de esa magnitud no tolera la espera de los electorados. Durante la etapa neoliberal, el impulso dominante consistió en domesticar la democracia mediante bancos centrales independientes, tratados transnacionales y tribunales capaces de sustraer a las decisiones económicas al control popular. Hoy se abre paso una ambición más radical, la de reducirla a una formalidad o prescindir de ella, tomando como referencia el capitalismo autoritario que Land elogia desde Shanghái.

Nada de esto sería posible si las nuevas ideas reaccionarias fueran solo un asunto de élites. Pero la extrema derecha contemporánea es un fenómeno de masas: gana elecciones con un apoyo significativo en la clase trabajadora. También esto tiene precedentes. Lo que distinguió al fascismo clásico de las antiguas reacciones aristocráticas y de los movimientos autoritarios de élite, como las dictaduras militares, fue precisamente su carácter de movimiento reaccionario de masas: una «revolución contra la revolución» que adoptaba las formas de movilización plebeya de aquello que combatía. Esa configuración le otorgaba una plasticidad inusual. Le permitía capturar simultáneamente el hastío con los políticos, la angustia económica, el resentimiento contra las élites culturales y los prejuicios raciales o antisemitas, para fundirlos en un mismo movimiento. No cualquier proyecto autoritario puede recoger de ese modo las insatisfacciones populares. Para hacerlo, necesita hablar en nombre de un pueblo y presentarse como una rebelión contra el orden, incluso cuando sus ideas y sus políticas resulten funcionales a las clases dominantes.

La extrema derecha actual repite, bajo nuevas condiciones, una operación semejante. El autoritarismo no desciende solamente de los directorios empresariales. También encuentra una base social en sociedades golpeadas, donde amplios sectores populares hacen suyo el reclamo de orden frente a la incertidumbre social, económica y laboral. Los teóricos imaginan el Estado-empresa o, en su versión más terrenal, formas de autoritarismo electoral que conservan los comicios mientras vacían progresivamente sus condiciones democráticas. El malestar popular, por su parte, aporta los votos.

Ese contexto no se reduce a los programas y fantasías de la neorreacción. Incluye también el mundo que ya está tomando forma, cuya expresión más extrema es el exterminio en Gaza, en un escenario de proliferación de guerras y regímenes de excepción que erosionan las condiciones de la vida democrática. Algunos rasgos del orden imaginado por la neorreacción ya pueden reconocerse en estos escenarios.

La Ilustración oscura puede tener, al menos, un efecto colateral positivo: allana el terreno para que la izquierda comience a reconciliarse con la Ilustración. Durante décadas, sobre todo después de 1968, buena parte del pensamiento progresista se dedicó a demolerla, al presentar la razón y la verdad como meros efectos de relaciones de poder y el universalismo como una máscara del dominio europeo. Algo de esa crítica constituyó un correctivo necesario, pero también contribuyó a abrir un terreno de sospecha generalizada contra la razón, la verdad y el universalismo que finalmente encontró en la filosofía neorreaccionaria a sus herederos naturales. Hoy es la derecha la que relativiza la verdad y se burla de los hechos, mientras denuncia a la ciencia como una conspiración de las élites. Las armas de la crítica cambiaron de manos, y el propio Land ofrece una prueba elocuente. Formado en Bataille y Deleuze, hizo su primera fama radicalizando el antirracionalismo francés de los años setenta. La sospecha contra la razón, liberada de toda intención emancipatoria, terminó desembocando en el elogio de la jerarquía. La Ilustración oscura es también una hija bastarda de la teoría con la que una generación de la izquierda creyó volverse más radical.

Como siempre, no se trata de estar a favor o en contra de la técnica ni del cambio tecnológico. Marx sabía que las fuerzas productivas nunca se desarrollan en el vacío. Las relaciones sociales no solo determinan quién las controla y para qué se utilizan. También decide cuáles llegan a desarrollarse y qué formas de vida terminan imponiendo. Por eso, una tecnología concebida bajo el imperativo de la rentabilidad y el control no se vuelve automáticamente emancipadora con solo cambiar de manos: también debe ser reorganizada y transformada. Los neorreaccionarios ya tienen un proyecto para el nuevo mundo que está surgiendo. La pregunta es si nosotros tenemos el nuestro: qué formas de planificación y de democracia pueden someter al control colectivo a unas fuerzas productivas que están remodelando el mundo.

Sabemos, al menos, qué no conceder. Si la libertad consiste en ampliar el campo de la autodeterminación individual y colectiva, la democracia es su realización política: el nombre de esa autodeterminación cuando alcanza a la vida en común. Toda doctrina que las opone necesita empobrecer primero la idea de libertad. La lucidez que exige este presente consiste en mirar de frente el vértigo de las transformaciones en curso, sin fascinación ni pánico. Insistimos, el mundo está raro y difícil. Razón de más para no entregarlo.

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Martín Mosquera
Licenciado en Filosofía, docente en la Universidad de Buenos Aires y Editor Principal de Jacobin América Latina.

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Fuente:

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