Gramsci nos ayuda a recordar que las ideas no son fantasmas: organizan voluntades y construyen hegemonía. Pero, también, que transformar el mundo exige una praxis: la capacidad de convertir comprensión en acción
25 de abril de 2024, Roma, Italia: Un mural dedicado a Antonio Gramsci en Via Ostiense. Matteo Nardone / Zuma Press / ContactoPhoto
Federico Bonasso, Compositor, escritor y analista argentino-mexicano
diario-red.com/05/09/2026
En una época que produce incertidumbre a raudales, surge un mercado para la certeza.
El problema es cuando confundimos deseos o hipótesis con certezas. Porque si queremos transformar profundamente una realidad -social, política o de cualquier índole-, debemos conocerla con una profundidad equivalente a la transformación que se pretende. Sin diagnóstico certero no hay terapia, desde luego. Por eso mismo andar anticipando certezas mal construidas puede ser fatal. Lamentablemente el diagnóstico -y más aún el autodiagnóstico- exige coraje intelectual.
La historia del coraje intelectual ilustra bien tanto sus logros como la irritación que causa. El pensamiento científico, la crítica al dogma de la época, el talante cuestionador, le han resultado no sólo incómodos a grandes sectores de la sociedad a lo largo de la historia, sino directamente subversivos a las instituciones del poder.
Una lista muy resumida de rebeldes intelectuales ilustra la irritación: Sócrates, Galileo, Giordano Bruno, Olympe de Gouges -autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana de 1791, guillotinada por el Terror jacobino-, Darwin, Marx, Nietzsche, Rosa Luxemburgo, Russell, Popper.
En nuestra época, y a riesgo de que esto cambie, el castigo a la heterodoxia se ejerce con menos violencia física. Ya no hay hogueras o tribunales inquisitorios, pero sí marginación del crítico, a través de estigmas, ridiculización o convirtiéndolo en sospechoso.
El pensamiento científico, la crítica al dogma de la época, el talante cuestionador, le han resultado no sólo incómodos a grandes sectores de la sociedad a lo largo de la historia, sino directamente subversivos a las instituciones del poder
La valentía intelectual tiene adversarios o sucedáneos. Ocupémonos brevemente de un tipo de analista que, muchas veces, se presenta como un valiente intelectual pero ofreciendo certezas. No lo hacemos para enfocar la crítica en alguien en particular, sino en un método de resultados cuestionables. Un método, sin embargo, que logra solucionar dos demandas de la audiencia de izquierda. Por un lado, ordenar un mundo caótico -y, en el aspecto político, bastante funesto- y, por el otro, comunicar con contundencia las posiciones ideológicas. Esas posiciones que, según cierta concepción de la eficacia política, correrían el riesgo de “debilitarse” si se sometieran a demasiados matices o complejidades.
Llamémoslo, afectuosamente, “gurú de la certidumbre”. Muchos políticos caben, sin duda, en esta categoría. ¿Es la acción de estos gurús, por más simpáticos que nos resulten o nobles las causas que defienden, totalmente inocua?
Estamos hablando, en ocasiones, de maestros del dato. Cabezas enciclopédicas que subyugan a la audiencia con referencias históricas, apellidos y geografías. Pero que pueden sucumbir a la vieja tentación del reduccionismo. Un reduccionismo de presentación sofisticada si se quiere, pero que apunta más a la confirmación de sesgo de la audiencia que a una pedagogía de largo plazo que valore no sólo el convencimiento, sino el camino al mismo. El dato puede, paradójicamente, ser cómplice de una explicación falsa. Porque la avalancha de datos termina sustituyendo en ocasiones a la demostración causal. Hechos ciertos se ensamblan mediante vínculos no probados hasta producir una explicación simple. Y cerrada.
La proliferación de los gurús de la certidumbre en el debate público, incluso sosteniendo denuncias importantes, nos invita a traer a Popper y su sana propuesta de cuestionar los postulados propios. Ojo: los rebeldes del pensamiento crítico comparten con el gurú de la certidumbre la sospecha inicial, pero manejan una diferencia decisiva: saben sospechar también de sus propias sospechas.
Aunque un bálsamo para un alma atribulada, la técnica de la certeza puede jugarle en contra al campo de la izquierda. Entendida la izquierda en un sentido elemental: como la tradición política que aspira a ampliar o defender los derechos, la justicia, la igualdad, la dignidad; y, sin duda, y ante el desquiciamiento de esta fase capitalista: también la racionalidad.
Una fuerza política que pretende transformar la realidad no puede darse el lujo de empantanarse en las explicaciones que sólo confirman un modelo donde se siente cómoda. Si diagnostica mal las relaciones de poder, exagera o invierte la causalidad, inventa coordinaciones donde sólo hay intereses que convergen o convierte toda contradicción en prueba de una conspiración mayor, no sólo empobrece su pensamiento: deteriora el diagnóstico. Ergo, merma su capacidad de intervenir sobre el mundo real. El error epistemológico termina cobrándole la cuenta a la política.
Hay otro peligro, más bravo. Una izquierda que se acostumbra premiar la certeza y castigar la duda conseguirá a veces expulsar a los rebeldes que le son fundamentales: los que no han perdido la brújula, la noción de que los medios deben subordinarse a los fines. Emanciparse construyendo bálsamos y dogmas es una tarea destinada al fracaso.
La proliferación de los gurús de la certidumbre en el debate público, incluso sosteniendo denuncias importantes, nos invita a traer a Popper y su sana propuesta de cuestionar los postulados propios
Si la izquierda interpreta cada triunfo de Milei, Bolsonaro, Kast o Vox solo como el resultado de una gran central ultraderechista internacional, puede dejar de identificar a tiempo hechos decisivos: por qué una parte del electorado vota a esas derechas; qué errores cometieron los gobiernos progresistas; qué necesidades sociales capturó la derecha; qué movimientos populares o demandas legítimas dejaron de atenderse; qué peso tuvieron inflación, inseguridad, corrupción, hartazgo institucional o la tibieza a la hora de enfrentar al poder económico. La certeza puede traer un bálsamo que retarde la acción o la consciencia política.
Sano parece desafiar entonces a los gurús de la certidumbre, al reduccionismo de algunas teorías de la conspiración. Y lo digo otra vez: no porque no existan conspiraciones, sino porque alterar la causalidad puede impedirnos identificar correctamente los hechos y los verdaderos responsables del mundo que queremos transformar. Para esta tarea, acaso convenga ensayar un matrimonio eventual entre Gramsci y Popper.
Gramsci nos ayuda a recordar que las ideas no son fantasmas: organizan voluntades y construyen hegemonía. Pero, también, que transformar el mundo exige una praxis: la capacidad de convertir comprensión en acción.
Popper, no nos ofrece una receta para gobernar. Ni se le ocurre proponernos que hagamos una traspolación ingenua de su epistemología a la política; en cambio nos propone una disciplina básica, más difícil pero virtuosa, la esencia del coraje intelectual: no convertir nuestras hipótesis en dogmas. Y desarrollar la capacidad de corregir el rumbo, admitiendo, cuando haga falta, que ninguna explicación -ni siquiera la propia- puede defenderse si hay evidencia que la contradice.
Sin Gramsci, podemos entregarnos a la ingenuidad. Sin Popper, al mercado de la certeza.
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