UNA ANEXIÓN QUE COMO LA DE VENEZUELA O UCRANIA, NO NECESITA CAMBIAR LA BANDERA
Washington obtiene ahora, mediante "un pacto", una parte sustancial de aquello que Trump llevaba meses reclamando mediante amenazas
MANUEL MEDINA(*)
canarias-semanal.org/21/09/2026
La OTAN condenó que Rusia invocara su seguridad sobre Ucrania; ahora celebra un acuerdo construido sobre las exigencias estratégicas de Washington
Trump estuvo amenazando durante meses con hacerse con Groenlandia y advirtiendo que no descartaría la fuerza si fuera preciso. Ahora EEUU ha obtenido mediante un “acuerdo” una presencia militar permanente con "capacidad para excluir a sus adversarios". Según nuestro colaborador Manuel Medina, autor de este artículo, como sucediera en Venezuela hace unos meses, la bandera en Groenlandia no ha cambiado, pero la cuestión esencial es saber cuánto poder efectivo permanece todavía detrás de ella.
Durante casi dos años, Donald Trump ha venido diciendo -amenazando abiertamente- que Estados Unidos necesita controlar Groenlandia.
Amenazó con adquirirla, se negó a descartar el empleo de la fuerza y llegó a expresar su confianza en que terminaría anexionándosela.
Dinamarca respondió que la Isla no estaba en venta; los groenlandeses rechazaron rotundamente convertirse en estadounidenses y Europa proclamó que la soberanía territorial era inviolable.
El pasado viernes, 18 de septiembre de 2026, llegó el desenlace de esta disputa: Washington, Copenhague y Nuuk anunciaron un acuerdo que Trump presenta como el “control permanente” estadounidense de la seguridad de Groenlandia. La agencia Reuters confirma que el pacto amplía permanentemente la presencia militar norteamericana y pretende impedir bases e inversiones sensibles de países considerados adversarios.
Formalmente, Trump no se ha anexado la Isla: Dinamarca conserva su soberanía, y las autoridades groenlandesas mantienen su derecho a decidir su futuro. Pero reducir la soberanía a la bandera que ondea sobre un edificio significa ignorar quién es el que controla las decisiones estratégicas fundamentales. Y esa es precisamente la cuestión que plantea Groenlandia.
PRIMERO FUERON LAS AMENAZAS
La historia no comenzó en septiembre. Estados Unidos lleva décadas interesado en Groenlandia y ya intentó adquirirla en 1867, 1910, 1946 y 1955. Desde 1951 posee amplios derechos militares y mantiene en Pituffik una instalación fundamental para detectar misiles que atraviesen el espacio polar.
Trump ha ido mucho más lejos. Tras regresar a la Casa Blanca en enero de 2025, insistió en que la “propiedad y el control” de Groenlandia eran una “necesidad absoluta”. En marzo expresó públicamente su confianza en que Estados Unidos acabaría anexionándose la isla.
Copenhague se tomó las amenazas lo suficientemente en serio como para que la primera ministra Mette Frederiksen corriera apresuradamente a Berlín, París y Bruselas buscando el respaldo de la UE y de la OTAN. En agosto, Dinamarca convocó al encargado de negocios estadounidense, tras conocerse sospechas de una campaña para influir en la opinión pública groenlandesa. Un mes después, Groenlandia realizó el mayor ejercicio militar de su historia moderna con tropas de Dinamarca, Francia, Alemania, Suecia y Noruega. Estados Unidos quedó fuera. Aquello lucía aparentemente a una resuelta "resistencia". Un año después, sin embargo, ha llegado el "acuerdo".
UNA ANEXIÓN SIN ANEXIÓN
La secuencia importa mucho. Porque Washington obtiene ahora, mediante "un pacto", una parte sustancial de aquello que Trump llevaba meses reclamando mediante amenazas: presencia militar permanente, nuevas capacidades defensivas y la posibilidad de impedir que adversarios estratégicos instalen bases o efectúen "inversiones sensibles". Incluso una eventual independencia de Groenlandia no podría eliminar los derechos estadounidenses previstos.
Trump lo ha llamado “control permanente”. La primera ministra danesa Frederiksen lo denomina “seguridad compartida”. Una deliberada confusión semántica muy semejante a la que surge, un día sí y otro también, entre Trump y la "presidenta encargada" de Venezuela, Delcy Rodríguez. Diferencias de interpretación, por cierto, que ninguna de las dos primeras mandatarias se han sentido obligadas a aclarar, desmintiendo las rotundas afirmaciones del presidente estadounidense ante sus respectivos pueblos.
Groenlandia posee, además, un potente movimiento independentista, para el que la independencia de Dinamarca no significa, ni de lejos, la integración en Estados Unidos. Las amenazas de Trump impulsaron precisamente el debate sobre la autodeterminación. Hubo además manifestaciones contra las pretensiones estadounidenses en Nuuk.
EL PRECEDENTE DEL ANSCHLUSS
Aquí aparece una inquietante semejanza histórica, aunque los acontecimientos no sean idénticos.
En febrero de 1938, Hitler convocó al canciller austríaco Kurt Schuschnigg y le impuso exigencias que reducían la independencia efectiva de Austria: coordinación de su política exterior y militar con Alemania, entrada de dirigentes nazis en posiciones decisivas y amnistía para los nazis austríacos. Cuando Schuschnigg intentó convocar un plebiscito sobre la independencia, Hitler respondió con ultimátums y amenaza de invasión. Finalmente, el Ejército alemán cruzó la frontera y Austria quedó jurídicamente incorporada al III Reich.
Hay una diferencia particularmente significativa con el caso que ahora comentamos: Hitler, que era, además, oriundo del país que quería anexionarse, contaba con un importante movimiento nazi austríaco favorable a la unión y, cuando las tropas alemanas entraron, encontraron también multitudes que las recibieron jubilosamente. El Museo del Holocausto de Estados Unidos señala que el Anschluss tuvo un amplio apoyo tanto en Alemania como en Austria, aunque ese respaldo convivió con una coerción brutal, represión, exclusiones y persecución de los opositores.
Trump, en su reivindicación ártica, ni siquiera ha contado con un movimiento groenlandés equivalente que reclame la incorporación de la Isla a Estados Unidos.
La analogía, por tanto, no reside en afirmar que Trump sea Hitler ni que Groenlandia sea la Austria de 1938. Está en el procedimiento de poder: una gran potencia declara estratégico el territorio de otra, presiona al Estado más débil, invoca necesidades superiores de seguridad y acaba obteniendo concesiones que limitan su capacidad efectiva de decisión.
En 1938 hizo falta finalmente atravesar la frontera. En 2026 puede bastar con un tratado.
VENEZUELA: EL OTRO PRECEDENTE
Entre ambos momentos aparece además Venezuela. El 3 de enero de 2026, una gran operación militar estadounidense secuestró al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa, y los sacó del país. Participaron en el operativo militar más de 150 aeronaves. Trump anunció entonces que Estados Unidos dirigiría temporalmente Venezuela hasta garantizar una transición.
Los procedimientos han sido distintos: intervención militar directa en Venezuela, presión seguida de acuerdo en Groenlandia. Pero ambos revelan hasta qué punto Washington vuelve a considerar determinados espacios geográficos como territorios sobre los que puede imponer necesidades definidas unilateralmente por sus intereses estratégicos.
LA OTAN, DE LA RESISTENCIA A LA “SATISFACCIÓN”
El papel de la OTAN resulta especialmente revelador. Cuando Trump planteaba públicamente la anexión, su Secretario General, Mark Rutte, evitaba enfrentarse a Washington. Ante Trump, Rutte reconocía que no quería “arrastrar a la OTAN” a la cuestión de Groenlandia, mientras que a la vez concedía que el presidente estadounidense tenía razón respecto al peligro representado por Rusia y China.
Después, el mismo Rutte se prestó a participar en la mediación que condujo al principio de acuerdo. Y ahora la Alianza ha acogido con “satisfacción” el resultado porque, asegura, favorecerá “la seguridad, la estabilidad y la cooperación”.
La cuestión adquiere especial significado cuando se compara esta actitud con lo sucedido en Ucrania.
PUTIN Y TRUMP: LA SEGURIDAD COMO JUSTIFICACIÓN
Vladimir Putin tampoco anunció en febrero de 2022 que fuera a anexionarse toda Ucrania. Denominó a su intervención “operación militar especial”, no sin antes advertir que Lenin se había equivocado al defender el derecho de los pueblos del antiguo Imperio ruso a la autodeterminación, y justificando su propia actuación, apelando a la seguridad rusa, a la expansión oriental de la OTAN, a la aproximación de su infraestructura militar a las fronteras de Rusia y a la situación de la población rusa del Donbás.
También anunció que sus objetivos eran “desmilitarizar” y “desnazificar” Ucrania. Todo ello figura en el discurso remitido oficialmente por Moscú a Naciones Unidas.
Las potencias pertenecientes al Occidente profundo rechazaron esas justificaciones: las necesidades de seguridad rusas, sostuvieron, no podían otorgar a Moscú derechos sobre la soberanía ucraniana.
Comparemos ahora el argumento estadounidense.
Washington considera que Rusia y China están aumentando su presencia en el Ártico. Rusia ha reconstruido bases militares septentrionales; China se autodefine como Estado “cercano al Ártico”; y Trump afirma que esa presencia convierte el control de Groenlandia en esencial para la seguridad estadounidense.
Las dos operaciones son materialmente diferentes. Rusia lanzó una invasión a gran escala contra Ucrania; Estados Unidos ha obtenido mediante amenazas, presión diplomática y negociación una ampliación permanente de sus capacidades sobre Groenlandia.
Pero debajo aparece una lógica común: una gran potencia considera intolerable que un territorio estratégicamente situado pueda caer dentro de la esfera militar o económica de sus adversarios y convierte su propia seguridad en argumento para limitar la soberanía de ese territorio.
Y ahí surge la contradicción: lo que la OTAN rechaza como principio cuando lo invoca Moscú, termina aceptándolo cuando beneficia a Washington.
LO QUE REALMENTE ESTÁ EN JUEGO
Groenlandia no interesa por sus paisajes helados. El calentamiento global está abriendo rutas marítimas antes impracticables y haciendo accesibles minerales e hidrocarburos. Al mismo tiempo, Estados Unidos, Rusia y China compiten por posiciones militares capaces de controlar un Ártico cada vez más importante.
A partir de ese punto es cuando desaparece buena parte de toda la retórica nebulosa que trata de entorpecer una visión clara del problema.
Detrás de palabras como “seguridad”, “estabilidad” y “cooperación” existe una enconada competencia entre grandes potencias por rutas, recursos, inversiones, mercados y posiciones militares. Cuando esos intereses chocan, los Estados más poderosos intentan transformar su fuerza económica y militar en capacidad para decidir sobre territorios mucho más débiles.
Rusia lo hizo violentamente en Ucrania. Estados Unidos ha seguido otro camino en Groenlandia. Diferentes métodos, diferentes dimensiones y diferentes consecuencias, pero una misma realidad material: la lucha de las grandes potencias imperiales por delimitar espacios estratégicos que consideran como propios.
Quizá esa sea la característica más reveladora del último episodio groenlandés. En el siglo XXI, una potencia capitalista no necesita borrar una frontera para apropiarse de funciones fundamentales de la soberanía de otro pueblo. Puede dejar la bandera, el Parlamento y hasta la independencia formal. Le basta con asegurarse de quién decide sobre las bases, los Ejércitos, las inversiones estratégicas y los adversarios que pueden entrar... ya sea en Ucrania, Venezuela, Groenlandia o Irán. Y llamarlo después “seguridad compartida”.
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(*) MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor de varios libros, entre los que se encuentran "El Gran Reajuste" y "Los BRICS: Esperanza o ilusión", ambos de la Editorial Semilla, y el último, de próxima aparición en el presente mes de septiembre.
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