La democracia en EEUU enfrenta nuevas tensiones por Trump, el anticomunismo y una resolución contra el socialismo antes de las elecciones
Por Luis Manuel Arce Issac
Almaplus.tv.com/05/09/2026
Ya los entresijos de la democracia representativa, que fue hasta ahora el mascarón de proa del modo de producción capitalista y, en consecuencia, la coraza detrás de la cual se escondió desde principios del siglo pasado el imperialismo, primero el europeo y luego el de Estados Unidos, están dejando ver con mayor claridad las dificultades, inconvenientes y contrariedades de un modelo socioeconómico que no puede ocultar su desgaste.
Lo que hace apenas una década era muy difícil de percibir —como el mar de fondo que agitaba las aguas del imperialismo en la superficie, haciéndolo más irascible, guerrerista y peligroso—, se ha clarificado en este segundo gobierno de Donald Trump, cuando han tenido que recurrir, en sus más altos grados de expresión, a la fuerza bruta y la mentira para intentar taponear las grietas que están hundiendo al sistema.
Asombrosamente, esa democracia representativa que tanto le sirvió al imperio como su escudo ideológico para crear el “sueño americano” y cautivar voluntades, ahora les es un estorbo a pesar de que sigue siendo la antítesis de la participativa, la que más se acerca a la definición sociológica de ese modelo de gobierno, y a la cual nunca se le dio cabida.
La propia Cámara de Representantes de Estados Unidos, corazón del organismo legislativo de toda nación, la acaba de liquidar hace apenas unas horas ante los conatos de adversarios de abrirle camino por vez primera en el Congreso a fuerzas políticas de renovación, con candidatos que piensan más en la participación ciudadana en los órganos de la institucionalidad democrática que en la representación.
Por 220 votos a favor y 192 en contra, los congresistas aprobaron este martes una resolución maccartista que condena el «socialismo en todas sus formas» y lo presenta como una amenaza directa a los valores estadounidenses y a la Constitución, regresando de esa manera a los momentos más oscuros de la historia política de la nación.
La decisión, sin embargo, no se debe exclusivamente al goce de la mayoría calificada del Partido Republicano en esa cámara, sino también a un asunto de clase más allá del bipartidismo, pues ocho opositores se sumaron a sus presuntos adversarios de bancada en la votación, confirmando así la alianza en la cúpula del establishment y la crisis interna demócrata.
Lo más grave es que lo ocurrido no deja lugar a dudas de que acaba de ser dinamitado el sistema democrático representativo estadounidense, víspera de las elecciones de medio término del 3 de noviembre próximo, aunque ya se sabía que el equipo de Trump haría hasta lo imposible para que estas no se den, y si se dan, se realicen bajo su prisma autócrata de salir vencedor cueste lo que cueste.
El texto aprobado lo dice todo por sí mismo. No se limita a rechazar determinadas políticas económicas, sino que construye una genealogía de enemigos a quienes hay que cerrarles todas las puertas y romper las barreras que representen al avance del fascismo yanqui hacia una institucionalidad contraria a la Carta Magna, como se viene haciendo en la práctica.
El documento aprobado retoma el anticomunismo como base, lo culpa de los males creados y ejecutados por el propio imperialismo en sus casi 200 años de guerras al afirmar que la «ideología socialista» conduce inevitablemente a una «concentración de poder» que, una y otra vez, habría terminado en «regímenes comunistas, gobiernos totalitarios y dictaduras represivas» y les atribuye ni más ni menos que la responsabilidad de hambrunas y asesinatos masivos» y cifra en «más de 100 millones de personas asesinadas en todo el mundo».
El falaz argumento justificativo se desvanece cuando el texto hace hincapié en su objetivo de política interna, deja de hacer énfasis en el aspecto internacional del comunismo y centra sus acusaciones directamente en el Democratic Socialists of America (DSA), la organización que le está dando tanto dolor de cabeza al conservadurismo de ambos partidos y a los multimillonarios del tecnogobierno de Trump.
Solo como recordatorio, al DSA pertenecen la activista Alexandria Ocasio-Cortez, quien mantiene vínculos con Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, y otros líderes que se autotitulan socialistas para marcar la diferencia dentro del Partido Demócrata, o grupos progresistas seguidores del senador Bernie Sanders.
Necesariamente, al ver hacia dónde apunta la resolución “anticomunista”, no queda otra alternativa que virar la cara hacia el 3 de noviembre y no solamente hacia Mamdani o los candidatos de “izquierda” que se están imponiendo en las elecciones internas de los demócratas.
En la misma resolución, sus creadores admiten que los candidatos vinculados al DSA han concurrido «en más de cien elecciones en al menos la mitad de los estados», y el crecimiento electoral de ese sector es presentado como una amenaza nacional, no como una disputa interna dentro del Partido Demócrata.
El colmo de la desfachatez es que la resolución vincula propuestas del DSA con una supuesta erosión de la democracia estadounidense cuando esta ha sido aplastada por el autoritarismo de Donald Trump.
La idea evidente es demonizar a lo que denominan la izquierda socialista y sus propuestas de darle un giro importante al sistema de democracia representativa por una más participativa que incluya reformas para una elección directa tanto a la presidencia de la nación como al poder legislativo, en la cual sea decisiva la voz de los votantes.
Algunos analistas señalan que la resolución ha abierto una nueva grieta dentro de las filas demócratas por haber contado con el apoyo de destacados legisladores de ese partido, pero en realidad no son cuarteaduras nuevas, sino profundas heridas viejas que, en los hechos, los han dividido en dos grupos antagónicos: los que se aliaron con Trump y los que se le oponen.
En los hechos, la resolución marca la estrategia de Trump para dominar las intermedias de noviembre mediante una restricción de participantes opositores en las urnas, como ya se vislumbra con su reclamo de que el Congreso apruebe la Ley SAVE America, que exigiría a las personas presentar una identificación y una prueba de ciudadanía para votar.
Sin embargo, lo que no pueden ocultar es que la percepción pública del desempeño de Trump frente a la Casa Blanca sigue siendo muy negativa y el rechazo popular aumenta.
Una cosa queda clara. Quien se fije bien en la campaña republicana para los comicios de medio término, se habrá dado cuenta de que no hay proposiciones ni nada que hable sobre el estado de la nación, ni cómo van a salir de la crisis económica que atraviesan y que camina indefectiblemente hacia una estanflación, pues no se ven salidas para el déficit comercial ni para la deuda pública de 40 billones de dólares.
Toda la campaña es política, ideológica, mentirosa y contra una izquierda que no es tal en su sentido lato, sino que se distingue ideológicamente de los que están en el poder por su interés de salvar una democracia que está herida de muerte.
Ese sentimiento que está expresando una parte importante de la sociedad estadounidense abre esperanzas de que Estados Unidos podría estar llegando a un momento de definiciones sistémicas muy profundas que podrían salvar a la humanidad de una gran catástrofe.
*Luis Manuel Arce Issac
Autor de esta publicación
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*Periodista cubano con más de seis décadas de trabajo profesional ininterrumpido. Fue corresponsal de guerra en Vietnam, Laos, Camboya y Nicaragua, y corresponsal de la agencia Prensa Latina en naciones como Venezuela, Uruguay, España y México. Fue vocero del Comandante Ernesto.
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