Incapaz de lograr una victoria militar o de pactar una salida honrosa, Trump está empantanado en una incierta guerra económica
ENRIQUE FLORES
elpaís.com/
Editorial/22 AGO 2026
La operación Furia épica que Estados Unidos e Israel lanzaron el 28 de febrero contra Irán iba a durar cuatro o cinco semanas, según prometió la Casa Blanca. Seis meses después, Washington está empantanado en una guerra de resistencia que es a la vez el mayor lastre político de Donald Trump y una fuente de inestabilidad que trasciende Oriente Próximo. El régimen iraní no da ninguna señal de debilidad, ha masacrado la contestación interna, ha bombardeado media docena de países vecinos y además ha tomado conciencia de un poder que nunca había usado antes: el estrangulamiento a capricho del tránsito de hidrocarburos, lo que impacta en todas las economías de una forma u otra. En EE UU, la guerra ha reavivado la inflación, ha intensificado la presión sobre la deuda pública y ha enfriado las perspectivas de crecimiento en plena campaña electoral.
El estrecho de Ormuz es el símbolo más elocuente del fracaso estadounidense. Por esa vía transitaba cerca de una quinta parte del comercio mundial de hidrocarburos y ahora apenas unos cuantos buques se atreven a navegar. Solo en lo que va de agosto el petróleo acumula una subida del 20%. Las reservas de crudo y derivados en los países desarrollados están en mínimos. Los precios fluctúan al ritmo de tuits de Trump, dependiendo de las esperanzas de diálogo con Irán.
Mientras, la factura del conflicto no deja de aumentar. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, cuantificó el coste de la guerra ante el Congreso en 37.500 millones de dólares, pero el Center for Strategic and International Studies cree que la cifra real está más cerca de los 100.000 millones. Un gasto que ha acabado por dar la puntilla a la deuda pública estadounidense que se ha multiplicado por dos en apenas 10 años y que esta semana traspasaba la barrera de los 40 billones de dólares. El conflicto, además, ha mermado las reservas de armamento de la primera potencia mundial y ha abierto un boquete en la estrategia de seguridad de EE UU en Asia, al verse obligado a desplazar el portaaviones USS George Washington hacia el Golfo Pérsico para relevar al USS Abraham Lincoln, cuya tripulación llevaba meses sometida a un despliegue tan largo que han protestado sus familias.
Ante el fracaso estratégico de la campaña militar y el estancamiento de la vía diplomática, el presidente estadounidense promete ahora aislar económicamente al régimen islámico con una guerra económica. Es un reconocimiento de su incapacidad militar para doblegar a Teherán y de su incapacidad diplomática para lograr un acuerdo presentable ante sus ciudadanos. Pero el ahogamiento de Irán no es tan sencillo. Irán es una economía acostumbrada a las sanciones, ha establecido canales de exportación y financieros para eludir parte de los embargos y el régimen tiene pocos límites en el daño que es capaz de infligir a sus ciudadanos. Una verdadera guerra económica necesitaría de la ayuda global, principalmente de Emiratos Árabes Unidos, salvavidas financiero del régimen, y de China, que compra el 90% de las exportaciones petroleras de Teherán. Emiratos suspendió el comercio con Irán esta semana. Xi Jinping visita Washington el mes que viene.
La falta de resultados con la guerra ha hundido la credibilidad de Trump incluso entre los suyos. La impopularidad del conflicto, que ni siquiera tiene respaldo del Congreso, y los elevados costes de la gasolina irritan a un electorado que le votó para protestar por la carestía de la vida. Pero una retirada caótica o una paz sin logros tangibles sería aún peor. A los estadounidenses no les gustan los presidentes que proyectan debilidad. Así, después de seis meses de colosal fracaso estratégico, el conflicto entra en una nueva fase en la que tanto Washington como Teherán están seguros de poder infligir más daño al otro. Nada indica que la supuesta guerra económica pueda doblegar a la hermética teocracia iraní más que los bombardeos o el asesinato de su líder supremo. Irán no tiene ninguna prisa. Trump, por el contrario, está a 10 semanas de unas elecciones y el precio de la gasolina no para de subir.
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