Creían que eran trastornos opuestos, pero 191 escáneres cerebrales revelan qué comparten la esquizofrenia y la bipolaridad
Esquizofrenia y bipolar comparten una conexión cerebral. 191 escáneres muestran qué une a ambos trastornos. Descubre el hallazgo clave del estudio
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muyinteresante.okdiario.com/23.08.2026
Durante décadas, la psiquiatría ha trazado una frontera nítida entre la esquizofrenia y el trastorno bipolar. Son diagnósticos distintos, con síntomas distintos, evoluciones distintas y tratamientos distintos. Sin embargo, cuando 191 personas pasaron por un escáner de resonancia, esa frontera se volvió sorprendentemente porosa.
Lo que vas a descubrir en este artículo
Un hallazgo que empieza en 191 participantes
Qué es exactamente la conectividad funcional
La similitud: menos sincronización global en ambos trastornos
La diferencia decisiva: la esquizofrenia altera un territorio más amplio
Lo que la clínica no permite diluir
Lo que el estudio no demuestra
Por qué importa aunque no sirva para diagnosticar
Un estudio reciente en Frontiers in Psychiatry encontró que ambos trastornos comparten una alteración en la forma en que regiones cerebrales alejadas coordinan su actividad. No significa que sean la misma enfermedad. Significa algo más sutil, y quizá más revelador: que el cerebro no funciona en compartimentos tan limpios como nuestras etiquetas clínicas.
Un hallazgo que empieza en 191 participantes
El equipo analizó a 89 personas con esquizofrenia, 57 con trastorno bipolar tipo I y 45 controles sanos. La suma da 191 participantes, todos de entre 18 y 50 años, reclutados entre el 1 de febrero de 2024 y el 30 de noviembre de 2025. Los diagnósticos se establecieron según los criterios del DSM-5 y fueron evaluados por psiquiatras certificados, mientras que los controles procedían de la comunidad local, según el estudio.
La herramienta central fue la resonancia magnética funcional en reposo (fMRI en reposo), una técnica que registra la actividad cerebral mientras la persona no realiza ninguna tarea concreta, simplemente tumbada dentro del escáner. Con esos datos, los investigadores compararon la actividad entre 90 regiones cerebrales definidas por el atlas anatómico AAL-90, generando para cada participante una matriz de conectividad de 90 × 90 regiones.

Qué es exactamente la conectividad funcional
Antes de entender el hallazgo conviene precisar un concepto que se malinterpreta con facilidad. La conectividad funcional mide hasta qué punto dos regiones cerebrales fluctúan de manera coordinada durante la exploración. No describe necesariamente fibras físicas que las unan, ni demuestra que una región cause los síntomas de otra. Es una relación estadística, no un cable visible ni una lesión, tan difícil de interpretar como huellas fósiles de 1,4 millones de años que aún desconciertan a los científicos.
La imagen más precisa no es la de un circuito roto, sino la de una orquesta. Cuando decimos que la sincronización cambia, no afirmamos que falte un músico, sino que las secciones dejan de tocar tan acompasadas como antes. Para medir esa coordinación, el equipo recurrió a la teoría de grafos, una rama matemática que representa el cerebro como una red de nodos, las regiones, y enlaces, las relaciones entre su actividad, del mismo modo que una ecuación explica el canibalismo humano y su fracaso evolutivo en términos puramente matemáticos.
La similitud: menos sincronización global en ambos trastornos
El punto de encuentro apareció con claridad. Tanto el grupo con esquizofrenia como el grupo con trastorno bipolar mostraron una sincronización global menor que la de los controles sanos. Dicho en términos sencillos: varias regiones alejadas entre sí parecían coordinarse peor, como si esa orquesta cerebral perdiera parte de su compás común.
Las alteraciones compartidas involucraron circuitos relacionados con el hipocampo y con regiones de los lóbulos temporal, parietal y occipital, según el estudio. El hipocampo, implicado en la memoria y en el procesamiento del contexto —esa idea de que el estómago decide qué recuerdas empieza a ganar terreno en la investigación reciente—, emerge así como un punto de convergencia entre ambos diagnósticos. Conviene subrayarlo: su participación no implica una lesión hipocampal específica ni explica por sí sola ninguna de las dos enfermedades.
Hay un matiz técnico importante que evita exagerar el titular. El análisis no encontró diferencias estadísticamente significativas entre los tres grupos en eficiencia global de la red (F = 2,400; p = 0,093). Por eso el resultado central no debe resumirse como una reducción general de la eficiencia cerebral, sino como un cambio específico en la sincronización.

La diferencia decisiva: la esquizofrenia altera un territorio más amplio
Aquí es donde la biología deja de contar una sola historia. El patrón de alteraciones fue, en términos generales, más extenso y específico en la esquizofrenia que en el trastorno bipolar. No se trata solo de una cuestión de intensidad, sino de alcance.
En la esquizofrenia se detectaron menos conexiones dentro de las redes sensoriomotoras y entre estas y la red neuronal por defecto, ese conjunto de regiones asociado con procesos internos como la memoria autobiográfica y la imaginación. Ambos grupos, en cambio, presentaron una conectividad mayor entre las redes de control atencional y los circuitos límbicos, implicados en la emoción y la motivación, un ajuste que recuerda cómo el cerebro logra hacer varias cosas a la vez sin perder el control atencional.
Esa combinación abre una hipótesis interesante, aunque el estudio no la demuestre: los cambios en la integración sensorial, la experiencia interna y la organización del pensamiento podrían relacionarse entre sí en la esquizofrenia. Pero de una correlación grupal no puede deducirse una cadena causal individual.
Lo que la clínica no permite diluir
La continuidad biológica no borra las diferencias clínicas, y estas siguen siendo el terreno donde se juega el diagnóstico. En el trastorno bipolar tipo I resultan decisivos los episodios de manía o hipomanía y depresión; en la esquizofrenia pesan sobre todo los síntomas psicóticos persistentes o recurrentes y los síntomas negativos, con un curso clínico distinto.
Los propios datos del estudio lo reflejan. Las puntuaciones de la escala PANSS, que evalúa síntomas positivos y negativos, fueron superiores en la esquizofrenia que en el trastorno bipolar y los controles: la comparación global arrojó F = 42,9 para síntomas positivos y F = 56,7 para síntomas negativos, ambas con p < 0,001. La carga farmacológica media, en cambio, fue similar entre grupos (2,35 frente a 2,40; p = 0,694).
Y aquí aparece un dato que obliga a la cautela: pese a esas diferencias clínicas, los autores no encontraron correlaciones significativas entre las métricas de topología de red y la gravedad medida con la PANSS. Es decir, una mayor alteración en la red no se traducía de forma clara en síntomas más intensos en cada paciente.
Lo que el estudio no demuestra
Un hallazgo así invita a leerlo con lupa. Estas son sus fronteras, tal y como las plantea el propio trabajo o se deducen de su metodología:
- Es un estudio transversal: identifica asociaciones, pero no prueba causalidad. No sabemos si las alteraciones preceden a la enfermedad, la siguen o cambian con el tiempo.
- La muestra es moderada y puede carecer de potencia para detectar todas las diferencias de topología, especialmente entre esquizofrenia y trastorno bipolar.
- Todos los pacientes tomaban medicación, con antipsicóticos de segunda generación. Aunque la carga farmacológica se incluyó como covariable, no puede descartarse su influencia sobre la conectividad.
- No hubo relación clínica clara entre las métricas de red y la gravedad PANSS.
- Los participantes procedían de un mismo entorno hospitalario, lo que limita la generalización a otras poblaciones, equipos y escáneres.
La fMRI en reposo no sirve hoy para diagnosticar individualmente esquizofrenia o trastorno bipolar, ni para distinguir con fiabilidad ambos diagnósticos.

Por qué importa aunque no sirva para diagnosticar
¿Significa esto que un escáner podrá algún día señalar quién tiene esquizofrenia y quién trastorno bipolar? ¿O que ambos trastornos convergen hacia un mismo origen cerebral? De momento, la respuesta a las dos preguntas es no. El diagnóstico sigue apoyándose en la evaluación clínica de síntomas, antecedentes, duración y evolución, y ningún patrón de resonancia lo sustituye.
Lo que aporta este trabajo es otra cosa. Sugiere que ciertos mecanismos, como la regulación de la atención y la emoción a través de los circuitos límbicos, podrían atravesar las fronteras diagnósticas tradicionales, un fenómeno no muy distinto al impacto del móvil en la lectura infantil que estudian otros investigadores. Esa idea encaja con una línea de investigación cada vez más activa: la búsqueda de dimensiones biológicas compartidas entre trastornos que hasta ahora se estudiaban por separado.
A futuro, este tipo de análisis podría ayudar a clasificar mejor los trastornos mentales y a diseñar tratamientos más ajustados a cada perfil, no solo a cada etiqueta. Pero es imprescindible recordar dónde estamos: se trata de una herramienta de investigación, no de un test clínico. El hallazgo no borra la línea entre la esquizofrenia y el trastorno bipolar; más bien nos recuerda que esa línea, dibujada sobre síntomas, no siempre coincide con la geografía real del cerebro, y que entender esa distancia es, quizá, uno de los grandes retos de la psiquiatría del siglo XXI.
Estudio principal: “Aberrant network topology of cortical-subcortical circuits in schizophrenia and bipolar disorder: a graph theory study”, Frontiers in Psychiatry (2026), DOI 10.3389/fpsyt.2026.1919266.
Contexto adicional: metaanálisis sobre solapamientos estructurales entre ambos trastornos, PubMed PMID 20071149.
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