A pesar de que los grandes medios siguen hablando del terremoto de Venezuela, el de Colombia mostró la profunda desigualdad social, la pobreza estructural y la nueva línea oficial de no gastar en pobres
GABRIELA ROJAS
nuevarevolucion.es / lahaine.org/16/08/2026
El terremoto de magnitud 7,4 (menor que el de Venezuela) que sacudió el occidente de Colombia el 10 de agosto no solo dejó centenares de muertos, miles de heridos y una estela de destrucción en ciudades como Cali, Pereira y Manizales. También desnudó, una vez más, la profunda desigualdad social y la pobreza estructural que persisten en el país, especialmente en regiones históricamente abandonadas donde la infraestructura es precaria o inexistente.
El epicentro se localizó cerca de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, una de las zonas más pobres de Colombia. Allí, la falta de vías adecuadas, hospitales equipados y servicios básicos dificulta enormemente el acceso (inexistente) de maquinaria pesada, personal de rescate y equipos de reconstrucción. Mientras en las ciudades del Eje Cafetero y el Valle del Cauca las operaciones de emergencia avanzaban con mayor rapidez y recursos, en el Chocó las comunidades enfrentaron demoras críticas por caminos destruidos, deslizamientos, aislamiento y la nueva línea oficial de no gastar en pobres.
El Chocó: epicentro de la tragedia y de la exclusión
El Chocó registra consistentemente los índices de pobreza más altos del país (alrededor del 67 % en datos recientes), con una población mayoritariamente afrocolombiana e indígena que convive con el conflicto armado, el desplazamiento y la carencia de servicios esenciales. El terremoto no inventó estas carencias: las expuso de forma brutal. Las viviendas precarias se derrumbaron con mayor facilidad, los pocos centros de salud colapsaron o se vieron desbordados, y las vías de acceso --ya de por sí deficientes-- quedaron bloqueadas, retrasando la llegada de ayuda.
Autoridades y residentes locales han denunciado la escasez de maquinaria y la sensación de abandono estatal. "El municipio no tiene con qué atender esta calamidad", se escuchó en los días posteriores al sismo. En zonas rurales y dispersas, la respuesta humanitaria se ve limitada no solo por la magnitud del desastre, sino por décadas de inversión insuficiente en infraestructura vial, sanitaria y habitacional.
Dos Colombias frente al mismo temblor
El contraste es elocuente. En centros urbanos con mejor conectividad y recursos, los equipos de rescate pudieron movilizarse con mayor eficacia. En el Chocó y otras regiones periféricas, la misma fuerza de la tierra se traduce en mayor vulnerabilidad: casas de construcción informal, hospitales sin capacidad de respuesta y comunidades que ya vivían al límite. El sismo reveló que la pobreza no es solo una estadística: es un factor que multiplica el riesgo y retrasa la recuperación.
Esta no es la primera vez que un desastre natural pone en evidencia las fracturas del país. Colombia es sísmicamente activa, y un suceso así debería servir como recordatorio de la urgencia de invertir en prevención, infraestructura resiliente y desarrollo equitativo. Sin embargo, las zonas más pobres siguen esperando obras que nunca llegan o se ejecutan a medias.
Una oportunidad (y una obligación) de cambiar el rumbo
El terremoto ha dejado un saldo trágico --casi 300 muertos, miles de heridos y un número aún indeterminado de desaparecidos--, pero también un mensaje claro: la desigualdad mata. No solo durante el temblor, sino en las horas y días críticos posteriores, cuando cada minuto de retraso por falta de acceso puede significar una vida.
Reconstruir no puede limitarse a levantar edificios p nuevas chabolas. Debe incluir carreteras dignas, vivienda segura, servicios de salud cercanos y oportunidades reales para las regiones olvidadas. El Chocó y otras zonas vulnerables no necesitan solo ayuda de emergencia: necesitan que el Estado deje de tratarlas como periferia permanente.
El suelo tembló el 10 de agosto. Ahora es el turno de que tiemble la conciencia colectiva y la voluntad política. Porque mientras la pobreza y la desigualdad sigan siendo el paisaje de fondo de tantas regiones colombianas, cualquier nuevo desastre natural volverá a encontrar el mismo escenario de vulnerabilidad.
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