Ante esta regresión histórica, debemos alzar la voz desde las trincheras de la memoria
El neocolonialismo de hoy es más sutil, pero igual de brutal. No permitamos que nos devuelvan al patio trasero de la historia. La resistencia debe ser inmediata, férrea y continental
Crédito : Nadia Tecuapetla / Zuma Press / Europa Press
diario-red.com
Editorial/14/08/26
Pareciera que la historia se empeña en darnos lecciones crueles y cíclicas. Tras aquella inolvidable "década ganada", donde la marea soberanista levantó la voz del Sur Global desde la Patria Grande, hoy asistimos atónitos a un retroceso histórico. Los nuevos rostros de la derecha latinoamericana, engalanados con discursos de modernidad, seguridad y eficiencia, no son más que los mayordomos de un nuevo orden neocolonial que pretende desmantelar, con servilismo vergonzante, todo lo construido.
Lo que estamos presenciando no es un simple cambio de orientación política; es una traición a la esencia misma de nuestras independencias. Reconocer la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán sirios, o validar la ocupación marroquí sobre la República Árabe Saharaui Democrática, no son gestos diplomáticos menores. Son una afrenta directa y calculada contra el patrimonio histórico de la lucha anticolonial que nos definió como región. Durante décadas, América Latina y el Caribe se habían convertido en la voz de los pueblos oprimidos; hoy, estos gobiernos se alinean con las potencias ocupantes, negando el derecho a la autodeterminación que fue tan caro conquistar. Estrechar lazos estratégicos con Israel mientras este perpetra un genocidio en Palestina no solo demuestra un cambio de socios comerciales, sino una mutación ética: se abandona a los hermanos que, como la región, sufre el despojo imperial.
Pero la neocolonización no se juega solo en los mapas de Medio Oriente; se escribe con sangre y saqueo en nuestro propio territorio. La economía se ha convertido en el campo de batalla de la entrega. Vender el litio, el agua, la tierra fértil y los recursos estratégicos a precio de gallina muerta, como ocurre en los funestos acuerdos de Argentina u Honduras, no es un "negocio" ni un "sacrificio necesario"; es despojo legalizado. Es repetir el ciclo vicioso de la conquista, donde la riqueza del subsuelo y la superficie se embarcan hacia el Norte, dejando a nuestras comunidades en la miseria, la contaminación y la exclusión. Esto no es desarrollo; es servidumbre voluntaria.
La seguridad es otra farsa de este guión neocolonial. Permitir operaciones militares estadounidenses en nuestro suelo, como en Ecuador o Colombia, camufladas en la supuesta "lucha contra el narcotráfico", es la más burda de las falacias. Es abrir de par en par las puertas al Pentágono para que mapee, intervenga y decida sobre nuestra geopolítica interna. Esa es la pérdida más absoluta de la autodeterminación, una cesión de soberanía que no tiene parangón desde la época del Corolario Roosevelt. No buscan drogas, buscan control y bases estratégicas para vigilar al supuesto enemigo externo desde nuestras espaldas.
Esta recua de mandatarios se atreve, además, a negar la realidad palpitante: niegan el genocidio en Gaza, niegan que existan países ocupados, niegan que haya pueblos desplazados y masacrados. Miran hacia el otro lado mientras el imperio, con sus tentáculos militares, financieros y mediáticos, planea apoderarse de nuestro Amazonas, nuestro litio y nuestro mar.
Ante esta regresión histórica, debemos alzar la voz desde las trincheras de la memoria. La "década ganada" nos enseñó que la integración y la unidad son posibles. El neocolonialismo de hoy es más sutil, pero igual de brutal. No permitamos que nos devuelvan al patio trasero de la historia. La resistencia debe ser inmediata, férrea y continental. Porque si algo aprendimos es que la soberanía no se negocia; se defiende. Volveremos a ganar la década, porque el pueblo de Nuestra América no olvida su dignidad ni su derecho a ser libre.
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