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SANCIONES UE A RUSIA: PÉRDIDAS SOCIALES VS. GANANCIAS CORPORATIVAS

El astuto canje de un tubo directo de gas por un barco más costoso

Imagen E.O con Nano Banana 2

Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.worpress.com/julio 26, 2026

 (El Tábano Economista)

Cuando en 2022 los líderes occidentales se reunieron para responder a la operación especial rusa en Ucrania, la confianza era absoluta. Los grandes medios y los portavoces oficiales repetían un mensaje claro: las sanciones económicas harían colapsar a Rusia en meses, el rublo se hundiría, el PIB caería en picada y la guerra de Putin se detendría por falta de dinero y tecnología. Se describía la economía rusa como “una gasolinera con armas nucleares”, comparable al tamaño de España, y se aseguraba que el embargo total la borraría del mapa geopolítico.

Sin embargo, cuando miramos atrás, desde la perspectiva de 2026, lo que realmente ocurrió no fue el colapso de Rusia, sino el nacimiento de uno de los mayores mecanismos de transferencia de riqueza de la historia moderna, una reingeniería del capitalismo global donde la geopolítica se convirtió en la coartada perfecta para un negocio de élites que ha dejado a la ciudadanía europea pagando la factura de su propio empobrecimiento.

Este dispositivo fue maquillado bajo el manto de 21 rondas de sanciones contra Rusia, que combinó varios instrumentos: congelación de activos, exclusión parcial de bancos del sistema SWIFT, restricciones al financiamiento, topes y prohibiciones sobre petróleo y derivados, controles de exportación sobre tecnología de uso dual, restricciones a servicios profesionales y medidas contra la llamada “flota fantasma” rusa. En el plano sectorial, también se atacaron energía, finanzas, comercio, transporte, bienes de doble uso.

Pero, la realidad física y macroeconómica se impuso rápidamente a los deseos de los planificadores de Washington y Bruselas. Rusia no colapsó. Su economía se reconfiguró, reorientó sus flujos comerciales hacia Asia, estabilizó su moneda mediante controles de capital y demostró una resiliencia estructural que los modelos econométricos occidentales fueron incapaces de predecir. Pero aquí es donde comienza el verdadero relato espantoso de este negocio.

Cuando las élites políticas y financieras de Occidente se dieron cuenta de que la promesa del colapso ruso era una falacia, no rectificaron su política; simplemente cambiaron el relato. Si Rusia no iba a colapsar, entonces las sanciones y la ruptura del suministro energético debían justificarse de otra manera. La transición energética y el abandono del gas ruso se vendieron bajo un paraguas doblemente blindado. Es bueno para el planeta y es bueno para la seguridad.

El objetivo ya no era destruir la economía rusa, sino asegurar que el nuevo orden energético global fuera extraordinariamente lucrativo para un grupo muy específico de actores. El conflicto dejó de ser una cruzada moral para convertirse en la mayor oportunidad de arbitraje y reestructuración de mercado del siglo XXI.

El primer y más evidente beneficiario de este monumental engaño fue el complejo energético anglosajón, específicamente los barones del gas natural licuado. Al decidir unilateralmente cortar los gasoductos rusos, que durante décadas habían proporcionado a Europa una energía barata, estable y predecible, la Unión Europea se lanzó a los brazos del mercado spot global. La sustitución del gas por tubería por el gas transportado en buques criogénicos no fue solo un cambio logístico; fue un cambio de modelo de negocio que multiplicó los costes de forma estructural. Este es el punto donde la narrativa es más sofisticada.

Se creó la ilusión de que comprar GNL estadounidense o acelerar la electrificación no era un negocio billonario para BlackRock, o las empresas de servicios públicos (utilities), sino un acto de «independencia» y «salvación climática». Ese suceso inicio el mecanismo de transferencia, magníficamente planeado. Las corporaciones estadounidenses, lideradas por gigantes como Cheniere Energy, ExxonMobil o Chevron, se frotaron las manos. Europa, desesperada por mantener sus hogares calientes y sus industrias funcionando, tuvo que firmar contratos a largo plazo para la importación de gas natural licuado estadounidense a precios indexados en los mercados de Houston, muy superiores a los antiguos contratos a largo plazo con la rusa Gazprom.

La ciudadanía europea, que vio cómo sus facturas de la luz y el gas se multiplicaban por diez, no estaba pagando simplemente por la escasez; estaba pagando la prima de la libertad geopolítica, una prima que fue directamente a los balances de las petroleras de Texas y Louisiana. Se vendió la idea de que estaban comprando seguridad e independencia, cuando en realidad suscribían una hipoteca energética con los exportadores estadounidenses, entregándoles la renta. La UE sancionó a Rusia, pero también se sancionó a sí misma por la vía de la energía, la industria y el comercio, las sanciones a Rusia se convirtieron en «autosanciones», en un diseño que ha beneficiado a cuatro grandes bloques de poder.

Es decir, las sanciones no solo redistribuyen costos; también crean ganadores sectoriales dentro de Europa y en su periferia atlántica. Los «barones del LNG» que estamos viendo, el complejo militar-industrial, la élite del arbitraje y la evasión, y el capital financiero institucional. En resumen, la «autosanción» fue y es el mecanismo mediante el cual Europa ha sacrificado su modelo de prosperidad industrial basado en energía barata y exportación de alto valor añadido, para enriquecer a los arriba nombrados afirmando de paso que Europa dependa estructuralmente de la OTAN (por ende, de Washington) para su supervivencia geopolítica en las próximas décadas.

La faceta más cínica y reveladora de este relato es lo que ocurrió con la supuesta transición energética. Durante años, la Unión Europea había vendido el Pacto Verde como el proyecto de salvación del continente, una transformación radical que implicaba el abandono progresivo de los combustibles fósiles. La narrativa oficial dictaba que la ruptura con Rusia sería el catalizador definitivo para acelerar la implantación de energías renovables.

La transición energética revela la cara más cínica del proceso. Europa llevaba años promoviendo el Green Deal como salvación climática e industrial. La crisis ucraniana se usó como catalizador para acelerarlo. Sin embargo, la realidad física es complicada: renovables como solar y eólica son intermitentes y requieren respaldo. Cuando faltaba energía, se reactivaron centrales de carbón en Alemania, Países Bajos y otras naciones. El combustible más contaminante volvió temporalmente. Compañías como RWE, gran productora de lignito, reactivaron plantas bajo esquemas de “capacidad” donde el Estado paga simplemente por tenerlas disponibles.

El ciudadano europeo paga en su factura de la luz no solo por la energía que consume, sino por la disponibilidad de la central de carbón de RWE o de la planta de gas de Uniper. La transición energética se convirtió así en un negocio de doble entrada: se subvenciona la instalación de paneles solares y turbinas eólicas, pero se paga la infraestructura fósil de respaldo. Las élites energéticas tradicionales han logrado que el Estado garantice sus ingresos, eliminando el riesgo de mercado, mientras la sociedad asume el coste de mantener encendidas tanto las luces del futuro verde como las calderas del pasado marrón.

Este gigantesco trasvase de riqueza no habría sido posible sin la complicidad y el liderazgo de la élite financiera global, los verdaderos arquitectos de esta nueva economía de guerra y transición. Los grandes gestores de activos, encabezados por BlackRock, Vanguard y State Street, han sido los grandes beneficiarios de la financiarización de la transición. A través de la arquitectura los criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ESG), estas firmas han creado un sistema de crédito social corporativo donde el coste del capital depende del cumplimiento de métricas de sostenibilidad.

Pero la gran ironía, el verdadero negocio, es que ellos mismos gestionan los fondos que invierten tanto en las empresas de energías renovables subvencionadas como en las grandes petroleras y gasísticas que se han reconvertido. BlackRock no solo invierte; asesora a los gobiernos en la estructuración de sus mercados de carbono y en la emisión de bonos verdes. La transición energética requiere inversiones estimadas en billones de euros, y como los Estados europeos están altamente endeudados, la solución ha sido emitir deuda verde gestionada por la banca de inversión.

Larry Fink (CEO de BlackRock) y sus homólogos cobran comisiones astronómicas por cada emisión de bono verde, transfiriendo el riesgo a los ahorradores minoristas y fondos de pensiones europeos, mientras consolidan su control sobre los activos estratégicos del continente. La financiarización verde no es más que un nuevo mecanismo para extraer rentas de la economía real, creando una burbuja de activos verdes inflada por subsidios estatales, mientras la base productiva europea se desindustrializa por los altos costes de la energía.

Y no podemos olvidar al complejo militar-industrial, uno de los pilares de este negocio monumental. La narrativa del conflicto y la amenaza rusa ha justificado el mayor rearme de Europa desde la Guerra Fría. Los presupuestos de defensa de los países de la Unión Europea se han disparado, desviando recursos públicos masivos hacia la compra de armamento. Pero Europa, tras décadas de desindustrialización y pacifismo estratégico, no tiene la capacidad productiva inmediata para fabricar todo ese armamento. El resultado es que los gobiernos europeos están comprando material, producto ya existente, a los contratistas de defensa estadounidenses.

Para que este gigantesco engaño funcione, para que la sociedad europea acepte de manera dócil este empobrecimiento estructural, ha sido necesaria una operación psicológica y de ingeniería social sin precedentes en tiempos de paz. Las élites políticas y mediáticas han moralizado absolutamente la geopolítica y la economía. Han logrado que el ciudadano asocie su bienestar material con el sacrificio cívico. Se les ha vendido la idea de que pagar más por la energía, sufrir la inflación, ver cómo cierra la fábrica de fertilizantes o la planta de aluminio del pueblo, es el precio de la libertad.

Se ha creado un marco maniqueo donde cualquier cuestionamiento de los medios, cualquier análisis que señale el fracaso de las sanciones o el enriquecimiento de las élites, es inmediatamente descalificado como una traición a los valores democráticos o, peor aún, como propaganda enemiga. El ciudadano europeo ha sido sometido a un bombardeo cognitivo que le impide ver que está financiando su propia ruina. Acude inocente a las urnas, apoya a los partidos que le suben los impuestos y le recortan los servicios, y aplaude las políticas que destruyen su tejido industrial, creyendo que está defendiendo la civilización occidental, cuando en realidad está firmando los cheques que pagan los dividendos de los accionistas de Cheniere Energy, los bonos de los ejecutivos de BlackRock y los contratos de los directivos de Rheinmetall.

La narrativa del colapso ruso fue solo la chispa inicial, la mentira piadosa necesaria para iniciar la maquinaria, el relato mutó hacia la idea de la autosuficiencia y la resiliencia. Pero la autosuficiencia europea es una ficción. Europa ha cambiado una dependencia de un proveedor vecino y barato por una dependencia de un proveedor transatlántico y caro, y por una dependencia tecnológica de Asia para las renovables. La supuesta autonomía estratégica es una quimera diseñada para ocultar la vasallización económica del continente.

Las élites involucradas no son un grupo monolítico conspirando en la sombra. Son directivos corporativos, lobbies sectoriales, funcionarios con puertas giratorias y políticos que responden a incentivos inmediatos. Las corporaciones energéticas americanas ganaron un mercado cautivo. Las europeas, subsidios y márgenes protegidos. La industria de defensa, pedidos garantizados. La financiera, comisiones y control de activos. Los gobiernos obtuvieron una narrativa unificadora en tiempos de crisis. La ciudadanía pagó la factura: más cara la energía, más deuda pública, menos competitividad industrial y cohesión social debilitada.

La sociedad europea ha sido estafada no por incompetencia, sino por un diseño meticuloso. Y lo más extraordinario de este relato no es que las élites hayan ganado, sino que han logrado que la ciudadanía pague por su propio saqueo creyendo que está salvando el mundo. La geopolítica, en última instancia, siempre ha sido negocio, pero nunca antes el negocio había sido tan bueno, ni la factura había sido tan alta para quien realmente no tiene nada que ganar con ella.

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